Diario de una Matchmaker (Diario de una Matchmaker 1) Capítulo 1
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Diario de una Matchmaker (Diario de una Matchmaker 1)

Diario de una Matchmaker (Diario de una Matchmaker 1)

Por Remedios Gomis

© inepub.com

Capítulo 1

La pregunta del ramo

Marta y Quique se casaron un sábado de mayo, a las doce y media, con cuarenta minutos de retraso y una tía abuela llorando desde el minuto uno.

Yo estaba en la última fila.

Siempre en la última fila.

Es una regla mía, esa no viene en el manual. Si te sientas delante, la gente se gira a mirarte durante el sí quiero. Y hay algo raro en que te miren a ti mientras dos personas se prometen cosas.

—Qué guapa está —susurró Cande a mi lado.

—Lleva el vestido al revés.

—Alma.

—Lo digo bien. La cinturilla va del otro lado. Se lo dije en la prueba.

Cande me dio con el codo. Le dio a la señora de delante sin querer. La señora se giró. Cande le sonrió con esa cara suya de niña de comunión que le ha salvado la vida veinte veces.

Marta caminó hacia el altar y lo hizo despacio, como le dije. Despacio, Marta, que no te lo van a quitar. Y cuando llegó arriba, Quique hizo lo que yo sabía que iba a hacer, lo que supe que haría el primer día que se sentó en mi despacho y estuvo once minutos sin mirarme a los ojos.

Se tocó el bolsillo del pecho.

Tres veces.

Ahí llevaba la foto de su padre, que murió en febrero y no llegó a ver esto.

Noté el calor subiendo por la garganta. Me puse a contar las baldosas del suelo. Es un truco. Funciona casi siempre.

—Estás llorando —dijo Cande.

—Es el incienso.

—No hay incienso.

—Pues será el polen.

—Estamos dentro.

—Cande.

—Vale.

Llevo once años en esto. Mil ochenta y siete personas. Y todavía se me va la mano a la barbilla cada vez que dicen sí , como si fuera la primera.

Mi abuela lloraba en todas. Sin disimular. Con pañuelo de tela y ruido. Decía que el día que dejara de llorar cerraba el negocio, porque significaba que se había vuelto una vendedora de personas.

Amparo Belmonte lloró en mil catorce bodas .

Y luego, en la suya, no.

Pero esa es otra historia y todavía no toca.

· · ·

El banquete fue en una finca de la carretera de Burgos con dos pavos reales sueltos por el jardín. Uno se llamaba Rafa. Nadie supo explicarme por qué.

Mesa nueve. La de los raros. Siempre me ponen en la mesa de los raros, que es donde mejor se come y donde se entera una de todo.

—Perdona, tú eres la de la agencia, ¿no? —Una chica con un tocado enorme, medio vino de más—. La casamentera.

—Alma.

—¡Alma! Sí, sí. Oye, una pregunta. —Se acercó demasiado—. ¿Tú cómo sabes que dos personas van a funcionar? ¿Es como un algoritmo o qué?

Todo el mundo pregunta esto. Todo el mundo. Y la respuesta de verdad no cabe en una boda.

Así que di la corta.

—Les pregunto qué es lo último que les hizo gracia.

—¿Y ya?

—Y ya.

—Venga, no me jodas .

—Pruébalo. —Señalé con la barbilla al chico de su izquierda, el del traje azul, que llevaba media hora mirándola sin saber cómo entrar—. Pregúntaselo a ese.

La chica se giró.

Yo me dediqué al solomillo.

Cinco minutos después se estaban riendo los dos como idiotas por algo de un vídeo de un gato que se cae de una lavadora.

Cande me miró desde la otra punta de la mesa y levantó la copa.

No es magia. La gente cree que es magia. Es escuchar. Es todo lo que es: escuchar con una atención que hoy en día ya casi nadie regala. Mi abuela decía que las agencias matrimoniales se van a acabar el día que la gente vuelva a mirarse en el metro.

Van a durar mil años.

· · ·

El ramo lo tiró Marta a las siete y cuarto.

Yo estaba fuera, en la escalera de piedra, con los zapatos en la mano, intentando que el pavo real dejara de mirarme.

—¡Alma! —gritó alguien—. ¡Alma, ven!

—No, no, yo no.

—¡Que vengas !

Veinte mujeres en corro. Veinte. Y Marta arriba, en el escalón, con el ramo agarrado como una granada.

—Va, tía —dijo Cande, tirándome del brazo.

