Diario de una desaparición Chapter 32
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Chapter 32

El sábado a última hora emprendieron el regreso.

Habían dejado a la madre y a los hermanos con la señora Laborda.

El inspector Carvajal les había prometido que les comunicaría los resultados de sus investigaciones en el apartamento en cuanto los tuviera.

Se había establecido un buen estado de cooperación, con canales abiertos en ambos sentidos.

Para que la policía no molestara a la víctima con un nuevo interrogatorio, que a buen seguro no sería tan suave, el inspector Hurtado les comunicó que ésta había declarado no haber visto a su agresor. Debido a ello su colega Carvajal decidió que de momento no hacía falta hablar con ella.

Aunque cansados, el ambiente en el coche era de alegría. Angus iba sentado delante, al lado del conductor. Él y Esther estaban eufóricos. Ya lo daban por sentado: para ellos el caso estaba resuelto.

—No se precipiten, todavía tenemos que conseguir más pruebas para meter en la cárcel al abogado.

—Ya jefe, pero lo más importante está conseguido —protestó Angus.

—Por supuesto, encontrar viva a la persona desaparecida siempre ha sido nuestra mayor prioridad —dijo Daniel, que como se había expuesto demasiado a sus subordinados quería recordarles que el trabajo sólo era trabajo.

—Y más esta vez. Que, se quiera admitir o no, habíamos establecido más vínculos con esta víctima que con otras.

No todos los casos son iguales —añadió Esther, mientras le miraba con intención.

No se había dejado engañar por el tono sosegado con el que su jefe quería disimular.

Se le había quedado grabada la escena del inspector cogiéndole tiernamente la mano a Rosa, mientras intentaba tranquilizarla con suaves palabras.

Esa ternura en la voz no se la había oído ni cuando hablaba con su esposa.

Daniel estaba notando que sus subordinados le ponían en un aprieto. Sonó el móvil del inspector jefe, como una campana salvadora. Miró la pantalla, era su mujer.

—Carmen, dime. Sí, perdona que no te haya llamado, he estado en Asturias.

No, ahora estoy en el coche, de vuelta. Sí, ha aparecido, viva.

Gracias. ¿Y tu madre? Me alegro de que esté mejor.

Yo también. Adiós—. Cuando colgó se sintió un poco intranquilo.

Recordaba aún el sabor de la lágrima, y al terminar la conversación con Carmen sintió remordimientos.

Ella le había dicho que le quería y él había respondido que también, pero de forma mecánica.

Como en los últimos tiempos de su matrimonio.

¿Dónde había quedado la pasión de los primeros años?

Llamó a centralita. Quería que le pusieran con el leonés y le pasaran la llamada al móvil. Esperaba que cuando consiguiera la comunicación tuvieran cobertura en la carretera. En ese momento estaban pasando por Arévalo, provincia de Ávila. Tuvieron mucha suerte. A los cinco minutos tuvo la llamada.

—¿Señor Martínez?

—Sí, inspector Hurtado ¿Alguna novedad?

—Rosa Laborda ha aparecido esta madrugada pasada, atada y amordazada en una cama de su apartamento de la playa —soltó de golpe la noticia, el inspector, que no estaba para diplomacias.

—¿Quéeee? ¿Está, está viva?  Y ¿en mi apartamento? —gritó, con voz de sorpresa, realmente angustiado.

—Sí, la hemos pillado a tiempo. Se recuperará.

—¡Gracias a Dios! ¡Qué horror, en mi apartamento! —no terminaba de reaccionar, no sabía de qué espantarse más, de que la hubieran secuestrado o de que hubiera sido en su propiedad.

—Como comprenderá, sospechamos de su amigo Andrés.

—Me parece increíble, pero supongo que, si tienen pruebas de ello, tendré que aceptarlo.

—Y de más. Necesitamos hacerle una pregunta. ¿Sabía el abogado que usted se iba de congreso a Cuba?

—No se lo comenté.

—¿Por qué no se lo dijo?

—No salió en la conversación la última vez que hablamos. No por nada en especial. Simplemente charlamos de otras cosas.

—Pues eso le ha salvado a usted. Se ha encontrado en el apartamento un periódico, el Diario de Ponferrada, fechado en el mismo día de su desaparición.

—¿Cómo, si yo ya estaba en Cuba?

—Precisamente, le querían incriminar a usted. Dado el acoso a que sometía a Rosa Laborda, se había convertido en sospechoso ideal.

—De acoso nada, simplemente quería recuperarla.

—No vamos a discutirlo de nuevo, señor Martínez. Sólo le agradecería que, para no meterse en más líos, la dejara en paz para siempre. Me encargaré personalmente de que lo cumpla, ya me entiende. Pero, de todas formas, gracias por atenderme —se despidió del leonés, con frío tono.

Ya casi en las puertas de Madrid, a la altura de Majadahonda, recibió el informe del seguimiento de Andrés.

El viernes, después del trabajo se fue a casa y no había salido hasta la mañana siguiente.

El sábado también se había acercado al despacho, un poco más tarde que un día laboral normal, sobre las diez.

A la una y media salió, comió un cocido completo en la cafetería cercana y se fue a casa.

