Capítulo 3
Regla número tres
El manual está escrito a mano en un cuaderno de tapas duras, granate, con las esquinas comidas por el uso.
Mi abuela lo escribió el año en que yo nací y yo me lo sé tan de memoria que podría recitarlo dormida, pero aun así lo abro cada mañana antes de la primera entrevista.
Es una costumbre, como santiguarse antes de entrar a un examen.
Esa mañana, después de la visita de Bruno, lo abrí por la regla tres.
La casamentera no se empareja a sí misma.
No hay nada más debajo. Ni una explicación, ni un ejemplo, ni nada de lo que sí tienen las demás reglas.
La cuatro tiene tres líneas. La nueve tiene una anécdota entera sobre una clienta que decía ser «muy exigente» y resultó tener el corazón roto por una boda cancelada.
La tres tiene una frase y un espacio en blanco enorme, como si mi abuela hubiera empezado a escribir algo más y hubiera decidido, a media pluma, que no.
Se lo pregunté una vez. Tendría yo veintiséis años, acababa de dejar a un chico que se llamaba Fer y que tocaba la guitarra fatal pero con mucha convicción, y estaba en ese punto en el que una se pone filosófica con cualquier excusa.
—¿Por qué no explicas la tres como las demás ?
Estaba fregando dos tazas en el fregadero pequeño de la rebotica, el mismo que sigo usando yo. Se paró con las manos en el agua, sin girarse.
—Porque la tres no se explica, Alma. Se aprende.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
—¿Y tú? —le dije—. ¿A quién amabas tú, antes de tener esta regla?
Se quedó quieta un segundo. Con el agua corriendo. Y luego cerró el grifo, cosa rara en ella, que odiaba el silencio tanto como odiaba gastar agua sin necesidad.
—A tu abuelo —dijo.
—¿Y antes de él?
—Antes de él, a nadie que importe ahora.
Y siguió fregando.
No volví a preguntar. Hay preguntas que uno hace una vez, recibe un portazo educado, y aprende. Amparo Belmonte tenía muchos portazos educados guardados, y yo, sin darme cuenta, heredé la misma colección.
· · ·
A las nueve y media entró la primera clienta del día.
Se llamaba Marisol, cuarenta y seis años, dentista, divorciada hacía cuatro.
Vino con una carpeta de plástico llena de fotos impresas, cosa que ya no hace casi nadie y que a mí me pareció, de entrada, una buena señal.
La gente que imprime fotos es gente que todavía cree en las cosas que se pueden tocar.
—Perdona el retraso —dijo, aunque llegaba puntual—. Es que casi no vengo.
—¿Por qué casi no viene?
—Porque me da vergüenza.
Apunté. Regla nueve: si dicen que les da vergüenza, están más cerca de lo que creen.
—No tiene por qué darle vergüenza. Aquí ha pasado gente mucho más rara que usted.
—¿Como quién?
—Eso no se lo puedo contar.
Sonrió, más suelta ya. Le pedí que dejara la carpeta a un lado, cosa que siempre desconcierta a la gente que espera un cuestionario de aplicación de móvil, con casillas y deslizadores.
—¿No quiere ver mis fotos?
—Luego. Primero dígame una cosa. —Cogí mi pluma, la de siempre, la que era de mi abuela—. ¿Qué es lo último que le hizo gracia de verdad?
Marisol se quedó pensando. La mayoría se queda pensando. Es la pregunta que nadie espera, y por eso funciona: nadie tiene preparada la respuesta bonita .
—Mi hija —dijo al fin—. Tiene nueve años y el otro día me preguntó si los dinosaurios sabían que se iban a extinguir, porque si lo hubieran sabido, a lo mejor se hubiesen dado más prisa en hacer cosas.
Se rio ella sola, contándolo. Una risa pequeña, la de quien no se ríe casi nunca delante de nadie y se sorprende haciéndolo.
Lo anoté entero, palabra por palabra, en la ficha.
Dinosaurios. Darse prisa en hacer cosas. Se ríe con la boca cerrada, como si le diera pudor que se le vea reír del todo.
Once años haciendo esta pregunta y todavía me sorprende lo mismo cada vez: la gente cree que va a contarme algo sobre un gato, o sobre una serie de la tele, y termina contándome, sin darse cuenta, lo que más quiere en el mundo.
