Chapter 22
Esther había quedado en las inmediaciones de la Comisaría.
Le propuso entrar en el bar de enfrente.
Había visto, acodado en la barra, a Daniel Hurtado, acompañado del doctor Marín, jefe de laboratorio.
Le extrañó, no era habitual verle tomando cervezas, ni sólo ni acompañado.
Agarraba contra su pecho una carpeta de informe, típica del taller policial.
Parecía más animado que en los últimos días, si se pudiera emplear esta expresión con el jefe, que no se distinguía por ser el rey en ninguna fiesta.
Seguramente se estarían contando batallitas de sus lejanas épocas de compañeros en la academia.
Luis, “El de las cartas” le había estrechado obsequiosamente la mano a la Inspectora Alonso.
Era un hombre menudo, cuarentón, de febriles y grandes ojos oscuros.
Lucía un abundante y rizado pelo negro. Bajito y nervioso, iba con una antigua gabardina que le llegaba casi hasta los pies, con el cinturón ajustado a lo Bogart, y relucientes zapatos negros.
Para él pidió una caña y para ella una cerveza sin alcohol.
Al ver que no ponían nada más exigió sus correspondientes pinchos, que consistieron en unas tapitas de paella puestas en la concha de un mejillón.
—Encantado de conocerla, si prefiere que nos tuteemos… —Esther enseguida supo que era del tipo” Ligón Continuo y Perseverante con Todas las Faldas”. — llámame Luis.
—Esther —condescendió la inspectora, pensando lo que tenía que aguantar una mujer profesional en aras de la buena marcha de la investigación.
—¿En qué puedo ayudarte? Realmente, no sé nada de Rosita.
—¿Desde cuándo son amigos?
—Desde hace cinco o seis años.
—¿Cómo se conocieron? —le parecía difícil que Rosa hubiera podido trabar amistad con este elemento.
—Un día, en un pub y sala de fiestas llamado Galileo Galilei conocí a dos chicas, una de ellas era de Valencia.
Les eché las cartas. No sé si le habrán dicho que adivino el futuro con las cartas del tarot.
Luego si quiere se las puedo echar. El caso es que estas chicas me presentaron a Rosa a las pocas semanas.
A partir de ahí mantenemos una buena relación de amistad.
Además, aunque no cuajó, estuvimos trabajando los dos con la creación de un libro que iba a tratar de la ruta de la seda en el siglo XIX.
Pero andábamos muy ocupados los dos y quedó relegado al olvido.
—Esa amistad con Rosa, ¿Ha llegado a ser íntima?
—Si se refiere a que, si nos hemos acostado, he de confesar que, desgraciadamente, no —y ante el ligero levantamiento de cejas de la inspectora, amplió la información—.
No por falta de ganas por mi parte. Mis insinuaciones, al principio, y mis proposiciones directas, después, nunca fueron bien recibidas.
Se las tomaba a broma, no sé si para quitarles importancia, o porque consideraba que no tenían ninguna.
—¿Ella le gusta, simplemente, o está enamorado?
—Buenoooo —resopló—, en los últimos años he pasado cierta sequía, en cierto terreno, y me parecería estupendo terminar con este involuntario tema con una persona tan agradable y atractiva. Me cae mejor que las demás, pero de ahí a decir que estoy enamorado, no creo.
—¿Sabe de alguien que quiera mal a Rosa?
—Supongo que ya estarán enterados de lo del leonés —al ver que la inspectora asentía prosiguió—, no hace muchos meses también discutió con Irene, antes de que se fuera a Valencia, pero no se me ocurre nadie más.
—¿Conoce a algún amigo suyo llamado Andrés? ¿Un abogado?
—No, no he oído hablar de él.
—¿Cuándo ha sido la última vez que ha estado con ella?
—Hará un par de meses, cuando fui a su casa a cenar, con ella, sus hijos y un par de amigas más.
