Capítulo 6
Reme quiere bailar, no casarse
Remedios Cantos entró en la agencia por primera vez un martes de octubre, hacía ya ocho meses, con un abrigo rojo que le quedaba mejor que a cualquiera de mis clientas de treinta años, y una frase que se convirtió, sin que ella lo supiera, en la más citada de todo el manual de mi cabeza:
—No busco marido, hija. Ya tuve uno cuarenta y tres años y era muy bueno, pero ya está, ya lo tuve. Busco otra cosa.
—¿Qué busca, Reme?
—Alguien con quien bailar. Que sepa llevar. Que no me pise. Y que, si me pisa, se ría conmigo del pisotón en vez de disculparse ocho veces como un tonto.
Me cayó bien al segundo. Es de las pocas personas que han entrado por esa puerta sabiendo exactamente lo que querían, sin disfrazarlo de otra cosa más respetable.
La mayoría llega diciendo que busca «compañía» o «alguien serio», y en el fondo lo que quiere es que dejen de darle pena en las bodas ajenas.
Reme llegó diciendo la verdad desnuda: quería bailar.
—¿Qué es lo último que le hizo gracia de verdad? —le pregunté, aquella primera vez .
—Mi vecino de abajo. Setenta y ocho años, se ha comprado un patinete eléctrico y cada vez que lo veo pasar rezo un padrenuestro.
Me reí tanto que se me cayó el bolígrafo.
Ocho meses después, seguía sin encontrarle pareja de baile. No porque no hubiera candidatos. Los había, muchos, hombres de su edad y de edades cercanas que sabían bailar de verdad, con clase, con paso firme. El problema era otro, y tardé siete meses en verlo con claridad.
· · ·
—Teodoro no vino la semana pasada al taller de bailes —me dijo Reme, ese martes, sentada en la silla de escay verde con las piernas cruzadas con una elegancia que ya quisiera yo tener con treinta y cuatro años menos encima.
—¿Y eso le preocupa?
—Me preocupa porque llevo tres semanas emparejada con él en el taller y de repente falta sin avisar. Un hombre así no falta sin avisar. Es de los que llegan diez minutos antes para colocar las sillas.
Anoté el nombre. Teodoro. Setenta y cuatro años, conductor de autobús jubilado, viudo desde hacía seis.
Lo había metido en el mismo taller de baile de salón que Reme dos meses atrás, sin ninguna intención romántica, solo porque los dos habían dicho, en sus respectivas fichas, casi la misma frase: echo de menos moverme con alguien al ritmo de algo.
—¿Quiere que lo llame ?
—No, no. —Reme se removió en la silla—. Bueno. Sí. Pero que no se note que he preguntado yo.
—Reme.
—¿Qué?
—Lleva ocho meses diciéndome que no busca marido.
—Y no lo busco.
—Pero se ha dado cuenta de que Teodoro falta al taller antes de que se dé cuenta el propio taller.
Se quedó callada, mirándose las manos, esas manos con anillos que llevaba puestos desde antes de que yo naciera.
—Es solo que baila bien —dijo, al fin, muy bajito—. Y no es fácil encontrar a alguien que baile bien a estas alturas de la vida.
Lo apunté.
No busca marido. Busca compañero de baile. Puede que sean, en el fondo, la misma cosa cuando ya se ha tenido lo primero y se sabe que no hace falta repetirlo entero para querer lo segundo.
· · ·
Llamé a Teodoro esa misma tarde, con la excusa oficial de preguntar por su ficha de seguimiento trimestral.
—¿Sigue con nosotros el taller de baile? —pregunté.
Un silencio al otro lado. Largo. De los de regla once.
—No he podido ir —dijo al fin .
—¿Está bien?
—Sí, sí. Es solo que... —Se paró—. Es una tontería.
—Nada de lo que me cuenta la gente aquí es una tontería, Teodoro. Se sorprendería.
Otro silencio, más corto esta vez, el de alguien que decide confiar.
—Estoy perdiendo vista —dijo—. Del ojo derecho, principalmente. El médico dice que es una cosa de la retina, que tiene solución si me opero pronto, pero mientras tanto veo los pasos del baile borrosos, y me da vergüenza que se note.
—¿Se lo ha contado a alguien?
—A usted.
—¿Solo a mí?
—Solo a usted. —Su voz sonó más pequeña de lo que yo la había oído nunca—. No quiero que nadie me mire distinto. Ya sé lo que pasa cuando la gente empieza a mirarte con pena. Dejas de ser Teodoro y pasas a ser el señor que hay que ayudar a cruzar.
