Diario de una desaparición Chapter 25
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Chapter 25

Los tres inspectores bajaron del coche oficial, en una noche negra y desapacible. El conductor les esperaría aparcado en doble fila, con las luces intermitentes del warning puestas. Llamaron por el video—portero al tercero izquierda de una elegante y antigua casa de estilo neoclásico.

—¿Quién es? —preguntó una aguda voz masculina.

—La policía —contestó Angus, intentando poner él el tono grave y masculino de autoridad, que a su jefe le salía natural, y que siempre quería imitar.

Sin más, ronroneó la puerta, empujaron, y pasaron al portal.

—Recuerde Angus, hacer lo que le he dicho con total discreción.

—Si, jefe, soy el rey del disimulo.

—Y usted, Esther, lo mismo le digo.

—Por supuesto, señor Hurtado.

Un macizo ascensor, de los de antes, con la puerta de rejilla metálica, le subió al tercer piso con paso lento. Llamaron a la puerta blindada, pero con estilo antiguo, barnizada de un reluciente color caoba. Se sintieron observados por un ojo móvil, tras la mirilla.

En el dintel apareció un hombre en batín de seda, lujoso pero pasado de moda.

El cinturón de la prenda circunvalaba su enorme barriga.

Unas desgastadas zapatillas negras completaban el atuendo.

Los labios gordos, rodeados de bigote y perilla, se abrieron para invitarles a pasar al interior de su casa, con un gesto desdeñoso.

—Espero que tengan una buena razón para molestar a un ciudadano a estas horas de la noche —les regañó con voz ligeramente chillona, que contrastaba con su corpachón.

No les invitó a pasar. Estaban en un pequeño recibidor, con las paredes muy altas, y los cuatro apenas cabían. Angus hizo las presentaciones. Le estrecharon la blanda mano, según les iba nombrando.

—No le entretendremos más de unos minutos. Comprendemos lo inoportuno de la hora y de la visita, sin anunciarnos, pero se trata de un asunto urgente—. Le informó el inspector jefe, que era quién iba a llevar el peso de la entrevista.

—Ustedes me dirán —Les tenía de pie, incómodos, mientras los miraba con cara de pocos amigos.

—Si no le parece bien que pasemos a un lugar más cómodo, quizás prefiera venir a la Comisaría.

—Si me dijeran de qué se trata —No daba su brazo a torcer.

—Se trata de la desaparición de una amiga suya.

—¿Y su nombre es?

—Rosa Laborda.

—Más que una amiga se puede decir que es una conocida. Pero bueno, si quieren sentarse—. Y les señaló la puerta de entrada al salón, que estaba oscuro y frío, como la noche.

Se acomodaron en un tresillo de rayas, que hacía juego con las cortinas.

El abogado se sentó en el sofá individual que había enfrente.

La estancia estaba decorada con estilo clásico.

Todos los muebles eran de calidad, intemporales.

Cumplida esta mínima y obligada hospitalidad, no les ofreció nada para tomar.

—No demuestra usted mucha sorpresa —Señaló Daniel Hurtado.

—No, me acaba de llamar una amiga mía de Valencia y me ha puesto al corriente.

No sé por qué recurren a mí, que apenas la conozco, y hace siglos que no tenemos contacto.

Y encima veo que viene la brigada en pleno.

Y por la noche. Y sin avisar. Ustedes comprenderán que cualquier persona se sentiría, al menos, y por decirlo levemente, molesta.

—¿Cuándo ha sido la última vez que vio a Rosa?

—Si he de ser sincero, no me acuerdo. Hace ya meses.

—¿Cómo es que ya no se veían?

—Como ya les he apuntado, son de esas amistades, que más que amistades, son gente conocida. Si se acaba el motivo de seguir viéndose, se extingue la relación por sí misma.

—¿Y cuál era ese motivo?

—Lo que pasa muchas veces, que era más amiga de una amiga que mía.

Hablo de Irene, que ya sé que han hablado con ella.

En cuanto se trasladó a Valencia, al no haber ningún interés por ambas partes en vernos, sin ningún acontecimiento especial que lo provocase, dejamos de quedar.

Es por lo que no entiendo su presencia en mi casa. No hay más historia.

—Sin embargo, aunque no la haya visto, quizás ha hablado por teléfono con ella, últimamente.

—Es cierto, la he llamado en un par de ocasiones.

—¿Para qué?

—Asuntos sin importancia relativos a amigos comunes de Madrid. Como tampoco hemos discutido, no hay inconveniente alguno en que, si surge algo, pueda ponerme en contacto con ella.

—¿Qué opinión le merece esta conocida? —preguntó con cierta sorna el inspector jefe, que veía cómo, hábilmente, el entrevistado se curaba en salud si aparecía reflejada alguna llamada suya en el listado de las llamadas de teléfono de la señora Laborda.

