Diario de una desaparición Chapter 17
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Chapter 17

Daniel Hurtado quedó impactado, tras la lectura de los últimos folios.

Rosa había pasado de describir la tierna vida de un abuelito añorante en una residencia o la bucólica vida en una casa rural en la que todo era empalagosamente feliz, a esto.

A hablar de un ser malísimo haciendo experimentos morbosos con personas en otra casa rural.

Y qué casualidad, una de las protagonistas se llamaba como su mujer, Carmen.

Afortunadamente no se le parecía nada más que en el nombre, por otra parte, muy común.

El optimismo de la desaparecida no se perdía ni siquiera en estas circunstancias, siempre subyacía su peculiar sentido del humor, pero parecía haber cambiado radicalmente su visión del hombre.

Era como si hubiera vivido en otro planeta, lleno de seres idílicos, a ir a parar a otro, más real.

¡Quién sabe si la dura existencia se le había aparecido peor aún que en sus reflexiones y pesadillas! Un escalofrío le heló la cabeza.

El Inspector-Jefe se quedó muy pensativo y preocupado.

Podrían haber dado con algo gordo. Con paso lento, se dirigió de nuevo a la oficina.

Al pasar por delante de la mesa de la inspectora Esther Alonso, ésta, que estaba pendiente de su vuelta, se levantó, al tiempo que le enseñaba los papeles que había estado leyendo.

—¿Es sobre el Ibiza? Y, ante el asentimiento de la inspectora, le invitó a pasar a su despacho con un económico movimiento de cabeza, que ladeó levemente.

—Creo que tenemos alguna cosa, soltó Esther, antes incluso de sentarse. Bueno, varias cosas.

—¿De qué se trata? preguntó Daniel Hurtado con su mejor tono profesional de jefe de policía, tan envidiado por Angus, al que no le salía natural.

—Pues bien, soltó Esther, también imitando el admirado tono profesional de su jefe, en la guantera nos ha aparecido la copia de una denuncia.

No la habíamos visto antes porque estaba entre los papeles del seguro del coche, tres folios doblados por la mitad, al fondo de la vieja carpeta de plástico blanco de una gestoría.

Al ver la mirada fija del inspector jefe continuó rápidamente.

—Denunció que en tres ocasiones alguien le había pinchado las ruedas del Ibiza.

Los pinchazos los habían producido con un objeto punzante, tipo clavo.

Esto ocasionaba que no perdiera aire de inmediato, si no con el tiempo.

Ella lo consideraba peligroso. Afortunadamente se dio cuenta las tres veces que ocurrió, antes de ponerse en carretera. Aquí tiene la copia de la denuncia.

Daniel Hurtado se la arrancó de la mano, un gesto impropio de él, y comenzó a leer el contenido de la hoja policial. Había sido hecha en la Comisaría de La Remonta, en el barrio de Tetuán, la misma a la que el marido había ido a poner la denuncia de la desaparición. Fechada un mes antes de ésta.

Los incidentes se habían producido con un intervalo de una semana entre unos y otros, hasta el día de la denuncia, un domingo.

Es decir, recapituló Daniel, rápido en sus razonamientos, cada domingo antes de que Rosa se esfumara del mapa, alguien pinchó las ruedas del coche.

La desaparición de su propietaria se produjo al domingo siguiente.

Siguió leyendo. Esther Alonso le observaba, extrañada de su tenso semblante, habitualmente inexpresivo.

Las tres ocasiones en que Rosa había encontrado pinchadas las ruedas fueron en lugares distintos.

La primera, en la calle donde vivía su madre.

Había ido a comer con ella, llevándose los niños.

También se había quedado a cenar. Serían las once de la noche, a la vuelta, cuando notaron lo desinflada que estaba la rueda.

Uno de sus hermanos le ayudó a poner la raquítica rueda de repuesto.

Al día siguiente, la reparó en el servicio Michelín cercano a su domicilio.

No le dio mayor importancia, pensó que había aparcado al lado del contenedor de unas obras, y que cualquier escombro podía haber ocasionado el desperfecto.

La segunda vez ocurrió en su propio barrio, en la calle junto a su portal, donde solía aparcar.

Necesitaba el coche para irse de excursión, y al descubrir la rueda pinchada, no tuvo más remedio que coger un taxi.

Ella misma puso la rueda de repuesto, con la ayuda de un vecino.

Al día siguiente, lunes, la llevó a reparar.

El empleado del taller ya comentó sobre la inseguridad ciudadana, lo mal que estaban las cosas.

Hoy en día, no se podía dejar tranquilamente el coche en la calle.

La última vez fue en una vía cercana a la plaza Castilla, en donde había aparcado todo el día para irse de excursión en otro coche.

A Rosa no le gustaba conducir y siempre que podía evitaba llevar su vehículo en los viajes.