—No juego.

—Nadie juega. Es un ramo.

Y entonces Marta me buscó con los ojos por encima de todas las cabezas y sonrió de esa forma en que sonríe la gente que cree que te está haciendo un favor enorme.

Y me lo tiró a mí.

Directo. Sin disimulo. Un pase de fútbol sala.

Tuve que cogerlo. Se me vino encima. Peonías y una cinta de raso que olía a laca.

Silencio de dos segundos.

Y luego el aplauso, y los silbidos, y la voz del tío de Quique, que llevaba toda la tarde con el gin-tonic pegado a la mano:

—¡A ver si va a ser verdad eso de en casa del herrero!

Risas.

Muchas risas.

Y Marta, bajando el escalón, cogiéndome de las dos manos, con los ojos brillantes y la mejor intención del mundo, que es siempre la peor:

—Alma, de verdad. ¿Y tú cuándo ?

Y yo me oí decir, con la sonrisa puesta, la misma frase de siempre:

—Es que yo estoy muy liada casando gente.

Se rieron otra vez.

Funciona. Lleva funcionando once años.

Lo que no le dije a Marta, lo que no le he dicho a nadie, es que lo tengo contado.

Mil ochenta y siete parejas desde que abrí el primer cajón sola.

Mil ochenta y siete veces que he mirado a alguien treinta segundos y he sabido, con esa certeza rara que no sé explicar ni a mí misma, de quién se iba a enamorar.

De mí no sé nada.

Ese es el chiste que nadie más pilla.

Me metí el ramo debajo del brazo, volví a la escalera y me senté con los pies en la piedra fría.

Cande se sentó al lado sin decir nada, que es su superpoder de verdad.

Al rato:

—¿Te cuento algo?

—No.

—Tenía treinta y dos.

—Cande .

—Mi madre a los treinta y dos ya tenía tres hijos y una hipoteca.

—Tu madre a los treinta y dos también fumaba en el coche con vosotros dentro. No todo lo de antes era mejor.

Se rio. Se le escapó el chorro de risa ese que suena a bocina de barco. Un camarero se giró.

—Es que un día te vas a morir —dijo después, tranquila.

—Ese es el plan.

—Y no habrá nadie que sepa cómo te tomas el café.

Miré el jardín. El pavo real seguía ahí, quieto, juzgándome abiertamente.

—Frío —dije—. Me lo tomo frío.

—Ya lo sé, idiota. Todo el mundo lo sabe. Te lo dejas enfriar hablando. —Me quitó una peonía del ramo y se la puso detrás de la oreja—. Yo digo alguien que lo sepa y le importe . Que no es lo mismo.

No contesté.

A veces Cande tiene razón y es insoportable.

· · ·

Llegué a casa a la una y veinte.

Piso pequeño en Malasaña, dos plantas por encima de la agencia. Mi abuela lo compró en el ochenta y cuatro por lo que hoy cuesta un coche de segunda mano, y cada vez que lo pienso me dan ganas de gritar.

Tinto me recibió con la indignación habitual del que lleva nueve horas solo. Le eché de comer. Dejé el ramo en el fregadero, sin agua, porque las peonías se abren y se mueren en dos días y yo ya lo sé y aun así las compro.

Y luego bajé.

No sé por qué bajé. Sí lo sé.

La agencia a esa hora huele distinto. De día huele a café y a la colonia de Vicente.

De noche vuelve a oler a lo que era antes: farmacia.

Madera vieja, un fondo dulzón, algo mineral debajo.

Mi bisabuelo despachaba jarabes ahí hasta el sesenta y ocho.

Mi abuela tiró el mostrador, dejó los cajones y puso una mesa.

Ciento veinte cajones de roble con su etiqueta de porcelana.

Bicarbonato. Tila. Árnica. Azufre.

Y dentro, fichas.

Cada una con una foto grapada en la esquina, una letra distinta y una pregunta al final que escribió mi abuela en el setenta y nueve y que yo sigo haciendo, palabra por palabra, en cada entrevista:

¿Qué es lo último que le hizo gracia de verdad?

Encendí solo la lámpara de la mesa. Me senté en el suelo .

Y abrí el de abajo del todo.

Cajón 12. Etiqueta: Láudano.

Dentro no hay fichas. Dentro hay un sobre.

Color crema, tamaño cuartilla, cerrado con una goma que ya perdió la elasticidad hace años. Y una sola palabra en la esquina, con la letra de mi abuela, esa letra inclinada de monja que aprieta tanto que rompe el papel:

ALMA.