Marisol quería más risa. No más marido. Risa.
Apunté eso también, entre paréntesis, en la esquina de la ficha, donde solo yo sé leer mi letra.
· · ·
Cande apareció a mediodía con dos bocadillos de la de la esquina, uno de tortilla y otro de jamón, y una cara que reconocí antes de que dijera nada.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Nada.
—Cande .
—Que nada, pesada. —Dejó los bocadillos en la mesa con más fuerza de la necesaria—. Cómete el de tortilla, que el otro día dijiste que te gustaba más.
Comimos en silencio un rato, cosa rara entre nosotras, que normalmente hablamos por encima de la otra sin darnos cuenta.
—¿Sabes qué es lo raro? —dijo al fin, con la boca medio llena—. Que tú le preguntas a todo el mundo lo que le hizo gracia de verdad. Y a mí no me lo has preguntado nunca.
—Te lo pregunto todos los días. Es de lo único que hablamos.
—No es lo mismo. —Dejó el bocadillo—. Tú lo preguntas en serio a los clientes. A mí me lo preguntas para reírte conmigo. No es lo mismo escuchar que reírse a la vez.
Me quedé con el bocadillo a medio camino de la boca.
Cande y yo llevamos siendo mejores amigas desde los ocho años, desde un campamento de verano donde a las dos nos tocó la litera de arriba de literas distintas y decidimos que era mejor destino compartir cama que discutir por la escalera.
Once años trabajando juntas. Y de repente, con un bocadillo de jamón en la mano, me estaba diciendo algo que sonaba a ensayado.
—Cande. ¿Qué pasa?
—Nada.
—Llevas así tres semanas .
—Llevo así tres años, Alma, no tres semanas. —Lo dijo rápido, casi de un tirón, y luego pareció asustarse de haberlo dicho—. Da igual. Olvídalo.
—No voy a olvidarlo.
—Pues olvídalo un rato. Hasta que yo esté lista.
Y ahí estaba otra vez. El portazo educado. La misma colección que heredé de mi abuela, solo que esta vez me lo estaban dando a mí, y no me gustó nada cómo sentaba desde este lado.
No insistí. Regla no escrita entre nosotras, más vieja que el manual: a Cande no se la empuja, se la espera.
Pero apunté algo, no en una ficha, sino en la parte de atrás de mi cabeza, donde guardo las cosas que sé que voy a tener que mirar de frente antes de que termine el año.
Cande. Tres años. Averiguar.
· · ·
Cande entró de nuevo a las once con la tablet de las reservas y cara de estar a punto de decirme algo que no le apetecía decir. Ya no llevaba el bocadillo, y a esas alturas parecía haber decidido cambiar de tema por completo.
—Tenemos entrevista a las doce.
—Ya lo sé.
—Chica nueva. Veintinueve años. Forense.
—Gala Ferreiro .
—Esa. —Se sentó frente a mí, al otro lado de la mesa, en la silla de los clientes, cosa que también hace a veces, jugando a ser cliente en broma—. Oye, ¿puedo preguntarte algo?
—Depende.
—¿Por qué tú no rellenas una ficha?
Cerré el cuaderno granate.
—Ya rellené una.
—Hace diez años. Y la guardaste en un cajón sin que nadie la lea. Eso no cuenta.
—Cuenta lo que yo diga que cuenta, que para eso es mi ficha.
Cande no se rio. Se quedó mirándome con esa cara suya que pone poco, la de cuando deja de ser mi socia y mi amiga graciosa y se convierte, dos segundos, en alguien mucho más serio de lo que aparenta.
—Alma, llevas once años metiendo a todo el mundo en un cajón bonito. Y tú vives fuera de los cajones.
—Es la regla tres.
—La regla tres es una excusa que se inventó tu abuela para algo que le pasó a ella, y tú la usas como si fuera una ley de la física.
Me quedé callada. Porque tenía razón, y porque no sabía qué parte de esa razón me dolía más .
—¿Sabes qué creo? —siguió, más bajito—. Creo que un día vas a mirar a alguien treinta segundos, como haces con todo el mundo. Y vas a saber. Y no vas a saber qué hacer con lo que sepas, porque nunca has practicado saberlo de ti.
—Cande.
—¿Qué?
—Tenemos entrevista en cuarenta minutos.
