Diario de una desaparición Chapter 23
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Chapter 23

La caña en el bar de enfrente se alargó más de lo esperado. Daniel Hurtado y el doctor Marín se enfrascaron en sus recuerdos de los viejos tiempos. Tras las distendidas conversaciones, el inspector se dirigió a su despacho, presto a leer el informe.

La mayoría de las huellas encontradas en el coche eran lógicamente de Rosa y de sus hijos.

Sin embargo, en el volante y en la palanca de cambio de marchas sólo hallaron las de la madre.

Lo curioso era que algunas de ellas estaban parcialmente tapadas, no aparecían enteras.

Una impresión curva las cubría. Era claramente la huella que deja una mano enguantada.

Alguien condujo el Ibiza, con toda seguridad, después de la desaparecida.

De ahí que apareciera aparcado en un sitio distinto y un poco más lejano al habitual, según se les había informado El análisis microscópico de la alfombrilla del conductor no arrojaba ningún resultado revelador.

Lo dicho anteriormente por el doctor Marín también valía para esta parte del coche.

Las arenillas de los zapatos eran las típicas de la ciudad de Madrid.

En los últimos dos meses, como mínimo, el coche no se había movido de la ciudad.

Es decir, que la persona que lo condujo, en ese momento, y por lo menos con ese calzado, no se había desplazado a otras ciudades.

Pero, sólo si se hubiera puesto el mismo calzado, por lo que las conclusiones tampoco eran excluyentes.

Lo que sí estaba descartado era que el coche se hubiera movido más allá de unos kilómetros.

La rueda de repuesto, sólo para emergencias, había sido usada sólo para un corto trayecto.

El análisis de las ruedas arrojaba una novedad. En la rueda pinchada, encontrada en el maletero y en la de repuesto, había varias huellas, muy claras. Éstas pertenecían a Hilario Requena Requejo, sin antecedentes penales.

Daniel Hurtado interrumpió la lectura del informe y llamó al teléfono del inspector Ondarreta, al que había vislumbrado tecleando ante su ordenador.

—Sí, jefe.

—¿Qué sabe de Andrés, el abogado?

—Es una persona real, ya tengo sus datos.

—Pásemelos inmediatamente por correo electrónico, que voy a enviarles a Esther y usted a localizarle y si es posible hablar con él. ¿Ha terminado ya con sus entrevistas, Angus?

—Ahora estoy acabando de redactarlas.

—Interrumpa un momento ese trabajo y, después de enviarme los datos del abogado, averigüe lo que pueda sobre un tal Hilario Requena Requejo.

Sus huellas se han encontrado en la rueda pinchada —y le dio más detalles sobre éste, que se hallaban en el informe.

También le hizo un resumen de lo que había leído hasta ahora —.

Y si puede, póngase en contacto con él y que le diga todo lo que sepa.

Colgó el teléfono. Lo levantó otra vez de su soporte y marcó el número de la inspectora Alonso.

—Esther, ¿cómo va eso?

—Iba a salir para la oficina, acabo de terminar de entrevistar a los dos luises. He quedado para mañana con Antonio, el ex marido, y los dos hijos.

—Se acerca por aquí y cuando redacte su informe, me lo pasa y después cotéjelo con el de las entrevistas de Angus. Quiero que me acompañen los dos a ver al abogado, aunque se haya hecho tarde por hoy.

Continuó leyendo las líneas siguientes del informe, que no arrojaron más novedades relevantes. No se había encontrado ningún tipo de restos biológicos sospechosos, como pudiera ser sangre, excluyendo, por supuesto, la aguja, de cuyos resultados estaban pendientes.

Un timbrazo le sobresaltó. Hablando del rey de Roma… La pantalla le indicó que le llamaba el doctor Marín. Con el corazón a punto de estallarle en el pecho descolgó el auricular.

—Dime Julio.

—Nos hemos dado mucha prisa, ya lo tienes.

—¿Cuáles han sido los resultados? —preguntó con voz aparentemente serena.

—Hemos encontrado restos de un sedante. La aguja había sido utilizada. A la víctima se lo habían inyectado porque en el extremo también hemos encontrado ADN, que supongo era de ella. Pero eso tardará un poco más. Como ya me lo habéis facilitado, no tengo más que esperar a tenerlo para cotejarlo.

—¿Qué más me puedes decir del sedante?

—Aunque ahora te puedo enviar por correo electrónico el informe más técnico, sí te puedo decir que la dosis empleada era fuerte.

—¿Cómo para dormir a alguien inmediatamente?

— Prácticamente, sí. Se trata de un barbitúrico. Contiene fenobarbital, que se comercializa con el nombre de Luminal. Supongo que le han inyectado dos ampollas de este medicamento, por vía intramuscular.

—¿Intramuscular?

—Sí, que no es intravenosa. Lo cual quiere decir que lo puede inyectar cualquiera, no ha de buscar un sitio determinado en la vena. Vamos, que no hace falta ser un profesional para ello.

—¿Y por qué dos ampollas?

—Es la cantidad mínima necesaria para dormir a la víctima.

—¿Es fácil encontrar ese medicamento?

—Lo venden con receta, no es raro que un médico lo prescriba. En una farmacia sin ella no te lo van a vender, se han endurecido las multas por vender sin receta y no se arriesgan. Pero es que ahora se puede comprar por Internet, que no pone tantas trabas a vender medicamentos, aún sin receta.

—Los usos del fenobarbital como somnífero ¿son del dominio público?

—Hoy en día, como te he dicho, con el dichoso internet, todo es de dominio público. Si hasta te enseñan a fabricar bombas atómicas.

—Y ¿eso duerme inmediatamente?

—Sí, es casi instantáneo, mejor que un anestésico, que puede tardar más y tiene efectos más imprevisibles. Desde luego, está bien escogido si lo que querían era poner fuera de combate a alguien rápidamente.

—¿Tiene algún efecto secundario?

—Normalmente no, pero en algún caso aislado puede provocar una parada cardio—respiratoria.

—¿Cuánto dura el efecto?

—Depende de la persona, pero puede durar unas dos horas.

—Gracias, Julio, te debo una.

—De nada Daniel, espero que te sirva de ayuda para tu caso.

Se despidieron prometiéndose que la próxima vez que se vieran no dejarían pasar tanto tiempo.

Las prisas de la vida diaria tapaban cualquier intento de mantener una amistad de años y a eso había que ponerle remedio.

El inspector jefe pensó que últimamente había estado descuidando su vida personal.

Se había dejado llevar por su pasión por el trabajo.

Claro, que decir últimamente casi era una falsedad.

Ya ni se acordaba de los años que hacía en los que no cultivaba su vida social.

Todo su mundo eran su trabajo y su mujer, por ese orden.

No estaba mal, pero habría que abrir otros horizontes.