Chapter 26
La inspectora Alonso se dirigió a su cita con los hijos de Rosa.
Había quedado en la casa de los abuelos paternos, donde pasaban los últimos días.
El padre trabajaba y no se podía hacer cargo de ellos.
Además, así no perdían más colegio. Dentro de la desgracia tan grande de no saber dónde está su madre, la familia había decidido que los niños siguieran su rutina, como una forma de combatir su disgusto.
Se acercó temprano, antes de que la abuela se los llevara al centro escolar.
Cuando llegó terminaban de desayunar sus cereales de chocolate en un gran tazón de leche.
Estaban sentados en dos banquetas, ante una mesa en la cocina.
Los habían vestido ya y repeinado con colonia, como suelen hacer los abuelos.
Saludó a los padres de Antonio, que se retiraron discretamente para que hablara con sus nietos.
Comenzó a preguntarles por sus amigos del cole y por cómo iban en sus estudios.
Se solidarizó con ellos cuando dijeron preferir las vacaciones.
Al niño le habló de los últimos juegos de ordenador, que también tenía Javier, su novio, y a la niña le preguntó por sus animalitos.
La tortuguita Pinky se la había traído consigo, pero echaba de menos a su gato.
Como ni a su padre ni a sus abuelos les gustaban los gatos, se lo habían llevado con la otra abuela, que tenía muchos.
Cuando los vio más tranquilos y conversadores, intentó entrar en materia.
Conocían a todos los amigos y amigas de mamá, muchas veces los llevaba de excursión con ellos.
A Alejandro le gustaba ir siempre el primero en las marchas, y Bárbara, para no quedarse corta, iba inmediatamente detrás.
Siempre ganaban a los mayores. A los que no iban de excursión los habían visto en alguna comida o cena en casa.
Nombraron a todos los del grupito de senderismo: Pepe, Lola, Rafa, y otros.
A las más amigas: Camino, Edelmira, Elvira, Isabel.
A los dos Luises. Uno de ellos un poco raro, pero gracioso y simpático con ellos.
Les cantaba canciones por teléfono. Sobre todo, la de “Rosa tiene siete pelos”.
A las compañeras de trabajo de mamá también las conocían.
Habían comido muchas veces en la cafetería del Ministerio, en septiembre y en junio, cuando no funcionaba el comedor escolar.
Las más conocidas eran Analabella, la más amiga de mamá, que también se apuntaba a las excursiones, o Dulia, que tenía unas hijas gemelas e iba siempre con una caravana.
Pasó a preguntarles por Irene, la de Valencia.
—Ésa está enfadada con mamá —apuntó Bárbara, que era la más habladora de los dos hermanos.
—¿Por qué se enfadó con tu mamá?
—Porque no teníamos cocacola en casa.
—Ni café —añadió Alejandro.
—Además, cuando íbamos a Valencia se pasaba todo el día limpiando la casa y no podíamos jugar.
—Y sobre el leonés, ¿qué me decís?
—No podemos cogerle el teléfono. Hay que colgar —dijo la niña—, mientras su hermano asentía.
—Eso, ¿os lo ha dicho mamá?
—Sí.
—¿Por qué no podéis hablar con él?
—Porque pregunta cosas de mamá. Y porque está por mamá y ella no está por él.
—Y siempre quiere saber dónde está y cuándo se va de vacaciones —intervino el niño—, para poder perseguirnos. Es un pesado, que no para de llamar todo el rato.
—Hasta por la noche, y nos despierta —se quejó Bárbara.
—Y ¿siempre ha sido así?
—No, antes era bueno —dijo Alejandro—. Me regaló varios juegos para la consola, que son muy caros. Uno de coches y otro de motos.
—Y a mí muchos cuentos y una agenda. A mamá un libro y unas poesías, pero no las ha abierto, porque eran un rollo. El otro día me dijo que quería llevarnos a la playa.
—¿Hablaste con él hace poco?
—Sólo un rato —dijo avergonzada la niña—, cuando mamá no estaba.
