Diario de una Matchmaker (Diario de una Matchmaker 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

La rebotica

No le ofrecí café.

Es lo primero que pensé, ahí de pie, con la mano todavía caliente de estrechar la suya. No le ofrezco café a la gente que viene a comprarme.

—Siéntese —dije de todos modos, porque mi abuela me hubiera matado si no lo hacía.

Bruno miró la silla como si fuera a hacer algo raro. Es una silla normal. De escay verde, de las que había en la consulta del dentista antes de que mi bisabuelo se quedara con la farmacia de al lado. La tenemos porque a mi abuela le daba pena tirarla.

—Bonito sitio —dijo, mirando los cajones.

—Es una farmacia.

—Era.

—Sigue siendo una farmacia. Solo que ya no vendemos jarabes.

Sonrió otra vez. Empezaba a resultarme molesto lo bien que le quedaba esa sonrisa.

Hay gente a la que la seguridad le sienta como un traje prestado, y gente a la que le sienta como piel.

Bruno era de los segundos, y eso, en mi experiencia, o es maravilloso o es una señal de alarma. Muy pocas veces las dos cosas.

Casi siempre las dos cosas.

—¿Puedo? —Señaló el cajón más cercano. Manzanilla.

—No.

Retiró la mano como si quemara.

—Vale.

—Son de clientes. Hay gente ahí dentro que confió en nosotros con cosas que no le ha contado ni a su madre. No es un decorado.

—No pretendía...

—Ya sé que no. Pero tampoco quiero que lo toque nadie que ha venido a hacerme una oferta.

Se quedó callado un segundo. Fue el primer segundo en el que dejó de sonreír, y me gustó más él en ese segundo que en los tres minutos anteriores.

—Tiene razón —dijo—. Empiezo mal.

—Empieza fatal.

· · ·

Vicente asomó la cabeza desde su rincón, con la excusa de buscar una carpeta que no necesitaba. Es lo que hace siempre que huele algo raro. Y ese día olía a raro desde por la mañana.

—Vicente Amor —se presentó, tendiéndole la mano .

—¿Amor de apellido?

—De apellido, de profesión anterior y ahora también de trabajo actual, aunque menos glamuroso de lo que suena.

Bruno se rio. Una risa de verdad, no la de compromiso. Apunté.

Se ríe cuando le sorprenden con algo pequeño. Buena señal.

Es una costumbre que no puedo apagar. Once años haciendo fichas mentales de cualquiera que se sienta delante de mí, y ya no distingo cuándo lo hago porque quiero y cuándo porque no puedo evitarlo.

—Bueno —dijo Bruno, sacando una tablet fina, de esas que parecen más caras de lo que cuestan y cuestan más de lo que parecen—. Voy al grano, que imagino que tiene mañana ocupada.

—La tengo.

—Brújula quiere comprar el archivo Belmonte.

—Ya lo sé. Me lo dijo Cande por teléfono.

—El archivo entero. Los treinta y cuatro años de fichas, las entrevistas, las notas de seguimiento, el material que tengan sobre parejas formadas y por qué funcionaron. —Deslizó el dedo por la pantalla—. No queremos los nombres. Los anonimizamos. Lo que queremos es el patrón.

—El patrón .

—Lo que ustedes ven cuando miran a dos personas y saben que van a funcionar.

Nosotros lo tenemos parcialmente resuelto con datos de comportamiento en la app.

Pero lo suyo es distinto. Es... —Buscó la palabra.

No la encontró en inglés, que es donde parecía tener guardadas la mayoría—.

Es intuición entrenada. Cuarenta y seis años de intuición entrenada.

Eso no lo tiene nadie más en ningún dataset del mundo.

Miré los cajones. Los ciento veinte, con sus etiquetas de porcelana ya descascarilladas en las esquinas.

—¿Sabe cuánta gente ha llorado delante de esa mesa? —dije, señalando la mía.

—Imagino que...

—No, no lo imagina. Llevo la cuenta. No de las lágrimas, de los motivos.

Gente que ha llorado porque su padre murió sin verlos casados.

