Diario de una desaparición Chapter 31
92%

Chapter 31

Habían pasado unas horas de locos. Angus se quedó con la policía asturiana, mientras que Daniel Hurtado y Esther Alonso acompañaron a la ambulancia al hospital.

Inmediatamente, en el dormitorio, los sanitarios le habían puesto suero intravenoso, por lo que el tratamiento que con más urgencia necesitaba, hidratación, empezó a hacer sus efectos poco antes de llegar al centro sanitario de la seguridad social.

Se le iba notando un poco mejor, pese a lo pálido de su rostro.

Seguía sin poder hablar ni abrir los ojos.

Al llegar se hizo cargo de la sufrida paciente el personal de urgencias. El inspector jefe no la volvió a ver hasta horas más tarde.

Sin embargo, Daniel no quiso moverse de la salita de espera.

Y ordenó a Esther que se fuera a descansar a los apartamentos.

Llamaron al chofer para que viniera a buscarla.

Y aprovecharían el viaje para cenar. Que le llevaran algo de comer a Angus, así cuando terminaran sus colegas, él también podría descansar.

Ya se verían mañana por la mañana en el hospital.

El inspector jefe recibiría a la familia cuando llegara a quién sabe qué hora de la madrugada.

También se presentó el oficial de policía encargado del caso, inspector Carvajal, a la espera de que la víctima estuviera en condiciones de declarar.

Le puso en contacto con el laboratorio de Madrid, para que les enviaran, vía Internet, todas las huellas relacionadas con el caso, y así las que se encontraran en el apartamento podrían ser inmediatamente identificadas.

Por fortuna, había un buen ambiente de colaboración, algo que no siempre se conseguía cuando trabajaban juntos departamentos de distintas ciudades.

Esto le dio tiempo para meditar sobre los últimos acontecimientos.

Pese al barullo de los altavoces convocando a un enfermo u otro a acudir a tal doctor o a rayos, y a los murmullos de los demás parientes comentando las enfermedades que les había hecho acudir a urgencias, pudo pensar.

Tenía gran capacidad de concentración, aún en situaciones adversas.

Alguien se había tomado muchas molestias para que el leonés pareciera culpable.

Y era, en realidad, la persona en la que todos los amigos, —e incluso la propia Rosa lo apuntaba abundantemente en sus escritos—, y ellos mismos habían pensado.

Lo del Diario de Ponferrada, con la fecha clave del día de la desaparición lo demostraba.

Se dio cuenta de que el culpable, seguramente llamado Andrés, no sabía que el leonés se había ido de Congreso.

Con eso todo encajaba. Si lo hubiera sabido, no habría actuado como habían visto.

Dejando pistas irrefutables de que había estado allí ese día.

Dejando al descuido el periódico delator.

¡Qué planes más retorcidos! Tampoco había contado con que se chocaría precisamente con el hombre que ayudó a Rosa a cambiar la rueda, y que, además, dejara una huella en ésta.

Tampoco sabía, aunque esto sí lo tenía que haber previsto, que su víctima había dejado por escrito las cartas que se habían intercambiado.

Que le había impactado de tal manera su maldad que incluso lo había estado comentando con sus amigos.

Le había señalado con el dedo. Había confesado su miedo hacia el abogado.

Intentó ponerse en el lugar del criminal, como solía hacer en otros casos.

Andrés se hace amigo del leonés. Le tiene informado unos meses de los movimientos de Rosa, mientras dura su supuesta amistad con ella.

Y con la obsesión que tenía Aladino Martínez por Rosa Laborda, fue fácil darle carnaza.

Le proporcionaba, como quien no quiere la cosa, todo el conocimiento sobre el objeto de su deseo.

Le hizo saber qué hacía su acosada , cuando salía, a dónde iba, con quién....

Como, por otro lado, Andrés sabía que a Rosa le molestaba, azuzó a su enemigo contra ella.

Fue a él a quien le comunicó quién había sido el causante de la ruptura de la amistad con la valenciana y él a su vez, aunque pensara que era falso, se lo comunicó a Rosa.

Lo del estudio en la playa en Asturias fue una jugada maestra.

Hizo que pareciera, en todo momento, que las iniciativas las tomaba el leonés.

Le manipuló para que fuera él quien le pidiera, como un gran favor, que se hiciera cargo del pisito.

Le prometió conseguirle un buen inquilino.

Así tenía libre el apartamento para la traca final.

¡Sin embargo, había muchos fallos para alguien que se creía tan astuto, para alguien tan planificador!

Todos ellos le servían a él para señalar con certeza que el abogado era la persona que pretendía matar de inanición a un ser humano.

O si no matar, sí tirar de la cuerda al máximo.

Literalmente. Pero, exceptuando el testimonio de Hilario, no tenían pruebas fehacientes contra él.

Era primordial que encontraran algo en el apartamento.

Lo malo es que eso ya no dependía solamente de él, si no de sus compañeros asturianos. Confió en que trabajaran con celeridad.

