Diario de una desaparición Chapter 18
63%

Chapter 18

Daniel Hurtado frunció el ceño. Esperó que estas últimas líneas no fueran autobiográficas.

Y eran las últimas. Le entró una gran desazón.

Un vacío en las tripas. Se habían acabado los folios escritos de Rosa Laborda.

Y el último relato le había dejado mal sabor de boca.

Se intentó convencer, sin mucho éxito, de que su pena era porque ya no podrían extraer más pistas para resolver el caso.

Pero no se engañaba, era algo distinto. Sentía, de repente, lástima de sí mismo.

¡Qué egoísta! No estaba pensando en este momento en el destino de la desaparecida sino en sus propios sentimientos.

Tendría que reconocer que se sentía como cuando uno acaba un libro que le ha gustado.

Uno de esos libros de seiscientas páginas en los que te sumerges tanto en los personajes que cuando finalizan te entristeces.

Pero peor, porque esto era la vida real, y en la realidad no va a aparecer por arte de magia una segunda parte que colme las ansias de saber de los lectores.

Se había acabado el hurgar en las intimidades ajenas con morbo.

Porque sí, eso era lo que había estado haciendo hasta ahora.

Había estado ejerciendo de “voyeur”. Así de simple.

O no. Porque sentía un creciente cariño por alguien a quien no conocía en persona.

Y eso no era nada sucio. El vínculo que sentía por ella no era el típico de los mirones, se dijo.

Aunque ella desnudara el alma, sin saber que él iba a hurgar en sus secretas palabras.

¿Había dejado de lado su profesionalidad, tantos años mantenida?

O quizás sólo tenía que ver con que era un ser humano, como los demás.

Con sus defectos y sus dudas. Hizo un gran esfuerzo de autocontrol.

Inspiró. Debía averiguar más sobre el Ibiza, y pensar nada más que en el caso.

Su ineptitud podría costarle caro a Rosa.

Debía centrarse y, si existiera la más mínima posibilidad de ayudar a esta madre a volver con sus hijos, él la encontraría.

Tras estas reflexiones, con el ánimo laboral renovado, se levantó de un salto del sillón, que rodó hasta la pared.

Los talleres prácticos policiales se encontraban, afortunadamente, al otro lado del edificio, pero había que dar la vuelta a toda la manzana.

A grandes zancadas, se dirigió allí. Abrió la metálica puerta verde y se encontró en un hangar de mediano tamaño.

Se oía una taladradora y retumbaba un motor.

—¡Daniel Hurtado! ¡Tú por aquí, dichosos los ojos!

—exclamó con fuerte voz por encima del ruido reinante el jefe del Laboratorio de la Policía, doctor Marín, un hombre de la misma edad que el Inspector-Jefe— ¿Cómo es que has descendido del cielo de tu despacho al infierno de nuestros humildes aposentos?

—Cierto, cierto, no suelo venir a veros.

—Espera que piense desde cuando… pero si no me acuerdo. La última vez que nos vimos fue en el funeral de alguien o en alguna cena de compromiso.

—En la jubilación del “Guti”, creo recordar.

—Tienes mejor memoria que yo, condenado Daniel, siempre tan perfecto, puagg— y puso muecas de asco a la vez que simulaba escupir— ¿Qué te trae por aquí? Apuesto a que no has venido por mi cara bonita.

—Quería saber si ya tienes algo más del Seat Ibiza de matrícula de Guadalajara, aunque no tengas aún el informe.

—¡Ah, pillín, por el interés te quiero, Andrés!

—Daniel Hurtado compuso una sonrisa de circunstancias ante la casualidad de que el refrán empleado por su compañero de promoción tomara el mismo nombre de sus preocupaciones—.

Así tratas a los colegas de toda la vida…

Bien, bien, bien, algo hay, aunque no hemos terminado.

—Me tienes sobre ascuas.

—Concédeme el raro privilegio de verte nervioso por alguna vez.

—Vale, estoy nervioso. Tiemblo como un flan. —condescendió el inspector, mientras ponía la palma de la mano hacia abajo y la hacía temblar.

—Ese me parece un detalle más humano. Te lo has ganado. Aquí tienes lo que buscabas—. Le alargó un informe de tres o cuatro páginas sujetas por un alegre clip forrado de plástico color rosa—, a falta de una prueba.

—¿Algo importante? —le preguntó Daniel Hurtado, sin mirar las hojas que tenía en la mano, que sostenía sin un temblor. Julio Marín era un hombre bromista pero escrupuloso en su trabajo. Le gustaba ver reconocida su valía y que se le considerara su opinión en el ámbito profesional.

—Por lo que hemos podido analizar, y te ahorraré los detalles técnicos, el coche no ha salido de Madrid en los últimos tiempos, aproximadamente en dos meses.

Y de Madrid, me refiero a la capital. Eso, en cuanto a las ruedas y demás análisis microscópico del coche.

Respecto a las huellas encontradas tanto dentro como fuera del vehículo, las tengo clasificadas y listas.

Las de la dueña están lógicamente en todas partes.

No ha sido la última que lo ha conducido.

Sus huellas están tapadas en el volante y en la palanca de cambio de las marchas por las impresiones de una persona que llevaba guantes.

—Mal asunto ¿no? —se sintió profundamente deprimido.

Una persona que usa guantes para conducir cuando no se está en pleno invierno indicaba una mentalidad decididamente criminal, que habría actuado desde el principio con alevosía.

Un encuentro más o menos casual o una explosión sentimental con un amigo quedaban totalmente descartados.

Las nuevas averiguaciones añadían más tintes negros aún, a cualquier esperanza.

—Es de temer, Daniel. ¿Nos da tiempo a una caña y luego lees el informe? Hay algunos temas más a destacar. El análisis de la aguja de la jeringuilla lo estoy esperando de un momento a otro.

—¿Es eso una invitación? —estaba deseando proseguir con su trabajo, pero no podía comportarse siempre como un huraño y un anacoreta. Hizo un gran esfuerzo. El informe le quemaba en sus manos. El mundo no empezaba ni se acababa en sus casos. Al fin y al cabo, vivía en sociedad.

—Yo no he dicho que lo fuera, viejo tacaño.

—Hala, que invito yo, pero por favor, vamos al bar de enfrente. No me apetece tomar nada en la cantina policial, me recuerda demasiado a un colegio.