Diario de una desaparición Chapter 16 #2
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Chapter 16 #2

—Justo en esa habitación se ha instalado la mujer, así es que pase ahora a mi cuarto e instale la tercera cámara, que cubra la del hombre. De este modo tendremos todos los frentes abiertos.

—Pues me pongo manos a la obra, luego si quiere se pasa por mi cubículo y podrá ver y oír lo que se cueza. Y no se preocupe, que todo quedará grabado. Y las cámaras son ilocalizables, gracias al sofisticado equipo que manejamos en la agencia, es imposible fallar.

—¡Para eso pago un riñón! Mientras llevo adelante los preliminares de mi plan, usted trabaje tranquilo, que me los voy a llevar a dar una vuelta.

—Usted sabrá lo que hace, pero según he visto abajo, en el salón, esta gente no parece estar para muchas bromas.

Al cabo de media hora, los tres compañeros de trabajo estaban en la entrada de la casa rural, vestidos con ropa y calzado cómodos.

—¿Listos para el paseo? Ya veréis que esto es espectacular.

—¿Y está muy lejos la cascada esa?, que yo no soy de mucho andar —protestó Carmen.

—Ya se nota —no pudo menos que decir Alberto.

—¡Qué jodío el gracioso, déjame en paz, leches!

—Venga, dejadlo, que está sólo a tres kilómetros, no tiene pérdida.

—Pues ya me parece mucho.

—Si quieres, Carmen, cogemos un atajo.

—Esta tía no anda nada, Andrés.

—Y dale, capullo, pero ¿yo que te he hecho? Y encima esto empieza en cuesta, ¿todo esto hay que subir?

—No resoples, mujer, que iremos más despacio.

—¿Y no podríamos ir en el bemeuve de éste?

—Por este camino tan estrecho no cabe ni una moto, tía, ¡qué vaga!

—Para mí que estamos dando muchas vueltas.

—En eso tiene razón Carmen, tanto subir y bajar Andrés, ya llevamos un buen rato y no llegamos.

—¿Qué os parece descansar un poco en este claro?

—Yo no me lo pienso, sí, venga.

—Pues yo podría haber seguido más — presumió el pelirrojo.

—Dadme vuestras cantimploras que cerca de aquí hay un manantial y os las lleno.

—Pero si aún tenemos agua.

—No comparéis, traed, venga, que ahora vuelvo.

Andrés se alejó del claro. Seguidamente se escondió tras un matorral y sacó una mini cámara de video, con la que se dispuso a grabar.

—Y ahora que se ha ido Andrés, tío, dime por qué me tienes esa manía.

—Que no, Carmen, que no, sólo me gusta hacerte rabiar.

—Para eso métete con tu puñetera abuela y deja de sorberte los mocos, joder.

—Tranqui, tía, para un finde que salimos no vamos a discutir. Y además me caes bien.

—Claro, Alberto, si hasta sabes ser amable con una pobre chica.

—Y tan chica.

—Me cagüen.

—Que es broma, que es broma, no me mates Carmen.

—Y este petardo parece que tarda con el agua y yo me estoy quedando helada aquí, a la sombra.

—Toma mi chaquetón, maja, así te abriga también las rodillas.

—Vale, tronco, no entro en el tema.

—Si quieres te puedo dar calor yo mismo.

—Pues no te diría yo que no, que parece que al abogado no se le levanta.

—Las pillas al vuelo.

—¡Calla, que parece que viene, luego hablamos, o lo que haga falta! — dijo esto último mirándole con picardía.

—Nada, que no he encontrado el dichoso manantial.

—Pues digo yo de volver, que la chica tiene frío.

—Es cierto, y hambre.

—Ya veo que os importa poco conocer la naturaleza. Vosotros podéis regresar si queréis, que yo me quedo a disfrutar del campo.

Alberto y Carmen emprendieron la vuelta, encantados con las perspectivas. Andrés les siguió a corta distancia. En cuanto llegaron a la casa rural subieron presurosos a la habitación de Carmen.

Apenas pudieron esperar a encontrarse dentro del dormitorio cuando se fueron despojando de la ropa. Con gran estruendo cayeron sobre la cama de dosel, afortunadamente resistente para esas ocasiones. En medio de palabras obscenas avanzaron rápidamente en sus maniobras.

Andrés observaba desde su cuarto la escena, reflejada a todo color y sonidos, en la pantalla del portátil.

Como no habían cerrado las persianas, la luz del día se reflejaba en la maraña de los cuerpos desnudos, blancos lechosos los dos.

Los michelines de Carmen danzaban como gelatina ante los movimientos frenéticos de su flaca pareja.

Era todo un espectáculo, pensó el abogado.

Se sintió decepcionado ante el brusco y rápido final.

Se le había hecho muy corto, o es que el Alberto éste tenía algún problema sexual.

Pero debía de ser lo primero pues la gorda estaba satisfecha.

Se pusieron a fumar los dos, poco preocupados por su salud.

Y ¡qué delicioso horror! comenzaron a decirse lindezas de lo más empalagoso.

Aunque mejor, cuanto más a gusto se sintieran los dos más disfrutaría él enfrentándolos.

