Capítulo 4
El hombre que venía a comprarme
Vicente dejó la carpeta sobre mi mesa el miércoles, a las ocho y media de la mañana, antes de que hubiera llegado nadie más.
—Bruno Salgado —dijo, como quien presenta a alguien en una fiesta que no le cae bien—. Treinta y siete años. Nacido en Vigo. Se vino a Madrid con veintitrés, con una maleta y cuatrocientos euros, según él mismo contó en una entrevista de hace tres años que voy a fingir que no me he leído entera.
—Pero te la has leído entera.
—Dos veces. —Se ajustó las gafas—. Primera empresa a los veintiséis. Una cosa de logística para pequeño comercio. La vendió a los veintinueve por una cifra que no voy a decir en voz alta porque me da vergüenza ajena.
—Dila.
—Once millones.
Silbé bajito. Vicente asintió, como si él también lo hubiera hecho la primera vez que lo leyó.
—Y luego, ¿qué?
—Luego nada, dos años. Viajó. Hay fotos suyas en catorce países distintos, siempre solo, nunca con nadie que se repita en más de tres fotos seguidas .
Anoté eso. No en la ficha de ningún cliente. En la parte de atrás de mi cabeza, donde ya empezaba a acumularse una carpeta que no debería estar acumulándose.
—Y luego fundó Brújula —dije.
—Hace seis años. —Vicente pasó una hoja—. Y aquí viene lo interesante.
—Todo lo tuyo empieza diciendo eso.
—Porque todo lo mío tiene algo interesante, jefa, para eso me paga usted. —Sonrió, la primera sonrisa entera que le veía en toda la mañana—. Brújula no nació como empresa de citas.
—¿Cómo que no?
—Nació como una aplicación para encontrar compañeros de piso. Él mismo lo cuenta, si busca bien, en un pódcast de hace dos años que tiene cuarenta y tres reproducciones y que estoy seguro de que nadie más en Madrid ha escuchado entero salvo yo.
—¿Y qué pasó?
—Que la gente empezó a usarla mal. Buscaban compañero de piso y acababan pidiéndose el número. Él dice que se dio cuenta de que la pregunta que hacía funcionar el algoritmo no era «¿con quién quieres vivir?». Era otra.
—¿Cuál?
Vicente cerró la carpeta, despacio, como quien guarda lo mejor para el final a propósito .
—«¿Con quién te reirías limpiando el baño a las dos de la mañana?»
Me quedé quieta.
Porque esa pregunta, dicha con otras palabras, es la mía. Es la pregunta que le hago a todo el mundo desde hace once años, la que aprendí de mi abuela, la que está en la primera página del manual con la letra apretada de siempre.
—Vicente.
—¿Qué?
—Ese hombre no viene a comprarme el negocio porque quiera datos.
—No.
—Viene porque ya sabe que lo que yo tengo es lo mismo que él intentó construir con un algoritmo y no le salió.
Vicente se encogió de hombros, con esa calma suya de quien lleva cuarenta años viendo a la gente confesarse sin querer.
—Yo solo investigo, jefa. Las conclusiones son cosa suya.
· · ·
Lo vi por primera vez fuera de la agencia esa misma tarde, y no fue casualidad, aunque durante tres segundos quise creer que sí.
Había salido a comprar el pan de siempre, en la panadería de la esquina, la del escaparate donde Reme ensaya sus giros de pasodoble cuando cree que no la ve nadie.
Y ahí estaba él, apoyado en la pared de fuera, con un café para llevar en cada mano, como si hubiera calculado que tarde o temprano yo saldría por esa puerta y no por otra.
—¿Me está esperando? —pregunté, sin rodeos, porque los rodeos con este hombre me parecían ya, a esas alturas, una pérdida de tiempo.
—Le estoy esperando a usted, específicamente, sí.
—Eso es un poco inquietante.
—Un poco. —Me tendió uno de los cafés—. Frío. Me dijeron que lo toma así.
