Diario de una desaparición Chapter 16
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Chapter 16

Daniel Hurtado levantó la vista, sonriendo ante el final del relato. Le había hecho gracia lo inesperado del desenlace.

Aunque estaba solo recompuso el rostro, tornándolo más serio.

No veía ninguna conexión de este último escrito con el caso que le ocupaba.

Eso sí, entretenido estaba un rato. Ante un asomo de culpabilidad, se dijo, en cualquier línea que pueda leer podría estar la clave.

Por lo menos algo que le inspirara sobre su paradero.

Reflexionó. No tenían nada. Sólo descartes.

Descartes de sospechosos. Ni leonés, ni marido, ni compañeros de trabajo, ni amigos, ni familia.

Supuso que Esther estaría detrás de la policía científica para obtener cuanto antes los resultados del análisis del coche.

Que se habría hecho con las huellas de todos los familiares y amigos de Rosa.

Las pistas que pudieran orientarle podrían estar en estos momentos saliendo a la luz.

Pensó en que quizás encontraran un pequeño rastro de sangre que hubiera pasado desapercibido a simple vista.

Continuó con la lectura. La mano le tembló levemente mientras sujetaba la veintena de folios que aún le quedaban sin leer.

Por un lado, ansiaba terminar cuanto antes la lectura, para rematar las conclusiones que se podían colegir de ella.

Pero por otro no quería que se acabasen, era lo último que quedaba de las palabras de Rosa.

Emilio, estas historias que te contaré ahora me han dejado impactada. Me tiene preocupada las consecuencias del descubrimiento de una persona de estas características.

VARIAS HISTORIAS SObrE EL MAL Y UNAS CUANTAS OPINIONES

Biografía de Andrés

Nació en Madrid, en el seno de una familia acomodada. Él y sus tres hermanos se criaron en un amplio piso en Plaza Castilla. Hoy en día lo ha heredado Andrés y es donde vive, rodeado de plantas. Una criada polaca le hace la compra y la casa dos veces en semana.

Ya de pequeño era un niño gordito, consecuencia de la alimentación que sus también orondos padres le daban a sus hijos. En el colegio atajó cualquier comentario dedicado a su obesidad convirtiéndose en el matón de la clase.

No era de esos chicos a los que ya de niños les gusta torturar a indefensos gatitos. Le merecía repugnancia física cualquier morbo del tipo casquería y era muy blandengue, en cuanto veía sangre le daban náuseas y se mareaba.

Poco agraciado físicamente, intentaba destacar en los estudios.

Sin haberse hecho un solo amigo de verdad, comenzó a estudiar derecho.

En la facultad fue donde conoció a su mujer, Candela.

No pudo desoír la llamada de las necesidades fisiológicas que su cuerpo le demandaba y, cultivando un encanto, hasta entonces desconocido en él, consiguió salir con ella.

De tal forma que, en unos meses, estando Candela embarazada, se tuvieron que casar y vivir a costa de los padres.

Mientras iba estudiando sus cursos de derecho, comenzó a interesarse, en plan malsano, por los demás. Empezó a jugar a anticipar reacciones de sus compañeros de estudios para terminar provocando situaciones, cuanto más conflictivas mejor, y en las que él tuviera un papel predominante.

Candela acababa de quedarse preñada del segundo hijo cuando se dio verdadera cuenta de la persona con la que se había casado.

Su marido no la valoraba ni física ni intelectualmente y se complacía en herirla delante de los demás, haciendo que se sintiera cada día peor ser humano.

Cuando los niños eran aún pequeños, seis y siete años, se separó aliviada, para encontrarse después con una extensa batalla legal por la custodia de los hijos, que aún dura, y en la que el juego sucio es lo más relevante.

Andrés trabaja en un bufete y su falta de ética le lleva a cosechar grandes éxitos profesionales. Es el garbanzo negro de la familia en cuando a modales – que no parece que se educara en un colegio de pago— y por sus continuas peleas familiares.

Su incapacidad para mantener relaciones estables le lleva cada vez más a practicar enfermizamente su afición: la manipulación de las personas.

Es capaz, cuando quiere y como ya demostró con su mujer, de metamorfosearse en un ser encantador, pero su verdadero yo, agresivo, aflora a la mínima ocasión.

Candela, su ex mujer, había alegado en los trámites por la custodia, abusos sexuales, con lo que consiguió cortar cualquier contacto de Andrés con sus hijos.

La última “hazaña” del abogado había ocurrido en un fin de semana en una casa rural.

Andrés en la casa rural

Con su orondo cuerpo, balanceando las piernas y la vieja Ley de Procedimiento Administrativo bajo el brazo, Andrés se acercó a la casa rural.

Había alquilado cuatro habitaciones en una antigua posada, restaurada con muy buen gusto, donde aún perduraba el olor a vaca.

Un gato negro se cruzó en su camino, seguramente en busca de comida.

De un salto se encaramó en una papelera, a hurgar entre los desperdicios.

Llamó a la puerta. No contestó nadie, la empujó, estaba semi-entornada y pasó al interior. Un joven, vestido con un traje elegante, retiró la vista del diario y le Saludó desde el sofá brevemente, con un movimiento de cabeza.