—Exactamente, ¿cuándo fue? No te preocupes de haberle contestado al teléfono —intentó tranquilizar a Bárbara, que de repente estaba asustada por haber desobedecido las órdenes de su madre de no hablar con el leonés.
—Antes de lo de mamá —Bárbara estaba a punto de llorar.
—Es normal, tanto llamar, que alguna vez le hayas dicho algo —sonrió a la niña, que le pareció bastante madura para su edad.
—Sólo escuché lo que dije, no le contesté.
—¿Qué dijo de la playa? — suavemente, prefirió seguir preguntando, aun viendo el sufrimiento de la niña.
—Que, si queríamos ir a su apartamento de León, que nos lo íbamos a pasar muy bien.
Y que a Alejandro y a mí nos iba a comprar una tabla para hacer surf porque nos gusta mucho.
Y que allí hacía mucho viento para volar cometas también, sabía que nos gustaban.
Que ya lo tenía libre, porque antes había unos señores, y ahora ya no estaban. Dijo algo de unas piedras.
—¿Qué la playa era de piedras?
—No sé, pero me parece que las piedras eran blancas.
—Y ahí ¿ya le colgaste el teléfono? —La información sobre el apartamento le pareció muy importante, ya tendría tiempo de procesarla.
—Sí, ya no dijo nada más.
—¿Habéis visto algún día a otro amigo de mamá llamado Andrés? —prefirió cambiar de tema, antes de que la niña se pusiera a llorar.
—No — dijeron los dos a la vez.
—Es un señor bastante gordo, y con una barbita aquí. —y se señaló el mentón.
—No, no —volvieron a negar, mientras movían las cabezas de un lado a otro.
Eso era lógico, si era un conocido que no coincidía en las actividades lúdicas de la madre, como las excursiones al campo.
Era un tipo que se quedaba en el pueblo, comiendo opíparamente en los restaurantes, mientras el resto del grupo hacía las marchas.
Y tampoco había sido invitado a la casa de Rosa, por lo que los niños no habían tenido oportunidad de conocerle.
Como la relación, superficial, de amistad, se había extinguido, en principio su madre no tenía por qué hablar a sus hijos de una persona a la que no había dado la más mínima importancia dentro de sus relaciones sociales.
La abuela asomó la cabeza por la puerta de la cocina.
Esther comprendió que ya había abusado de la paciencia de los abuelos y que si se descuidaba llegarían tarde al colegio.
Ahora no iban andando solos desde casa como acostumbraban y los tenían que acompañar en autobús.
Se despidió con dos besos a cada niño, a la vez que pronunciaba palabras tranquilizadoras sobre su madre.
Les aseguró que harían todo lo posible para que volviera a casa.
Sabía que se estaba pasando en sus promesas, el asunto había pintado negro desde el principio, pero no pudo evitarlo.
Le estaban mirando con rostros expectantes, y le había dado pena.
Tanto por ellos como por el destino de la mamá.
Llamó a su jefe, que no contestó en su despacho.
Se atrevió a llamarle al móvil. Lo dejó sonar más de diez veces, cuando, ya pensando también en desistir de esta llamada, el inspector descolgó el teléfono.
Oyó su voz más ronca de lo habitual. Todavía afectada por la conversación con los niños, le hizo un resumen telegráfico de la conversación, que no fue interrumpida en ningún momento.
Como el señor Hurtado iba a intentar hablar con el leonés, se atrevió a sugerirle que le hiciera determinadas preguntas.
Angus intentó ponerse en contacto con Requena Requejo desde primeras horas de la mañana.
Aparcó momentáneamente de su mesa otro asunto, más rutinario.
Se trataba de la desaparición de una adolescente, que había sido vista con su novio pocas horas antes.
Hilario estaba en el instituto, le había informado su madre.
Y tenía el móvil apagado, como debía de ser.
Claro que esa norma no la cumplían la mayoría de los alumnos, que según sabía se pasaban el día, con el sonido del móvil apagado, pero mandándose mensajitos y haciéndose llamadas perdidas, enganchados sin remedio a las nuevas tecnologías.