De ahí, hasta ahora, no se había movido. Todo un angelito.

—Gracias por el trabajo. ¿Han comprobado que no haya otra salida desde su casa, algún local o algo?

¿Sí, y no hay más salidas? Sigan con la vigilancia, hasta nuevo aviso —les ordenó—.

Y no le pierdan de vista, es muy importante.

Es nuestro principal sospechoso del caso Laborda, que como sabrán ya ha aparecido.

A las dos de la madrugada llegaban a Madrid, medio adormilados.

Cuando abrió la puerta de su casa Daniel tuvo la sensación de haber estado fuera una eternidad.

Y apenas había sido más de un día. No tenía hambre, con el pincho de tortilla de patata que habían tomado en el descanso del viaje, había sido suficiente.

Apenas le dio tiempo de quitar el sonido al móvil.

Se limpió los dientes, se desnudó, y sin siquiera ponerse su clásico pijama de cuadros con botones y bolsillos, se quedó dormido.

El domingo amaneció nublado. A mediodía una gran tormenta de lluvia y viento descargó sobre el cielo contaminado de Madrid. Las hojas de los árboles, que hasta entonces la sequía y el buen tiempo habían atado a sus ramas, comenzaron a caer por fin.

El ruido del agua golpeando los cristales de su habitación despertó al inspector. Eran las doce. Hacía tiempo que no dormía diez horas de un tirón. Lo necesitaba. Lo primero que hizo fue comprobar sus llamadas. Ninguna.

Se fue a preparar su café, más negro que nunca. Esta vez lo tomó tan rápidamente que se abrasó la garganta.

No pensaba pasarse por la oficina. Lo mismo les había ordenado a sus subordinados. Era un día festivo. Rosa había aparecido viva. No era necesario que fueran a la comisaría. Para eso estaban el inspector Carvajal y sus hombres trabajando. Ellos se limitarían a esperar los resultados.

Llamó a centralita. No había habido ninguna llamada importante para él. Dejó dicho que en caso urgente se las pasaran al móvil.

Tras pensárselo un momento, porque había decidido desconectarse del caso por lo menos unas horas, llamó a la madre de Rosa.

Su hija había pasado la noche estupendamente, esta mañana la habían pasado a planta.

En un día o dos se la podrían llevar a casa.

Muchas gracias otra vez, señor inspector.

Todos estamos muy agradecidos por habérnosla devuelto con vida.

Con cierta incomodidad, que sentía siempre que un caso se solucionaba felizmente y las familias se volcaban en agradecérselo, le reiteró que no hacían más que cumplir con su deber.

Dedicó la tarde a leer una novela de evasión, sentado en su sillón verde favorito. No paraba de llover, lo que daba al hogar un ambiente más cálido y acogedor, mientras la noche oscurecía el cristal del salón.

A las nueve sonó el teléfono, estridente entre el silencio que había ocupado todo el día. Era el móvil.

—¿Señor Hurtado?

—Sí, soy yo.

—Al habla el inspector Carvajal. Tenemos novedades.

—Dígame, dígame.

—Hemos peinado todo el apartamento. Excepto por algo de polvo, normal en un piso cerrado, y la cama donde estuvo la secuestrada, estaba limpísimo. Aun así, se ha encontrado media huella. Hemos descontado, claro está, las del dueño, inquilinos anteriores y señora de la limpieza.

—¿En dónde estaba esa medio huella?

—En la hoja del periódico arrugado, en el Diario de Ponferrada.

—¿A quién pertenece? —estaba visto que el inspector asturiano quería darle suspense al asunto, y lo estaba consiguiendo, le tenía en vilo. Era vital que la huella se hubiera encontrado en el periódico.

—Según el juego de huellas que nos hicieron llegar ayer, corresponde a Andrés Real Real. Creo que es su mayor sospechoso —dijo, triunfalmente, el inspector Carvajal. Sabía que les estaba ofreciendo el caso en bandeja.

—Y, ¿no ofrece ninguna duda, al ser una huella parcial?

—No, ninguna.

—Entonces ¡le tenemos!

—Eso espero, porque nos soluciona la parte que nos corresponde, también.

—Muchísimas gracias, inspector. Después de haber encontrado viva a la víctima, esto nos permitirá cerrar el asunto con total éxito.

Si no le importa, sus inspectores se pueden poner en contacto con Angus Ondarreta y con Esther Alonso, ya los conoce, y se pueden intercambiar la documentación sobre el caso.

Después de dedicarse diversos parabienes entre los dos, colgó el teléfono.

Llamó al equipo de seguimiento del abogado.

En el día festivo el sospechoso sólo había salido un par de veces: a comprar el periódico “El País”, con su suplemento, y a comer en una casa de comidas cercana al domicilio.

Paella y chuletas de cordero, con patatas.

De postre tarta de queso. Como llovía, había llevado un enorme paraguas negro.

Nada más a destacar. Por lo visto no cocinaba en casa, porque comía siempre fuera.

Su vida social, por lo menos en este fin de semana, había sido nula.

Un tipo nada complicado para trabajar en un seguimiento.

—Aunque les parezca fácil, no bajen la guardia, es peligroso. Y hemos confirmado su autoría en el secuestro e intento de asesinato.