Diario de una desaparición Chapter 33
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Chapter 33

El lunes, a las siete y cuarenta de la mañana, estaba todo preparado.

La orden judicial, que incluía arresto del sospechoso y registro de su domicilio y despacho, recién firmada.

Los inspectores Alonso, Ondarreta y Hurtado, acompañados por los dos policías del equipo de seguimiento, se presentaron ante la casa del abogado.

Hoy cumplirían con una de las partes más agradecidas de su trabajo.

Seguía lloviendo. El aire les levantaba los paraguas, y el de la inspectora Alonso se volcó totalmente para atrás.

Era de los plegables, que no aguantan más de un envite.

El jefe, caballeroso, usó el suyo, gris, para guarecerse los dos hasta que llegaran al portal.

En ese momento se abrió la puerta y salió una vecina, ocasión que aprovecharon para entrar.

Subieron en dos turnos para no atosigar al viejo ascensor.

Se reunieron todos ante la entrada del señorial piso. Esther llamó al timbre. Debía de estar cerca porque enseguida le oyeron.

—¿Quién es?

—La policía, señor Real —dijo el inspector jefe.

La puerta se abrió inmediatamente. Estaba ya vestido, con un gran traje oscuro y maletín, listo para salir.

—¡Qué despliegue de hombres, señor Hurtado, y mujer! —intentó, bravuconamente, hacer una broma, mirando con sonrisa aviesa a Esther, pero no pudo disimular la sorpresa y preocupación.

—Aquí tiene la orden judicial —el jefe se la entregó con gran satisfacción— ¡Queda usted detenido por el secuestro e intento de asesinato de doña Rosa Laborda Pardo! Procederemos asimismo al registro de su domicilio y lugar de trabajo, incluyendo sus equipos informáticos.

—Supongo que dispondrán ustedes de pruebas —dijo, fríamente, mientras leía con detenimiento los papeles que le habían entregado. Los miró con profundo odio, que no dejó de afectarles. Apretaba tanto los carnosos labios que éstos se habían convertido en una fina línea morada.

—Sólo hemos de decirle que se ha hallado su huella dactilar en una hoja de periódico encontrada en el apartamento de Asturias, en donde ha aparecido secuestrada la víctima.

Que, por cierto, ha conseguido salvar su vida, gracias a nuestra rápida actuación.

Además, disponemos de un testigo ocular —sta vez fue Angus el que habló, y lo hizo con ganas de machacar al criminal, aunque sólo fuera moralmente.

Tras una minuciosa y tranquila inspección no lograron encontrar ninguna prueba incriminatoria en el espacioso piso de Andrés Real.

Éste les observaba sin perder detalle de sus actos.

Aunque acudían triunfantes a detenerle, se sintieron observados con tal detenimiento por el abogado que no pudieron evitar sentirse intranquilos.

Como si una venenosa mirada de éste bastara para que cayeran fulminados.

Se sentían contaminados, sucios. Era un halo, indefinible, que rodeaba al criminal.

A las doce y media de la mañana el detenido pasaba a las dependencias policiales, a la espera de la llegada de su abogado. Los dos ordenadores, tanto el de la casa como el del despacho, fueron llevados al laboratorio informático, para un examen de urgencia.

Pedro Juan, el simpático interino, les recibió encantado.

—¡Hola de nuevo! Espero que os sirviera la documentación que os saqué el otro día, de los viejos archivos de Word.

—Desde luego, fueron vitales para identificar a nuestro sospechoso —le contestó Angus y le puso al día con los detalles del caso, para que supiera qué tenía que buscar—. A ver qué puedes encontrar en este par de ordenadores.

Delante de los inspectores Ondarreta y Alonso comenzó a chequear la unidad informática del domicilio de Real.

—Ha cometido el típico fallo de los que no tienen ni idea —dijo.

—¿Qué? —preguntaron a la vez los dos compañeros.

—En Internet ha borrado el historial. Eso lo sabe hacer todo el mundo. Pero no las “cookies” ¡Huy! ¡Esta consulta, qué interesante!

—¿Qué pone? —las dos cabezas se pusieron al lado de un hombro cada una.

—Miradlo vosotros mismos —y les enseñó la pantalla. —. Esto es lo que ha estado consultado este capullo en el buscador Google.

Pudieron leer: deshidratación, morir de sed, sufrimiento, falta de agua, tiempo.

—¡Es increíble!, esto indica una planificación absoluta. No creo que salga de ésta, por más abogado que sea —exclamó Angus, excitado.

—Nos habla perfectamente de la maldad de esta persona. ¡Cuánta razón tenía Rosa cuando se preocupó tanto por haberle enviado aquel mensaje! —añadió la inspectora Alonso, que, con su juventud, también tenía la capacidad de escandalizarse intacta.

Pedro Juan se reía, ante lo fácil que le había sido realizar su trabajo. Mientras los dos inspectores hablaban, seguía buscando.

—Lógicamente, no ha guardado ningún archivo comprometedor, aparentemente, esto lo miraré con más calma.

En el ordenador del trabajo encontró otra pista demoledora.

—¡Mirad! Esto es interesante. ¿No habéis dicho que a esa pobre señora la hallasteis en un apartamento en Piedras Blancas?

—Sí, sí —asintieron.

— Pues ¡”Voilá”! —exclamó en plan efectista, se lo estaba pasando en grande. Con pocos esfuerzos estaba consiguiendo grandes resultados—. Y les enseñó la pantalla.

Era una búsqueda en “Vía Michelín” para saber la ruta para ir de Madrid a Ponferrada (supuestamente para coger del periódico de Ponferrada, que a saber quién se lo había facilitado) y seguidamente a Piedras Blancas.

Detallaba el camino más rápido, los kilómetros de distancia y el tiempo estimado para llegar al apartamento del leonés.

—¡Que se prepare ese listo, porque le tenemos cogido por todos los lados!

—Yo lo que no entiendo es cómo un señor, que ha estado toda su vida fastidiándole la vida a los demás, ha podido fallar tanto. Es que nos lo ha puesto como a Felipe II —.  Comentaba Angus, cuando salían del laboratorio de informática.

—No te creas que ha cometido tantos errores, si nos descuidamos casi se la carga —le respondió Esther.

—No, si para asesinar puede valer cualquiera. Lo difícil es que no te cojan. Y éste nos ha dejado un rosario de pruebas.

—No es lo mismo jugar con las emociones humanas que ser un hombre de acción—. Meditó la inspectora.

—Sí, en cuanto ha pasado de la teoría a la práctica ha sido un chapuzas .

—Menos mal que éste, con la edad que tiene, se pasará el resto de su vida en la cárcel. Si no le da antes un ataque de algo, con todo el colesterol que engulle.

—Ya, Esther, pero capaz es esta rata de divertirse en el trullo.

—¿Y eso?

—Ya me le veo enfrentando a unos presos con otros y disfrutando de provocar el caos en el patio. Si estuviera entre hombres y mujeres aumentaría la tasa de divorcios de los pobres reclusos.

—No te fíes, que en ese campo aún puede encizañar a los funcionarios de prisiones.

Se estaban riendo cuando llegaron al despacho del jefe, que les esperaba. Ante las alegres caras de sus subordinados vio que venían con buenas noticias. El registro había sido fructífero.

—Señor Hurtado —se asomó al despacho una auxiliar que trabajaba en recepción—. Ya ha llegado el abogado del señor Real.

Los tres inspectores se dirigieron a la sala de interrogatorios.