Chapter 34
Se paró ante uno de los portales con el escudo del yugo y las flechas y llamó al telefonillo.
—¿Quién es? —chilló una voz infantil.
—El inspector Daniel Hurtado.
Un zumbido le indicó que la puerta estaba abierta. Le vino bien subir los dos pisos, así se sosegaba un poco. Aunque, al llegar, vio que había perdido un poco el resuello, los años, que no perdonan.
Antes de tocar el timbre se abrió la puerta. La niña, Bárbara, le estaba esperando.
—Dice mamá que pases —le invitó la niña, que estaba preciosa con dos trencitas rubias a los lados. El hermano, más tímido, estaba detrás. Ella le señaló con la mano la puerta del salón.
Alejandro y Bárbara se habían quedado en el pasillo, expectantes de emoción ante todo un jefe de policía.
Para su satisfacción, les llamó por sus nombres.
Como no entendía mucho de niños les revolvió el cabello.
Se dejaron tocar la cabeza sin rechistar.
Volvió a ganar puntos cuando les enseñó la placa reglamentaria.
Lástima, no llevaba pistola. Aun así, satisfechos, se fueron al cuarto del mayor, donde continuaron jugando ruidosamente con la consola.
Aprovechaban que había visita para no hacer los deberes. El abuelo no les había perdonado una.
Después se acercó a su madre. Rosa le esperaba recostada en el alegre sofá, con una manta sobre sus piernas. Era del mismo tono verde que el sillón favorito del inspector.
—Señor Hurtado, ¡qué alegría verle!
—Señora Laborda, no se levante, por favor —le suplicó el inspector, al ver que hacía ademán de moverse del tresillo, mientras se acercaba a estrecharle la mano.
Miki, el enorme gato negro, reposaba en su regazo, dormido.
No se molestó siquiera en abrir un ojo, ignorando a la visita.
Notó con súbita pena que en las muñecas aún cicatrizaban las heridas producidas por las cuerdas.
—Si ya casi estoy bien del todo.
—Es cierto que se le ve muy buen color.
—Tal como estaba cuando usted me encontró, cualquier color que tenga será bueno, supongo —bromeó, y esta vez su sonrisa le ocupó toda la cara.
Era la viva imagen de la vitalidad. ¡Qué contraste con el recuerdo de cuando la vio la última vez, llena de tubos, en una cama de la UVI!
—. Pero tiene razón, me estoy recuperando muy rápidamente.
Mi familia me ha ayudado mucho y tener a mis hijos cerca, más aún.
—He traído la declaración que hizo ayer al oficial que le envié, para que la repase y nos la firme.
Y diversa documentación que nos llevamos de su casa.
Ya sé que hizo otra declaración en el hospital asturiano, pero es lo que tienen los casos que traspasan provincias.
He esperado para visitarla a que pasaran un par de días de su salida del hospital, para no importunar.
—Señor Hurtado, usted, que le tengo por mi salvador, no me importuna.
—Bueno, yo… — Titubeó ante el cumplido, azorado. Se sintió inseguro como un adolescente. Acabó diciéndole una frase rutinaria, que no reflejaba para nada sus sentimientos. —. Fue una labor de equipo.
—Lo sé. Y se lo agradezco a todos, especialmente a los inspectores Alonso y Ondarreta.
Pero nunca olvidaré el instante en que le oí llegar.
Primero me asusté ¿me puede pasar algo peor que esto?
, y me dije, sí. Pero al escuchar su voz tranquilizándome, y luego, cuando me cogió la mano, sabe…
volví a tener esperanza. Me devolvió de golpe a la vida.
¿Sabe en lo que pensaba cuando me encontró?
—No me puedo ni imaginar cómo se debe sentir uno en una situación así.
—Me estaba reconciliando con la muerte, despidiéndome de mis seres queridos.
La mordaza de la boca me impedía respirar bien.
Los dolores eran tan… tremendos, estaba todo tan oscuro, que quería que acabase ya todo.
Mis propios olores me desagradaban. Sólo de vez en cuando me parecía oír el mar.