Miré el vaso. Miré a Bruno. Miré, por encima de su hombro, el escaparate de la panadería, donde no había nadie ensayando nada esa tarde.
—¿Quién se lo dijo?
—Una chica muy simpática que trabaja con usted y que, por cierto, me hizo jurar que no le diría que me lo dijo ella.
—Cande.
—No he dicho ningún nombre.
—No hacía falta.
Cogí el café. Estaba, en efecto, frío. Y tenía la cantidad exacta de leche que me gusta, ni una gota más, lo cual solo puede significar que Cande no se limitó a decirle que lo tomaba frío. Le dio instrucciones completas, con receta .
Voy a tener unas palabras con ella.
—¿A qué ha venido de verdad? —pregunté—. Porque dudo mucho que haya venido a traerme un café.
—He venido a traerle un café.
—Bruno.
—Y a decirle que he pensado en la oferta. En la oferta que le hice, quiero decir. La de comprar el archivo.
—Ya le dije que no.
—Ya lo sé. Y por eso he pensado en otra cosa.
El sol de mayo le daba de lado, y por primera vez le vi algo distinto en la cara, algo que no encajaba con el traje sin corbata ni con las zapatillas blancas ni con la sonrisa de vendedor de las marquesinas del 21.
Parecía, durante un segundo, alguien que no sabe muy bien cómo se dice lo que va a decir.
—Le escucho —dije, aunque no estaba del todo segura de querer hacerlo.
—Todavía no. —Dio un trago a su café—. El jueves. Se lo dije. Vuelvo el jueves y se lo cuento entero, con calma, sin que Cande nos interrumpa cada cuatro minutos fingiendo que necesita una grapadora.
—¿Ha hecho eso?
—Tres veces en once minutos la primera vez que fui .
Me reí. Sin querer, otra vez, la risa corta y seca que se me escapa cuando algo me hace gracia y preferiría que no me la hiciera.
Lo anoté mentalmente, sin poder evitarlo, como hago con todo el mundo.
Se ríe de verdad cuando descubre que alguien también está incómodo. No necesita que el otro esté seguro. Le basta con que esté intentándolo.
Y entonces até cabos, con el estómago encogido, de que acababa de rellenar la primera línea de una ficha que no le había pedido a nadie y que no tenía ningún derecho a estar rellenando.
—Tengo que volver a la agencia —dije, de golpe, más brusca de lo necesario.
—Claro.
—Gracias por el café.
—De nada.
Me di la vuelta. Caminé cuatro pasos. Y entonces, porque soy incapaz de dejar una conversación sin la última palabra, me giré.
—Bruno.
—¿Sí?
—Reme no baila mal. Baila con quien no sabe llevarla. Que es distinto .
Sonrió de una forma que no supe clasificar en ninguna de mis categorías habituales, ni siquiera en la de peligro tipo B.
—Ya lo sé —dijo—. Por eso se lo dije a usted y no a ella.
No entendí qué había querido decir con eso hasta mucho más tarde, cuando ya era demasiado tarde para que no me importara.
· · ·
Esa noche bajé otra vez a la rebotica, café frío en mano, aunque ya iba tibio de tanto pasear.
No abrí el cajón doce.
Abrí, en cambio, el manual, por la página de la regla siete: un hombre que habla de su madre está bien. Dos veces, está bien. A la tercera, apunta.
Bruno no había mencionado a su madre ni una sola vez en dos conversaciones.
Eso también lo anoté, en la parte de atrás de la cabeza, junto a Cande y sus tres años, junto al sobre que llevaba diez esperando, en esa carpeta cada vez más llena que se supone que yo no debería estar rellenando.
—No es una ficha —dije en voz alta, para Tinto, que me miraba desde la puerta con la cara de quien sabe que le están mintiendo y decide no discutirlo—. Es solo información.
Tinto no dijo nada.
Los perros, a veces, son la gente más honesta que conozco.
· · ·