Diario de una desaparición Chapter 20
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Chapter 20

El inspector Ondarreta estrechó la mano que le tendía una guapa morena, de ojos castaños vivos y sonrisa cerrada.

Edelmira, amiga de Rosa, murmuró un encantada y poco faltó para que se inclinara brevemente en una reverencia.

Parecía querer agradar y Angus se sintió de inmediato cómodo con ella.

Siguiendo su política, y la del Departamento de Desaparecidos en general, de alejar sus entrevistas personales de cualquier ambiente policiaco, había quedado también con ella en una cafetería, famosa por su chocolate con churros.

El establecimiento estaba en Bravo Murillo, cerca de la Glorieta de Cuatro Caminos.

Esta vez, para no machacar más su estómago, sólo pidió un café con leche, como ella. Enseguida Edelmira empezó a tutearle.

—Esto de Rosa me tiene preocupadísima, preocupadísima, no puedo ni imaginar que no me llame, no tener ninguna noticia suya –comenzó a hablar, sin dar siquiera oportunidad al inspector a empezar a interrogarla, cruzó las piernas y las descruzó en un momento y pudo ver lo bien torneadas que las tenía—.

¡Ah, pero bueno, tú eres el policía! Si en algo puedo colaborar, pregunta.

—Tengo entendido que vosotras dos sois muy buenas amigas, ¿te lo contaba todo? – Se dio cuenta demasiado tarde de que había empleado el verbo en pasado, como si estuvieran hablando de una persona muerta, lejana en el tiempo—.

— Todo, todo, eso es un decir, porque las personas siempre nos reservamos nuestras cosas más íntimas y Rosa tampoco es de las que dan detalles –Edelmira no parecía haber reparado en su pequeño fallo y hablaba en presente de su amiga con toda naturalidad—.

Pero dentro de ello yo diría que sí. En lo esencial, nos sinceramos siempre la una con la otra.

— Estos últimos días, antes de su desaparición, ¿cuál ha sido su ánimo?

— No especialmente catastrófico –le sonrió de nuevo, con una coquetería innata, y aun conversando de un tema que le hacía cerrar los ojos en un gesto de dolor, le buscaba la mirada cuando le hablaba y al notar que Angus arqueaba la ceja se explicó—.

No estaba en sus mejores momentos, pero tampoco pasaba una temporada mala en particular.

— ¿Podría decirse que estaba desanimada o deprimida?

— No sé –suspiró—. Creo que yo no lo definiría así.

También es verdad que ella tiene cierta tendencia a disimular, o por lo menos a intentarlo, sus estados de ánimo, pero sus amigas, Camino y yo, siempre le notamos cuando se encuentra mal.

Tiene la cara delgadita y pronto se le afilan los rasgos, adquiere cierta tristeza en la mirada, que por más que ponga voz de “no—pasa—nada—estoy—bien” a nosotras no nos engaña.

—Y, ¿tenía esa cara, últimamente? — Angus, se daba cuenta, otra vez, por el tono del interrogatorio, que delataba sus pensamientos y los de la Sección de Desaparecidos, muy pesimistas sobre el destino de la señora Laborda.

—No, no, por eso lo digo. Sólo se le nota cuando tiene un gran disgusto, porque adelgaza y la cara se le afila, muy demacrada.

Y no es éste el caso. Lo que yo quiero decir es que, aun llevando bien la vida, no estaba especialmente satisfecha, como otras veces.

Todo esto tiene un fondo de que no sé si sabré expresar, pero que tiene que ver con la búsqueda del ser humano, de quererlo todo.

Vamos, como si realmente no pasara nada grave pero que tampoco estás feliz.

A mí también me pasa. Más de una vez, cuando ha habido algún accidente de autocar y se han muerto veinte adolescentes o un maremoto en Indonesia, o inundaciones en la India, o demás noticias de desgracias o hambres en el mundo, y lo hemos comentado, nuestra opinión es la misma.

Tenemos mucha suerte en la vida, trabajo, casa, familia, amistad, y sobre todo nuestros hijos, ¿qué más le podemos pedir a la vida?