—Aunque esté mal decirlo de una persona desaparecida y de la que no se sabe lo que ha podido pasarle, me parece una lianta.

—Si puede ampliarnos ese calificativo.

—Una mujer hipócrita y falsa, de las que te presentan una cara amable.

Y por la espalda ya te está poniendo de vuelta y media o te da una puñalada trapera.

Nada más conocerla, vi lo que se escondía tras ese rostro de niña buena.

Por mi profesión de abogado, en la que me tengo que ver con todo tipo de gente, conozco si las personas son de fiar o no.

Pocas veces me engañan, ni siquiera las personas más hábiles en el disfraz y el disimulo.

—Y sin embargo la amiga de Valencia le merecería más confianza, si aún mantiene el contacto.

—Lógicamente, así es. E incluso, con gran dolor de mi corazón, y siendo testigo de las faenas que la tal Rosa le hacía por detrás, me vi obligado a ponerle sobre aviso.

Suavemente, dejando que fuera ella la que se diera cuenta, por experiencia propia, de que la amiga de hace unos años, en la que confiaba ciegamente, había colaborado en los episodios más tristes de su vida.

—Es decir, que usted tuvo algo que ver en la ruptura de la amistad de las dos mujeres.

—No, no es cierto. Yo pude abrirle los ojos a una situación que ya existía, pero de ahí a considerarme culpable va un abismo. Sólo apoyé a una excelente persona, de la que me enorgullezco de encontrarme entre sus amigos.

El convincente tono de voz del hombre iba haciendo efecto, y si se descuidaba el inspector jefe acabaría haciéndole creer que estaba delante de un hombre encantador.

Si no fuera por los escritos de Rosa, en los que él había hurgado como un vulgar ladrón, hubiera podido dejarse llevar por las palabras del abogado.

Éste, después de acomodarlos en el sillón, y viendo que no le quedaba más remedio, había decidido tratarles con deferencia y encanto.

En pocos minutos habían visto cómo había cambiado el hombre huraño y borde, que es quién les había abierto la puerta.

Ahora, el abogado se desvivía por ofrecer una buena imagen.

Desde luego, tanto la descripción física cómo emocional que Rosa había reflejado en sus escritos, se correspondían con la persona que tenían delante.

Quizás, si no hubieran estado sobre aviso, el encanto del hábil abogado se hubiera sobrepuesto a las sospechas que despertaba.

—¡Qué bonito piso, y con qué gusto está decorado! —cambió de tercio el inspector, también él más amable, y preguntó, como casualmente— ¿Es usted de Madrid?

— Gracias, inspector. Lo mío me ha costado tras muchos años de ejercer la profesión, y pese a mantener a una ex esposa y a dos hijos que, encima, no veo.

Y en cuanto a si soy de Madrid, no, he nacido en un pequeño pueblo segoviano, Torrecaballeros.

Pero llevo afincado en el foro desde mi época de estudiante universitario—.

Aunque le hablaba al jefe, no le quitaba ojo a Esther, a quien le estaba haciendo un repaso descarado, con unas miradas que tenían afán de ser seductoras.

—¿Tiene allí familia con la que alojarse?

Antes de que Andrés pudiera contestar, fueron interrumpidos por el sonido de un móvil.

Era el del inspector Ondarreta, que había puesto como soniquete de llamada el animado “Quinto levanta”.

Disculpándose, se alejó para cogerlo, hacia el fondo del salón.

Se oyó un murmullo del tipo de “ahora no puedo, llama más tarde”.

Por el tono de voz del joven, parecía una llamada femenina.

—Preguntaba usted, antes de que nos interrumpieran —y señaló con una inclinación de cabeza hacia dónde se encontraba Angus, dando a entender claramente lo maleducadas que le parecían las personas que no apagaban sus móviles cuando están tratando asuntos de importancia—, sobre si tengo familia con la que pueda alojarme.

Sí, pero apenas los veo, soy un hombre muy ocupado.

Y, como le veo venir, señor Hurtado, le diré que he construido un apartamento en un ala de la casa familiar que me tocó en herencia.

Y que está alquilado desde hace años a un mismo inquilino.

Yo cuando voy trato con él los asuntos del piso pendientes y me vuelvo en el día.

Tal como me llevo con mi familia, no me apetece quedarme a pasar la noche en el pueblo.

—Ya que sabe por dónde voy, si no le importa, ¿podría decirme de qué otras propiedades dispone?

—No tengo inconveniente, señor Hurtado, en detallarle a usted y a la Hacienda Pública, mis posesiones.

No oculto nada. En primer lugar, dispongo de este piso, que es mi gran inversión inmobiliaria, figúrese, a los precios de hoy en día, más de doscientos metros cuadrados y en este barrio.

Lo mío me ha costado, toda la vida trabajando.