Lo escribió ella. Hace diez años. Un martes.

Yo tenía veinticuatro y acababa de terminar la carrera y estaba insoportable, y una tarde, medio en broma, rellené una ficha. La mía. Como cliente. Con mi foto de carnet y todo.

Se la di.

Y le dije: venga, abuela, demuéstramelo.

Y ella la leyó entera, despacio, sin levantar la vista. Tardó como diez minutos. Y cuando terminó no dijo nada gracioso. No dijo nada de nada. Solo cogió un sobre, metió un papel dentro, escribió mi nombre y lo guardó en ese cajón.

—¿Y ya está? —le dije.

—Ya está.

—¿No me lo vas a decir?

—No.

—Abuela .

Y entonces me miró de una forma que no le había visto nunca y que he visto tres veces desde entonces en tres clientes distintos, siempre justo antes de que me mintieran.

—Cuando estés preparada —dijo—, lo abres tú.

Murió dos años atrás, un jueves, en una silla, viendo un concurso de la tele.

Y el sobre sigue ahí.

Y yo sigo aquí, en el suelo de una farmacia sin medicinas, a la una y media de la madrugada, con un vestido de boda ajeno y las manos en el sitio de siempre: lo suficientemente cerca para tocarlo, lo suficientemente lejos para no abrirlo.

Lo tuve en las manos cuatro minutos.

Lo dejé.

Cerré el cajón.

—Mañana —dije en voz alta, para nadie.

Lo digo desde hace diez años.

· · ·

El lunes llegué a las nueve menos cuarto con dos cafés y ningún presentimiento, que es lo peor que le puede pasar a alguien que vive de los presentimientos.

Vicente ya estaba en su rincón, con las gafas en la punta de la nariz y tres carpetas abiertas.

—Buenos días, jefa .

—Buenos días. ¿La de Getafe?

—Mentía. Pero de las que mienten bien.

—¿Y eso?

—Se quitó cuatro años y se puso un sobrino. —Pasó una hoja—. Un sobrino imaginario. Para parecer más de fiar.

—Dios.

—Yo diría que la de Getafe está más sola de lo que pone en la ficha.

Lo anoté. Regla nueve.

Cande entró a las nueve y diez con el móvil pegado a la cara.

—Alma.

—Buenos días también.

—Alma. —Levantó la vista—. Tienes una visita a las diez.

—No tengo nada a las diez.

—Ahora sí. Llamó el viernes. Insistió mucho. Dijo que era importante.

—¿Nombre?

Cande dudó medio segundo. Medio segundo de Cande son tres frases de cualquier otra persona.

—Bruno Salgado.

Me quedé con el vaso de café a medio camino .

El nombre lo conocía. Todo Madrid lo conocía. Salía cada dos semanas en el suplemento de los domingos con una camisa arrugada a propósito, hablando de disrupción y de conectar personas .

Brújula.

La aplicación. Ochenta millones. Los carteles de las marquesinas con la frase esa que me hacía apretar los dientes cada vez que esperaba el 21:

«EL AMOR NO ES SUERTE. ES MATEMÁTICAS.»

—¿Y qué quiere? —pregunté.

—No lo dijo.

—Cande.

—No lo dijo, te lo juro. —Se mordió el labio—. Pero preguntó cuántas fichas teníamos.

Miré los ciento veinte cajones. Cuarenta y seis años de gente. De letras torcidas, de fotos de carnet, de lo último que me hizo gracia de verdad .

Y ahí, en el estómago, lo noté. Ese tirón.

El mismo que noto cuando dos personas se van a gustar.

Exactamente el mismo.

—Vicente —dije, dejando el café en la mesa—. Hazme un favor .

—Dime.

—Mírame a ese.

A las diez en punto sonó la campanilla de la puerta. La de bronce, la del sesenta y ocho, la que sonaba cuando entraba alguien a pedir algo para la tos.

Y entró él.

Traje sin corbata. Zapatillas blancas. Un paraguas que no hacía falta porque llevaba tres semanas sin llover.

Miró los cajones antes de mirarme a mí.

Eso lo apunté también.

—Alma Belmonte —dijo.

—Depende de para qué.

Sonrió. Peligro tipo B, confirmado.

—Bruno. —Me tendió la mano—. Vengo a hacerle una oferta por su archivo.

Y así, con esas nueve palabras y a las diez y un minuto de un lunes cualquiera, se acabó mi vida tranquila.

· · ·