Chapter 21
Angus se dirigió a su despacho, para llamar con tranquilidad.
Antes, localizó la agenda de Rosa (estaba en la mesa de Esther) y, asombrosamente, en la A, encontró el teléfono de Andrés.
Con rapidez y habilidad entró en la base de datos de la Policía, introdujo el número de teléfono, y localizó su nombre y apellidos completo y domicilio: Andrés Real Real, domiciliado en la calle Francisco Silvela, Madrid.
El tío se apellidaba Real, ironías del destino, ellos querían saber si el tipo existía, y era verdaderamente “Real” por partida doble, valga la redundancia. Quizás el destino le estaba señalando.
En el relato de Rosa sobre el abogado, “En la casa rural”, le había cambiado el apellido por Tajada. Andrés Tajada. Quizás el apellido que le había puesto significaba que el personaje quería sacar “tajada”, sobre todo de las emociones de las personas.
Consiguió hablar por teléfono con Irene, la había localizado en el fijo de su casa.
Se había mostrado muy convincente en su sorpresa sobre la noticia de la desaparición.
El tono de su fuerte voz denotaba su acento valenciano y seguía la costumbre de esta tierra de considerar a los demás seres humanos sordos.
Los valencianos que había conocido él hablaban siempre como si estuviesen enfadados.
El tema podía ser de lo más banal, pero se dejaban la piel en cualquier discusión.
—No puedo ayudar en nada. Lo siento, hace meses que no hablo con ella —dijo a voces, en cuanto se repuso del susto de que le llamara la policía—.
No tengo ni idea de lo que hace o deja de hacer.
Ya no somos amigas. Ni ganas que tengo de volver a serlo.
Y si lo siento más es por sus hijos Alejandro y Bárbara, que han estado conmigo en casa muchas veces.
No es una persona muy equilibrada. Es del tipo retorcido.
E hipócrita. ¿Quién sabe lo que le ha podido pasar por la cabeza?
—Sabemos lo de su discusión, ella misma lo dejó por escrito.
—Sí, bueno, le da por ahí.
—Sólo queremos saber su versión de lo que ocurrió.
—No quiero entrar mucho en el tema, sólo le diré que cuando fui a Madrid, a su casa, me dejó de lado.
Hacía más caso de cualquiera de los alrededores que a mí.
Trataba mejor a un perro. Me ignoró totalmente.
Si otras veces me tenía preparado el café como a mí me gustaba, esta vez pasó.
Lo mismo de la coca—cola, que ya sabe que la necesito, que tengo dependencia.
Pues ni una sola lata en toda la casa. Después, en la discoteca, prefirió escuchar los tontos problemas de una amiga casada, que había conocido en la casa rural de Bervinzana, antes que salir a bailar conmigo y con las demás en la pista.
Tres veces le dije que viniera y tres veces me negó, como San Pedro.
Cuando quiso arreglarlo ya era demasiado tarde, me habían quedado muy claras sus ganas de humillarme ante los demás.
Le dije todo lo que pensaba de ella bien clarito.
—¿Y a qué cree que se debió su cambio de actitud?
—Yo ya no le interesaba como amiga. Y además iba hablando mal de mí. Decía cosas terribles.
—¿Cómo se enteró de que la calumniaba?
—Un buen amigo me lo advirtió. Al principio no le quise creer, pero lo que ocurrió me dio toda la razón.
Como me había venido a vivir a Valencia, dejó de interesarle mi amistad.
Lo pasé fatal, pero estoy acostumbrada a la traición.
La tengo dentro de mi propia familia, con mis propios hermanos.
Resultó ser una de las personas más falsas que he conocido.
– Angus estaba cada vez más sorprendido de lo que escuchaba.
Era la primera vez que oía hablar mal de Rosa, y su ex amiga lo hacía desde el rencor— Supongo que esto ya se lo habrán dicho los demás, o quizás no, porque era del tipo mosquita muerta, que parece que no ha roto un plato en su vida y luego sale una viborilla.
