Capítulo 21
Cita cuatro: yo
No hubo ficha.
Es lo primero que quiero dejar claro, porque después de tantos años rellenando papeles para todo el mundo, me pareció importante que la mía, si es que iba a existir de verdad, no naciera en un cajón de la rebotica sino en algún sitio nuevo, sin etiquetas de porcelana ni preguntas escritas de antemano.
Elegí el lugar yo misma, cosa que no había hecho con ninguna de las citas anteriores porque nunca había sido yo la protagonista.
Un banco en el Retiro, cerca del estanque, donde solía sentarme de pequeña con mi abuela los domingos, mientras ella me contaba historias de clientes sin nombres, disfrazadas de cuentos, sin que yo supiera hasta muchos años después que todas eran verdad.
Bruno llegó puntual, como siempre, sin traje esta vez, con una camisa sencilla y el pelo un poco alborotado, como si hubiera decidido, para esta cita, dejar en casa toda la armadura que llevaba puesta el primer día.
—No hay cuaderno hoy —dijo, sentándose a mi lado, sin tocarme, dejando el espacio justo entre los dos que dejan las personas cuando todavía no saben si tienen permiso para acercarse más.
—No hace falta cuaderno. Ya nos conocemos .
—¿Nos conocemos?
—Sé que toma tres de azúcar en el té por su madre. Sé que se ríe de verdad cuando alguien admite que no sabe algo. Sé que le tiembla la voz cuando habla de dinero y no le tiembla nada cuando habla de perderlo todo por algo que le importa.
Bruno sonrió, mirando el estanque, donde un par de patos se peleaban por un trozo de pan que alguien había tirado sin cuidado.
—Yo también sé cosas de usted —dijo—. Sé que se toma el café frío, no porque le guste así, sino porque se le olvida bebérselo mientras escucha a los demás.
Sé que cuenta baldosas cuando está a punto de llorar en una boda.
Sé que tiene un cajón, el de abajo del todo, que lleva diez años sin abrir, y que cada vez que alguien lo menciona, se le cambia la cara de una forma que intenta disimular y no consigue del todo.
Me quedé callada, sorprendida de cuánto había estado observando sin que yo me diera cuenta, de la misma forma exacta en que yo llevaba semanas observándolo a él.
—¿Quién se lo ha contado? —pregunté, aunque ya sospechaba la respuesta.
—Cande. Y un poco Vicente. Y sobre todo usted misma, aunque no se dé cuenta de cuánto cuenta con la cara cuando cree que nadie la está mirando.
· · ·
Nos quedamos un rato en silencio, viendo pasar a la gente, a las familias con niños corriendo detrás de palomas, a una pareja mayor que caminaba tan despacio y tan pegada el uno al otro que parecían llevar toda la vida practicando ese mismo paso.
—¿Puedo hacerle la pregunta? —dijo Bruno, al fin, girándose hacia mí—. La suya. La de siempre.
—Adelante.
—¿Qué es lo último que le hizo gracia de verdad?
Sonreí, porque llevaba once años haciendo esa misma pregunta y nunca, ni una sola vez, me la habían devuelto con tanta intención.
Pensé en la respuesta correcta, la fácil, la que hubiera dado hace un mes: algo de Tinto, algo de Cande, algo de un cliente gracioso. Pero decidí, por primera vez, contestar de verdad, con la verdad completa, la que se guarda debajo de las tres rayas de tachar.
—Usted —dije, al fin—. Con tres de azúcar en un té que sabe fatal, contándome lo de su madre en una cafetería pequeña sin darse cuenta de que me estaba rompiendo algo por dentro que llevaba diez años sin romperse.
Bruno se quedó quieto, con esa quietud especial que solo tienen los momentos que la gente recuerda para siempre.
—Eso no es gracioso —dijo, muy bajito.
—Ya lo sé. Pero es la respuesta de verdad. La pregunta nunca ha sido sobre risa, en realidad. Es sobre lo que nos toca de verdad, aunque duela un poco al contarlo .
—Entonces se lo voy a contestar yo también de verdad.
—Se acercó un poco, con cuidado, el mismo cuidado del soportal de Lavapiés, dándome todo el tiempo del mundo para apartarme si quería—.
Lo último que me hizo gracia de verdad fue usted, discutiéndome por no dejarme tocar un cajón que decía Manzanilla, el primer día que entré por esa puerta pensando en comprar un archivo y saliendo, sin saberlo todavía, enamorándome de la mujer que lo cuidaba.
· · ·
Esta vez no sonó ningún teléfono.
Esta vez no llovió de repente, ni pasó nadie a interrumpir, ni surgió ninguna excusa profesional que reconducir hacia la seguridad de las reglas del manual.
Esta vez, cuando Bruno se acercó despacio, con la misma pregunta silenciosa de siempre en los ojos, yo no me aparté.
Fue un beso corto. Sencillo. Sin la urgencia de las películas, sin fuegos artificiales de fondo, solo dos personas en un banco del Retiro, con los patos peleándose por pan duro a pocos metros, decidiendo, por fin, dejar de fingir que no sentían lo que sentían.
Cuando nos separamos, Bruno sonrió de una forma que no había visto nunca, ni la sonrisa de vendedor, ni la nueva, más honesta, que llevaba semanas descubriéndole. Era otra completamente distinta, la de alguien que ha llegado, después de mucho rodeo, exactamente a donde quería llegar .
—Esto no estaba en la lista de las cinco citas —dijo, con la voz un poco ronca.
—No, no estaba.
—¿Es la cuarta o es otra cosa completamente distinta?
Me reí, apoyando la frente en su hombro, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que no necesitaba anotar nada, que no necesitaba clasificar aquello en ninguna categoría de mi cabeza, porque por una vez en la vida, era simplemente lo que era.
—Es la cuarta —dije—. Y también es otra cosa completamente distinta. Las dos cosas a la vez, como casi todo lo importante.
· · ·
Volví a casa esa noche flotando, con esa sensación rara en el pecho que llevaba tanto tiempo sin sentir que casi se me había olvidado el nombre. Felicidad, sin más adjetivos, sin condiciones, sin la vocecita habitual de mi cabeza calculando riesgos y compatibilidades.
Bajé a la rebotica, como cada noche, con la costumbre ya tan arraigada que ni siquiera lo pensaba.
Y esta vez, por primera vez en diez años, me senté delante del cajón doce con una sensación distinta a todas las anteriores.
No era miedo.
Era, por fin, algo parecido a estar preparada .
Puse la mano sobre el tirador.
Y entonces sonó el timbre de la puerta de la calle, tan fuerte, tan inesperado a esas horas de la noche, que me hizo saltar del susto.
Miré el reloj. Las once y media.
Nadie llama a esas horas sin que sea importante.
Me levanté, dejé el cajón sin abrir, otra vez, y fui a ver quién era.
No sabía, todavía, que al otro lado de esa puerta me esperaba la persona que llevaba diez años sin ver en directo, con una maleta pequeña y una expresión que reconocí, incluso a través del cristal esmerilado, como la de alguien que ha llegado con más de una semana de adelanto y con noticias que no van a poder esperar hasta la fecha acordada.
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