Aunque nos den preocupaciones están vivos, ahí los tenemos.

¿De qué quejarnos? ¿Por unos cuantos idiotas?

Perdón, me refiero a los hombres que hemos conocido nosotras, no espero que te des por aludido —y le miró con cara inocente, disculpándose.

—No pasa nada, si los hombres ya estamos acostumbrados a que nos llaméis de todo. Y cuando os juntáis unas cuantas, pobres de nosotros.

—Sí, pobrecitos. Pero ya te digo que, por favor, no te sientas identificado con mis palabras. Siempre hay excepciones muy honrosas—, y ahí le salió otra vez esa sonrisa pícara que le caracterizaba.

—A lo que iba ¿puede ser que la falta de pareja de Rosa la hiciera infeliz de tal modo que la hubiera llevado a cualquier determinación? —aunque las últimas noticias descartaban cualquier actuación de daño propio provocado por la desaparecida, no pudo evitar hacer la pregunta, para mayor seguridad.

—No creo, por un lado, yo descarto totalmente el suicidio —ante esto Angus parpadeó, no se esperaba un comentario tan directo—, y por otro, tampoco creería en una escapada, de ir a por tabaco y todo eso.

No, ella jamás dejaría a sus hijos. Nunca.

Y de esto estoy totalmente segura. Ni siquiera por un supuesto amante secreto, que nos hubiera escondido a mí y al resto de sus amigas.

Si hubiera estado enamorada, aunque no me lo hubiera dicho, yo la habría encontrado contenta, especialmente alegre.

Así es que sólo nos queda pensar, después de varios días sin noticias de ella, que le haya pasado algo— suspiró largamente y permaneció en silencio—.

Angus consideró oportuno sacar en ese momento las fotocopias de los escritos de Rosa.

—¿Sabes de la existencia de estos relatos y cartas?

—Ella escribe e incluso llegó a formar un taller literario —comentó, a la vez que se hacía con los folios mecanografiados y les echaba un vistazo—.

Sí, todo esto me suena, lo de la casa rural de Navarra, los cuentos que contaba al vecino que se encontraba en su camino del autobús, ¡ah!

, las Historias de Amigas. Aquí, incluso, hay alguna mía, pero le dije que cambiara los datos porque, con lo que contaba, no me hacía gracia que me reconociera nadie.

Y no te diré cuál de ellas es, eso me lo reservo.

—¿Sabrías decirme si entre estos relatos reconoces cuáles son los que se refieren a Rosa personalmente?

—El caso era, pensó, que de las tres amigas interrogadas esa tarde ninguna de ellas quería identificarse con las historias.

¡Había alguna muy reveladora de cuernos o de debilidades femeninas con los hombres!

—Saber, sabría, pero no veo la oportunidad de decirlo. Son cosas nuestras, y no creo que ayude a resolver nada. Es muy delicado.

—Nunca se sabe. Nos puede parecer que no, pero, si yo te dijera que es muy posible que haya implicado algún hombre ya conocido por tu amiga, entenderás que con cualquier pista que nos digas puede iluminarnos nuestro camino.

—Por teléfono me dijiste que no teníais ninguna pista ni noticias sobre ella.

—Es cierto, pero antes de venir hemos descubierto estas cartas, y le señaló unos folios que todavía no había ojeado, colocados en el último lugar del legajo que Edelmira sostenía entre sus manos.

Y, además, ha aparecido su coche, el SEAT Ibiza.

En los alrededores de Herrera Oria y alguien lo ha conducido con guantes — la expresión de la amiga de Rosa se volvía más triste por momentos.

—No me imagino quién. Ha tenido varios amigos, y no tan amigos, pero de ahí a que alguien la hubiera secuestrado o algo peor… Es que ni siquiera al leonés le veo capaz.

—Tranquilízate, vamos a tomarnos las cosas con calma.

No hay que pensar en que todo haya ido mal.

A veces hay explicaciones sencillas para los enigmas más complicados.

