Diario de una desaparición Chapter 17 #5
61%

Chapter 17 #5

Sin pensármelo dos veces, apreté el botón de la auditoría. Inmediatamente oí un zumbido continuado, empujé la puerta y entré. Ya estaba pensando en una excusa. Era mayo y los plazos para hacer la Declaración de la Renta ya se habían abierto. Podría informarme de los precios de una Declaración.

La empresa, aun siendo temprano, bullía de actividad.

Pese a la prohibición de fumar que había en la entrada, un humo espeso empañaba el ambiente.

Unas ocho o diez mujeres fumaban ante sus ordenadores y allí, en medio, estaba mi perseguido, que se había quitado el abrigo y tecleaba ante la pantalla, al tiempo que exclamaba por enésima vez “la boca de la mujer que fuma huele al culo de un mono”.

No entré en la oficina. Me di la vuelta y me dirigí a mi trabajo, pensando en que, aunque haya entrado en vigor la ley antitabaco, el señor del loden verde quizás no chillaría en el metro si ésta simplemente se aplicara en los centros de trabajo.

Daniel Hurtado río, ante lo gracioso del personaje.

Gracias a ello se relajó un poco. Había estado muy tenso todo el día y le venía bien tener unos momentos de asueto.

Era lo que tenían los escritos de Rosa. Pasaban fácilmente de la tristeza al humor.

Y viceversa. De lo importante a lo banal.

Que era en realidad como la vida misma. También, observó, que parecía haber cambiado de modo de transporte, ahora la acción se desarrollaba en el metro.

Era interesante, la desaparición del vecino Emilio pudo haber impulsado este cambio. Prosiguió.

Entrañables fiestas de Navidad

Las entrañables fiestas de Navidad me gustan. Tienen un encanto para mí, un abnegado padre de nueve hijos, dedicado, por mis dolores diarios, a Dios Nuestro Señor, a mi familia, a las novelas del oeste de Estefanía y a las de amor de Corín Tellado.

Soy un señor de cuarenta y cuatro años, flaco hasta los huesos, con mucho pelo, antes pelirrojo y ahora casi blanco, y siempre enfermo.

Pero mis males nunca son de gravedad. Mi mal aliento, la artrosis, y el dolor ganador entre todos los dolores: mi herpes.

Se me recrudece en temporadas de nervios.

También soy miope y uso de esas gafas de concha en las que mis ojos empequeñecen en círculos concéntricos.

Mi esposa dice que jamás paro de quejarme, pero ella, mi Lucita, tan delgadita y poca cosa, me quiere.

Aunque se retire ante mis avances matrimoniales día tras día y recapitule uno de cada cien, por el bien del santo sacramento.

Por eso discutimos todas las noches, aunque yo grito más que ella, la última palabra es mía: ¡mierda!

Y es que es muy difícil para un hombre sentir su virilidad insatisfecha día tras día, minuto a minuto.

O cuando yo, marido muy enamorado, cojo blandamente su mano en público y se la repaso una y cien veces, jugueteando con su anillo de casada, hasta que ella, haciéndose la enfadada, grita:

—¡Siempre igual, los hombres, es que no pensáis en otra cosa!

Y ahí lo paso mal, porque mi hombría me hace desear tomarme una ducha de agua fría.

Cuando la llevo a misa todos los días, como buenos esposos cristianos que somos, me deja cogerla del brazo. Y espera callada a mi lado cuando le consulto al cura mis últimas disquisiciones relacionadas con la fe de Cristo, que el hombre escucha asintiendo.

De mis nueve hijos, hasta ahora, sólo tengo dos hijos varones, las demás son hembras. Mis niñas me inspiran mi amor de padre, pero ellas son ariscas y huyen de mis mimos.

¡Dame el beso de buenas noches!, les suplico —pero el cerrojo está siempre echado—. A veces, cuando me encuentro a alguna en el pasillo, consigo robarles un casto ósculo en la mejilla o en la frente, al lado del nacimiento de sus claros cabellos.

En la celebración de Nochebuena nos reunimos con el hermano de mi mujer, su esposa y la única hija de ambos, mi sobrinita, que ya cuenta con siete años.

Me gustan estas fiestas en las que comparto con mi cuñado todos mis malestares, con todo lujo de detalles.

En la última, le recomendé para la artrosis baños de parafina, que es lo único que ha conseguido aliviar mis agarrotados dedos.

Pero de lo que más disfruto es enseñando a mi tierna sobrina el Belén, que tenemos montado en el saloncito de visitas de la entrada, una estancia que nunca utilizamos en nuestras rutinas diarias.

Lo conforman muchas figuras, montañas, ríos, cascadas hechas de papel de aluminio, y hasta un pequeño tren que recorre la modesta aldea.

Con sus luces intermitentes estratégicamente situadas, es la delicia de la chiquillería.

Cuando me mira ilusionada con sus azules ojitos infantiles me enternezco y siento a la nena en mi regazo, le subo el vestidito para que no le moleste, y a la vez que con una mano le sujeto el traserito, con la otra le voy señalando una a una las figuritas:

—Éste es el pastor, éstos son los Reyes Magos, de este pozo sacan el agua para beber, mira las ovejitas, — y le acarició sus calientes piernecitas, o por encima de las braguitas con puntillas— y mira en este establo nacerá esta noche el Buen Jesús, nosotros ya lo hemos puesto, tírate un besito al Niño Dios, nena.

Después de estas entrañables escenas pasamos al comedor donde nos felicitamos las Pascuas y cenamos en familia, como es de buena tradición.

Pero esa noche, cuando se van todos, es en la única en la que no tengo que pelear con mi Lucita para hacer uso del matrimonio, gracias a los benéficos efectos del vino y del cava.

Y cuando por fin mis deseos de marido son satisfechos, recuerdo en el momento más glorioso a mi sobrina mientras le señalaba el pesebre de Jesucristo.

Nueve meses después, mi familia habrá crecido ¡Ojalá sea otra niña!