Chapter 24
—¿El señor Hilario Requena Requejo, por favor? —preguntó Angus a una joven voz de mujer que atendió al teléfono.
—Enseguida se pone mi hermano, un segundo.
—¿Sí? —contestó una voz de hombre, de unos veinte años. A esa edad no le pegaba nada llamarse Hilario, pero seguro que el nombre seguiría alguna saga familiar.
—Le habla el inspector Ondarreta, de Homicidios. Estamos investigando la desaparición de una señora, Rosa Laborda, y nos gustaría hablar con usted.
—¿Por qué? ¿Qué tengo que ver yo con la desaparición de esa señora, si no la conozco? —el joven subió el tono de su voz, preocupado por lo de Homicidios. Las muchas películas de detectives que había visto no ayudaron mucho.
—Probablemente nada, pero nos podría ayudar en su localización. Si no le importa podemos intentar solucionar el asunto cuanto antes. Si se pudiera pasar por aquí, hay una foto de esa persona que nos gustaría enseñarle.
— Vale, pero no puedo imaginar en qué pueda ayudar yo. No he hablado con ninguna señora que conozca por ese nombre.
—Por eso nos gustaría que viera la foto.
—Si me dice la dirección puedo acercarme ahora mismo.
—Estamos a tres paradas de metro de donde vive —y le detalló la dirección de la Comisaría.
Mientras llegaba, aprovechó para terminar de redactar sus entrevistas del día ante el ordenador. Le daría cumplida información a su jefe de ellas y del interrogatorio al muchacho.
No acababa de imprimir su informe cuando un joven bajito se colocó ante su mesa. Se había dado prisa, había llegado en menos de media hora. Vestía una oscura sudadera con capucha y vaqueros negros. Unas deportivas blancas con cordones rojos en una y negros en la otra daban una única nota de color.
—Usted dirá —Por lo menos, era un chico educado, especie poco vista en una Comisaría, a no ser en la sección de denuncias por robo.
—Hilario, ¿verdad? —ante su afirmación, fue al grano directamente. Decidió tutearle, dada su juventud—. El domingo pasado, ¿ayudaste a una mujer a cambiar la rueda del coche?
—Sí —dijo, mientras se encogía de hombros—, ¿y?
—¿A esta señora? —le enseñó la fotografía de Rosa Laborda.
—Si, es la misma.
—¿En qué calle y a qué hora?
—En la avenida Príncipe de León, cerca de Plaza Castilla. Serían las siete y media de la tarde, un poco pasadas.
—¿Me puedes contar qué ocurrió?
—Ella, cuando pasé por delante de su coche, me pidió ayuda directamente.
No pasaba mucha gente y supongo que al verme joven pensó que le podía servir, para cambiar la rueda, se entiende.
Yo no tenía ni idea, pero ella sí, lo que me extrañó.
No es machismo, pero las mujeres no suelen saber ni de coches ni de mecánica.
Yo tampoco, que conste. Pero ella sola no podía quitar los tornillos, que estaban muy fuertes.
Dijo que en el taller les ponen las tuercas a las ruedas con una máquina y no hay quién las afloje.
Si es que hay que tener mucha fuerza bruta para esas cosas.
Yo, aunque me vea delgadito, pude aflojarlos sin mucha dificultad.
–presumió el muchacho, que abultaba poco —Después de subir el coche con el gato, que también tuvo lo suyo, pusimos la rueda de repuesto.
Era de esas pequeñajas, que están en el capó de delante, al lado del motor.
Me dio las gracias repetidas veces, muy amable, y me fui.
—Antes le ayudarías a guardar la rueda pinchada en el coche.
—Sí, claro. Allí la dejé, ordenando aún el maletero. Había tenido que sacar varias cosas, herramientas, una manta, botellas de agua de plástico, una esponja y bolsas, para que cupiera la rueda.
—Así es que cuando te fuiste …
—Ella estaba inclinada, con la cabeza dentro del maletero. Como se me hacía tarde me marché deprisa, hasta me choqué con un pobre señor.
—Ese hombre con el que te chocaste, ¿te fijaste en él? —Angus aguantó la respiración, ante la importancia de la respuesta.
—No demasiado. Apenas le vislumbré, le pedí perdón mecánicamente. No sé siquiera si me escuchó.
—¿Sabrías describirle?
—Bueno, era gordo —Hilario titubeó pensativo, mientras hacía memoria—. Me acuerdo porque me di contra su barriga. De estatura, quizás como yo, es decir, bajito. No podría asegurarlo, me dio la impresión no sé si de barba o bigote.
—Si te acordaras de cómo iba vestido …
—Ni idea. Pero, ¡espere! —cerró los ojos en un esfuerzo de concentración—. Estoy intentando visualizarlo ¡sí!, cuando me choqué con él me fijé en su jersey, que me pareció anticuado, como de rombos y eso. Y ahora sí que le puedo decir que no me acuerdo de nada más.
—Muchas gracias, Hilario. Nos has ayudado muchísimo. Me gustaría tenerte localizado, es posible que te llamemos para identificar a este individuo con el que te chocaste. Es muy importante. Y si te acordaras de algún detalle más nos avisas urgentemente, no importa la hora que sea.
Antes de pasar a ver al jefe, el inspector Ondarreta decidió terminar de introducir las entrevistas en el ordenador.
Añadió con rapidez la trascripción del interrogatorio del chico.
Mientras tanto, por el rabillo del ojo, había visto llegar a su compañera Esther, que rápidamente también se ponía ante su pantalla.