No pensaba que el testimonio de Rosa, cuando estuviera en condiciones de hablar, les sirviera para incriminar al sospechoso.

Estaba seguro de que ésta estuvo sedada todo el camino.

Incluso le inyectaría alguna dosis más. No se dejaría ver, hubiera sido una sentencia de muerte para su víctima y él no buscaba eso, por lo menos inmediatamente.

Una persona que, según la describía ella, disfrutaba provocando la infelicidad ajena, no querría que el sufrimiento fuera rápido. Cuánto más lento, mejor.

Morirse de sed y hambre. Sabía que era muy doloroso en condiciones de libertad.

Pero era llevarlo al límite del sufrimiento si a la víctima la inmovilizas, la aíslas y la dejas a oscuras.

Si no conseguías que muriese, el apartamento del leonés saldría a la luz tarde o temprano, al menos habrías provocado un dolor extremo.

De volver loco a cualquiera.  La muerte no parecía ser el objetivo prioritario del abogado.

Prefería tan solo provocar dolor. Se estremeció.

Solo. Había utilizado mal la palabra, sólo en este caso era todo… todo el sufrimiento físico y emocional.

En ese momento se preguntó por el estado psíquico en que se encontraría Rosa.

En sus escritos la había conocido, casi siempre, alegre como unas castañuelas.

Difícilmente podría alguien volver a ser el mismo después de estar sometido a esa tortura.

Sintió cierto sonrojo cuando pensó en que, dejándose llevar por la única manera que había encontrado de ofrecer consuelo, le tendió la mano.

Había sentido que le tranquilizaba su presencia y que necesitaba una mano amiga.

Como no pudo abrir los ojos, nunca le había visto, solamente había escuchado sus palabras.

Se estremeció, pensando en el tacto frío de su mano casi inerte.

En aquel momento, cuando la encontró tendida en la cama, la hubiera abrazado con toda su alma, aliviado de encontrarla viva.

Como quien hace mucho que no ve a un familiar muy querido.

Le parecía mentira haber sentido el contacto de la misma persona que había ocupado todas sus horas, su mente y su corazón en los últimos días.

Ese tiempo, le parecía una eternidad. Se dio cuenta, de repente, de que, si bien él conocía a Rosa íntimamente y se sentía muy ligado a su vida, ella no sabía nada de él.

Pero solo había escuchado su voz y tocado su mano.

La conexión no era mutua. Él seguía siendo un total desconocido para la señora Laborda.

Desechó estos pensamientos, que le provocaban desazón e intentó centrarse exclusivamente en los aspectos profesionales del caso.

La forma de provocar dolor le iba perfectamente al carácter de Andrés.

Intuía que la sangre le repelía, y por tanto habría sido incapaz de acuchillar a nadie.

Aunque ya saltó una barrera muy importante cuando se decidió a inyectar los sedantes.

Supuso que porque no vio otra solución. Pero el dejar a la víctima sola para que, simplemente con no hacer nada, siguiera sufriendo, eso le debía provocar mucho placer.

Incluso la valenciana notó que, antes de los hechos, estaba de muy buen humor. Como las fieras, salivando antes de atacar a sus víctimas.

Daniel se encontró con que se había quedado dormido en el incómodo sillón de la sala de espera, cuando se le cayó bruscamente la cabeza hacia adelante.

Miró el reloj. Llevaba ya más de cuatro horas sentado.

No vio a su compañero asturiano, el inspector Carvajal.

Se levantó para ir al servicio y asearse, la familia podía llegar en cualquier momento.

Llamaron por los altavoces a los familiares de Rosa Laborda.

—La familia está a punto de llegar, pero soy el inspector jefe encargado del caso en Madrid —comunicó en recepción.

—Le recibirá el médico de guardia encargado de la paciente.

El doctor Olivares era un chico muy joven, parecía recién salido de la facultad de medicina.

Le estrechó la mano.

—¿Qué tal se encuentra la señora Laborda? —preguntó Daniel, tras presentarse.

—Responde muy bien al tratamiento. La hemos cogido muy a tiempo. Unas horas más, en este caso, y habrían sido fatales. Por si lo quiere saber, ha corrido un peligro grave de muerte. Gracias a su buena salud se ha salvado.

—¿Qué efectos le ha producido la falta de agua?

—La deshidratación produce sequedad, mareos, tensión baja. Una debilidad generalizada. A medida que el cuerpo no recibe alimentos ni bebidas, empieza a consumir sus reservas de grasa y proteínas Una persona puede estar sin comer mucho tiempo, pero no sin beber.

—¿Cuánto tiempo podría haber aguantado sin tomar líquidos?

—Depende muchísimo de las personas, es absolutamente imprevisible. Pero a partir de los dos o tres días puede producirse un fallo renal irreversible, por falta de aportes líquidos. Los riñones de la señora Laborda habían dejado ya de funcionar.

