Diario de una Matchmaker (Diario de una Matchmaker 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Cincuenta y dos primeras citas

Los jueves son día de seguimiento. No de entrevistas nuevas, sino de llamadas a la gente que ya está en el proceso: cómo fue la cita, qué tal, si hay segunda, si no la hay y por qué.

Es la parte del trabajo que menos se ve y más pesa.

Empecé por Hugo Bendala a las nueve. Cuarenta y un años, arquitecto, doce de casado con una mujer estupenda por la que, según sus propias palabras el día de la entrevista, «nunca sintió lo que se supone que hay que sentir».

Se habían separado hacía ocho meses. Buena manera, sin gritos, con un abogado amable y una liquidación de gananciales que ambos firmaron llorando en la misma mesa, cosa que no había oído nunca y que se me quedó grabada.

Le habíamos organizado su primera cita con un hombre. La primera cita de su vida con un hombre, a los cuarenta y uno, después de doce años intentando que le gustara algo que no le gustaba.

—¿Cómo fue? —pregunté, con el teléfono entre la oreja y el hombro, tomando notas con la mano libre.

Silencio al otro lado. Un silencio largo, de los que aguantan más de cuarenta segundos, regla once.

—Hugo .

—Estoy aquí.

—¿Cómo fue?

—Me temblaban las manos —dijo, al fin, con la voz un poco rota—. Todo el rato. Ni siquiera en la boda me temblaron así.

—¿Y eso es bueno o malo?

—No lo sé. —Se rio, una risa nerviosa, la de quien todavía no sabe si puede reírse de esto—. Creo que es bueno. Creo que es que llevaba doce años sin sentir nada parecido y me ha dado miedo acordarme de que existía.

Anoté: segunda cita, sí. Avisar de que el miedo no significa que vaya mal.

—¿Vais a repetir?

—El sábado. —Una pausa—. Alma.

—Dime.

—Gracias.

—No me las des todavía. Dámelas cuando lleve seis meses sin darle vergüenza cogerle la mano en la calle.

—Vale. —Otra risa, esta vez más suelta—. Trato hecho.

Colgué y me quedé un momento con el bolígrafo quieto sobre el papel.

Esto es lo que nadie ve desde fuera cuando piensa en una agencia matrimonial.

No es un catálogo de personas guapas ni un algoritmo con corazones que laten.

Es esto: un hombre de cuarenta y un años a quien le tiemblan las manos por primera vez en toda su vida adulta, y alguien al otro lado del teléfono anotándolo con el cuidado de quien maneja algo que se puede romper.

· · ·

Llamé a catorce personas más esa mañana. Es la parte matemática del oficio, aunque a nadie le guste llamarla así.

De las catorce, ocho dijeron que sí a una segunda cita. Tres dijeron que no, con educación, «buena persona pero no hubo esa chispa». Dos no contestaron, lo cual siempre es peor que un no, porque un no se puede trabajar y un silencio no se puede trabajar con nada.

Y una, Marisol, la dentista de la carpeta de fotos impresas, dijo algo que me hizo parar de escribir.

—No hubo segunda cita —dijo—, pero no es lo que crees.

—Cuéntame.

—Nos reímos mucho. De verdad, como hacía años. Pero al final de la cena me dijo que él ya sabía, desde el minuto uno, que no iba a ser para siempre, y que prefería decírmelo antes de que yo me hiciera ilusiones.

—¿Y eso te dolió?

—No. —Se quedó callada un segundo—. Me dio paz. Es la primera vez en cuatro años que alguien me dice la verdad sin esperar a que yo la adivinara sola .

Colgué ese teléfono con una sensación rara en el pecho, mitad orgullo, mitad envidia de la mala. Porque llevaba once años enseñándole a la gente a decir la verdad antes de hacerse ilusiones, y era exactamente lo que yo llevaba diez años sin hacer conmigo misma delante de un sobre cerrado.

Cincuenta y dos primeras citas llevábamos ese trimestre. Las conté todas esa noche, sentada en el suelo de la rebotica, repasando fichas.

Cincuenta y dos personas que se habían sentado delante de un desconocido con el estómago encogido, arriesgándose a que les temblara la voz, a que no hubiera segunda vez, a que doliera.

Yo llevaba diez años sin arriesgarme a que me temblara nada.

· · ·

Vicente entró justo cuando estaba guardando las fichas, con su abrigo puesto ya, listo para irse a casa.

—Jefa, una cosa.

—Dime.

—La de Getafe. La del sobrino imaginario.

—¿Qué pasa con ella?

—Llamó esta tarde. Quiere una segunda entrevista.

—¿Para qué? Ya tiene ficha hecha .

Vicente se quedó en la puerta, con esa cara suya de quien está a punto de decir algo que no le corresponde decir pero que va a decir de todas formas.

—Dice que quiere contar la verdad esta vez. Que se ha dado cuenta de que si mentía en la ficha, iba a acabar mintiendo también en la relación, y no quiere hacerle eso a nadie más.

Me quedé quieta, con una ficha a medio guardar en el cajón Manzanilla .

—¿Eso ha dicho? ¿Con esas palabras?

—Casi. Lo he adornado un poco, que para eso llevo cuarenta años en esto y sé cuándo una frase necesita ayuda.

Sonreí. Fue una sonrisa de verdad, de las que no anoto en ninguna ficha porque son solo mías.

—Dile que venga cuando quiera.

—Se lo diré.

Se fue. Y me quedé sola en la rebotica, con la última ficha del día en la mano y el cajón doce cerrado, como siempre, esperando.

Pensé en Hugo y sus manos temblando. En Marisol y su verdad sin ilusiones. En la señora de Getafe, dispuesta por fin a contar quién era de verdad.

Cincuenta y dos personas ese trimestre habían hecho lo que a mí me daba miedo hacer una sola vez.

Abrí el cajón doce .

Lo cerré otra vez.

Casi.

Esa noche, «casi» fue lo más lejos que llegué. Y por primera vez en diez años, no me pareció suficiente.

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