Diario de una desaparición Chapter 30
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Chapter 30

Metidos de lleno en el atasco de salida de Madrid de un viernes por la tarde, tuvieron tiempo de ponerse al día en sus respectivas novedades sobre Rosa Laborda.

Durante el viaje en el coche el inspector jefe le pidió a Esther Alonso que, desde su teléfono móvil corporativo, diera ciertas instrucciones.

La inspectora comunicó, a un equipo de cuatro policías de la Comisaría, que se les había asignado la vigilancia permanente de Andrés Real, tanto en su domicilio como en su trabajo.

Siguiendo las órdenes de su jefe, también consiguió localizar, a través del administrador de los apartamentos asturianos, a la señora de la limpieza, que estaría esperándoles a la entrada de éstos para darles las llaves.

Sí, tenían permiso del propietario para entrar.

Llegarían sobre las ocho o nueve de la noche, dependiendo de los problemas de circulación que se pudieran encontrar.

También habían aprovechado para reservar un par de apartamentos para ellos mismos, en la misma urbanización. Octubre no era un mes que presentara problemas para conseguir alojamiento, pero a las horas a las que llegarían mejor era tener solucionado ese tema y de la forma más cómoda posible.

A cien kilómetros de Madrid, desembarazados ya de los últimos restos del atasco, pudieron ir más ligeros.

El conductor, respetando los límites de velocidad de la autovía, de 120 kilómetros por hora, exasperaba a Daniel Hurtado.

Le parecía que iban lentísimos. Pero no iba a exigir ahora que traspasaran los límites permitidos, cuando todo el mundo sabía que daba mucha importancia al estricto cumplimiento de las normas.

Los presentes se hubieran sorprendido de sus pensamientos de saltarse cualquier prohibición.

Claro que, últimamente, no se reconocía ni él mismo.

Estaba muy preocupado y no lo podía evitar.

Su autocontrol estaba pasando por una dura prueba.

Y aunque a los ojos de los demás pudiera parecer tan serio como siempre, la procesión iba por dentro.

Puede que este despliegue urgente de medios no sirviera para nada, pero tenía que intentarlo.

Era lo único que tenían, y se agarraban a ello como a un clavo ardiendo.

Sabía perfectamente que si interrogaba al astuto abogado perderían miserablemente el tiempo con sus triquiñuelas legales y no sacarían nada en claro, por lo menos a corto plazo.

Cuando Esther acabó de dar las instrucciones se hizo el silencio en el coche. Como a ninguno le apetecía hablar, el conductor, discretamente, puso un CD de grandes bandas sonoras del cine, que no molestaba al gusto de nadie. Además, sirvió, a más de uno, para dar una cabezadita.

A las dos horas y media de viaje pararon en una gasolinera, para estirar las piernas e ir a los aseos.

Bajaron todos del coche y en quince minutos reanudaron su camino.

El GPS les iba guiando en silencio, anulada la molesta voz de señora chillona y enfadada.

Sólo se veía la flecha del artilugio anunciar la serpenteante carretera en su visor de color.

A las ocho y media de la noche se desperezaron los ocupantes del vehículo. Notaron un cambio en el ritmo del viaje. Habían dejado la carretera principal para entrar en un camino de gravilla de una urbanización de cinco o seis bloques de pisos. Se encontraban en su destino.

El ruido de las ruedas del coche en la carreterilla, atrajo a la puerta de entrada del primero de los bloques a una señora que les abrió el portal. Debía de estar esperando dentro, para no helarse con el otoñal viento marino.

Al conductor se le dieron las llaves de su apartamento y se fue a aparcar.

Quedaron los tres policías con la señora de la limpieza, llamada Mari Juani, que les habló con fuerte acento andaluz.

Les dio las llaves de otros dos apartamentos.

El reservado para ellos mismos y el del señor Martínez, el leonés.

—¿Cuándo ha sido la última vez que vio al señor Martínez por aquí?

—No me acuerdo, quizás cuatro o cinco semanas. Cuando se fueron por fin los inquilinos y pasé a limpiar, estaba todo fatal, ¡qué guarrería! Cuando él vino ya se lo encontró todo limpio.

—¿Ha vuelto a ir para hacer la limpieza?

—No, no ha habido necesidad.

—¿Vio llegar a alguien al apartamento del señor Martínez el domingo pasado, ya casi de madrugada? —preguntó Daniel Hurtado.

—No, señor. Me ven hoy a estas horas porque he venido a esperarles, pero yo me suelo ir a casa antes, depende de si tengo que hacer la limpieza en algún piso o no. En esta época del año tengo poco trabajo y apenas paro por aquí.

—¿Hay muchos vecinos que vivan aquí en los días entre semana, es decir, todo el año? —le preguntó el inspector jefe.

—En este bloque, de los seis pisos de apartamentos con seis puertas cada uno, solo viven cuatro. Dos en el primero, y otros dos en el quinto.

—¿Y el de este señor, en qué planta está?

—En la tercera.

