Chapter 19
Angus prefirió coger el metro. La zona de Callao era muy céntrica y llevar el coche hubiera sido una imprudencia. Se dirigió a la cafetería Nebraska, en Gran Vía. En este antiguo establecimiento había quedado con las amigas de Rosa Laborda.
Dos señoras observaban de pie y sin hablar en la puerta de la cafetería a todos los transeúntes. Supuso que eran ellas pues le miraron interrogativamente, esperando una señal de reconocimiento.
—¿Isabel y Elvira, supongo? —y, ante sus gestos afirmativos, se presentó—. Soy el inspector Ondarreta, pero si lo prefieren pueden llamarme Angus ¿Tomamos un café?
—Podemos sentarnos dentro —respondió una de ellas, la más bajita, de media melena pelirroja y con abundantes curvas, que se presentó como Isabel.
Al poco estaban sentados en unos antiguos sillones de “escay” ante un café con leche y sendas raciones de churros recién hechos, especialidad de la casa.
—Mire, estamos muy preocupadas —dijo la alta, fuerte y morena, que por eliminación solo podía ser Elvira. Era una chicarrona de aspecto atractivo y saludable.
—Me hago cargo, siento molestar, pero he preferido hablar con ustedes en un ambiente más distendido que en nuestras dependencias. Se trata de que me cuenten todo lo que sepan sobre su amiga Rosa y lo que pudo haberle pasado en los últimos días que tuvieron contacto con ella.
—Yo, la verdad, no le noté nada especial.
La vi unos diez días antes de su desaparición.
De vez en cuando quedamos para comer juntas en el trabajo de Rosa, porque si no, con las vidas tan diferentes que vamos llevando cada una, no hay modo de quedar —la que respondió fue Elvira, que se había decidido a llevar la voz cantante.
—¿Desde cuándo la conoce?
—Hará unos seis años, en un pub, iba yo acompañada de mi marido y mi hermana y ella estaba recién separada —Angus recordó que ésta era la señora casada cuyo marido vivía los días de diario con sus padres y los fines de semana con su mujer—.
Yo tuve hace dos años una época de separación e intimamos más.
Creo que la conozco un poco. Es una buena amiga, y no la puedo imaginar metiéndose en rollos raros.
Ya sabrá lo del leonés ese, que la traía frita.
Es lo único que se me ocurre. ¡Qué preocupación!
¡A ver si va a ser la crónica de una muerte anunciada!
—¡No digas eso! —le recriminó Isabel—. No seas pesimista, Elvira, siempre te pones en lo peor.
—¿Lo dice por el leonés o por algún otro? —medió Angus, que pensaba en el de la Casa Rural.
—Claro, quién va a ser. La pobrecita llevaba quejándose años del acoso al que la sometía.
Pero ha ocurrido como con el lobo y las ovejas.
Que viene, que viene, lo ha dicho tanto tiempo que ya no le hacíamos ni caso.
Yo le decía que no se preocupara, que un antiguo novio me había hecho lo mismo a mí y no pasó nada.
Pero el pelma mío me persiguió sólo unos meses, no años. Yo la entendía perfectamente.
—Isabel, ¿usted qué opina?
—Mire, Angus, por cierto, soy colega suya …
—¿Y eso?
—Soy licenciada en Derecho y especializada en Criminología.
—Estupendo, me vendrá bien un punto de vista cualificado sobre el tema —lo que le faltaba, una listilla rebosante de conocimientos teóricos.
—Una vez me trajo unas líneas escritas por el leonés y le hice un estudio superficial de grafología, que como sabrá es una de las asignaturas que se estudian en Criminología.
—¿Cuál fue el resultado? —de repente, la conversación se estaba poniendo interesante—
—Le comenté que no era un tipo peligroso.
Sí un poco fanático de ideología, seguro de sí mismo y engreído.
Alguien que se cree superior, con reacciones primarias, vigoroso e impulsivo.
