Chapter 27
La sugerencia de Esther le dejó pensativo e intrigado. No podía ser. O sí. Desde luego, cuadrarían algunos hechos que en los escritos de Rosa quedaban pendientes. Cuando hablara con el leonés, saldría de dudas.
Al poco tiempo llamó también su mujer, que no le había encontrado en el despacho.
—¿Pasa algo, Daniel? ¿Qué haces en casa tan tarde?
—Nada, mujer, que me he entretenido con el caso de la madre desaparecida. Ahora iba a salir para la oficina —mintió— ¿Qué tal tu madre?
—Tu suegra, aunque lentamente, mejora. Han detenido la hemorragia gástrica, pero se había quedado muy débil.
Tiene anemia, y le van a seguir haciendo transfusiones.
Seguirá ingresada dos o tres días más, depende de su evolución—.
Se despidió cariñosamente, después de preguntarle por la regularidad de sus comidas.
El café que automáticamente le proporcionaba su cafetera se había enfriado.
Lo tiró. No le gustaba nada desperdiciar comida, pero prefirió hacerse otro, más cargado.
Detestaba el café recalentado. Al poco, tras oír burbujear al aparato, sintió el delicioso aroma.
De pie, como siempre, se lo tomó, casi hirviendo.
Las rutinas le reconfortaban su alterado estado.
Sentía que se acercaban al final. No faltaba mucho para la resolución de caso.
Decidió ir andando, para tranquilizarse y pensar.
La mirada de hielo de Andrés aún pesaba sobre su ánimo.
Este señor, descrito en la biografía que Rosa había hecho de él, era una persona que tenía aprensión a la sangre.
Se suponía que no había traspasado nunca las barreras legales.
Que tenía “maldad moral”, como le había descrito un familiar a la desaparecida.
Que criminalmente la justicia no puede decir nada contra ellos.
Se preguntaba, después de cometer mil atrocidades morales, ¿cuál había sido la gota que colmó el vaso?
¿Qué hecho le hubiera podido hacer saltar al lado de lo criminal?
Quizás la emotiva carta de la señora Laborda, de la que se arrepintió de haberla mandado inmediatamente después de ver en el ordenador “mensaje enviado”.
¿Por qué esta carta y no otras recriminaciones e insultos que había podido recibir a lo largo de su vida?
El quid del caso era ¿habría podido pinchar una inyección a la víctima?
Una cosa era planear actos maquiavélicos del tipo del relato “En la casa rural”, y otra, muy distinta, ejercer un acto de violencia física.
Su llegada al despacho le interrumpió sus cavilaciones. No había visto, al pasar, a ninguno de sus dos inspectores.
Llamó a la recepcionista, encargándole, con prioridad absoluta, que localizara al leonés, en Cuba. Quería hablar con él cuanto antes.
No terminó de colgar el auricular cuando sonó el timbre del teléfono. Era Ángus, comentándole las novedades.
—Le he enseñado las fotos que saqué con el móvil a Hilario.
El testigo no termina de identificar con seguridad al abogado.
Cree que es Andrés, pero no puede afirmarlo tajantemente.
Por eso, se me ha ocurrido que se diera un encontronazo con él.
Ahora, cuando salga de su clase a la una del mediodía, nos acercaremos a su despacho.
El chico se chocará con él y me podrá aclarar si se trata o no de la misma persona que vio tras cambiar la rueda.
—No es mala idea, pero tenga mucho cuidado de que no reconozca al chico. No queremos ponerle sobre aviso de que tenemos un testigo —le recomendó el inspector jefe, pensando en la imaginación que tenía Angus.
—Habíamos pensado en camuflarle un poco.
—Adelante, y manténgame informado.
Mientras llegaba la esperada llamada se puso a trabajar en los asuntos del despacho, que aún no tan importantes, seguían llegando incesantemente a su mesa.
No se atrevió a usar el teléfono fijo, por si acaso le llamaba la telefonista.
Por ello, usó el móvil corporativo, de uso nada más que profesional, y que se facilitaba a los altos cargos.
No habían pasado ni treinta minutos cuando volvió a sonar el teléfono. Cogió el auricular rápidamente.
—Dime, Berta.
—Señor Hurtado, ya he conseguido su llamada. Tiene en línea al señor Aladino Martínez.
—¿Señor Martínez? Se oía un ruido de fondo, que iba a entorpecer la comunicación con el leonés.
—Sí, ¿quién habla?
—Soy Daniel Hurtado, inspector jefe de Homicidios, Sección de Desaparecidos, del Cuerpo Superior de Policía. Le comunico que, antes de que entremos en materia, esta conversación está siendo grabada.
—¿Hay algún problema?, ¿Por qué tiene que grabar lo que digamos? —sonó una voz, con un fuerte acento leonés, y muy preocupada, y no era para menos, no es nada usual que te llame un inspector jefe de policía cuando estás de congreso en Cuba.
—Sí, se trata de una conocida suya, que ha desaparecido. Y en cuanto a grabar nuestra conversación, es cuestión rutinaria de la investigación —no quiso decir el nombre, de entrada, para escuchar mejor su reacción.
