Chapter 17 #2
—Dejemos el asunto del leonés pendiente, como el coche — el inspector Daniel Hurtado hablaba ahora con seriedad—.
Mientras tanto, y si las nuevas noticias que recibamos no nos indican otra dirección, vamos a investigar a fondo el entorno cercano de esta señora.
La aparición del coche no nos descarta que lo ocurrido pueda ser obra de un psicópata o similar, conocido de ella.
Por eso, a partir de ahora interroguen a sus amistades sobre el tal Andrés, el abogado malvado de la Casa rural.
Si no fuera un personaje de ficción podría ser un buen sospechoso.
Es importante. Lo que está claro es que una desaparición voluntaria no encaja con el perfil que hasta ahora hemos estudiado.
La alternativa, pues, es lo dicho, investigar a fondo a las personas más allegadas.
Inspectora, usted se encargará de sus hijos y de los dos “Luises”.
—¿Interrogo a los hijos por separado, Señor Hurtado?
—Eso lo dejo a su buen criterio, Esther, ya sé que llevará el interrogatorio con el tacto debido.
En ese momento, entró en el despacho, tras una breve llamada de compromiso a la puerta, el inspector Ondarreta. El Inspector-Jefe miró ahora a Angus.
—Usted hablará con las amigas, Edelmira o como se llame, Isabel, Elvira y la valenciana.
Y si lo ve necesario, desplácese hasta Valencia, me pasa las Órdenes de Servicio, para las dietas, y yo las firmo sin ningún problema.
Recuerden que de los mensajes que hemos encontrado en el contestador, dos corresponden a estas amigas y uno a un Luis.
—Señor Hurtado ¿hay que hablar también con la madre?, preguntó Angus, que se sentía contento con la posibilidad de viajar, pero a la vez celoso de Esther porque a él no le habían dedicado ningún piropo relativo a su tacto con los interrogados, que había alcanzado a oír cuando entró en el despacho.
—En cuanto a la madre y al resto de su numerosa familia, ya seguiré yo teniéndoles informados.
El ex marido de momento no creo que necesite otra visita, y ya han confirmado de Guadalajara que de ahí no se ha movido.
Los niños además constituyen su coartada para el propio domingo de la desaparición.
Los compañeros de trabajo o de la sierra serían inspeccionados más detenidamente si de esta ronda no conseguimos resultados, pero no creo que haga falta.
Somos pocos, no disponemos de más personal y entre los tres debemos llevar a cabo los trabajos más coherentes con la línea de investigación que hemos trazado.
Se levantó, echó la silla para atrás, y como si esto fuera una despedida, los dos inspectores abandonaron el despacho, prometiéndole una pronta dedicación a las tareas encomendadas.
Quedó solo nuevamente. Todavía le quedaban por leer unas cuantas hojas escritas por la señora Laborda. Con calma, las desplegó ante sus ojos y comenzó la lectura.
Las cajas se amontonaban en casi toda la casa.
Emilio, sorteando unas lámparas embaladas y los cojines de los sillones apilados junto a montones de cajas, consiguió salir a la terraza.
Se trasladaban de casa al día siguiente.
Y no es que se fueran muy lejos, teóricamente ni siquiera cambiaban de barrio.
Eso en teoría. Se iban a un nuevo piso de tres dormitorios, armarios empotrados, cocina amueblada, parqué, garaje, jardines y piscina, según rezaba la publicidad.
Y estaba ahí mismo, en la Dehesa de la Villa.
Pero el barrio era muy grande, y el otro extremo distaba media hora andando de su hasta ahora hogar.
Calificado en los últimos tiempos de viejo y antiguo por su mujer, que no soportaba el aspecto de colmena de los pisos de cuatro alturas, sin ascensor y grandes terrazas acristaladas.
Se iban a una casa con un balcón minúsculo y habitaciones más pequeñas, pero más acorde con su condición social de familia de clase media—media.
Casualmente los suegros se habían trasladado hacía escasos meses y ahora hasta sus propios padres estaban pensando en entramparse en la compra de un piso con ascensor y piscina.
—Echaré de menos a mi compañera de curva – pensaba Emilio, entristecido—.
¿Qué pensará ella cuando vea que yo he desaparecido tan bruscamente?
Al principio creerá que estoy de vacaciones, o enfermo, pero luego ¿se hará evidente mi ausencia?
Si yo sufro de antemano, no puedo ni imaginar que la muda importancia que ha adquirido esta mujer para mí no sea igual para ella.
Mañana me debería atrever a decirle algo, a hablarle en el último día.
Después, no podré. Nuestros caminos van a tomar rumbos diferentes.
Solo la coincidencia de nuestros trayectos de autobús, nunca nada más, nunca nos hemos visto fuera de esos cien metros.