Aunque no sea reflexivo y se precipite, tiene una mente poco flexible, rígida.
Un retrógrado a lo pobre —Isabel seguramente hacía referencia a la pertenencia de Aladino al Partido Comunista desde los dieciocho años, aún en la clandestinidad—.
Puede llegar a ser cruel. Los finales de palabra me demostraron cierta crueldad con los que no son como él.
Pesado, de los que no irían nunca a un psicólogo. Se le notaba deportista, fuerte.
—¿Ha sacado todo eso de unas líneas? —Angus se preguntaba si, para no ser una experta grafóloga, la amiga de Rosa no habría actuado con la imaginación. Elvira, a su lado, parecía asentir a todas las palabras de Isabel.
—Y más —le respondió y siguió de carrerilla—.
Por ejemplo, lo de pesado, malicioso, cruel y no violento se ve perfectamente en las puntillas, la parte inferior de las letras p y q son puntiagudas.
Puede que no sea violento, pero sí cruel.
Tiene el rasgo de mordacidad: en los puntos de las “ies” el acento es un ángulo con el pico hacia la derecha (como si “pinchara a los demás” con sus palabras).
Además, su letra era angulosa, con mucha energía, pero su firma no indicaba que tuviera pérdidas de control de esa energía acumulada.
—Ante estos resultados grafológicos ¿le pidió su amiga consejo sobre cómo actuar?
—Sí, y le dije que ante un no se vuelve aún más cabezota. La indiferencia le hace ponerse aún más borde. Que intentara dialogar, pero me dijo que había tratado de hacerlo de todas las maneras. Lo único que le quedaba era el cansancio de esa persona.
—¿Estaba preocupada por su integridad física?
—Así es. Me preguntó varias veces si era violento y si tenía que preocuparse de él.
Y, sobre todo, por la línea de actuación que debía seguir para librarse de él de una vez por todas.
Yo intenté tranquilizarla diciendo que, según se desprendía del análisis de la carta, se trataba de una persona que no haría nunca daño por la espalda.
No peca de traidor. Es un tío leal. Si Rosa siguiera con él le habría costado, pero seguramente le habría llevado al terreno que ella quería.
El tema grafológico no parecía dar para más y el inspector Ondarreta les mostró los escritos de la desaparecida.
—¿Sabían que Rosa escribe? –preguntó, mientras desplegaba en la mesa las fotocopias de las cartas y otros escritos significativos.
—Pues claro —casi respondieron a la vez y Elvira tomó la palabra—. A veces nos reuníamos para escuchar y comentar los cuentos de cada uno. Ella formó un grupo, que duró más o menos un año, de Creación Literaria lo llamaba, y cada cual leía lo suyo, con un comentario más o menos amable de los demás.
—Yo fui un par de veces y leí unas leyendas fantásticas de inspiración alemana –comentó Isabel, que no aguantaba las ganas de contarlo—.
—¿Sabían de la existencia de estos folios que están viendo?
—¡Ah! ¡Las Historias de Amigas! Pues sí —Elvira ojeaba rápidamente las hojas mecanografiadas que tenía delante—.
Nosotras mismas somos protagonistas de alguna de ellas, ¿verdad, Isabel?
Pero nos prometió cambiar los detalles más comprometedores para que no se nos pudiera identificar, sobre todo si la historia pertenece a una intimidad que no deseamos que los demás conozcan.
—Pues yo, de estas cartas no tenía ni idea —Isabel se las enseñó a Elvira, y demostraron las dos su extrañeza. Conocían a Andrés, sólo de vista. No le daban importancia, tampoco era un amigo muy nombrado de Rosa. No sabían ni su apellido ni dónde podía vivir.
—Y a Emilio, ¿le conocen?
—¿Se refiere al vecino que se encontraba en su camino del autobús? —respondió Isabel—, Rosa nos comentó que existía en realidad, y nos leyó alguna de las cosas que ella inventaba sobre él, pero creo que no llegó a hablar nunca con el chico, hasta que un buen día desapareció.
