Diario de una desaparición Chapter 29
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Chapter 29

Hilario estaba muy gracioso con el peluquín rubio que le había facilitado el inspector Ondarreta.

Apenas había tenido tiempo de comprarlo en la tienda de los chinos que había cerca del instituto.

Se parecía al corte del antiguo cantante Toni Ronald, el de las canciones horteras del verano de los años setenta.

Lo completó con una gorra con visera de color azul, que tapaba la mala calidad de la peluca, por el precio, lógicamente de pelo sintético.

Angus no paraba de reírse cada vez que le miraba, por mucho que intentara evitarlo.

Habían cogido el metro desde el instituto.

Era lo más rápido y menos arriesgado. Un coche en este barrio, o lo metías en un parking o lo aparcabas en doble fila, con la consiguiente llamada de atención.

Se arriesgaban a que Andrés se dirigiera al garaje del bufete a por su coche, pero el inspector estaba convencido de que comería por los alrededores. No imaginaba cuánta razón tenía.

Se habían apostado en la cafetería que, aunque no estuviera totalmente de frente, sí les permitía vigilar la puerta de salida del despacho. Tuvieron mucha suerte, a los veinte minutos, cuando se acababan de terminar la caña que habían pedido, Angus vio salir al abogado.

—Venga —le empujó hacia la salida—, corre hacia él.

El nervioso y cooperador testigo salió deprisa del establecimiento.

Eso vino bien y le dio naturalidad al choque.

Porque, realmente, al cruzar la calle, después de comprobar que no viniera ningún coche, casi se precipitó encima del abogado.

Pidió perdón, y salió corriendo hacia el lado contrario.

Andrés, distraído, apenas prestó atención.

Murmuró unas palabras y comenzó a cruzar.

¡Se dirigía al bar-observatorio! Donde esperaba Angus mirando a través de la ventanilla.

Con algo de susto, giró la cabeza para que no le reconociera.

Pero no había motivo de preocupación, porque el abogado se dirigió hacia el fondo de la cafetería.

Realmente había acertado en su idea de que comería por las cercanías del despacho.

Sólo que no se había imaginado cuánto de cerca.

En la parte de atrás estaba habilitado el salón para las comidas, con menú diario de lunes a viernes.

Se nutría de los oficinistas y otros trabajadores de la zona.

No queriendo tentar más la fortuna, pagó y salió a la calle, buscando con la mirada a Hilario.

Le vio asomando teatralmente la cabeza en la esquina de la calle.

Le hizo un gesto con la mano para que se quedara allí y se acercó a buscarle.

Ya había liberado demasiada adrenalina por hoy.

Las grandes emociones que buscaba cuando empezaron este asunto le tenían ya desbordado.

Ahora estaba deseando lo contrario. La próxima vez no se quejaría de los casos de adolescentes.

—¡Chico, qué barbaridad! Se ha metido en nuestra cafetería. Nos lo teníamos que haber imaginado. Si trabaja todo el día no querrá perder mucho tiempo en los desplazamientos para la comida.

—Angus, colega, todavía tengo el corazón a cien.

—Si no quieres que continúe con el ataque de risa, quítate por favor mi peluca favorita rubia.

—No me acordaba, ¡qué cachondo!

—¿Qué impresión te ha dado?

—¡Qué fuerte! ¡Qué fuerte!

—Dime, ¿era él? ¿Es el hombre con el que te chocaste? —Se veía que Hilario Requena estaba decidido a mantener el suspense de Angus, y éste estaba al borde de un colapso nervioso.

—Sí, es él. Es el mismo y macizo cuerpo. He tenido la misma sensación. Coinciden la altura, la corpulencia, la impresión.

—¿Estás seguro?

—Ahora sí.

—¡Qué fuerte! —imitó la frase del joven estudiante.

—¡Y que lo digas!

—Me ha parecido que hablaba ¿Ha dicho algo?

—Sí, ha murmurado sobre la “puta” manía que tiene la gente que anda con prisas y no mira por dónde va.

—Pero no te ha identificado.

—No, qué va. Iba a lo suyo, el tío.

—Estupendo, gracias por lo que has hecho.

—Para mí ha sido una aventura y algo que contarles a mis colegas ¡No me van a creer, van a flipar!

—Es muy importante para nosotros el esfuerzo que has hecho.

Nos has ayudado a dar un paso de gigante en el caso de la desaparecida.

Sabemos ya detrás de quién tenemos que ir.

Ya no nos moveremos en el terreno de las suposiciones, por más que estuvieran bien fundamentadas.

Y en algún momento, si fuera necesario claro, podrías declarar o identificarle, ya de una forma más ortodoxa.

—¿Ortodo… qué?

—Ortodoxa, más, digamos, de acuerdo a las normas.

—¿Y lo de comer?

—No creas que se me ha olvidado que te he prometido invitarte a comer.

Pero lejos de este barrio, que aquí hay mucho peligro.

Capaz es este abogado de comer a velocidad todo su menú y salir disparado para la oficina —le daba la impresión de que el flaco muchacho era de los que tragaba como una lima, con la suerte de que no engordan.

Lo mejor sería llevarle a comer el menú del día de un restaurante cercano a la Comisaría.

No se comía mal, era abundante, se podía repetir de primero y estaba bien de precio.

Así, además se acercaría al trabajo, a dar la buena nueva.

Llamó al jefe a su móvil corporativo. Lo cogió al primer tono.

—¡Buenas noticias! Ha habido una identificación positiva.

Ahora me lo llevo a comer al “Charli” —era el bar de comidas cercano a la Comisaría, un par de calles más allá.

Si quería ser agradecido con el muchacho no podía llevarle a la barata cantina policial, pese a que su generación estuviera acostumbrada a la comida basura.

No quería arriesgarse a que no le gustara, después de todas las molestias que se había tomado.

El bar de enfrente tampoco le pareció buena idea, lo tenía muy visto, y además solía estar muy concurrido—. No tardaré mucho.

—Aquí también nos han sucedido ciertas cosas que me parecen muy importantes. Así pues, prepárese, que nos vamos de viaje en una hora. Ya le contaré. Aprovecharemos para comer nosotros también. Así podemos ir de tirón, nos llevará el chófer e iremos en un coche oficial.

—Jefe, entonces sin mucho tardar nos veremos arriba, en la Comisaría.

Así aprovecho y me cojo la muda que tengo preparada para estos casos—.

Y no es que estuviera haciendo uso constantemente de la bolsita con unos calzoncillos, una camisa, una camiseta y un cepillo y pasta de dientes, que tenía en el cajón de su mesa.

Le había cogido la idea a Esther; y ésta lo había aprendido del inspector jefe.

Ambos tenían similar equipamiento en sus mesas.

Estaba intrigadísimo, pero no quiso parecer una persona ansiosa y sin control ante los ojos de su admirado jefe y no preguntó sobre el motivo del viaje.

Prefería no hacer conjeturas y almorzar tranquilamente, a saber, cuándo sería su próxima comida tranquila, relajada y caliente.

Sólo estaba seguro de algo: los hechos se estaban acelerando. El caso de la desaparecida entraba en su recta final.