En esta ocasión, sí tuvo dificultades, pues no pasó nadie que le ayudara con el cambio de rueda.

Al llevarlo al taller por tercera vez, al día siguiente, el empleado ya le preguntó medio en broma o medio en serio si conocía a alguien “que la quisiera mal”.

Rosa ya se asustó y esa misma tarde al recoger el coche, fue directa a la comisaría, a presentar la denuncia.

Preguntada si sospechaba de alguien, o había tenido problemas con algún amigo o vecino, hizo constar que no, que no tenía enemigos. Si pensó en su perseguidor leonés o en el personaje de Andrés, si fuera real, no lo nombró.

Eso era todo. El relato de los sucesivos pinchazos dejaba abiertas varias incógnitas.

Un cuarto pinchazo pondría en bandeja un acercamiento a Rosa, tanto si se tratara de un amigo o de un desconocido.

Una persona que se ofrece a ayudar a una mujer en apuros es siempre bienvenida.

Al cambiar la rueda, hecho que supone, aparte de maña, gran esfuerzo físico, la víctima se coloca, distraída con el cambio, en una posición de gran vulnerabilidad.

—Y ¿las demás cosas? — logró preguntar Daniel Hurtado, ya con el corazón acelerado ante las novedades.

—Era evidente que estaba puesta la rueda de repuesto del Ibiza.

Como ya le he comentado es de esas pequeñas de emergencia que sólo sirven para ir al taller, y que son un asco.

Mi Ford tiene una y si estás lejos del taller te puede dejar tirado en cuanto te descuides, y si te pilla en festivo, peor.

De todas formas, el coche había sido movido, porque estaba próximo a la plaza de Castilla, a unas diez calles, pero no tan cerca como normalmente lo aparcaba Rosa, por eso nos costó encontrarlo.

Su amigo Pepe nos había comentado que lo estacionaba en la Avenida Príncipe de León, una calle perpendicular a la Castellana, y apareció en Herrera Oria.

Y, por último, y casi les pasa desapercibida al equipo de la científica, encontraron una aguja en el maletero, donde estaba colocada la rueda pinchada.

Estaba casi oculta entre bolsas, bayetas, cables, papeles, herramientas y una vieja manta.

De la jeringuilla ni rastro. Podemos suponer que mientras la ayudaban a meter la rueda en el maletero, mientras ella estaba de espaldas, pudieron aprovechar para inyectarle cualquier sustancia.

Hemos tenido una suerte increíble al encontrarla, aunque la única forma de encontrar huellas hubiera sido en la jeringuilla.

—Y ¿la aguja …? — preguntó su jefe, la inspectora Alonso no le dejó acabar la frase.

—En estos momentos están trabajando con ella en el laboratorio. A simple vista no se aprecian restos, pero ya sabe lo que pasa con estas cosas microscópicas, hasta que no la analicen …

—¿Se ha leído ya la parte de la Casa Rural? —interrogó su jefe, que les había pasado copia de los escritos de Rosa a sus subordinados.

—Si señor Hurtado, y me ha llamado mucho la atención, esa personalidad encajaría con alguien que se dedica a pinchar ruedas y quién sabe qué. Se habrá fijado también en que Andrés es el nombre de uno de los tres mensajes grabados en el contestador telefónico de Rosa.

—No había caído en ello. ¡Qué capacidad de observación tiene usted! Les habrá recalcado la prioridad de este asunto.

—Por supuesto señor inspector, les he dicho que es urgentísimo.

Además del coche en general y del volante, “peinarán” las dos ruedas, la pinchada y la de recambio, en busca de huellas e indicios.

Le llamarán a usted directamente, con los resultados.

He supuesto que se querría enterar en cuanto los obtuvieran.

—Ha supuesto bien, inspectora Alonso, muchas gracias. ¡Ah! y recuerde mirar lo de las cuentas bancarias.

—Se me olvidaba, inspector Hurtado, ya nos han llegado los extractos de sus dos cuentas.

No hay ningún movimiento desde el día de su desaparición y los anteriores apuntes no tienen nada de significativo.

Económicamente anda muy justa, vive al día, como la mayoría de los españoles, pero no está en números rojos y paga sus facturas y la hipoteca puntualmente.

—Y del leonés ¿qué hay? ¿Sabemos si continúa su estancia allí, y está asistiendo al congreso?

—La embajada española en Cuba está llevando a cabo las gestiones.

Espero una respuesta en cualquier momento.

Se trata de saber si el perseguidor de Rosa ha continuado su estancia efectivamente.

Es algo sencillo pero el personal de la embajada quiere llevar las averiguaciones con discreción.

Creo incluso, si fuera necesario, que podríamos hablar directamente con él para interrogarle de cualquier cuestión que nos surja.