Y me preguntaba, ¿Qué me han hecho? y ¿Cómo he podido provocar tanto odio como para que alguien me quiera ver muerta?
Y, sobre todo, ¿a quién beneficia que yo sufra tanto?
—Los criminales no necesitan tener razones lógicas, no se culpabilice. Aunque supongo que le sorprendería saber que fue Andrés Real el causante de sus torturas.
— No del todo. Tuve mucho tiempo para meditar y aunque no le vi en ningún momento, sí llegué a pensar en él.
Al leonés no le veía capaz de tanta crueldad.
Y de esta persona, por llamarle de algún modo, sí tuve muestras anteriores de su “talento” —y remarcó la última palabra, con una media sonrisa.
El inspector pensó que era buena señal que hablara sobre lo que pasó y que se permitiera incluso jugar con las palabras— ¿Le importaría que le hiciese una pregunta?
—Claro que no, dígame.
—¿Cómo supieron que Andrés había sido mi secuestrador?
—con la ansiedad con que lo miró se dio cuenta de que había juzgado mal su capacidad de recuperación.
Aunque quisiera simular ánimo, vislumbró en su expresión no sólo el calvario que había pasado sino el que le quedaba por superar.
O puede que algo así no se supere nunca.
Dada su experiencia en tratar con todo tipo de gente que oculta y miente, Rosa le pareció una experta en el difícil arte de esconder sus verdaderos sentimientos.
En ese detalle vio en ella su alma gemela.
Él se había pasado su existencia controlando férreamente la cara que daba de sí mismo a los demás.
Aunque estuviera rota por dentro, ella se mantenía fiel a su imagen de chica alegre.
—Tuvimos que investigar en todos los frentes, y por ello interrogamos a su familia, compañeros de trabajo, amigos y amigas, al leonés. Nos informamos de si había habido movimientos en sus cuentas bancarias. El chico que le ayudó a cambiar la rueda le vio. Registramos su casa.
—Sí, pero ellos no sabían las últimas novedades sobre él. A no ser qué… la documentación que ha mencionado antes sean mis… mis… —Se sonrojó, mientras le miraba con cara de susto.
—Debo confesarle que, cuando vimos sus escritos… — al ver que Rosa se moría de vergüenza no pudo evitar sentirse él igual.
—¿Vimos? ¿Toda la Comisaría?, ¡Qué corte! En algunos de ellos hacía streap-tease emocional.
—Por supuesto que no, sólo mis dos inspectores y yo.
A los interrogatorios sólo llevamos las partes estrictamente necesarias para recabar más información.
Rosa, no tuvimos otro remedio que leerlos.
Podían ser importantes para localizarla, como así fue.
Sin las pistas escritas que nos dio sobre Andrés y sobre el apartamento de la playa, no hubiéramos dirigido nuestras investigaciones hacia él.
—Si lo entiendo, Daniel, perdóneme —como él la había llamado por su nombre de pila, ella, sin darse cuenta había hecho lo mismo—. Me salvan la vida y me preocupo por tonterías, soy una boba.
—Comprendo perfectamente lo que quiere decir.
Le confieso que cuando lo estaba leyendo no pude evitar sentirme como un intruso.
Muchas de sus palabras eran íntimas. Aunque, la mayoría, como sus relatos o sus Historias de Amigas, me proporcionaron instantes muy agradables. Hacía tiempo que no me reía tanto.
—¿De verdad? Son reales, como la vida misma —sonrió ella, mientras le observaba la nervuda mano vestida con un único y sencillo anillo de oro— ¿A usted le gusta leer?
—Sí, soy un gran aficionado, pero en plan de evasión y best-sellers. En el poco tiempo libre que dispongo me gusta estar distraído con temas banales.
—A mí me da por épocas, lo alterno todo.
Comenzaron a charlar de los autores más conocidos.
Se enfrascaron en una breve biografía de los gustos literarios de cada uno.
Daniel, distendido, había apoyado la espalda en el sofá, al lado de Rosa, con las piernas cruzadas cómodamente.
Como ella se había medio incorporado, las rodillas de ambos se rozaban.