Sentí el pecho apretado. Es lo que me pasa cada vez que alguien me confía algo que nunca le ha confiado a nadie más, ni siquiera a sus hijos, ni siquiera al espejo.
—Teodoro, ¿puedo decirle una cosa que quizá no le guste?
—Dígame.
—Reme ha preguntado por usted .
Silencio. Este no era de regla once. Era distinto. Era el silencio de alguien que no sabía que le estaban esperando.
—¿Ha preguntado por mí?
—Ha notado que faltaba al taller antes de que lo notara el profesor.
—Eso no significa nada.
—Significa que le importa que usted esté ahí, aunque ella todavía no lo diga con esas palabras.
—No puedo bailar con ella si no veo por dónde piso, Alma. La voy a pisar. La voy a hacer daño.
—¿Y si se lo dice a ella?
—No.
—Teodoro.
—No puedo. —Su voz se quebró un poco, ahí, al teléfono, un hombre de setenta y cuatro años que llevaba toda una vida siendo el que sostenía a los demás desde el volante de un autobús—. Si se lo digo, deja de mirarme como me mira ahora. Y me gusta cómo me mira ahora.
Anoté eso también, aunque no en ninguna ficha del archivo, sino en un rincón mío que cada vez se estaba llenando más de gente a la que quería ayudar sin saber exactamente cómo.
—Déjeme pensarlo —dije—. No le prometo nada. Pero déjeme pensarlo.
· · ·
Esa noche se lo conté a Cande, que escuchaba mientras se pintaba las uñas de un color que llamaba «rojo venganza» y que, según ella, se ponía siempre que necesitaba sentirse más fuerte de lo que se sentía.
—Es tristísimo —dijo, sin dejar de pintarse—. Y precioso.
—El problema es que si le digo la verdad a Reme, estoy rompiendo la confianza de Teodoro. Y si no se la digo, Reme va a pasarse el resto de su vida creyendo que dejó de interesarle sin más explicación.
—¿Y no puedes hacer algo intermedio?
—¿Como qué?
Cande sopló sus uñas, pensativa.
—Como enseñarle a bailar sin mirar.
Me quedé parada.
—¿Qué has dicho?
—Que le enseñes a bailar sin mirar los pies. Con los ojos cerrados, o mirando solo a la pareja, a la cara. Hay gente que baila así, ¿no? Guiándose por el tacto, por la presión de la mano.
Lo pensé. Lo pensé de verdad, con esa parte de mi cabeza que lleva once años buscando la puerta lateral cuando la puerta principal está cerrada.
—Cande .
—¿Qué?
—Eres un genio y no te lo digo lo suficiente.
—Ya lo sé. —Sonrió, sin levantar la vista de sus uñas—. Pero dilo más.
· · ·
Llamé al profesor del taller esa misma noche. Le pedí un favor raro: una clase especial, solo para dos, centrada en el baile de contacto, el que se guía por la mano en la espalda y la presión de los dedos, sin necesidad de mirar el suelo.
—¿Y a quién se lo digo que va dirigida la clase? —preguntó el profesor, un hombre encantador que llevaba treinta años enseñando pasodobles a jubilados y que probablemente había visto más historias de amor tardío que yo en toda mi carrera.
—A nadie. Dígales que es una técnica nueva. Que todo el mundo debería probarla al menos una vez.
—¿Y funcionará?
—No lo sé —dije, con sinceridad—. Pero es mejor intentarlo que dejar que dos personas se alejen por algo que ninguna de las dos se atreve a decir.
Colgué el teléfono y me quedé mirando el manual, abierto por la regla cinco: nunca los juntes por lo que les gusta. Júntalos por lo que les da vergüenza.
A Reme le daba vergüenza necesitar a alguien después de cuarenta y tres años de matrimonio feliz, como si necesitar de nuevo fuera una traición a lo que ya tuvo .
A Teodoro le daba vergüenza perder algo que llevaba toda la vida dando por sentado: la vista, el control, la forma en que la gente lo miraba.
Los dos tenían miedo de lo mismo, con caras distintas: dejar de ser quienes habían sido siempre para el otro.
Y ahí estaba yo, apuntándolo todo, resolviéndolo todo, sin darme cuenta de que llevaba diez años teniendo exactamente el mismo miedo, solo que con un sobre cerrado en vez de con un pie que no encuentra bien el suelo.
· · ·