Gente que ha llorado contándome que su ex les decía que nadie más los iba a querer, y llevan quince años creyéndoselo.

Un hombre lloró una vez porque en cuarenta y un años nunca nadie le había preguntado qué le hacía gracia de verdad.

—Alma...

—No he terminado. —Levanté la mano, y él, para su mérito, cerró la boca—.

Eso que usted llama patrón, para mí tiene nombre y apellido y una foto grapada en la esquina de un papel.

No es un dataset. Es Remedios Cantos, setenta y un años, y Teodoro no sé qué, y la señora de Getafe que se inventa sobrinos, y no se lo voy a vender a nadie para que su app diga a la gente que sonría más en las fotos de perfil.

Silencio.

Vicente, desde su rincón, hizo como que leía una carpeta que llevaba boca abajo.

Bruno dejó la tablet sobre la mesa. Despacio. Como quien se rinde en algo, aunque todavía no sabía en qué.

—¿Sabe qué es lo más triste de lo que acaba de decir? —preguntó.

—Sorpréndame.

—Que tiene razón. Y que aun así se lo voy a comprar.

Me reí. Sin querer, se me escapó, corta y seca, más de indignación que de gracia.

—No.

—Tengo una oferta que le va a costar rechazar.

—Llevo once años rechazando ofertas que me costaban rechazar. Es mi deporte favorito.

Bruno se apoyó en el respaldo de la silla de escay verde. La miró un segundo, como calculando si aguantaría el peso de lo que iba a decir.

—¿Y si le propongo otra cosa?

—Depende de la cosa.

—Una apuesta .

La palabra se quedó ahí, en medio de la rebotica, entre el olor a madera vieja y el ruido de la cafetera de Cande dos metros más allá.

—No juego a las apuestas —dije.

—Aún no sabe cuál es.

—No hace falta. La respuesta es no antes de escucharla, que es la única forma en que se puede decir que no de verdad.

Se levantó. Cogió la tablet. Y por primera vez desde que había entrado, me miró sin la sonrisa de vendedor, con algo que se parecía sospechosamente a la curiosidad de verdad, la que yo reconozco en un cliente cuando por fin deja de actuar.

—Piénselo esta semana —dijo—. Vuelvo el jueves.

—No hace falta que vuelva.

—Vuelvo el jueves —repitió, ya en la puerta, con la mano en el pomo de bronce—. Y, Alma...

—¿Qué.

—Reme baila mejor de lo que usted cree. Se lo digo porque me la crucé saliendo, en la calle, ensayando un giro sola delante del escaparate de la panadería.

Sonó la campanilla.

Se fue.

Me quedé mirando la puerta un buen rato, con la sensación exacta que tengo cuando algo va a salir mal y va a merecer la pena.

· · ·

—¿Qué ha querido decir? —preguntó Cande, entrando con dos cafés que no le había pedido a nadie, uno para ella y otro, como siempre, frío para mí sin necesidad de dejarlo enfriar—. Lo de Reme.

—No tengo ni idea.

—¿Y lo de la apuesta?

—Tampoco.

—Alma.

—¿Qué.

—Se te ha puesto la cara rara.

—No se me ha puesto ninguna cara.

Cande se sentó en el borde de mi mesa, cosa que odio y que ella sabe que odio, razón por la que lo hace.

—Es la cara que se te pone cuando entra alguien y ya sabes con quién lo vas a emparejar.

Cogí el café. Frío, como me gusta, aunque esta vez ni siquiera había tenido tiempo de dejarlo enfriar solo.

No le contesté.

Porque la cara que se me había puesto no era esa.

Era la otra. La que solo me había visto poner tres veces en once años, y las tres veces fue mirando una ficha que no sabía dónde colocar .

Vicente carraspeó desde su rincón, sin levantar la vista de la carpeta que seguía boca abajo.

—Jefa.

—¿Qué.

—Voy a investigar a ese chico.

—No hace falta.

—Va a volver el jueves.

—Ya lo he oído, Vicente.

—Entonces sí que hace falta.

Y por primera vez en toda la mañana, no supe qué contestarle.

· · ·