—¿Y la recuperación?

—En dos o tres días con sueros, como hasta ahora, y glucosa y aporte de iones, creemos que estará en buenas condiciones. Ya ha recuperado la función renal, gracias a los sueros salinos que le hemos suministrado.

—¿Y comer?

—Después de un par de días lo intentaremos, claro, poco a poco, para facilitar su tolerancia a los alimentos sólidos.

—¿Puede hablar ya?

—Sólo lo imprescindible, pero en su estado no es conveniente. Aparte de estar todavía muy débil, tiene la boca llena de llagas.

—Y los ojos ¿los puede abrir?

—Ya me han contado que ha estado totalmente a oscuras estos días, lo que le ha provocado una gran hipersensibilidad a la luz.

El haber estado en un sitio oscuro y sin calor, probablemente, le ha ayudado a no deshidratarse más rápido, como hubiera ocurrido si hubiera estado en un sitio más seco, o peor aún, expuesta al sol.

La deshidratación también provoca sequedad en los ojos y ahora es importante que los mantenga cerrados.

Es mejor que descanse. La pobre ha tenido que sufrir mucho.

—Oiga doctor, es trascendental para la investigación que hable con ella, por si puede decirnos quién es el culpable.

—Ya le he dicho que ahora le conviene descansar. No está para visitas.

—Sólo será un instante, una pregunta. Es muy importante, doctor Olivares, la señora Laborda, según sus palabras, ha podido morir.

—De acuerdo, pero sólo un momento.

—Se lo prometo, seré breve.

Para entrar en la Unidad de Cuidados Intensivos tuvo que ponerse un pijama verde de hospital, y gorro, mascarilla y zapatillas, a juego. Al entrar observó que habría una veintena de camillas, la mayoría de ellas ocupadas. Estaban aisladas unas de otras por mamparas transparentes.

Al fondo de la sala localizó a la víctima.

Tenía mucho mejor aspecto. Después de su aseo, le habían intentado peinar los castaños rizos, que, aun así, campaban a sus anchas por la blanca almohada.

Llena de tubos, parecía dormir. Vestía el típico camisón de hospital azul claro.

En ese estado de vulnerabilidad le inspiró, de nuevo, una gran ternura.

Se acercó silencioso y le habló al oído.

—Señora Laborda, ¿me puede oír?

—Ssi —estaba despierta, porque contestó en seguida.

—Señora Laborda, soy el inspector jefe Daniel Hurtado, ya hablé con usted antes, cuando la encontramos. Hemos estado trabajando intensamente en su búsqueda, tanto mis compañeros Angus Ondarreta y Esther Alonso, como yo. A ellos ya los escucharía en el apartamento también.

—Sí —asintió con una vocecilla de reconocimiento.

—Su madre y varios hermanos vienen de camino.

Todo está bien —se conmovió al ver que seguía asintiendo, pero sobre todo porque se esforzaba en esbozar una sonrisa, que le había salido torcida y penosa.

La boca aún no le obedecía. Después de sufrir una de las experiencias más terroríficas por las que puede pasar un ser humano, ella aún quería intentar sonreír.

Era tal y como se la había imaginado cuando leía sus relatos y confesiones.

Pensó que saldría de ésta, no sólo físicamente.

Era una mujer fuerte, con un ánimo de hierro.

Decidió preguntarle, disponía de muy poco tiempo— ¿Se acuerda de lo que le ha pasado?

—Nno mucho —susurró, y Daniel tuvo que acercarse más para poder oírla. Sin apenas darse cuenta le había cogido la mano. Esta vez caliente, y se la apretaba con dulzura—. El coche, el coche… otra vez la rueda pinchada, y me ayudó un chico. Después me desperté, no podía moverme…

—No siga hablando, no hace falta que se esfuerce más.

—le dijo también en voz muy baja. Observó que una solitaria lágrima bajaba por la delgada mejilla, lo que le encogió el corazón.

Entornó un poco los temblorosos ojos y le miró, por primera vez—.

No diga nada más, sólo debe pensar en recuperarse, nosotros nos encargaremos de detener a la persona que le ha hecho esto.

—¿Cuánto…? –consiguió preguntar la enferma.

—Ha estado encerrada cinco días. Hoy es sábado, de madrugada—.

Bastante entendió la pregunta el inspector.

Ella había estado sufriendo fuera del tiempo y del espacio.

—Por favor, no diga nada más, que no le conviene hablar.

Y si no el médico me mata. Le diré, para su tranquilidad, que sus hijos están bien, lógicamente preocupados.

Su padre los llevó con sus abuelos paternos, y han seguido yendo al colegio.

—Señor Hurtado…

—¿Sí?

—Gracias —apenas se le entendía, pero eso le afectó aún más.

Con desgana, desprendió con suavidad su mano de la de ella. Le depositó un beso en la mejilla. Con el sabor salado de su lágrima en la boca, se fue tan silenciosamente como había llegado.