—¿Le pidió que le hiciera algún otro análisis grafológico? —Angus, de repente tuvo una inspiración.
—Pues sí. ¡Qué casualidad! La última vez que nos vimos. Me vino con una notita manuscrita muy corta. Era impactante.
—¿Por qué? ¿Qué decía la nota?
—Nada de importancia, era una lista de productos ecológicos que decían ser bios y no lo eran. Yo le dije que, como estaban escritos con letra mayúscula y sin firma, el análisis no sería muy completo. Pero no fue eso lo que me impresionó. Fue la letra del individuo, lo que me llamó la atención.
—¿Qué conclusiones sacó?
—La nota, de varón, estaba escrita de forma clara, legible, muy inclinada hacia la izquierda, que indica introversión, con dirección horizontal de las líneas y una presión pesada.
Destaqué su impulsividad, agresividad, frialdad, mostrando una firme decisión a la hora de ejecutar sus actos .
Aunque la inteligencia no se desprenda de una letra mayúscula, sí se ve un pensamiento claro, sin confusión en sus ideas, que me indicaba inteligencia.
De las que actúan sabiendo lo que hace, observadora, introvertida, al mismo tiempo impulsivo, egoísta, terco en ideas y decidido.
Una persona impulsiva y con agresividad.
El tamaño e inclinación regular de su escritura, reforzada por su presión, es un indicador de autocontrol.
Así como una inclinación extremadamente regular podía indicar psicopatía, obsesión por la perfección.
Unido al hecho de que son mayúsculas y no ha firmado hay una gran ocultación de personalidad presente en el escrito.
La presencia de barras de “t” regulares, nos habla de constancia, y hacia la derecha, junto con los puntos de las “ies”, también hacía la derecha, de decisión, y atrevimiento.
—¿Me lo puede decir de una manera más clara?
—Se trataba de una persona que planifica sus acciones con claridad, mostrando una gran agresividad hacia los demás, sin escrúpulos ni consideraciones morales.
Yo destacaría la obsesión por el control de la persona.
Podría ser su punto débil ya que se sabe impulsivo ante ciertos estímulos, y, por esto, intenta controlarlo al máximo.
También es importante la ocultación de personalidad (¡lo hace a propósito!) que puede suponer que sea una persona que cubre bien sus pistas.
Es fría y mordaz, y esto le hace más peligroso que alguien con mala canalización de energía ya que controla todo absolutamente.
Es como el caviar de los psicópatas, algo raro de encontrar ya que normalmente están descontrolados y se les pilla enseguida.
Por ejemplo, si le puedo contar una anécdota…
—Claro, me encantaría.
—El conocido asesino de La Catana tiene una letra perfecta, absolutamente alineada.
Como si hubiera empleado una regla para alinear los renglones.
Las letras todas iguales. No se distinguen en su escritura rasgos de emotividad y sus rasgos psicópatas pueden pasar desapercibidos en un análisis superficial.
Sin embargo, en la firma no puede engañar y ahí se ve su verdadera personalidad.
—Resumiendo, ¿esa definición es compatible con la de un psicópata?
—Ya le he dicho que tenía pocos datos y sin firma, y decir que es un psicópata es mucho decir, no soy psicóloga, pero que encontré unos cuantos rasgos claros con tendencias psicópatas, sí.
Si le puedo contar ahora con tanto detalle el análisis que le describí a Rosa fue porque me impresionó, como ya le he dicho.
Era muy interesante desde el punto de vista grafológico y criminal.
No es una letra que se encuentre fácilmente.
—¿Qué pasó de la nota?
—Se la quedó ella.
Poco más añadieron a la información de que disponía Angus, y cuando empezaron a sonsacarle más detalles sobre la marcha de la investigación, con la excusa, real, por cierto, de que tenía prisa porque debía proseguir los interrogatorios, se despidió como pudo. Se dirigió a su siguiente cita.