Suspiró. Se levantó. Dejó la tablet en la mesa con un golpe seco, no de rabia, de esos golpes que da la gente cuando quiere decir algo más y decide no decirlo.
—Un día vamos a hablar de esto de verdad —dijo, ya en la puerta.
—Vale.
—No me digas vale como quien dice déjame en paz.
—Vale —repetí, y esta vez sonreí, y ella también, porque las dos sabíamos que era mentira a medias y que estaba bien que lo fuera, por hoy.
· · ·
Gala Ferreiro llegó cinco minutos tarde, con una bata de laboratorio doblada dentro de una bolsa de tela que se le veía por fuera, como si hubiera salido corriendo del trabajo y no le hubiera dado tiempo a esconderla del todo.
Se sentó en la silla de escay verde con la espalda muy recta, como si la estuvieran evaluando para algo importante .
—Perdón el retraso. Tenía una autopsia que se ha alargado.
—No pasa nada.
—Es un dato raro para dar en una primera cita, lo sé. —Sonrió, incómoda—. Suelo asustar a la gente con eso.
—A mí no me asusta.
—Ya, bueno. Usted no cuenta. Es su trabajo no asustarse.
Cogí el bolígrafo. Abrí la ficha nueva. Nombre, edad, profesión, ya lo tenía todo apuntado por el formulario web. Lo que necesitaba venía después.
—¿Qué es lo último que le hizo gracia de verdad?
Gala se quedó parada. La gente casi siempre se queda parada con esta pregunta, porque nadie se la hace nunca en serio, y cuando alguien te la hace en serio, de verdad, cuesta encontrar la respuesta de verdad y no la respuesta de compromiso.
—¿Cómo de verdad?
—De la que se ríe uno solo, en su casa, y luego intenta contársela a alguien y no sale igual de bien.
Sonrió, esta vez de otra forma. Más pequeña. Más suya.
—Un compañero de trabajo entró a la sala con dos cafés y me dio, por error, el suyo, que llevaba tres de azúcar.
Y yo me lo bebí entero sin decir nada, por no ser maleducada.
Y él se bebió el mío, que no lleva ninguno.
Y los dos terminamos el turno diciendo que el café de la máquina «hoy estaba raro» .
—¿Y no se lo dijisteis?
—Nunca. Llevamos así cuatro meses. Cada vez que coincidimos, intercambiamos los cafés sin decir nada y fingimos que está mal el café.
Me reí. De verdad, sin apuntar nada mentalmente, solo riéndome.
—Eso es lo más tonto que he oído en semanas.
—Ya le he dicho que sonaba mejor en mi cabeza.
—No, está muy bien. Es perfecto, de hecho.
Y lo era. Porque en ese detalle diminuto, en ese chiste privado de dos personas que ni siquiera se atreven a decirse la verdad sobre un café, estaba todo lo que necesitaba saber de Gala Ferreiro: que le daba pánico decir las cosas claras.
Que prefería un malentendido cómodo antes que una conversación incómoda.
Que llevaba, probablemente, toda la vida haciendo eso mismo con la gente que le importaba.
Lo anoté.
Ficha 114. Gala Ferreiro. Miedo real: que alguien se quede el tiempo suficiente para ver que finge que todo está bien.
Y debajo, en la línea de siempre, la que solo yo entiendo:
Buscar a alguien que le pregunte por qué el café está raro. Y espere la respuesta.
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Cuando se fue, me quedé un rato mirando la ficha .
Y pensando, sin querer, en Bruno.
No por nada en concreto. Por la excusa del compañero de trabajo y el café con tres azúcares, que se me quedó rondando. Porque pensé que Bruno también parecía de los que se beben el café que no les toca sin rechistar, con esa seguridad suya, esa sonrisa tan medida.
Lo cual era una tontería.
Lo cual no tenía ningún sentido, porque acababa de conocer al hombre once minutos, la mitad de ellos discutiendo.
Cerré la ficha de Gala.
Abrí el cajón de abajo del todo.
Láudano.
El sobre seguía ahí, con mi nombre en la esquina, esperando desde hacía diez años a que se me acabara de una vez la paciencia o el miedo, lo que llegara antes.
No lo saqué.
Pero por primera vez en mucho tiempo, lo miré más de cuatro minutos.
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