Capítulo 7
La apuesta
El jueves llegó con lluvia, cosa rara en mayo, y con Bruno puntual a las diez, cosa que ya no me sorprendió tanto como la primera vez.
Esta vez no traía tablet.
Llevaba un cuaderno. De papel, de tapas de cartón, con pinta de haberlo comprado esa misma mañana en la papelería de la esquina, la que aún vende ese tipo de cosas para gente que quiere parecer que escribe a mano aunque luego lo pase todo a un ordenador.
—Nada de pantallas hoy —dijo, dejándolo sobre la mesa—. Pensé que sería más justo.
—¿Justo para qué?
—Para lo que le voy a proponer.
Cande asomó la cabeza desde la puerta de la rebotica con la excusa de una grapadora que ya sabíamos las dos que no necesitaba. Le hice un gesto con la mano. Se fue, no sin antes guiñarme un ojo de una forma que prometía una conversación incómoda más tarde.
—Le escucho —dije—. Pero le aviso: la respuesta sigue siendo no antes de que empiece .
—Ya lo sé. Por eso he cambiado la pregunta.
Se sentó. Cruzó las manos sobre el cuaderno cerrado, como quien reza antes de tirarse a una piscina fría.
—No quiero comprarle el archivo —dijo—. Bueno. Sí quiero. Pero no es lo que le voy a proponer hoy.
—Entonces qué.
—Una apuesta.
—Ya me lo dijo el otro día. Y ya le dije que no juego.
—Escúchela primero. Si después de oírla sigue sin querer jugar, me voy y no vuelvo a mencionar el archivo nunca más. Se lo prometo por escrito, si hace falta.
Miré el cuaderno. Miré a Bruno. Fuera, la lluvia golpeaba el escaparate con esa insistencia que tiene Madrid cuando por fin decide llover después de semanas de aguantarse.
—Tiene tres minutos —dije.
—Con dos me sobra.
Abrió el cuaderno. Había escrito en la primera página, con una letra rápida y desordenada, muy distinta de la mía, muy distinta de la de mi abuela: La apuesta. Subrayado dos veces.
—Cinco citas —dijo—. Usted me organiza cinco citas conmigo mismo como cliente.
Con su método. El de verdad, el de las fichas y las preguntas raras y nada de algoritmos.
Cinco citas con cinco personas distintas, elegidas por usted, con su famoso ojo que ve en treinta segundos de quién me voy a enamorar.
—¿Y si funciona?
—Si al final de la quinta cita me he enamorado de verdad de alguna de esas personas, gano yo. Me llevo el archivo, con su bendición, y lo uso para lo que le dije el otro día: para demostrar que lo que usted hace se puede escalar sin perder lo que lo hace especial.
—¿Y si no funciona?
Bruno sonrió. No la sonrisa de vendedor. La otra, la que ya había visto dos veces y que empezaba a darme más miedo que la primera.
—Si no funciona, me voy de Madrid. Cierro Brújula, o la vendo, o me la llevo a otra ciudad, me da igual.
No vuelvo a llamar a su puerta. Nunca. Y usted se queda con la razón, con el archivo intacto, y con la satisfacción de haberle demostrado a un imbécil con ochenta millones de euros que hay cosas que no se compran.
Me quedé callada un momento, calculando, aunque ya sabía, en algún sitio incómodo del estómago, que iba a decir que sí.
—Hay truco —dije.
—No hay truco.
—Siempre hay truco. Nadie apuesta su empresa entera sin truco .
—El truco, si quiere llamarlo así, es que llevo seis años construyendo una aplicación que promete encontrarle el amor a la gente con datos, y en el fondo, si soy sincero, ni siquiera sé si yo mismo sería capaz de enamorarme de alguien que no haya elegido un algoritmo.
—Se pasó la mano por la cara, cansado de repente, como si esa frase le hubiera costado más que todo el discurso anterior—.
Quiero saber si todavía puedo. Eso es todo.
El archivo es la excusa que necesitaba para venir a preguntárselo a la única persona de Madrid que quizá lo sepa antes que yo.
No dije nada. Fuera seguía lloviendo.
—¿Por qué yo? —pregunté, al fin—. Podría habérselo preguntado a cualquier otra agencia. Hay tres más solo en este barrio.
