Chapter 16 #3
No creas que porque ésta sea mi cuarta copa estoy borracho y que voy a empezar mi historia desde pequeñito, o que te voy a decir que yo era un niño desgraciado, maltratado por sus padres y por eso la vida me ha hecho así.
No, no señor camarero, no podrás decir de mí que he sido producto de una mala existencia.
No, y te lo voy a decir ya, he disfrutado desde que tengo uso de razón de hacer daño a los demás, tanto a mis padres, como a mis hermanos, como a mis compañeros del colegio.
Eso lo vamos a dar por descontado. No muevas la cabeza de un lado a otro con cara de paciencia y créeme.
Ahora me he convertido, a mis cuarenta y cinco años, en un “conocedor”, en un experto de la crueldad.
Y no es que ande matando gente o que sea un asesino en serie, no he saltado esa barrera, entre otras cosas porque no me gustaría malgastar mi vida en la cárcel sin cumplir el objetivo que me he marcado, y es el de disfrutar con las reacciones de las personas ante los estímulos a los que les someto.
Ya sabes, “acción, reacción”, ese es mi lema.
Y todo en el plano psicológico, y yo de eso entiendo mucho, para eso soy abogado y debo tratar con toda clase de ganado.
Te estarás diciendo, este señor, después de la quinta copa, es un fanfarrón, como los demás clientes. Te repito que me escuches.
Mis actos, por los que puedo presumir, no son, propiamente dichos, grandes actos de maldad, pero en eso está la gracia.
Poco a poco, con mi quehacer diario, corrompo los pequeños atisbos de felicidad con los que me encuentro.
Tú querrás que te ponga un ejemplo. Pues imagínate quién ha sido el artífice del divorcio de mis padres, o el causante de que ninguno de mis hermanos se hable entre ellos, o de que todos mis compañeros de trabajo estén enfrentados entre sí.
La última y deliciosa hazaña que te puedo contar es la destrucción de la amistad de toda la vida entre una clienta y su compañera de colegio.
Te estarás preguntando, después de mi sexta copa, que un ser como yo, que tiene esta pinta de gordo y de inofensivo, no puede dedicar su vida a fastidiar la de los demás, que estas elucubraciones son fruto del alcohol, te repito que me escuches.
Tienes ante ti a la peor persona que te puedas encontrar tras la barra de un bar.
Soy un ser inmoral y disfruto de ello. Y te repito, escucha lo que te digo.
La mostosa
Carolina descubrió la existencia de la maldad humana cuando tenía nueve años. Y estuvo a punto de costarle la vida.
Era una niña rubia, de trenzas hasta la cintura, flaca y bajita para su edad, que vivía rodeada de once hermanos, una madre siempre preñada y un padre cariñoso, pero poco presente en su vida rutinaria debido a sus dos trabajos, uno de día y otro de noche.
A pesar de la dura competencia que suponía ser la sexta por arriba y séptima por abajo, había conseguido hacerse un hueco importante en el corazón de sus padres, dado su empalagoso carácter, que le hacía llenar de besos y abrazos a sus progenitores.
Debido a ello su padre le apodaba “La mostosa”, una palabra que relacionaba el dulce mosto con lo pegajoso de su cariño.
Y es que ya en la cuna ofrecía muestras de su carácter posterior.
Era una criatura muy buena, pero conocía cuando dormía el padre en casa y entonces esa noche lloraba sin consuelo en su camita de barrotes llamando a su papá y cuando éste se levantaba con mucho esfuerzo le echaba las manitas al cuello y le decía:
—Besitos, papá, y todo el enfado que el hombre pudiera sentir se desvanecía al instante.
El día en el que Carolina perdió su candidez su madre le había enviado a por diez barras de pan. Estaban en San Vicente de la Barquera, un pueblo cántabro más turístico que pesquero en donde había nacido su abuela y en el que pasaban tres meses todas las vacaciones de verano.
No fue por el camino normal, el de la carretera nacional que atravesaba el pueblo, sino que, cosas de niños, “La mostosa” dio un rodeo por el descampado cercano.
A lo lejos divisó un grupo de muchachos cuatro o cinco años mayores que ella, que armaban gran alboroto, y con curiosidad se acercó.
Lo que vio la dejó sin habla. Formaban un círculo alrededor de un chico de unos doce años.
Todos tenían grandes piedras en las manos y con éstas golpeaban por turnos la cabeza del niño, que gritaba a la vez que sangraba abundantemente por toda la cara.
Mientras unos jaleaban a los agresores, otros le hundían las improvisadas armas en la frente.
Carolina se quedó paralizada un momento, pero notando que no se habían dado cuenta de su presencia, salió corriendo hacia la calle general.
Cruzó ésta sin mirar, resonando todavía en su mente los gritos de pánico del niño agredido.
De pronto, cuando estaba en medio de la carretera sintió la bocina grave de un camión y los chirridos agudos de sus frenos.
Sólo tuvo tiempo de vislumbrar levemente la magnitud del morro del vehículo y sentir el calor de su cercanía, cuando se encontró al otro lado de la calle.
Temblando, una vez que perdió de vista al camión, se dirigió a la panadería, compró las diez barras de pan, y con las imágenes de la sangre trazando ríos en el rostro del chico, llegó a casa y nunca contó lo que le había pasado.
Pero desde aquel día, su carácter exageradamente cariñoso cambió y su familia, sin darse cuenta, poco a poco, dejó de apodarla “La mostosa”.
El mal
Después de descubrir que un supuesto amigo — no era mucha la relación que nos unía, pero sí intensa y “sana amistad”—, ha sido el causante de mi ruptura con mi amiga Irene, la de Valencia, en mis alborotados pensamientos danzan diferentes ideas sobre qué puede ser el mal.
Y encima me ha informado la persona de la que menos me lo podía esperar.
Nunca hubiera pensado que el abogado y esta persona se conocieran, prefiero no pensarlo ni mentarlo más, tan alucinantes son las consecuencias.