Soy muy buen cocinero —presumió sin modestia y le lanzó una sonrisita que él consideraría de las más seductoras de su repertorio—, y les hice un cordero al horno como para chuparse los dedos.
Se quejó un poco de la gran cacharrada que preparé, y de que le puse la cocina perdida, pero disfrutamos mucho y me felicitó especialmente por las patatas soufflé que hice de acompañamiento al asado.
Soy un manitas, no sólo de la cocina, sino que además tengo la casa como los chorros del oro.
Un partidito, vamos, con el piso sin hipotecas. Y soltero y sin compromiso.
—Y ¿ha hablado por teléfono con Rosa en estos días?
— la inspectora intentó cambiar de tema de conversación desesperadamente, antes de que el soltero de oro que tenía delante siguiera enumerando sus cualidades.
Se apartó un poco de él, que, como sin querer, se le estaba acercando demasiado.
Su aliento olía a chicle de mandarina mezclado con el sabor de la pastosa paella.
—Sí, un par de semanas atrás. Como soy personal civil de la Administración Militar puedo conseguir determinados medicamentos y material de perfumería bueno, a precios casi de risa.
A veces me encarga una crema cicatrizante con vitaminas A y D, o algodón, o aspirinas del Ejército, que quitan el dolor hasta a un caballo.
El caso es que le pregunté si necesitaba algo, y así aprovechábamos para quedar a desayunar, y me dijo que sí, pero que estaba algo liada y que me llamaría otra semana.
Pero no he vuelto a tener noticias suyas —su oscuro rostro reflejó su preocupación sin disimulo— ¿Hay alguna novedad? ¿Se sabe ya qué ha sido de ella?
—No, barajamos varias pistas, pero aún no tenemos nada concreto.
—Y ¿son todas las inspectoras tan guapas como usted?
—el cambio de tema fue tan radical que Esther se estremeció pensando en lo que había dicho el hombre del largo período de sequía que sufría.
Como vio que no contestaba, añadió muy rápidamente—.
Si quiere le puedo leer las cartas. Tengo siempre mi vieja baraja de Tarot en el bolsillo. Puedo desvelarle su futuro sentimental.
— Muchas gracias, no sabe cuánto se lo agradezco, pero tengo una prisa terrible, estoy de servicio. Tenemos que seguir buscando a su amiga —si se descuidaba le vaticinaría a ella también un rollo camero, como en las Historias de Amigas. Estaba claro que el Adán de esa anécdota era este Luis.
—Ya lo entiendo, lo primero es lo primero. Quizás, cuando haya aparecido Rosa y esté solucionado, podremos celebrarlo todos juntos.
Ella dejó que Luis corriera con el gasto de las cervezas, en compensación al mal rato que había pasado. Si la inspectora hubiera sido un caballo, se habría ido de allí galopando, pero como sólo era una persona, se limitó a salir lo más deprisa que pudo.
Tenía que visitar al otro Luis. Sólo esperaba que no se pareciera ni remotamente al ya entrevistado, más que en el nombre.
Por fortuna la entrevista con Luis, “El de los ojos azules” fue corta y sin agobios. Le esperó en los hangares de la empresa de transportes municipal dónde trabajaba. Finalizaba su turno y tenía que ir inmediatamente a recoger a los niños del colegio. Disponía de poco tiempo.
Unos azulísimos ojos agua de mar le impresionaron, por lo que el mote que distinguía a este Luis del otro estaba plenamente justificado. El treintañero era bien parecido y atento. Estuvo correcto y preocupado por el paradero de su amiga. Tampoco había visto a Rosa recientemente.
—Hará unos quince días, cuando fui a buscar a Rosa a la salida de su trabajo. De vez en cuando quedamos para comer o a dar una vuelta —respondió con cortesía a su pregunta sobre la última vez que la había visto.
—¿Comentó alguna preocupación?
—No, nada. Nos reímos mucho, como siempre.
No me suele contar sus cosas, soy yo más el que le larga mis problemas.