Además del apartamento del pueblo, que se puede imaginar no da gran cosa, dispongo de un local, muy céntrico también, en este mismo barrio.

—Y ese local ¿lo tiene también alquilado?

—Con el local no he tenido tanta suerte como con el piso del pueblo.

El inquilino me salió rana, y no me pagaba.

Con muchos esfuerzos y perdiendo dinero, he conseguido que se vaya.

Menos mal que soy abogado, que si no me hubiera salido por un pico.

Esta fatal la ley para los arrendadores, y como un inquilino quiera apalancarse, aún sin pagar, tiene muchas tretas que puede usar para quedarse eternamente.

Dentro de lo malo he podido empezar de nuevo.

Pero esta vez quería asegurarme de que no se lo alquilaba a la persona errónea e hice correr la voz entre mis amistades para buscar a alguien de confianza.

Y he conseguido alquilarlo, incluso a mejor precio que al inquilino anterior.

—¿Desde cuándo tiene ese nuevo inquilino?

—Justo desde hace un mes.

—¿A quién se lo ha alquilado?

—A un colega de profesión, que quiere montar un bufete por su cuenta. Yo no le conocía personalmente, pero me dieron muy buenas referencias. Si tanto le interesa, le puedo dar sus datos y los del apartamento del pueblo.

—Sí, por favor, si no fuera mucha molestia se los podría pasar a la inspectora Alonso—, le rogó Daniel Hurtado, con la más educada de sus voces.

—Por supuesto —sonrió abiertamente el abogado que estaba deseando acercarse un poco más a Esther.

El inspector jefe se puso en pie para dar por concluida la conversación.

—Ha sido muy amable al contestar a nuestras preguntas, y otra vez discúlpenos por lo intempestivo de la hora.

Anotados los datos, y tras una breve y cortés despedida salieron hacia el ascensor, en silencio.

—¿Ha conseguido tomar las fotos con el móvil, Angus? —preguntó el inspector-jefe, cuando bajaban hacia el portal, lejos de oídos ajenos.

— Sí, señor Hurtado, he tomado cuatro o cinco.

Menos mal que le tenía quitado el sonido del clic que hace habitualmente cuando hace las fotos.

Espere, ahora mismo voy a comprobar qué tal han salido —trasteó con su moderno móvil, casi tan plano como un folio—.

Genial, han salido perfectas, bueno, quiero decir que, con el careto de este tío, no le voy a sacar guapo encima, pero están claras.

—Mañana mismo cita usted a Hilario y se las enseña. ¡Ojalá haya una identificación positiva! Este tío me ha dado mala espina, es muy listo, y si no disponemos de pruebas va a ser muy difícil pillarle.

—A mí también me ha dado muy mal rollo, —opinó Esther —creo que prefería que nos tratase tan mal como al principio, antes de hacernos entrar al salón.

Eso de verle en plan obsequioso, ¡qué asco!

Y su mano calentita y blandengue, ¡puag!

Con lo que hemos leído de él en los escritos de Rosa, estábamos prevenidos contra sus artes maquiavélicas de seducción.

Hacía tiempo que no pasaba tan mal rato, con ese tío mirándome con esos ojos, desnudándome.

Comprendo, jefe, que era una maniobra de distracción y Angus ha podido sacar así las fotos, pero lo he pasado fatal.

—Han demostrado ser muy buenos profesionales, los dos. Sé perfectamente que no entran dentro de sus cometidos pasar días enteros, sin horarios, dedicados a resolver este difícil misterio.

—Gracias, jefe, pero ¡menudo elemento! ¡Ojalá ella no haya caído en sus manos!

—añadió Angus otra opinión preocupante para el inspector jefe, que veía cómo sus subordinados aumentaban su intranquilidad y nerviosismo, ante el destino de su querida desaparecida.

Como los dos habían leído los escritos de Rosa, también sentían simpatía por la protagonista.

No era el único que se había visto emocionalmente involucrado en la resolución del caso.

—Gracias por sus palabras de ánimo, señor Hurtado, pero me preguntaba —añadió Esther, con lo que corroboró sus pensamientos sobre el interés con que se habían tomado la lectura de los escritos—, si se ha fijado en que no sabemos quién es la persona de la que no se esperaba Rosa que conociera al abogado.

La que le transmitió a ella la información de que el culpable de la ruptura con la valenciana era él.

Ninguna de las personas a las que hemos entrevistado Angus o yo, sabían nada de la verdadera causa de esta ruptura, ni siquiera los dos Luises o las amigas más íntimas.

Y ella dice que estaba tan alucinada, que no quería ni pensarlo.

Lo malo es que alude a “persona”, con lo cual el género de esta queda abierto.

No sabemos si es un hombre o mujer. Incluso puede que algunos de los entrevistados nos hayan mentido al respecto.