Chapter 28
El inspector se llevó las manos a la cabeza, mesándose con los dedos sus escasos cabellos, con desespero.
La comunicación se había cortado en un instante crítico.
Esther Alonso irrumpió en ese momento en el despacho de su jefe.
Se extrañó mucho al verle en esa posición un tanto abatida.
Nunca hasta entonces le había visto mostrar debilidad.
Le tenía por un hombre recto y le admiraba, pero no era hombre que mostrara sus emociones.
Sí parecía, a veces, que no las tenía. Se retiró un poco, hacia la puerta, para que no se diera cuenta de que le había visto en ese estado, y volvió a hacer como que entraba, esta vez taconeando ostensiblemente.
Al oír el ruido de sus tacones, bajó las manos hacia los papeles que tenía delante e instantáneamente recompuso el gesto. Se puso a leer distraídamente un mensaje que le acababa de llegar a su correo, en el ordenador.
—¿Sí? Inspectora Alonso.
—Como ya le comenté por teléfono, vengo de entrevistar a los niños —y esta vez le hizo un detallado informe verbal del desarrollo de la entrevista.
—He hablado con el leonés, pero se me ha cortado la comunicación. En cualquier momento espero que se reanude. Tengo a Berta trabajando en ello.
—¿Le preguntó, señor Hurtado, si conocía al abogado?
— Efectivamente, y tenía usted razón. Acertó en que la persona que tanto había sorprendido a Rosa, y que le dio el recado de la ruptura con la valenciana, había sido el leonés. Pero justo cuando me estaba contando con detalle ese tema se cortó el teléfono. ¡Es increíble que se conozcan!
—¡Yo tampoco salgo de mi asombro! Andrés es un tipo retorcido y planificador, estoy segura de que es él quien está detrás de la desaparición de esta madre —desde que había conocido a los hijos, la veía más como mamá que como mujer.
—A eso añádale que el inspector Ondarreta está a punto de confirmar con el testigo, que se trata de la persona con la que se chocó al lado del Seat Ibiza. Espero noticias de un instante a otro.
—Respecto al apartamento de la playa de las piedras blancas, mencionada por los niños, por favor, pregúntele al leonés, en cuanto reanude el contacto, si es el mismo del inquilino problemático.
El apartamento que el abogado consiguió vaciar.
Es importante, porque está ahora libre. Y, ahora que lo pienso, en uno de los escritos de Rosa ¿no mencionaba algo de un apartamento del leonés, al que él les había invitado a ir?
Un momento, cuando se refería a sí misma como Carolina, ¿No dijo algo sobre un estudio?
Espere un momento, Inspector-Jefe, que ahora vuelvo.
Enseguida estuvo de vuelta con los folios en la mano. Rápidamente, buscó entre las páginas.
—¡Aquí está! Literalmente, decía: “que disfrutaríais de un estudio precioso que tengo en Arnao, a poco más de doscientos cincuenta kilómetros de Ponferrada, en una playa majísima. Una bonita playa que hay entre las de Salinas y Santa María del Mar, en Asturias. Ideal para las criaturas y para las parejas que se quieren. Ella decía: no sabía nada de ese estudio, que nos hubiera venido bien en su día. Y él contestaba: lo tenía alquilado, pero ahora ya no”.
¡Las pistas están realmente en el diario de Rosa, si uno sabe leerlo!
—Sí, es cierto, Y además yo también he pensado que, ahora que el dueño del apartamento no lo tiene alquilado, puede ser un buen sitio para esconder a alguien.
Acabo de recibir en este momento un correo electrónico de nuestro personal, que se ha acercado al pueblo de Segovia del abogado, por indicaciones de Angus.
Las propiedades a las que aludió ayer están ocupadas por inquilinos, tal como nos aseguró.
Sólo nos queda libre, de momento, el apartamento del leonés.
No creo que sea agarrarnos a un clavo ardiendo, pero es prioritario conseguir su localización exacta.
— Tengo una idea, señor inspector, voy un momento a mi ordenador. A ver si lo encuentro por internet.
Esther salió otra vez del despacho, a grandes zancadas, nerviosa. Este asunto les estaba afectando a todos.
No tardó ni cinco minutos en volver, con una ancha sonrisa, que le hacía parecer una chiquilla.
—He metido las palabras de los niños “playa”, “piedras blancas” y las de Rosa/Carolina, “Las Salinas” y Arnao en el buscador del ordenador. Y me ha salido esto.
Le ofreció una hoja impresa a todo color con la imagen de una amplia y preciosa playa, que le había facilitado la Wikipedia: “Situada entre los pueblos de Arnao y Salinas, en Asturias. Una playa de arena fina y dorada, protegida del viento, de oleaje moderado, de unos 300 metros de longitud. En ella se encuentra un yacimiento geológico de alto valor. Muy cerca, las instalaciones de la Real Compañía de Minas. En resumen, un lugar idílico, ideal para la pesca deportiva y las actividades playeras”.
El timbre del teléfono les sobresaltó.
—¡Dígame! Si, señora, estamos con el caso de su hija.
Como le había comentado, se lo he asignado a un inspector.
Seguimos la pista del novio. En cuanto tengamos noticias, no se preocupe, que nos pondremos en contacto con usted.
Pero, en mi opinión, no tiene usted nada que temer.
Cuando vuelva a casa procuren mostrarse conciliadores, es mejor que no la regañen.
De nada. Adiós—. Acabó bruscamente, porque cuando estaba terminando la conversación, se dio cuenta de que sonaban varios pitidos.