Se sentía como un dios. Ahora les junto, ahora les separo.

Todo cuanto a mí me dé la gana. Sin saberlo están actuando para mi placer.

No saben que son mariposas humanas, clavadas con un alfiler en el escenario que yo he elegido.

Y para que actúen según mi experta dirección.

Sintió un hormigueo de gusto. Le encantaba experimentar con las emociones de los demás. Prever las reacciones y los sentimientos de las personas.

La recién estrenada pareja apenas salió de la habitación más que para las necesidades elementales de comida.

Delante de Andrés no disimularon en lo más mínimo el nuevo enfoque de su relación.

Increíblemente, la bestia parda de la Carmen se había enamorado, en un rápido flechazo.

Su grosero carácter y sus vastos modales sufrieron una suave transformación.

Alberto, que en un principio se la había “tirado” porque no había otra cosa y porque llevaba meses a pan y agua, sintió de repente una emoción desconocida que le hacía brillar los ojos.

A Andrés, que estaba acostumbrado a vaticinar las reacciones humanas, éstas sin embargo le pillaron por sorpresa.

Esta pareja no le pegaba nada. La magnitud de los sentimientos que había despertado entre sus dos compañeros de trabajo le sorprendió.

Mejor así, se repitió, el reto sería mayor.

La ruptura dolería más. Les haría picadillo sus blandengues corazones.

Pocas horas antes de la vuelta, en la comida del domingo, decidió llevar a cabo su plan.

Las manos de los amantes apenas se separaban lo imprescindible como para comer.

Por debajo de la mesa se habían entrelazado las piernas.

El espectáculo de su amor era vomitivo. Tras los postres consiguió quedarse a solas con Alberto, mientras que Carmen se apresuraba a hacer la maleta.

—¡Qué bien actúa esta tía, estarás de acuerdo!

—¿Qué quieres decir?

—Hombre, que para lo que le pago por acostarse contigo el fin de semana, se nota que pone empeño. Y no me sale barata tampoco esta vez.

—¿Me estás diciendo que es una puta? — Alberto se había puesto rojo, y el labio superior empezaba a temblar.

—Creía que te lo habrías imaginado, sólo espero que después de este favor, consideres devolvérmelo en el trabajo, como buenos compañeros.

Alberto se levantó bruscamente de la mesa, echando para atrás la silla, que cayó con gran estruendo. Subió las escaleras de tres en tres y al momento se oyó un portazo.

No habían pasado dos minutos cuando apareció Carmen por las escaleras, bajando un pequeño troley.

Andrés se acercó, amable, para terminar de ayudarle con el equipaje.

—He oído un ruido tremendo en la habitación de Alberto.

—¡Calla, calla, que me he tenido que enfadar con él, pedazo de bruto!

—¿Qué ha pasado?

—Pues no me dice el capullo, presumiendo además y todo orgulloso, de que estaba muy satisfecho porque se había ganado doscientos euros. Y a tu costa.

—¿Cómo que a mi costa?

—Por lo visto sabía perfectamente que vendrías tú, se hizo el despistado contigo diciendo que creía que venía la tía buena de la oficina.

El caso es que había apostado con toda la plantilla de Administración a que podía acostarse contigo todo el fin de semana y …

, bueno, esto es muy fuerte … no sé si decirlo …

—Y qué ¡dímelo cabrón!

—No hay porqué entrar en tanto detalle, sus palabras han sido muy feas, yo por eso te he defendido y me he cabreado con él. Que todo tiene un límite …

—¡Suéltalo ya que si no te lo saco a hostias!

— La apuesta era, literalmente, “que tenía que tener el estómago suficiente para acostarse contigo, sin vomitar”.

El aullido de Carmen se oyó en toda la casa. A duras penas consiguió Andrés retenerla con cariñosas palabras de consuelo, cuando se dirigía a la habitación de Alberto.

—Venga Carmen, no vale la pena, el mayor desprecio es no hacer aprecio.

Tiene un importante puesto en la empresa y no es cuestión de que te juegues tu puesto de trabajo.

Pasa de él, es un cretino que no merece que te disgustes.

Tú vales mucho como para eso. Bajo mis cosas y te vienes conmigo en coche. A él que le den. Te acercaré a tu casa.

Entre copa y copa

No creas tú que porque ésta sea mi tercera copa estoy borracho.

Y estarás pensando, como camarero que eres, y detrás de tu barra de bar, que ya lo has visto y oído todo.

Que ya sabes de la naturaleza humana. Pero no, si quieres conocer más del dicho de nuestro querido Plauto, “el hombre es un lobo para el hombre”, no tienes más que escucharme.

Y no pongas esa cara de escepticismo, labrada en mil jornadas de servir copas, y te repito que escuches lo que te digo.

Tienes ante ti una muestra del mal. Ése soy yo.

No te fijes sólo en mi aspecto físico, este señor gordo, de metro sesenta de estatura, mejillas y nariz sonrojadas y perilla repelente.

Detrás de este traje de buen corte y las manos bien cuidadas, se esconde un ser inmoral.

No te sonrías, ya te estás diciendo a ti mismo “que no será para tanto”, y que menuda cogorza lleva”, te repito que escuches lo que te digo.