Pero ese día nos limitamos a disfrutar de las costillas asadas de un restaurante americano que hay por Plaza España.
Compartimos los “fingers” de queso y ella tomó un refresco de cola.
Yo una jarra de cerveza espumosa. De postre comimos profiteroles de chocolate con nata. Muy bueno todo.
—¿Conoce a un amigo de ella llamado Andrés? — preguntó rápidamente Esther, antes de que pasara a enumerar otras excelencias de la comida, de aquel restaurante que a ella le encantaba.
—No, no sé quién es.
—¿Había discutido últimamente con alguien?
—Bueno, el acosador ese de León…
—Sí, ya le conocemos.
—Aparte de él, por lo visto tuvo una pelotera terrible con su amiga del alma, la de Valencia. Sé que eso le había dolido muchísimo y todavía estaba muy afectada. Algo me comentó, como de pasada, de que alguien había malmetido para fastidiar esta relación de amistad de más de cinco años.
—¿Recuerda algún hecho que le llamara la atención de sus conversaciones de ese día?
—Sí, no sé si tendrá importancia, pero recuerdo que en un momento dado estuvimos filosofando, sobre el bien y el mal. Ella parecía muy interesada en el tema. Tuvimos que cambiar de conversación porque nos pusimos demasiado transcendentales, y preferimos seguir riéndonos.
—¿Le preguntó su opinión sobre el mal?
—Sí, es curioso que lo mencione. Ni que estuviera haciendo una encuesta. Tomó apuntes y todo. Tampoco me fijé mucho, porque le intenté responder de buen humor y en plan distendido.
—¿Qué le dijo?
—No demasiado, que en la vida hay de todo, pero que tampoco existen personas buenas buenísimas ni malas malísimas.
La mayoría nos movemos en un término medio.
Los asesinos como Anglés, el de las niñas de Alcocer, son, menos mal, excepciones.
Y lo mismo digo de las monjas tipo Teresa de Calcuta.
Los seres humanos nos movemos en la monotonía, incluso para ejercer el bien o el mal.
Todo es rutinario. Como el transcurso de nuestras vidas.
—¿Alguna otra cosa?
—No, sólo le acompañé de vuelta a su trabajo. Ese día le tocaba trabajar de tarde y no quería entretenerse mucho, andaba muy liada. En la despedida, nos dimos dos besos. Y hasta hoy —suspiró largamente.
—¿Su relación ha sido siempre sólo de amistad?
—Sí, y eso que una vez le tiré los tejos. Fue en un momento de debilidad. Estaba deprimido y me encontraba solo. Le propuse que nos fuéramos a bailar a una discoteca de parejas.
—¿Qué le contestó ella?
—Que prefería seguir teniéndome como amigo. Yo, la verdad, es que tengo muchos rollos con chicas —confesó sin falsas modestias—, pero amiga nada más que amiga, sólo la tengo a ella. Y me hizo verlo.
—¿Se molestó o enfadó Rosa por su proposición?
—No, para nada. Prueba de ello es que nos hemos seguido viendo, y esa conversación hicimos como que no había tenido lugar.
—¿Y a usted, ¿qué tal le sentó el rechazo?
—Sin rencores. Reconozco que al principio me sentí dolido, aunque puse buena cara.
Y es que no estoy acostumbrado a las negativas.
Desde luego, fue lo mejor, ella tenía razón y por eso después hemos podido seguir quedando como amigos.
Oiga, inspectora Alonso, ¿sería mucha molestia para usted, si encontraran a Rosa, informarme enseguida?
Tanto si la cosa acaba bien como mal, querría saberlo.
—Por supuesto, no se preocupe —eso se salía de la obligación de Esther para con su interrogado, pero no le pareció mala idea llamarle de nuevo.
Esther no tenía nada más que preguntar, y de mala gana, porque era un chico muy agradable, se despidió de Luis “El de los ojos azules”.