—¡Qué oportuno! Muchas gracias por todo, señora, iremos a inspeccionar el apartamento ahora mismo.

Mientras subían en el ascensor, Mari Juani se había quedado quieta, mirándolos con la boca abierta. Se veía que se había quedado con ganas de que la invitaran a ir con ellos, para ofrecer luego una buena información de primera mano.

Las llaves tenían un cartelito con el 304 y se dirigieron a la puerta que tenía una placa con este número.

El inspector jefe le hizo un gesto a Angus y éste fue el encargado de abrir.

No era una puerta blindada y disponía de dos cerrojos.

Primero tuvo que pelearse con un antiguo pestillo tipo FAC, que se abrió silencioso, estaba engrasado.

Después, con la segunda llave, consiguió que la puerta se abriese.

Lo primero que les recibió fue un olor a humedad de mar mezclado con algo más.

—¡Aquí huele un poco raro!

—Dele al interruptor del cajetín primero – consiguió articular Daniel Hurtado, con voz ronca, al ver que el inspector Ondarreta daba a la luz y ésta no se encendía.

Su fino olfato detectó que olía a orines resecos.

Eso le dio una leve esperanza a la mente analítica de su dueño.

El olor no le parecía, por su experiencia, de “otra cosa”, que no se atrevió a decir ni en sus pensamientos.

Sus subordinados no disponían de esta información y entraron vacilantes.

Tras subir el Angus el interruptor, la lámpara iluminó un coqueto salón, con sofá, mesa y cuatro sillas y un televisor de color de catorce pulgadas.

Todo muy limpio y reluciente, si acaso con algo de polvo.

Desde esta estancia se veía un dormitorio con dos camitas, una pequeña cocina y un cuarto de baño.

Tras las puertas cristaleras se distinguía una hermosa terraza, desde la que quizás se viera el mar.

Sólo había una puerta cerrada. Supusieron que sería el dormitorio principal.

Como veía que ninguno de los inspectores abría esta puerta, rápidamente hizo girar el pomo de latón dorado. La habitación estaba a oscuras. Encendió la luz. Detrás de él se asomaron Angus y Esther.

Una lámpara de tres brazos iluminó la escena.

Había una persona atada a la gran cama de hierro niquelado.

Los brazos, sujetos con cuerdas verdes a la cabecera.

Las cuerdas eran del tipo que se usan en los tendederos de ropa.

Seguramente, cogidas de la propia casa. Las piernas, atadas a los pies de la cama con el mismo tipo de cordel.

Una mordaza le cubría la boca. El pañuelo que le había tapado los ojos, lo había conseguido mover y le cubría la mitad de la frente, dejando un ojo libre.

A duras penas consiguió reconocer en esa figura a Rosa Laborda.

Las ropas que llevaba le daban una pista.

Un forro polar verde pistacho y un pantalón marrón.

Calzaba aún las botas de montaña. Una maraña de pelo castaño, rizado sin control, le tapaba, junto al pañuelo, la mayor parte de la cara.

El pecho se le empezó a mover rápidamente, cuando notó que habían encendido la luz. ¡Estaba viva!

El reconocimiento visual apenas duró unos segundos. Enseguida, con suaves y cariñosas palabras se dirigió a la yaciente figura.

—¡Rosa, Rosa, ¡tranquilícese! Somos policías —una sensación de inmensa emoción le hacía temblar la voz. ¡Está viva! Se emocionó.

Esther, sin esperar órdenes, ya estaba llamando a una ambulancia.

—Angus, llame también a nuestros colegas asturianos.

Serán ellos los que se encarguen de todo.

Nosotros, mientras tanto podemos reconocer visualmente el terreno.

Pónganse los guantes, por favor, y procuren no cambiar nada de la escena en absoluto —mientras lo decía, él mismo se estaba poniendo unos finos guantes.

¿Quién tiene la máquina de fotos digital del departamento?

—Yo, señor Hurtado —dijo Esther, que finalizaba su conversación con el servicio de emergencias.

—Antes de desatarla, señora Laborda, vamos a hacer unas fotografías, por favor no se asuste con el flash. Rápido, inspectora Alonso —dijo formalmente, para que ella se diera cuenta de que estaba con agentes del orden—, y luego siga con el resto de la habitación y del apartamento.

Apenas terminó de tomar las imágenes, cuando procedió a desatarla rápidamente, pero con cuidado de no lastimarla más de lo que estaba.

Quitó primero la mordaza. Las cuerdas las cortó con su navaja, tipo “MacGiver”, que siempre llevaba en el bolsillo.

Estaban tirantes, lo que había aumentado su sufrimiento.

No se atrevió a más. Se las quitó muy despacio, desincrustándolas de la piel herida y reseca.

Era una persona que había estado inmovilizada, a oscuras, durante cinco largos días. Pero que seguramente no había tenido noción del tiempo. Ni sabría si era de día o de noche. Sin comer, ni beber. Haciéndose sus necesidades encima.

Además de hablarle con cariño y de ponerle lo más cómoda posible hasta la llegada de la unidad móvil, no podía hacer más. Evitó mirar a la suciedad de los pantalones, que desprendían un fuerte olor.