—Porque ninguna de esas tres tiene ciento veinte cajones que huelen a farmacia.
—Se encogió de hombros—. Y porque el día que entré aquí y me dijo que no tocara el cajón de Manzanilla porque dentro había gente de verdad, pensé: esta mujer sabe algo que yo llevo seis años intentando meter en un servidor y no cabe.
Miré a Vicente, que llevaba diez minutos fingiendo ordenar carpetas a menos de tres metros de nosotros sin disimular absolutamente nada.
—Vicente.
—¿Sí, jefa?
—Danos un minuto .
—Ya me iba.
No se fue. Se fue a la cocina, que está a metro y medio, con la puerta abierta.
· · ·
—Hay reglas —dije, girándome de nuevo hacia Bruno—. Si acepto. Que no he dicho que acepte.
—Dígalas.
—Las cinco personas las elijo yo. Sin que usted vea las fichas antes. Sin vetos.
—De acuerdo.
—Las citas se hacen como se hacen aquí. Nada de restaurantes caros la primera vez. Nada de reservas con nombre de socio inversor. Un café, un paseo, algo sencillo.
—De acuerdo.
—Y si en algún momento veo que esto es un truco, que me está tomando el pelo, que en realidad lo único que quiere es reírse de mi método delante de sus inversores, se acaba ahí mismo y no hay archivo, no hay apuesta, no hay nada. Se va usted de mi agencia y no vuelve.
Bruno asintió, despacio, sin la sonrisa esta vez.
—Trato.
—Una cosa más.
—Dígame .
—¿Por qué le dijo a Cande que se enterara de cómo tomo el café?
Se quedó callado un segundo. Fue el segundo más largo que le había visto aguantar desde que lo conocía.
—Porque quería que supiera que había prestado atención —dijo, al fin—. Antes de pedirle esto. Quería que supiera que, apuesta o no apuesta, ya la había estado mirando de la misma forma en que usted mira a la gente. Con atención de verdad. No sé si eso cuenta como truco o no.
No supe qué contestar.
Es raro no saber qué contestar. Llevo once años teniendo siempre, para cualquier situación, la frase exacta que hace que la otra persona se sienta comprendida. Y ahí estaba, sentada en mi propia mesa, en mi propia rebotica, sin ninguna frase que ponerme.
—Cinco citas —dije, al fin, extendiendo la mano—. Y como pierda, se va usted de Madrid de verdad. Nada de mudarse a Pozuelo y decir que es otra ciudad.
Bruno soltó una carcajada, la primera entera, sin cálculo, que le había oído.
—Trato hecho —dijo, estrechándome la mano.
Su mano estaba fría, del café que llevaba sujetando desde que había entrado. La mía, supongo, ardiendo, aunque de eso no dije nada.
· · ·
Cuando se fue, Cande salió de donde fuera que estuviera escondida y se plantó delante de mí con los brazos cruzados y una sonrisa que no me gustó nada.
—¿Qué? —dije.
—Nada.
—Cande.
—Que acabas de aceptar pasar cinco citas organizando encuentros para el hombre más guapo que ha entrado por esa puerta en los once años que llevo trabajando aquí, y actúas como si fuera un trámite administrativo.
—Es un trámite administrativo. Es una apuesta de negocios.
—Ya. —Se sentó en el borde de mi mesa, cosa que odio—. ¿Y por eso te has puesto colorada al estrecharle la mano?
—No me he puesto colorada.
—Alma, te conozco desde los ocho años.
Cogí el manual, lo abrí por la regla tres, y se lo puse delante, como si eso zanjara algo.
—La casamentera no se empareja a sí misma —leí en voz alta.
Cande leyó la frase, despacio. Y luego me miró con esa cara suya que pone poco, la seria de verdad, la que había puesto también en el capítulo de los tres años .
—Alma —dijo, muy despacio—, esa regla es para cuando la casamentera es la que se empareja. No dice nada de lo que pasa cuando es al revés.
—¿Al revés?
—Cuando el que llega ya viene, sin que nadie lo empareje con nadie, dispuesto a que sea ella la que se enamore.
Cerré el manual de golpe.
No dije nada.
Porque, otra vez, no tenía frase.
· · ·