Esa intersección de nuestras vidas no se va a repetir.
Jamás nos volveremos a ver. No nos hemos encontrado ni en el supermercado Descuento, ni en la droguería, ni en la peluquería unisex, ni en la panadería, ni echando primitivas en el estanco, ni enviando una carta al buzón amarillo de la esquina.
Ni en el centro comercial y ni siquiera dentro de ningún autobús.
Dicen que el mundo es un pañuelo, pero nuestro destino estaba limitado a unos pocos metros de ciudad.
Pero ¿no sería una desilusión hacer descender su relación con Rosa al mundo de lo palpable, de lo real?
¡Algo tan intangible y cuánto había influido en su percepción de la vida!
Había tenido, durante estos largos tres años, un confidente fiel, un apoyo diario para sus fantasías e ilusiones y ahora lo iba a perder.
—¡Ah, estabas en la terraza! —era Paloma, su mujer— ¡Qué calladito, no te había oído!
—Me despedía de la casa. Hemos vivido tantas experiencias —disimuló sus verdaderos pensamientos y los puso en un lugar común y predecible—, aquí nos casamos, nació Mariano.
—Bueno, casi.
—Ya sabes a lo que me refiero.
—Lo sé. Te noto un poco deprimido.
—Se le coge cariño a la casa, al barrio.
—Estaremos mejor, ya verás Marianito con la piscina y los jardines cerrados a los coches.
— No lo dudo, es sólo que me cuesta un poco adaptarme al cambio, pero lo superaré enseguida.
— Yo ya me voy a dormir, ¿vienes? — no había invitación de ninguna clase en la pregunta, era puramente informativa.
—Acuéstate tranquila, iré pronto.
Nuevamente solo caviló sobre su secreto, que no había confiado nunca a su mujer, ni a ningún otro ser humano.
¿Se atrevería mañana a romper el silencio de esos años y despedirse de ella?
Despedirse no era la palabra adecuada, porque para ello tendría primero que haberse presentado.
Quizás, consultándolo con la almohada, cuando se despertara habría tomado una decisión.
¡Qué raro! —se dijo Carolina el viernes a las ocho menos cuarto de la mañana—, llevo todo el mes sin ver a mi querido Emilio. Estará enfermo o puede que de permiso. O le habrán cambiado el horario, o incluso de trabajo. Que no cunda el pánico, Carolina, esperaré al mes que viene.
Pasaron varias semanas más y Emilio sin aparecer. Carolina se sentía realmente preocupada. Hacía dos meses que no coincidía con él en el trayecto del autobús y se sentía perdida. Un elemento de su vida habitual, de su rutina, había dejado de aparecer diariamente.
Emilio, ahora ¿a quién le contaré mis pequeñas vivencias del día?
No puedes haberte esfumado así, sin más.
Cómo me arrepiento de no haberte hablado, o saludado en la curva, como tantas veces he pensado.
Con un hola, o buenos días, hubiera bastado.
Si ya no te vuelvo a ver, jamás sabré adónde te has ido a vivir.
O si te ha pasado algo. O si estás en un hospital.
O en el extranjero. O con otra. O muerto.
Emilio, formabas parte de mí y tu lugar no lo podrá ocupar nadie.
¿Pueden los mirlos dejar de cantar por las mañanas en mi ventana del segundo piso?
, ¿Puedes tú desaparecer repentinamente de mi vida?
Nunca nos hemos dado la oportunidad de hablar.
Quizás nos habríamos desengañado, al fin y al cabo, somos dos seres humanos que cumplen su misión en La Tierra, pero no lo creo.
En este momento siento que la comunicación entre nosotros era más real que un abrazo y más palpable que un beso.
Me estoy precipitando, tal vez. Sólo son dos meses y mañana, cuando vaya a mi trabajo, con los cascos puestos, oyendo música alegre, y vea aparecer a lo lejos tu seria figura, tu cazadora de siempre, la camisa de sport a cuadros, tus pantalones vaqueros o de pana, los mocasines caobas siempre brillantes y quizás mañana te sonría por vez primera y te muestres a la luz.
Por fin, como el amigo que siempre has sido en el silencio.
Una brillante idea pasó por su corazón al pensar en Emilio. Llegados al punto en que estaban ¿por qué no seguir siendo amigos aún sin verse? Evocar su imagen en la curva bastará para que se presente, vivo como siempre, no un fantasma, y acceda otra vez a convertirse en el bastón de su amistad.
Conocía tan a fondo su presencia física que, con sólo evocarle, y ahí estaba. Pensar en él, y aparecer. Cerrar los ojos y verle. Con ella. Curvando sus pasos mientras iba a su encuentro. Y Carolina decidió, desde ese momento, no perderle.