Diario de una desaparición Chapter 35
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Chapter 35

EPÍLOGO

Hola Emilio: Te estarás preguntando por qué hace tanto tiempo que no te escribo.

Ni te imaginas lo que me ha pasado. Sólo que de momento no te lo voy a contar con detalle.

Aún no puedo. He hecho declaraciones, he hablado de lo que ha pasado, con mi familia, con mis amigos.

Pero no he podido contar realmente lo que pasó, minuto a minuto, hora a hora, horror de los horrores.

Tengo pesadillas nocturnas, tiemblo por cualquier cosa.

Llevo tres días durmiendo con mi hija, desde que salí del hospital.

Necesitaba sentirla junto a mí, después de la soledad de mi cuerpo atado.

El gato, con el sexto sentido que tienen los animales, no se separa de mi lado y ronronea.

¡Quién lo diría, un felino fiera y de lo más arisco, trocado en cariñosa mascota!

Cuando mi hermano Tomás me trajo en el coche no pude evitar volver a sentir los miedos anteriores, los del accidente.

Veía imágenes de un accidente que nunca ocurrió.

Yo estaba encerrada en el maletero de mi Ibiza y me caía por el mismo terraplén que evité en mi accidente.

Al llegar al fondo del barranco explotaba.

Razonando las cosas y pensando en plan práctico, creo que ha llegado el momento de que cambie de coche.

No voy a soportar ni siquiera verlo otra vez.

Quizás compre una furgoneta de color rojo, para llevar a los niños de camping por Europa.

Aunque ahora ya sé que cuando alguien ha pasado por un peligro de muerte, es normal que se desestabilice.

Racionalmente lo entiendo. Pero no consigo estar sin angustiarme de forma permanente.

¡Otra vez enferma, de psiquiatra! Esta vez es peor, mil veces peor.

Quizá, cuando consiga expresarte lo que sentí, vaya encaminándome a mi curación.

De momento, la veo lejana, lejana. Estoy convencida de que voy a necesitar ayuda profesional.

Estoy segura de que estarás pensando que no entiendes nada de lo que te digo.

Sobre lo que me ha ocurrido sólo puedo decirte.

El de la casa rural, Andrés, el paradigma de El Mal, me secuestró.

Me inmovilizó en la oscuridad durante cinco días.

Quería que me muriese de sed. Que sufriese.

Te lo prometo, Emilio, cuando pueda, seguiré.

Ahora no. Estoy llorando. Y tiemblo. No termino de desprenderme de la oscuridad de la habitación.

Todavía siento la boca pastosa, huelo el trapo que me asfixiaba.

No te preocupes, haré lo de siempre, lo que no me falla.

Agarrarme a la felicidad que me dan mis hijos.

Y reírme hasta que yo misma me crea que soy feliz.

Si convenzo a los demás de mi pronta recuperación, ellos me contagiarán a su vez del optimismo que yo les he ofrecido.

Y me volverá multiplicado. Y así me pondré mejor.

Cambiando a otro tema más alegre, te confesaré que, dentro de todos estos torbellinos, también he pasado mis emociones sentimentales.

No te creas que he conocido a algún Desiderio, no, gracias a Dios.

Es algo distinto. Y romántico. Y desgraciadamente platónico.

Supongo que me ha pasado que, como soy así, le he dado más importancia de la que tenía, pero para mí sí ha significado mucho.

Te cuento. Se trata del inspector que me rescató, por decirlo en plan novelesco, de las garras de la muerte.

Es el jefe de la Sección de Desaparecidos y es una persona muy humana y comprensiva.

Cariñoso, suave de carácter, atento, cercano, simpático.

Me estaría toda la tarde alabándole sus cualidades.

Te coge la mano cuando lo necesitas. Supondrás que tengo algo así como el “síndrome del salvador”, pero no, es una persona realmente fantástica. Todo detalles.

Cuando todo pasó vino a verme a casa, con la excusa de que traía unos documentos.

El inspector tiene una forma de decir las cosas que hace que te sientas a gusto.

Me mira de una manera, ¡qué tontería!, pero me he sentido atraída hacia él.

Lo encontré irresistible y guapo. Bueno, ya me callo, no voy a empezar otra vez a darte la lata con lo maravilloso que es. Y eso que no me has dado cuerda.

Sí te diré que me daban ganas de que me besara otra vez la mejilla y enjugara con sus labios todos mis sufrimientos. Con él me he sentido como si le conociera de antes, me ha recordado a ti. Un amor sobre el papel.

Emilio, he visto el anillo. Único adorno en sus varoniles dedos.

Seguramente nunca volvamos a vernos, pero el hechizo de habernos conocido permanecerá para siempre conmigo.