Tiene una pinta y una forma de ser que engaña totalmente a cualquiera.
¡De menuda me he librado! Con amigas así no necesito enemigos.
—Y ese buen amigo, ¿quién es?
—Un buen amigo, como le he dicho, que me abrió los ojos.
Cuando Rosa llamó para disculparse, una semana después, él ya me lo había advertido y estaba preparada.
Me pidió perdón, con voz suave y conciliadora, no hace falta decir que le mandé a la mismísima porra.
Y hasta hoy, no he vuelto a saber nada de ella.
—¿Me puede decir el nombre de ese amigo?
—No creo que le perjudique si se lo digo: Andrés, un señor muy majo, un caballero en todo momento conmigo.
—¿Le conoce de hace mucho tiempo?
—De unos meses antes de venir a Valencia, luego nuestra relación de amistad ha sido sobre todo telefónica.
Es una persona encantadora que ha sabido estar en todos los momentos difíciles que he sufrido en los últimos tiempos, la muerte de mi padre y la ruptura con mi novio.
Justo lo contrario de mi supuesta amiga.
Él al principio no se atrevía a decirme que Rosa me iba poniendo verde en cuanto yo me daba la espalda.
Que llegó a insultarme ante mi padre antes de que muriera.
Que, envidiosa de mi relación, habló mal de mí a mi novio, entrometiéndose e intrigando para que rompiéramos.
Todo ello espantoso, no te lo puedes esperar de alguien que ha sido amiga tuya durante cinco años.
Alguien que ha sido uña y carne contigo, en quien has confiado absolutamente.
Y que resultó ser una mala mujer. Una loba disfrazada con piel de cordero.
—Y Andrés le apoyó en tan duro trance, supongo.
—Sí, me llamaba a todas horas, se preocupaba de mí.
No dejó que mi ánimo flaqueara en ningún momento.
Lo que es un verdadero amigo. Sin pedir nada a cambio, nada más que sana amistad.
Yo, en compensación, procuraba apoyarle en la lucha por la custodia de sus hijos.
Su ex mujer, una mala pécora, no permite ni que los visite.
Hace años que no los ve. A veces las mujeres somos peores que los hombres.
—¿Cuándo ha sido la última vez que ha hablado con Andrés?
—Hará una semana o así. Con eso de la tarifa plana provincial nos podemos pasar una hora hablando.
—¿Le notó algo raro? ¿Estaba nervioso?
—No, en absoluto. Estaba normal, o incluso más alegre. Bromeaba continuamente, con muy buen humor.
—¿Es normal en él ese carácter bromista?
—Tanto, no. Pero supongo que pasará una buena racha e irá asimilando poco a poco sus problemas.
—¿Sabe dónde vive?
—Sí, por Francisco Silvela, pero yo en su casa no he estado nunca. Cuando hemos cogido más confianza ya me había venido a vivir a Valencia.
—¿Sabe si tiene algún otro piso o casa?
—Pues, no sé para qué le interesa, pero me suena que tiene una casa en un pueblo, no sé si de él o de su familia.
Y comentó algo una vez sobre un local. Hasta él, que es abogado, tuvo problemas con un inquilino, al que le costó echar.
Pero no sé dónde puede estar. El pueblo me suena que es de Segovia, uno pequeño, no me quedé con el nombre.
Angus intentó despedirse de Irene hablando de cualquier tontería, para que no tuviera la sensación de que el tema de Andrés había acaparado todo su interés.
Alargó un poco la conversación sobre los quebraderos de cabeza que daba cambiarse de ciudad.
Más que nada el tener que llevar a los niños a otro colegio y los problemas de éstos con el valenciano.
Continuó hablando del tiempo que hacía por el Levante español, mucho mejor que en Madrid, hasta la gente continuaba bañándose en las playas.
Una suerte de clima, desde luego. El inspector, muy amable, le deseó lo mejor en su nuevo de destino.