En el mostrador de la casona no había nadie. Había corrido hasta llegar aquí, para que luego la persona responsable no estuviera donde debía, esperándole. Roto el encanto de la perfección, sintió que la ira volvía a él.

—¿Atiende aquí alguien? — preguntó al hombre del periódico.

—La señora de la casa ha salido — le dijo — , mientras le guiñaba un ojo y volvía a su lectura.

Todo marcha, pensó, sólo tengo que esperar a mis conejillos de indias. Pronto vendrían sus compañeros, Carmen y Alberto.

La puerta se abrió. Su primera invitada había llegado. Se acercó, obsequioso, y con la mejor de sus sonrisas se dirigió a ella. El día prometía.

Mutado en entrañable compañero de trabajo se dispuso a practicar su hobby.

—Carmen, ¡qué alegría, ya has llegado! Esta casa es maravillosa, pasa, pasa, creo que es una antigua vaquería.

—Vaya, Andrés, joder, vaya choza que te has agenciado, macho.

—Yo soy un hombre cumplidor.

—¿En todoo? — preguntó Carmen con mirada pícara.

—No te andas por las ramas, ¡eh!

—Para eso tenemos a los simios. ¿Habrás cogido una habitación para los dos, no, cariño?

—No, recuerda que viene Alberto y es del despacho.

—¿Te estás arrugando? Yo no sé qué pintará el pelirrojo raro ese, pero yo he venido a lo que he venido, yo soy una mensajera del amor y por mí no necesitabas invitar a ninguna carabina.

—Calma, calma, tiempo habrá para todo.

—Ah, ¿lo reconoces?, si lo sé me pongo una camiseta de mi hermano, que es como si te tiraras de cabeza a una ensalada de cebolla.

—No creas, no me va lo escatológico.

—Escato queé …

—Nada, nena, que me estás subiendo el tono y calla que se oye llegar otro coche. Asómate a la ventana a ver si es Alberto.

—Pues sí, es el tío largo ese, vaya cochazo “bemeuve” que se gasta, joder con el tío, si hasta va a tener su interés.

Un cuarentón hizo su entrada en el salón de la casa. Antes de Saludar se sorbió los mocos, soltó su maleta en la entrada y silbó.

—¡Hombre, Andrés! ¡Qué casa rural tan lujosa! Esto te tiene que costar una pasta gansa. Vaya ¡ha venido la Carmen también!, pero ¿dónde está la maciza de Mari Conchi?

—¿Algo que objetar? — teniéndome a mí qué hostias tienes que mentar a la tía guarra de la oficina.

—No, nada, Carmen, si me parece estupendo.

—Venga los dos, dejad el equipaje ahí mismo, que todavía no hay nadie en recepción y no podemos subir a las habitaciones.

—Yo me abro, que me estoy meando.

—Joder, Andrés, cabronazo, me prometes que viene la tía buena del bufete, y me encuentro a la de Archivos, a la metro y medio, que es más ancha que larga, y con una leche que se gasta …

—No ha podido venir, pero Alberto, majo, Carmen tiene sus cualidades.

—¿Y son…?

—Aparte de las tetas como las de la Ramona, diremos que tiene encantos de fácil acceso.

—¿Tú crees que estoy desesperado y borracho? Pues sí tío, lo estoy, tengo que reconocerlo.

En ese momento se volvió a abrir la puerta y una señora, de unos sesenta años, el pelo blanco recogido en un moño, hizo su aparición. Andrés se dirigió a ella presuroso.

—¿Es usted la señora Martínez?

—Sí, señor.

—Soy Andrés Tajada.

— Perdonen la espera, he tenido que atender un asunto urgente. Ahora mismo los acompaño a sus habitaciones. Síganme, por favor. Están las tres en el primer piso, verán qué vistas tan impresionantes a las montañas.

—¿Qué pasada, qué cama con dosel, dan ganas de quedarse aquí todo el día, no os parece? Carmen, que ya había salido del aseo, se había incorporado al grupo.

—Escojan ustedes las que más gusten, aquí tienen las llaves, si necesitan algo no tienen más que decirlo.

—Ya se ha ido la tía estirada ésta, menos mal.

—Carmen, si no te ha hecho nada, no protestes, mujer.

—Bueno, yo veo un gasto inútil tres habitaciones, pudiendo coger dos.

—Andrés, tío, si la Carmen quiere compartir habitación, dale ese capricho, Y si no quién sabe si hay algún voluntario que otro.

—No, que yo soy muy comodón, y además ronco. Y ¿qué hacemos aquí parados en esta habitación? Carmen, ya que te ha gustado, quédatela, la de al lado para Alberto y la siguiente para mí. Venga, coged las llaves, podéis acomodaros y nos vemos en un rato abajo.

Carmen y Alberto entraron en sus respectivas habitaciones. Al instante, se oyeron unos leves pasos en la escalera. El joven yuppie del periódico apareció en el rellano.

—¿Señor Tajada?

—El mismo, y usted será el… pero venga, venga, entre en mi habitación, que tenemos que concretar los detalles.

—Lo tengo todo previsto.

—Espere, que cierre la puerta. ¿Ya ha colocado las cámaras?

—Sí señor Tajada, llevo aquí desde ayer, en la habitación contigua a la de sus amigos. He puesto una en la de al lado y otra en el salón, que ya ha grabado la entrada de sus compañeros.