Pero, si te parece, vemos primero las Historias de las Amigas, y luego de Andrés, un amigo abogado, que parece ser muy desagradable.

—Bueno, echando un vistazo, te puedo decir las que tengo la certeza de que son historias que le han pasado a ella: “Lapsus freudiano de mesas y camas”, le hizo muchísima gracia y, por último, estas dos, “Rollo camero” y “Las separadas no tenemos antenitas”.

Pero, de verdad, no veo que puedan tener la más mínima conexión con su desaparición.

—¿Sabías que le habían estado pinchando las ruedas del coche en los últimos domingos?

—Sí, y no. Quiero decir que no sabía que fuera alguien el que hubiera provocado que le pincharan las ruedas. Yo sabía que había ocurrido en un par de ocasiones, pero me lo contó como una simple mala pata.

—El domingo anterior a su desaparición le pincharon por tercera vez una rueda del coche y puso una denuncia en la comisaría de “La Remonta”, en Tetuán. Y el cuarto domingo también hemos descubierto que le habían vuelto a pinchar la rueda.

—¡Madre mía, no sabía nada de los últimos! En la semana anterior a su desaparición no nos habíamos visto y por teléfono no comentó nada. Si no te importa voy a leer esta parte que me has dado, que es nueva para mí.

Edelmira cogió las últimas hojas que le había ofrecido el inspector y comenzó a leerlas en silencio.

Angus miraba su rostro. Notaba cómo se iba ensombreciendo a medida que avanzaba con la lectura.

Por fin, terminó. Se quedó en silencio, con el rostro congestionado —¡No me lo puedo creer!

, consiguió hablar, entrecortadamente—. Andrés, ese panoli, al que ni siquiera dábamos importancia ¡Fue el causante de la ruptura de Rosa con la de Valencia!

Si hace meses que no sabemos casi nada de él.

Y por lo visto la había llamado para hacerse responsable de ello.

No me dijo nada. Sólo lo escribió. Quizás estos días he estado muy ocupada y no he caído en que ella quería hablar.

Tanto que hablo de que la conozco y pasa una crisis y ni me entero.

—¿Lo conoces personalmente?

—Claro, pero no hemos tenido apenas conversaciones sobre él, no era siquiera un amigo, como mucho un conocido. Son de esas personas que pasan a tu lado por la vida y no dejan huella, ni buena ni mala. Un conocido, como tantos otros, al que ni ella ni yo dimos importancia.

—¿Es físicamente tal como lo describe ella?

—Si, igualito. Lo ha clavado.

—¿Sabes su dirección o teléfono o su apellido?

—Su teléfono no lo tengo, y en cuanto a la dirección, creo que vive por Sainz de Baranda, pero no estoy segura.

Y no tengo ni idea de cómo se puede apellidar.

No he sido amiga de él y cuando nos hemos visto ha sido en grupo y Rosa la que estableció contacto.

¿Habéis encontrado su agenda? ¿Sí? Puede que sus datos estén anotados allí.

—¿Crees capaz a Andrés de algo grave? —preguntó Angus con voz seria, dejando de lado el tema de la agenda, que tenía pendiente.

— Antes de leer estas páginas hubiera dicho que era una persona totalmente inofensiva, el típico gordito bonachón.

Ahora, la verdad, después de leer lo que opinaba Rosa de él, considero que es muy preocupante.

Si fuera realmente como lo describe Rosa, le vería más capaz de pinchar ruedas a un coche, de planificar un secuestro o quién sabe qué. Ese no sería el estilo del leonés.

A regañadientes, Angus se despidió de una alterada Edelmira.

Se había sentido muy a gusto en su compañía y le había parecido muy atractiva.

Pero sintió que tenía que hablar urgentemente con la ex amiga de Valencia, aunque fuera por teléfono y se quedara sin dietas y sin viajar.

Con las pocas veces que caía una misión fuera de Madrid, y para una vez que tenía la oportunidad, las prisas le hacían usar el teléfono y quedarse sin las compensaciones económicas y el arroz con bogavante.