Terminaron casi a la vez de imprimir sus informes, cuando, con una mirada, se pusieron de acuerdo para ir a la oficina de su superior.
Angus asomó la cabeza por la puerta del despacho de Daniel Hurtado. Antes de que entrara el resto del cuerpo, su jefe ya le había indicado con un gesto que pasara. La inspectora Alonso entró a continuación. Los dos tenían en sus manos sendas carpetas características de los informes policiales.
—Señor Hurtado, ya he hecho algunas averiguaciones sobre Hilario Requena Requejo —Se adelantó a hablar antes de que su compañera hubiera terminado de acomodarse, convencido de que lo que tenía que comunicar era de la mayor trascendencia—.
Le he puesto un correo con todo el informe sobre Hilario Requejo, en el que se reflejan además las otras entrevistas, a las amigas de Rosa, incluyendo a la valenciana.
—Inspector, siéntese por favor —invitó su jefe, al ver que permanecía de pie, a la par que notaba lo emocionado que estaba Angus, parecía el gato que se acababa de comer al canario— ¿Ha averiguado algo de relevancia?
—Tengo varias noticias, pero la más importante es que ¡tenemos un testigo! —Ante el levantamiento de ceja de su jefe prosiguió—. Aunque le he hecho un pequeño informe por escrito, preferiría comentárselo de viva voz.
Angus comenzó a resumirle a su jefe las entrevistas que había efectuado a lo largo del día.
A primera hora de la mañana había conseguido hablar con las amigas, Isabel y Elvira, y detalló el análisis grafológico de los dos sospechosos, uno de ellos con rasgos psicópatas.
Lo más relevante, la confirmación de la existencia de Andrés, por parte de Edelmira, y el buen ánimo de la desaparecida, que no le había comentado nada sobre el papel del abogado en la ruptura de las dos amigas.
Había, asimismo, localizado la dirección y teléfono de Andrés, inicialmente a través de la agenda de Rosa.
En cuanto a la ex amiga de Valencia, la había encontrado en el fijo de casa.
Se había mostrado muy convincente en su sorpresa sobre la noticia de la desaparición.
Y lo más interesante, era amiga de Andrés.
Tenía tratos telefónicos constantes con él, y fue el que le aconsejó en su crisis con Rosa, consiguiendo, efectivamente y de mala manera, que las dos amigas se separaran.
En plan ya de curiosidad, había sido la única de todas las personas con las que había hablado que había puesto verde a la desaparecida, de la que tenía una malísima opinión.
No eran pocas “las perlas” que le había dedicado.
Referente al testigo, contó emocionado su entrevista con Hilario.
—No creo que me deje llevar por mi imaginación si pudiera relatar la secuencia de los hechos de la desaparición de Rosa Laborda, tal como yo creo que se han producido.
—¡Adelante, diga, Angus! —El inspector jefe le invitó además con un gesto de la mano para que lo intentara.
—He supuesto que, según la descripción del testigo, que coincide plenamente con la que Rosa y su amiga Edelmira habían hecho de Andrés, éste es el sujeto sospechoso en cuestión.
Y que se encontraba vigilando el coche, que fácilmente podía identificar, pues le había estado pinchando las ruedas durante los tres domingos anteriores.
Cuando la vio llegar, sólo tuvo que esperar a que ella y el muchacho terminaran de cambiar la rueda pinchada.
Cuando Hilario se alejó, Rosa estaba en una situación vulnerable.
De espaldas, ordenando el maletero, mientras terminaba de colocar la rueda y los trastos.
Se acercó, pero no contó con que se iba a chocar contra el chico, que iba con prisas.
Después, se dirigió a ella, y le inyectó lo que fuera.
—El doctor Marín me ha confirmado que fue un sedante de rápida acción —le informó su jefe—. Un barbitúrico.
—Gracias, señor Hurtado. Después terminó de meter en el maletero a la pobre señora, que se había quedado con las piernas fuera, y lo cerró.
Se puso al volante, con los guantes puestos para no dejar huellas.
Condujo hasta la calle Herrera Oria, a diez manzanas de allí, dónde había aparcado su propio coche.
Un traslado del cuerpo inerte al otro maletero y de allí al lugar donde la tenga secuestrada, si no ha hecho cosas peores.
—Me parecen muy acertadas sus suposiciones, que compatibilizan con las pruebas y testimonios de que disponemos —notó que su subordinado se ruborizaba y decidió dar paso a la inspectora Alonso para que hablara, antes de que explicara con detalle lo que había querido decir con “cosas peores”—. Y usted dirá, Esther.
—Yo no he tenido resultados tan espectaculares como mi colega Angus.
Luis, “El de las cartas”, como leerá en el informe, es un amigo algo superficial de Rosa.
E incomprensible su amistad también, según la opinión que me he formado de los gustos de ella.
No le contaba sus intimidades ni conocía la existencia del abogado.
Con “Luis, el de los ojos azules”, una persona más llevadera, no es que se sincerara tampoco mucho.
Pero sí mantuvieron una interesante conversación sobre la existencia del mal.
Ella le preguntó qué opinaba del tema y hasta tomó apuntes de sus palabras.
—Gracias, Esther. Ahora, por favor, mientras termino de leer sus respectivos informes, que se pueden pasar entre sí también, pueden ustedes ponerse al día con los informes técnicos.
Ya se los he enviado a sus correos. Después, hacia las nueve de la noche, un coche del Ministerio nos acercará a los tres al domicilio del abogado.
Y recuérdenme que mañana por la mañana, sin falta, tenemos que hablar con el leonés, aunque esté en Cuba.
No hay que descartar ninguna de nuestras opciones más obvias.