En ese punto sentía el inspector un intenso calor.
Éste se irradiaba al resto de su cuerpo, produciéndole una gran sensación de bienestar.
Unos temas llevaron a otros, y sin apenas darse cuenta estaban hablando como si se conocieran de siempre.
De pronto apareció Bárbara en la puerta del salón.
—¡Mamá, mamá, Alejandro me ha pegado!
—¡Porque ha hecho trampas! —gritó su hermano, desde el cuarto.
—Perdona, voy a poner orden —y se levantó, suspirando, como diciendo, ni estando enferma me dejan descansar.
—Me parece que se me está haciendo tarde —se excusó el inspector cuando volvió la madre.
Miró el reloj. El tiempo había volado. La interrupción le había cortado la agradable conversación que hasta entonces mantenían y no supo cómo retomarla.
Aun así, las piernas se volvieron a unir, atraídas entre sí como un imán.
—Daniel, ¿puedo decirle algo personal?
—Por supuesto, Rosa.
—Es que si no se lo digo hoy quizás ya no tenga ocasión
—adelante —. Vio como ella titubeaba y se intranquilizó.
—Es sobre un sentimiento que provocó en mí en el hospital, cuando vino a visitarme a la UVI.
—Espero que no le molestara. Si cree que me tomé alguna libertad… —sintió de repente un bulto en el estómago, que se le había encogido. Se pasó la lengua sobre el labio de abajo, se le había resecado, en un momento de mimetismo con la boca de ella, todavía con costras.
—Al contrario —respondió Rosa, azorada—. Es algo que significó mucho para mí. Sentí su cariño.
—La vi allí tendida, en esa cama del hospital. Con su camisón azul, la cara pálida y las muñecas vendadas. Había sufrido mucho —intentó disculparse el inspector.
—Bueno, rápidamente, le diré, antes de que no me atreva a decírselo, que le agradezco mucho ese beso —le dijo Rosa, que había enrojecido y evitaba mirarle de frente. La rodilla le ardía junto a su rodilla.
—No sabía si se habría dado cuenta. Yo… me salió del corazón. No sé qué me sucedió. Normalmente no soy así. Le habré parecido poco profesional —Daniel Hurtado tampoco sabía dónde meterse.
—¡Qué dice, Daniel, de poco profesional! Si demuestra su calidad como ser humano. Recibir tal muestra de afecto, cuando acababa de salir de una pesadilla, fue lo más bonito que me podía pasar. Le parecerá que soy una sentimental, pero para mí fue un rayo de luz en mi oscuridad.
—Hablando de sentimentalismos, ya que ha sacado el tema he de confesarle que este caso, cosa que no hago nunca, me ha afectado personalmente. Usted, Rosa, con sus escritos, se ha hecho querer. – El inspector se extrañó de su propio ataque de sinceridad, que había escapado a su control.
—Gracias otra vez, Daniel, va a conseguir que me ponga más roja aún, si cabe. Y si le parece, no volvemos a mencionar este incidente, que parecemos tontos los dos, aquí pasando vergüenza.
—De acuerdo, Rosa. Lo siento, pero se me ha hecho ya muy tarde.
Debo irme para atender un asunto urgente —con gran esfuerzo se levantó, cortando el íntimo y delicioso contacto de sus piernas.
Ante la mejoría de su madre, por esta vez al menos, volvía su mujer a Madrid.
Esa misma noche había quedado con ella para ir a recogerla a la estación de autobuses.
Prefirió no comentarle a su querida aparecida el motivo de sus prisas.
Sentía que si lo hacía iba a quebrar la magia del encuentro.
—Perdone, y yo entreteniéndole.
—Estoy encantado, he pasado una tarde maravillosa.
—Yo también, Daniel.
—En la mesa le he dejado la documentación que nos habíamos llevado, junto con los CD’S. El ordenador ya se lo devolverán mañana.
—Tome, la declaración firmada.
Él esperaba de pie. Esta vez no protestó cuando ella se incorporó y le acompañó hacia la puerta. Se despidieron con dos cálidos besos y un tembloroso abrazo que duró una eternidad.