Chapter 17 #3
Te tengo que decir, Emilio. — empezó Carolina —, que, para colmo de males, últimamente me ha salido otro enemigo, aunque no sé si llamarlo perseguidor, porque es peor que eso.
Si llevo años aguantando al leonés, no me imagino multiplicarlo por dos.
O por cien, porque éste es distinto. Ya te he dicho algo sobre él, aunque las historietas “En la casa rural” o “En el bar” que te he contado formaban parte de una invención mía, me lo imaginaba así.
Sí, es Andrés el de la Casa Rural, el abogado.
Sus datos biográficos son ciertos, y como te dije antes, estoy impresionada.
Me he enterado de que él ha sido el causante de que mi amiga Irene, la de Valencia, y yo no nos hablemos.
Empezaré por el principio, por cómo le conocí.
Fue en una marcha de montañismo nacional, en, ironías de la vida, otra vez que voy, León.
Se me enrolló un señor que, tengo que confesarlo, me cayó bien al principio.
No le veía como posible pareja, simplemente me pareció que podría ser un buen amigo.
Venía de acompañante de un amigo, pues ni su volumen físico ni sus gustos sedentarios le hacían candidato a ninguna marcha ni nacional ni local.
Su descripción cálcala de la ya mentada de la biografía de Andrés.
Pero sitúa a este señor en su faceta de encantador.
No tuve ningún inconveniente en facilitarle mi dirección de correo electrónico, pues me pareció una persona con la que se podía hablar.
Enseguida recibí una primera carta:
“¡Hola Carolina! (hasta el nombre lo tienes bonito), ¿cómo estás después de la “tournée” por tierras leonesas?
Me figuro que habrás reanudado tu vida normal, yo también.
Ayer (no, antes de ayer, el jueves) te llamé dos veces, una al mediodía y otras sobre las siete de la tarde.
Me contestó una voz, que me pareció de niño o joven, de algún hijo tuyo, pero yo no dije nada ni dejé ningún recado.
Si tuvieras móvil el contacto sería más fácil.
Te llamé por si te hubiese interesado hacer la marcha del club del Banco Español por el pantano de la Jarosa (Guadarrama) con comida después en un restaurante del pueblo cercano de Collado Villalba, según me informó mi amigo (aquél que iba en el autocar del Club de Montaña conmigo).
Y te llamé porque había que apuntarse previamente para ir en autocar y para la comida.
Bueno, al no poder hablar contigo me apunté con este amigo, ya sabes que yo sólo voy a la comida.
Mi condición física me impide seguiros el ritmo a los andarines.
Mi idea era haberte invitado a comer, pero ya lo haré en otra ocasión, con más tiempo para que tú también puedas hacer tus planes.
Bueno, te escribo pensando en aumentar nuestra amistad, después de toda la larga conversación que tuvimos en el autobús (que a mí se me hizo tan corta).
También me hace mucha ilusión jugar a la lotería contigo, ¿te imaginas si nos toca un premio gordo? ¡Tenemos ya que empezar a hacer planes! Se disfruta mucho haciendo proyectos y soñando un poco…
Aún recuerdo tu bonita sonrisa, la mirada de tus ojos y tu voz tan dulce.
Te agradecería que me escribieras, aunque sea corto tu correo (me figuro no te sobrará ni un minuto libre), porque las cartas se pueden leer varias veces y pensar en ellas y hacen compañía.
Hoy no te quiero cansar con más palabras que, si te parece bien y me contestas, otro día continuaría.
Te deseo lo mejor, Carolina, te saluda con afecto, Andrés.”
Así fue su primer y amable email. No me imaginaba la que se me venía encima. A través de mí conoció a mis amigas, e hizo especial amistad con mi amiga Irene, la de Valencia, cuando vivía en Madrid, antes de trasladarse. Como un simple amigo, que no buscaba otra cosa, se coló en nuestras vidas.
Aquí Daniel Hurtado interrumpió la lectura. El mensaje telefónico grabado en el contestador, sobre el que Esther le había llamado la atención, podría pertenecer a esta época, si el hombre fuera real.
Meses después de la ruptura con Irene, nos distanciamos poco a poco.
Sin que pasara nada de particular, la relación se fue enfriando, supongo que hasta eso lo planificó.
El golpe final lo dio en plan retorcido contándole la hazaña de la ruptura de la amistad entre nosotras a una tercera persona.
Necesitaba público para pavonearse de su triunfo.
Después remató la faena llamándome por teléfono y haciendo aflorar su verdadero yo.
Parecía mister Jekill y mister Hide. Una persona desconocida se encontraba en la piel del amable gordinflón que conocí en la excursión.
Me contó, entusiasmado, todos los pasos que había dado para conseguir que no nos volviésemos a hablar en la vida.
A la de Valencia, por supuesto, no le había dicho nada.