Decidió imprimir las fotografías de Andrés y fue a buscar a su posible testigo al instituto de formación profesional. Ahí estaba estudiando la rama de químicas que, según le dijo la madre sin que él preguntara, tenía mucho futuro laboral en cualquier laboratorio.
Tras un buen rato consiguió dar con su clase, en un laberíntico centro de formación.
Había numerosas aulas, que no seguían ningún orden lógico, y alumnos fumando en el patio y en los pasillos.
Esperó ante la puerta a que terminara el profesor su arduo trabajo.
Vio que salían los jóvenes en tropel, pero no localizó al que buscaba.
Se asomó a la clase, ahí, sentado en una mesa y con los pies en el asiento, estaba su testigo, acompañado de un par de colegas. Le reconoció nada más verle.
—Angus, ¿qué tal?
—Muy bien —se dio cuenta de que no le había llamado inspector delante de sus amigos. Le siguió la corriente. Menos mal que no había venido vestido con traje, sólo llevaba un pantalón vaquero y un jersey color mostaza—. ¿Vienes un momento?
—Claro —dijo con aparente desgana, y le siguió.
Se acomodaron en un apartado pasillo. Ya solos, el inspector Ondarreta le mostró las fotografías, que, aunque oscuras, daban una imagen fiel del sospechoso.
—¿Esta persona es la misma con la que te chocaste aquel domingo, cuando ayudaste a Rosa a cambiar la rueda del coche? —preguntó, y contuvo el aliento, pensando que en este momento se estaban jugando todo el caso—. Tómatelo con calma, obsérvalas con detenimiento.
El chico, callado, estudió detenidamente las imágenes, una a una.
El corazón de Angus parecía estallar, acelerado, esperando una respuesta que se le hizo eterna.
Pues sí que se estaba tomando al pie de la letra sus palabras.
Las estaba mirando con total parsimonia.
Sólo se oían de fondo los murmullos de las conversaciones de los alumnos y los ruidos de clases enteras moviendo sillas en el piso de arriba.
Ni que estuvieran de mudanza. El muchacho, por fin, rompió su silencio.
—Creo que es él.
—¿Crees? —tenía el alma en vilo.
—No lo puedo asegurar, apenas le vi, pero podría ser —dijo con voz de disculpa.
—No te preocupes, bastante nos has ayudado. No nos servirá de prueba de momento, pero sí como orientación para encaminar el asunto de la desaparición. Por lo menos no daremos palos de ciego.
—Sólo me choqué con él.
—Espera un momento —tuvo una idea— ¿Y si te chocaras con él otra vez? Así, además, le verías en persona.
—¿Qué quieres decir? —aunque en ese momento cayó en la cuenta, y abrió la boca y enseñó los dientes de abajo, sorprendido.
—Sí, podemos arreglar las cosas para hacerte el encontradizo con él, en las mismas circunstancias.
—No sé, no me parece mal. Este asunto es de lo más emocionante, y si puedo ayudar mejor, pero ¿y si me reconoce? ¿Y si me ataca?
—Aunque te reconociese, no sería su estilo, de entrada, no creo que sea agresivo.
Aun así, podemos intentar disfrazarte, cambiarte la imagen —Angus, poco a poco, se iba entusiasmando con el plan, aunque no tenía ni idea de lo que podía pensar el inspector jefe.
Quizás le pareciera descabellado. A ver si él también había visto muchas películas, como su testigo.
—Si me proteges, lo hago —el pobre Hilario estaba nervioso, pero deseando colaborar—. Si me pasa algo, mi madre la lía.
—No te preocupes, que ya estaré yo al quite. ¿Cuándo acabas las clases?
—Hoy termino antes, a la una.
—Avisa a tu madre de que no vas a casa. Te esperaré y nos acercamos al bufete donde trabaja este tío.
Solo tenemos que hacer guardia a la salida del despacho, seguro que irá a almorzar, tal como está de hermoso, no perdonará una comida.
Después, ya te invitaría yo a comer, quizás para celebrarlo, ¿quién sabe?