—Y, ¿quién es esa persona?
—Rosa Laborda Pardo.
—¡Rosina! —exclamó con sorpresa, que al inspector le pareció auténtica, por el tono de angustia que le acompañaba—. Ahora entiendo algunas cosas que me han estado pasando aquí.
—¿Qué ha sucedido?
—Gente muy extraña preguntando por mí, los compañerines y yo pensábamos que estaban relacionadas con el régimen comunista, con el presidente Raúl.
Eso nos tenía desconcertados. No es nuestro primer congreso, y nunca antes habían interrogado a otras personas sobre mi paradero aquí, en Cuba.
Y mi madre me contó también sobre una llamada extraña que recibió el otro día en casa.
Me regañó por si me había metido en líos, con eso de la política.
Pero, dígame, ¿cómo es eso de que Rosa ha desaparecido?
—Sí, el pasado domingo, hace ya cinco días —pensó en lo poco discretos que habían sido en sus gestiones los de la embajada. La discreción había sido la excusa que habían puesto por su retraso en contestar a sus preguntas sobre el leonés—. Al volver de su excursión a la sierra.
—Sí, suele ir casi todos los domingos —por la voz, se le notaba, a pesar del murmullo de fondo del teléfono, muy afectado.
—Le veo muy enterado. ¿Cuál es la relación que les une?
—Daniel Hurtado jugaba en esta conversación con ventaja.
Leer los relatos y confesiones tipo diario, en los que Rosa contaba con todo lujo de detalles las persecuciones y acosos del leonés, le habían preparado para enfrentar el interrogatorio.
Decidió no darse por enterado ante él de sus profundos conocimientos.
—Fuimos novios durante un año.
—¿Por qué rompieron?
— Rompí yo, por cosas de la distancia. Vivíamos en distintas ciudades, y en aquella época, me costaba seguir así con la relación.
—Pero aún con todo ello, sigue manteniendo el contacto con ella.
—Me arrepentí enseguida y quise volver, ya no me importaban las dificultades, la amaba demasiado. Pero ella ya no quiso, por más que lo intenté.
—¿Cuánto tiempo lleva intentando volver con Rosa?
—Algunos años.
—Veo que no se da por vencido.
— Sí, no sé lo que ha pasado. Con todo lo que me quería, no puedo comprender sus reiteradas negativas.
—Creo que la llama en exceso, según me han comentado sus allegados.
—Pero con todo el respeto. Nunca la he faltado.
—¿Qué tal le sientan estas negativas continuas, hasta el punto de que ella ya no quiere ponerse al teléfono con usted?
—Mal, muy mal. No puedo admitir un no por respuesta. Nunca en la vida he fracasado en algo y no me rindo. Sin embargo, ya sé por dónde quiere usted llevarme, señor inspector, y la respuesta es no.
—¿A qué pregunta?
—A si soy capaz de hacer daño a Rosa. Mi ofensiva para reconquistar su amor ha sido y es totalmente pacífica.
—No es eso de lo que me han informado.
—No sé a qué se refiere.
—A que, por lo visto, la persiguió en más de una ocasión.
—Mentiras, coincidí con ella en las cercanías de su oficina y se enfadó. Creyó que la perseguía, pero ya le dije que no era cierto.
—Creo que le vieron algunas compañeras de su trabajo.
—No digo que no, pero era casualidad. No tengo, créame, absolutamente nada que ver con su desaparición.
Que quién sabe si ha sido voluntaria, ella no estaba muy equilibrada en los últimos tiempos.
La noté un poco paranoica respecto a lo nuestro.
Tenía complejo de manía persecutoria, se imaginaba que yo no tenía otra cosa que hacer, desde León, que venir a perseguirla.
—Y ¿todas esas llamadas, día y noche?
—¡Que exageradines ! Sólo intenté mantener una vía de comunicación, esperaba otra oportunidad.
—Dejemos esto. Entonces, dígame ¿cómo sabe que la señora Laborda suele ir de excursión los domingos?
—Porque ya por entonces, cuando salía conmigo, tenía esa costumbre. Por eso no me ha extrañado. Y eso lo puede saber cualquiera que la conozca un poco —y recalcó la palabra “cualquiera”. Estaba claro que ya estaba a la defensiva.
—Hablando de conocer. ¿A qué amistades de Rosa conoce usted? —el inspector decidió cambiar de tema, atacando de frente no iba a conseguir nada.
—Supongo que a las que tuviera en la época en la que estuvimos juntos.
Las amigas Edelmira, Isabel, Elvira, a éstas no las conozco en persona, pero sí de oírlas mencionar.
A las que sí conocí fueron a las dos amigas que le acompañaban en nuestro primer día, en la fiesta de mi partido.
Y también me presentó personalmente a Camino, del Herbolario, una chica muy majina , de buen pelaje.
Entre sus amigos, también la oí hablar de unos chicos que se llamaban igual, Luis, con los que sólo tenía una buena amistad.
Y por supuesto, me presentó a sus hijos, unos niños encantadores, Alejandro y Bárbara.
Que yo traté como si fueran míos. Me caían muy bien.
—¿A alguien más?