Es más, tenía una amistad cada vez mayor con ella, agradecida con Andrés por haberle abierto los ojos respecto a mí.
Colgó la comunicación con amenazas de seguir destruyendo mi vida, aunque, con lo aburrida que le parecía, tampoco es que le viera mayor aliciente.
Pero quién sabe, algún día quizás descubriera algún secreto oculto que podría volver en mi contra, para su diversión.
Con el enfado, le escribí rápidamente esta carta, sin pensarlo.
La verdad es que en esta carta no me reconozco del todo.
Aunque describía sentimientos muy profundos, la causa que me llevó a enviarla no fue del todo honrada, hay mucha vanidad.
Fue uno de los peores errores que haya podido cometer en mi vida.
Me arrepentí de remitírsela en cuanto leí en el ordenador “mensaje enviado”.
Ya no tenía remedio. De repente, sentí miedo de haberle escrito.
A un psicópata. A un ser malo y enfermizo.
¿Cómo pude escribirle y tratarle como una persona?
¿Pero aun así con prepotencia? ¿Habré desestabilizado su precaria actuación como persona social, integrada en un trabajo?
Temblé, inquieta por si había atraído mi propia desgracia, la que se encuentra tras la venganza.
En Asunto puse: LO QUE TE HAS ESTADO PERDIENDO.
“Como cuando hablo de un tema tan importante las palabras parece que no acuden a mí para poder expresar todo lo que te quiero decir, he decidido escribirte una carta, en la que intentaré reflejar todos los sentimientos y pensamientos que, aunque físicamente han madurado en pocos días, el tiempo real de ellos parece ser una eternidad.
Si hago balance de mi vida, que gracias a Dios supongo tan diferente a la tuya, me doy cuenta de que, con mucha diferencia, los momentos más felices de ella se los debo a mis hijos.
Aunque sea entrar en tu terreno, debo decirte que es algo que tú no experimentarás jamás con los tuyos propios, por tu incapacidad probada de disfrutar de acontecimientos de amor y no de odio.
Afortunadamente para tus hijos, ellos están lejos de ti.
Te voy a contar hechos felices, para que veas lo que se pierde un ser que sólo disfruta haciendo sufrir a los demás.
Con Alejandro tuve un parto extremadamente difícil (aunque con los dos estuve 24 horas), lo que es el momento del nacimiento, no pude apreciarlo en lo que valía, debido al dolor.
Sin embargo, a las pocas horas, llena de puntos, desmayada de dolor, cuando miré hacia la cuna transparente y lo vi me pareció que era el niño más guapo del mundo y que estaba dispuesta a dar mi vida por él.
El nacimiento de la niña me deparó el instante más intenso y feliz que yo haya tenido nunca.
Fue cuando, palpitando, con el cordón umbilical colgando, manchada y llorando, me la pusieron piel con piel en mi pecho, a la vez que me decían que era una niña.
Y el cariño que comparto con ellos desde entonces, con expresiones de afecto continua y con la posibilidad de la que disfruto de pasar con ellos felices momentos: cuando eran más pequeños, de darles un simple biberón, o jugar con ellos en el baño diario.
Ahora de mayores, cuando simplemente se turnan para sentarse sobre mí en el sillón para ver la tele y, como abultan ya tanto, me dejan las piernas entumecidas.
O cuando vienen a mi cama, gato incluido, un día de fiesta.
Todos los pequeños disgustos y preocupaciones, caídas, visitas a urgencias, problemas de colegio, fiebres, cualquier cosa, todo empalidece si lo comparo con lo que se me llena el corazón de tenerlos.
Y decirles cuando se acuestan: buenas noches, te quiero más que al universo, a la vez que los llenos de besos y abrazos, a la vez que se me agarran y me dicen “otro más, mamá”.
No todo ha sido un camino de rosas, para tu alegría.
Aunque hasta de ello he aprendido. En los últimos años he tenido que conocer de golpe y porrazo lo que era realmente el mundo.
Muchos años de vivir en la bendita ignorancia de una familia cariñosa, en un matrimonio estable y en una sociedad amable conmigo no me prepararon para los continuos golpes que me dio el destino, si es que existe.
Y ¿cuál ha sido la única constante de afecto y cariño?
Mis hijos. Mis hijos y mi familia. Los demás, los hombres, van y vienen.
La amistad también es importante, aunque, a veces, también falla.
Yo entro en mi casa y estoy traspasando la puerta de un hogar.
Supongo que a ti eso no te habrá pasado nunca.
Me acuerdo de que una vez, un verano de hace dos años, fui con un amigo a la casa de mi madre, en Las Rozas, porque yo tenía que recoger algo.
Se quedó parado y, aunque no se encontraba nadie de mi familia excepto los animales, dijo que había sentido que entraba en un hogar, que se palpaba en el ambiente.
A mí me hizo gracia porque mi amiga Camino había dicho lo mismo cuando la conoció, también sin gente.