Alguien más estaba intentando llamar. Al colgar, sonó brevemente el tono del teléfono.
—Señor inspector, su llamada de Cuba —sonó triunfal la voz de Berta—. Creo que esta vez se oye mejor.
—¿Señor Martínez? —mientras, vio que Esther se sentaba, presta a escuchar toda la conversación. Pulsó el botón del teléfono y oprimió la opción de manos libres para que no se perdiera detalle.
—Sí, señor inspector. Aquí las comunicaciones están fatales.
—Me hablaba usted de un truco —esta vez no se escuchaba el molesto ruido de fondo, por lo que pudo hablar sin dar voces.
—Ah, sí. Se trataba de que Andrés, con total generosidad, pretendía que yo le dijera a Rosa que el culpable de la ruptura era él. Echándose a sí mismo las culpas, para que las dos amigas se congraciaran.
—¿Y qué hizo usted?
—Hice lo que me dijo, me pareció una buena idea, de un “señorín” muy majo. Quedar él mal para que las chicas se reconciliaran. Le informé a Rosa de que la causa de la ruptura con la valenciana había sido su amigo el abogado.
—¿Cómo reaccionó?
— Sólo dijo ¿qué? con sorpresa. Por su tono de voz creo que le sentó muy mal, pero como todavía no me habla y me colgó, no se lo podría asegurar.
—¿Le volvió a decir algo sobre este tema? —No le extrañaba nada la reacción de la desaparecida. Había dado un significado muy distinto a las palabras del leonés, todo lo contrario, a un “truco para reconciliar a dos amigas”.
—No, no lo volví a mencionar.
—Cambiando de tema. ¿Ha vuelto a alquilar su apartamento de la playa?
—Todavía no. Estamos en ello.
—¿Estamos? ¿Quiénes?
—Andrés y yo. Como fue tan eficiente y demostró ser de tanta confianza, le rogué que se encargara de buscarme un buen inquilino.
Ya sabía que le ponía en un compromiso, porque el piso está lejos de Madrid, pero sé que él tiene muy buenos contactos.
Por su profesión de abogado conoce mucha gente.
Le dije que no me urgía nada alquilarlo.
Que prefería tenerlo vacío hasta encontrar las personas adecuadas.
No me importaba esperar. Lo había pasado muy mal con los bandidos anteriores.
—¿Le dio las llaves del apartamento?
—Sí. Como los demás papeles ya los tenía, de cuando me solucionó el tema del inquilino, sólo tuve que darle un par de copias de las llaves.
De verdad, señor inspector, si no es por no contestar, pero no comprendo para nada qué tiene que ver mi amistad con el abogado con la desaparición de Rosa.
Y menos, que le interesen a usted tanto los detalles de mi apartamento.
Sabrá que soy el primer interesado en que aparezca.
Me preocuparía muchísimo que le pasara algo.
—Por favor, señor Martínez, tenga paciencia. Son preguntas rutinarias. No nos gustaría dejar ningún cabo suelto, y todo puede ser importante. Nos vendría bien que nos diera la dirección de su apartamento.
—¿A eso le llama usted preguntas rutinarias? Por lo que yo entiendo, sospechan ustedes de este amigo mío y piensan que puede estar utilizando mi piso de la playa para quién sabe qué fines.
—Una de las vías de investigación que tenemos abierta puede ir en ese sentido —dijo diplomáticamente el inspector, que era experto en no decir nada cuando quería, como un político. ¡Vaya con el leonés!, pensó. Se había hecho cargo perfectamente de la situación, desde Cuba, con o sin congreso.
—No tengo ningún inconveniente en seguir colaborando con la policía.
Tome nota. ¡Oh, si ahora que me acuerdo, está grabando esta conversación o interrogatorio!
No hace falta que lo apunte. Está en el término municipal de “Piedras Blancas”, en Asturias.
Y le detalló la dirección, calle, piso y código postal —.
Vio que, efectivamente, Esther Alonso tomaba nota, con gran interés, asintiendo para sí misma por su acierto de averiguar la localización de la playa.
—¿Es un apartamento tranquilo?
—Sí, mucho. Es de veraneantes, y fuera de la temporada de vacaciones, apenas hay vecinos. Por si le interesa, sí, se podría decir que en esta época del año está aislado.
—¿Tiene portero?
—No, pagamos a una señora para la limpieza del portal y a un “mocín” para el arreglo de los jardines y mantenimiento de los garajes.
—Supongo que dispondrá usted de garaje.
—Sí, pero no se crea que es individual, que en realidad son plazas de aparcamiento numeradas. Están situadas en la parte interior de los apartamentos, con un techado de uralita verde, al lado de las piscinas.
—¿Dispone usted de otras llaves que nos pudiera facilitar?
—La señora de la limpieza tiene unas. Algunos vecinos utilizamos sus servicios en las limpiezas particulares de nuestros pisos.
—¿Cuándo tiene prevista su vuelta a España?
—En cinco días, junto al resto de los congresistas. Los dos últimos días los emplearemos en plan lúdico.
—Gracias por sus atenciones, señor Martínez, nos ha ayudado mucho respondiendo a nuestras preguntas.
—De nada, señor Hurtado, para eso estamos. Pero me deja usted muy preocupado.
—Si tenemos alguna otra duda, si no le importa, le volveremos a llamar. Que disfrute de su congreso —y con estas palabras dio por terminada la conversación.
Cuando colgó el teléfono se quedaron los dos callados. Pensativos.