Diario de una desaparición Chapter 17 #4
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Chapter 17 #4

No me considero la típica madre que no tiene otro tema de conversación que sus hijos, como algunas de mis compañeras de trabajo, que realmente no saben hablar de otra cosa y cuya machaconería aburre soberanamente día a día.

Intento vivir la libertad que tengo, disfrutando de las pequeñas cosas felices que la llenan, algunas veces sin mis hijos.

Cuando es así, las pocas horas o días de que dispongo tienen un jugo que, como me pasaba los días que estuve de senderismo en Huesca, Las Médulas, León o en Huelva, suena a privilegio.

Otros pequeños placeres: natación, leer, mi grupo literario, charlar con amigos, incluso trabajar, ir en autobús escuchando la radio por las mañanas, comer la cena especial de mi hermano el de los ordenadores y con mi madre los viernes, ir al chalet de mis hermanas, llorar en una película sin hermanos delante que se rían, que mi gato se me acurruque y ronronee una noche.

Tus amenazas no te van a servir de nada.

¿Crees que tengo algo que ocultar? Lo que puedas decir, dilo.

El cariño de mis hijos, que es lo que más me importa en este mundo, como estoy tratando de explicar a lo largo de esta carta, no va a desaparecer porque tú lo creas.

Hagas lo que hagas. Puede que pase un poco de vergüenza, pero es a lo más que llegarás.

No he matado a nadie, creo que no he hecho daño, conscientemente, a ninguna persona.

Lo vivido lo he disfrutado, y aunque en un principio no lo parezca, porque se sufre, hasta las malas experiencias se incorporan a lo que somos y estoy orgullosa de ello, como te dije.

Te ganaste mi confianza, mi amistad y, en tu soledad, has desesperado.

Lo siento, pero no. Quizás tú creas que alivias tu corazón, que te sientes mejor, cuando llevas a cabo tus ignominias.

No va a ser así. Ignoro si esta carta va a servir para que al menos pienses sobre el tema, antes de volver a cometer otra tropelía.

Como ves, mi vida es sencilla, pero con significado.

Afortunadamente no tengo tus horribles necesidades.

Es el modo de ver las cosas lo que las cambia.

Me eres difícil de entender. Me pareces obsesivo. Podrías dedicar tus esfuerzos a tu propia persona, empieza por ti.”

Daniel Hurtado levantó la vista de la lectura.

Estas cartas, sin fecha, le habían impresionado.

La primera de las escritas por Andrés, cuando se conocieron, parecía de un amigo reciente, ilusionado, aunque contenido, de no muy buena expresión y un poco plomizo.

Se veía que quería ahondar más en la relación de amistad.

No parecía un tipo peligroso. Todavía no se había convertido en un tipo “peor que el leonés”.

La segunda carta que le comenta a Emilio es más interesante aún, pero son más significativos los comentarios que le anteceden.

Después de enviar el correo electrónico ha sentido temor, por las consecuencias.

Tiene miedo de la reacción del abogado ante su carta.

Lo tacha de uno de los peores errores de su vida.

El tema podría ser muy grave, si se confirmara la realidad de la existencia de Andrés. Llamó al móvil de Esther:

Esther, en tus interrogatorios, vuelvo a insistir, aunque peque de pesado, es muy urgente que averigües lo que puedas sobre Andrés.

Si tienes algo concreto, como apellidos o domicilio, me lo comunicas inmediatamente.

Haz más fotocopias de los escritos de la señora Laborda y pregunta sobre ello a tus interrogados.

Sobre todo, fíjate por favor en las cartas relacionadas con el abogado.

–mientras hablaba pasaba el huesudo dedo por encima de las líneas que describían al malvado personaje.

— Parece restringir el grupo de los sospechosos al campo masculino.

No tiene desperdicio. Ah, y no se preocupe por los resultados de lo del coche y la aguja de la jeringuilla, ya me acerco yo en persona. Por lo demás, ¡Hala, manos a la obra!

—Seremos pocos, pero cundimos como un batallón. Descuide, señor Hurtado, ya he visto la importancia que puede tener ese señor, si existe verdaderamente. Ahora mismo salgo a cumplir con mi deber.

A continuación, marcó el número de Angus. Al instante le transmitió el mismo mensaje que a la inspectora y colgó.

Con la nervuda mano aún puesta en el auricular, siguió reflexionando.

Trabajó con la suposición de que el personaje de Andrés fuera un ser de carne y hueso.

En la segunda carta Rosa se desnudaba ante un ser cuyo mayor afán era ver el interior de las personas, introducir cambios, y disfrutar con ellos.

Con esas líneas sentimentales daba carnaza al tiburón, alimentaba sus deseos.

Un monstruo que se crecía con las emociones ajenas.

Y quizás, ante una respuesta inusual, deseara más.

Según la biografía de Rosa sobre el abogado, no había traspasado nunca los límites, a no ser algo relacionado con su perversa relación con los hijos, hechos nunca demostrados.