Ella, mientras tanto, estaba tratando de mirarle, aunque parpadeaba con dificultad por la fuerte luz. Le costaba un gran esfuerzo abrir los ojos y quizás fuera perjudicial hasta que lo intentara.

—¿Alguien tiene unas gafas de sol?

—Yo, jefe —y Angus le ofreció las suyas—. Eran muy oscuras, de las del tipo de vendedor de cupones de la ONCE.

Se las puso a Rosa para que se acostumbrara poco a poco a la claridad.

Le aconsejó que, de todas las maneras, no intentara abrir los ojos.

Los tendría resecos por la falta de hidratación.

Seguía sin articular palabra. Era normal en estas circunstancias.

Se fijó. Tenía la boca hinchada y reseca.

No se atrevió a darle un poco de agua, ni siquiera a mojarle los labios.

Por pocos minutos que faltaban, prefirió esperar a que le hidratasen los profesionales.

En estas circunstancias el suero en vena obraría maravillas.

—Ya falta poco para que venga la ambulancia. No se preocupe. Está a salvo —le iba diciendo con delicadeza—. Su sufrimiento ha terminado.

—¿Avisamos ya a los familiares? —preguntó Esther.

—Sí, no sabemos aún al hospital al que la llevarán, pero así se podrán ir poniendo en marcha—. Y en ese momento vio que la señora Laborda asentía, lo que indicaba que se estaba enterando de todo lo que se hablaba a su alrededor.

Le gustó este detalle que tuvo su jefe para con ella.

Sabía que había hablado con los hijos y que se había quedado muy sensibilizada con el tema.

Para la inspectora Alonso fue una gran satisfacción, esta vez, cumplir con su obligación.

Aunque había sido Daniel Hurtado el que estaba en contacto con la familia en todo momento, tuvo el placer de llamarles para darles la feliz noticia.

Según pasaban los días la esperanza iba disminuyendo.

La sorpresa y alegría de saber que Rosa estaba viva, aunque no en muy buenas condiciones, desbordó el teléfono.

Se oía cómo Tomás, el hermano que había descolgado el auricular, se lo comunicaba a los demás, y la posterior algarabía.

—No sé, no ha bebido ni comido y la habían inmovilizado todos estos días, pero no nos ha parecido que tenga algo más —contestó a la pregunta sobre su estado de salud y tomó nota del móvil de uno de los hermanos—.

Les avisaré en cuanto conozcamos el hospital al que la lleven.

Conduzcan con cuidado, todo lo que haya podido hacerse ya está hecho.

Ahora mismo le transmitiré sus palabras, aunque no pueda ni ver, ni hablar de momento, está consciente y nos ha hecho señales de que nos está escuchando.

Por favor, avisen también al padre de sus hijos, a Antonio, que estaba muy preocupado.

Cuando colgó, se acercó al lado izquierdo de la cama de matrimonio donde estaba tendida la señora.

Al lado derecho se había situado Daniel Hurtado.

Se sorprendió de ver al inspector jefe que, increíblemente, le había cogido una mano, mientras le dedicaba numerosas palabras cariñosas de apoyo.

Había pillado a su superior en una actitud nunca vista, con la guardia baja, en plan humano.

Esto no hizo sino provocarle un intenso sentimiento de ternura.

Si antes le tenía respeto y admiración, ahora con esta actitud sentía mucho más.

Y es que normalmente los hombres, especialmente su jefe, no eran dados a mostrar emociones en público. Se sentían vulnerables si lo hacían.

—Rosa, Rosa, acabo de hablar con su familia —informó a la mujer—, vienen tres de sus hermanos y su madre. Ellos mismos se encargarán de avisar a los demás familiares y sobre todo a sus hijos y al padre.

Un amago de sonrisa le torció a un lado los hinchados labios al oír las noticias. El pecho seguía subiendo y bajando irregularmente.

—¡He encontrado algo! —se oyó la voz de Angus que provenía de otra habitación del apartamento.

—Un momento —le dijo Daniel a Rosa Laborda, depositando suavemente su mano sobre la colcha. Al ver la expresión de susto en su sufriente rostro, le prometió que no tardaría en volver.

Rápidamente se acercaron al inspector. Estaba en la cocina. En el cubo de basura, hecho un ovillo, había encontrado una hoja de periódico. Sin tocarla se veía la fecha. Era del domingo de la desaparición.

—¿Puedo desenrollarlo, señor Hurtado?

—¿Ha hecho ya las fotos del cubo y su contenido?

—Sí, por supuesto.

—Hágalo con cuidado, sólo queremos ver el nombre del periódico.

—De acuerdo —y procedió a estirar un poco la bola de papel. No tuvo que seguir mucho. Enseguida se vio: Diario de Ponferrada.

A los diez minutos, se oyó el sonido de sirenas. Eran de la ambulancia y de la policía, que llegaban prácticamente a la vez. Angus fue a recibirlos, para señalarles la ubicación del apartamento.