Chapter 27 #2
—Una vez, cuando coincidí en una casa de comidas con ella, estaba acompañada de un “compañerín” que no conocía. Y claro está, hablé por teléfono con sus amigas del trabajo. Cuando me lo cogían preguntaba por ella, y a veces charlábamos de asuntos sin trascendencia.
—¿Ha conocido a algún amigo nuevo de Rosa?
— preguntó Daniel Hurtado, tal como le había sugerido la inspectora Esther Alonso.
El corazón se le paralizó, expectante ante la respuesta que su subordinaba suponía iba a ser positiva.
¡Madre mía, este asunto iba a acabar con su salud, tanto mental como física!
—¡Qué gracia que lo diga! Porque, sí, casualmente, y por asuntos particulares míos, me encontré con un amigo suyo o no sé si decir ahora un “no tan amigo”, gracias a un hecho un tanto curioso. Y es que ya se sabe, que el mundo es un pañuelo.
—¿Cómo se llama esa persona ya “no tan amiga” de Rosa? —el inspector Hurtado contuvo el aliento, con el corazón definitivamente desbocado.
—Andrés Real Real. Como es abogado, me llevó un tema de alquileres, en el que yo había tenido problemas con un inquilino.
Me lo solucionó perfectamente, y eso que era un tema difícil.
Me habían dejado de pagar y además me seguían viniendo los recibos de la luz, el gas y el agua, y legalmente no sabía qué hacer.
—Le vendría recomendado por alguien —sugirió.
Aunque mantuvo el control de su voz, como casi siempre, la sorpresa de Daniel era mayúscula.
No se atrevía a esperar que la corazonada de su inspectora diera en la diana.
¡Se conocían! ¡Le parecía increíble! Los dos enemigos, los dos sospechosos del caso, hablaban entre ellos.
Claro, para él las casualidades no existían.
—¡Qué va, fue una casualidad! —parecía que le había leído el pensamiento y se lo estaba rebatiendo—.
No sé si sabrá que me encargo de las finanzas de mi partido, y para ello suelo ir a la sede en Madrid una vez al mes.
Pues en una de ellas, hará unos ocho o nueve meses, como también recibo las donaciones, vino el “señorín” a donar una cantidad de dinero.
— ¿Y eso es normal?
— Sí, es habitual. Todo tipo de personas y entidades nos ayudan, junto con las cuotas de los socios y las subvenciones, a sufragar el partido. Como cualquier partido vamos.
—¿Cómo se dieron cuenta de que tenían una conocida en común?
—No fue el primer día. Esa vez sólo tomamos unas cervezas.
Él me pareció una persona muy agradable, y en atención a la donación que acababa de hacer, no es que fuera muy relevante, pero sí de agradecer, le invité a tomar algo.
Eso nos dio la oportunidad de hablar de mis problemas legales con un apartamento que tengo en la playa. Se ofreció a ayudarme.
La segunda vez que lo vi, al mes siguiente, acudió amablemente a nuestra sede.
Yo llevé toda la documentación, el contrato de arrendamiento y otros papeles, y se los entregué.
Después fue él quien me dijo que tomáramos algo, que esta vez invitaba él, y que no se hablara más.
En éstas, nos pusimos a hablar de la gente que conocíamos en Madrid, y surgió el nombre de Rosa.
—¿Quién lo sacó primero en la conversación? —el oído del inspector se estaba resintiendo, se oía cada vez peor, y aunque esta llamada le iba a costar un riñón al Estado, pensó que nunca el dinero estaría mejor empleado.
—Yo. Cuando dijo que él estaba en contacto con gente que practicaba el senderismo.
Aunque él no podía, por su peso, sí le gustaba el ambiente e ir al campo a disfrutar de la naturaleza.
Me pareció una persona muy valiosa, y me alegré de entregarle profesionalmente mi asunto legal.
A los quince días me llama y me dice que está todo solucionado.
Que tenía al inquilino fuera. Que no podría recuperar los últimos meses que no me había pagado ni los otros gastos, pero que, en estos casos, ya era un triunfo.
Como sólo llevaba un año, legalmente, si quería, podría estarse otros cuatro años más.
Se lo agradecí mucho, aliviado. No me quería cobrar la gestión.
Desde entonces fuimos amigos. Era él el que se pasaba por la sede, todos los meses, y tomábamos algo.
—Y a usted le interesaría mucho esa amistad. Andrés era amigo de la señora Laborda y podría sonsacarle información.
—No hacía falta, él me contaba alegremente lo que hacía Rosa, sin yo preguntar. Gracias a él supe lo que solía hacer ella. Me gustó, porque como estábamos peleados, era traerme un trocito de ella.
—Vamos, que él le tenía al día de sus actividades.
—No duró mucho, a los pocos meses, él perdió casi todo el contacto con ella, porque tenía mucho trabajo.
Y también porque su amiga la de Valencia y Rosa habían discutido.
Eso les hizo distanciarse un poco. Como yo insistía mucho en preguntarle que cómo le podría agradecer, tanto su amistad como lo que hizo con mi inquilino, un día me dijo que si le podía hacer un pequeño favor.
Un pequeño truco, que tenía que cumplir al pie de la letra.
—¿Qué clase de truco? —chilló, porque había aumentado el ruido de fondo. En ese momento, la comunicación dejó de oírse y se encontró hablando sólo—. ¿Señor Martínez? ¿Señor Martínez?
Nadie respondió al otro lado de la línea. Llamó a centralita.
—Berta, por favor, se me ha interrumpido la comunicación con Cuba, a ver si consigues restaurarla. Es muy importante.