Hasta ahora no había habido consecuencias penales.

Se suponía que no había delinquido. Todos sus experimentos con personas no iban contra la ley, considerando la ética aparte.

¿Habría traspasado las fronteras con Rosa, al recibir la carta?

¿Se habría sentido humillado y a la vez estimulado por primera vez en su vida?

Quién sabe, si la respuesta de ella hubieran sido los insultos habituales que le dirigían todas las víctimas que habían sido conscientes de sus actos, no habría reaccionado como…

El Inspector-Jefe detuvo sus pensamientos, estaba corriendo demasiado.

Se estaba poniendo en lo peor. No había pruebas de momento de nada y estaba desbarrando de nuevo.

Ante la existencia de un “sospechoso”, que de momento no podían tildar ni siquiera de real, había echado a correr su imaginación.

¡Mucho había cambiado en estos pocos días, hasta tenía pensamientos creativos y todo!

Aunque ya lo sabía por anteriores escritos de Rosa, el último correo descartaba plenamente la posibilidad de un suicidio.

Lo indicaba esa respuesta vital y llena de fuerza a una situación cuanto menos molesta para Rosa o lo más posible, peligrosa.

Pero seguía siendo una interpretación subjetiva.

Como todo lo escrito por ella, no se podía afirmar que fueran hechos ciertos, cuentos o mezclas de ambos.

Algo le decía, sin embargo, que la carta dirigida a Andrés era real.

Quedaban ya pocas páginas, así es que prefirió terminarlas, antes de pasarse por los talleres policiales. Así, además, les daba un margen de tiempo para terminar su trabajo.

La boca de la mujer que fuma

A menudo, cuando voy a trabajar, me encuentro en el metro y en las mismas paradas a un señor mayor y bien vestido.

No me habría llamado la atención si no fuera porque el hombre tiene una particularidad.

De vez en cuando, y sin mudar de semblante, grita la misma frase: “la boca de la mujer que fuma huele al culo de un mono”.

La primera vez que oí tan pintorescas palabras me giré disimuladamente y no vi a nadie que según mi opinión pudiera dedicarse a decir tan originales y groseras palabras.

Ya estaba atenta, cuando noté que el caballero de mi izquierda profería tales gritos.

No me lo podía creer, era un hombre de unos sesenta y cinco, que llevaba con elegancia un abrigo austriaco verde, los que llevaban los pijos en los años setenta y que se llamaban loden.

Tenía el pelo canoso con raya a un lado bien peinado, estaba recién afeitado, lucía unos zapatos impecables, en su pantalón de tergal resaltaba la raya planchada y completaba su serio atuendo un maletín de cuero negro de alto ejecutivo.

Al llegar a mi estación de destino, metro Plaza España, le perdí de vista y olvidé el incidente.

Pero a los dos días volvimos a coincidir, estaba en el otro extremo de mí mismo vagón, gritando “la boca de la mujer que fuma huele al culo de un mono”.

Al bajar otra vez del vagón del metro, al notar que se bajaba en la misma parada que yo, procuré que se adelantara, por lo que lo tuve delante de mí en la subida por las escaleras mecánicas.

Repitió su frase varias veces y se fue por la salida a la calle Leganitos.

Yo llevaba otro destino, por lo que me fui hacia la derecha, dirección Plaza de España.

Ya llevaba más de un año encontrándome con el “señor del loden verde”, que es como le llamaba yo para mis adentros, cuando, un buen día de primavera decidí seguirle, para averiguar adónde se dirigía.

Nunca me había dedicado a perseguir a nadie, pero pensaba que no tenía que ser muy difícil, sobre todo en una zona tan céntrica de Madrid y a unas horas en las que hay tanta gente.

Con cierta emoción me fui tras él. Subió las escaleras de la salida de Leganitos y se dirigió presuroso calle arriba, dirección Callao.

Sin perderle de vista, aceleré el paso y me coloqué a breve distancia.

Antes de llegar a la Plaza de Santo Domingo, giró a la derecha y se metió por una estrecha callecita.

Respiré hondo, la cosa se complicaba, en ese momento sólo estábamos los dos y podía darse cuenta de mi presencia.

Pero mi preocupación era infundada, el hombre, profiriendo de vez en cuando sus conocidas palabras “la boca de la mujer que fuma huele al culo de un mono”, ensimismado, seguía su trayecto.

Antes de terminar la calle se metió en un viejo portal y desapareció de mi vista. Y ahora ¿yo que hago?, me pregunté, intentando recordar el comportamiento de un detective en cualquiera de las cien series de suspense de la televisión ¿preguntar al conserje? ¿me hago pasar por cartero comercial?

El portal estaba cerrado y me acerqué a curiosear, los botones del portero automático delataban la existencia de cuatro alturas, más el bajo, y las puertas tenían las letras a, b y c. Encima, una placa de latón rezaba “Empresa auditora Rentas, bajo A”.