Diario de una desaparición Chapter 15 #2
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Chapter 15 #2

El líquido arrasó su pupila, provocándole un intensísimo escozor, que le hizo chillar de forma horrorosa a la vez que se daba con la cabeza en la palanca de parada del mecanismo de su sección.

Néstor se calló, porque notó de repente aliviado su ojo y en ese mismo instante el zumbidito eterno de la maquinaria cesó.

Temeroso, abrió el ojo herido, sorprendiéndose de ver perfectamente con él, lo cerró, lo volvió a abrir, comprobó su visión con un ojo, con el otro, ¡menos mal, veía bien y ya no le dolía!

Aunque eso sí, tenía un chichón de cuidado, pensó mientras se palpaba la cabeza, recubierta ya de escaso cabello.

Inmediatamente, y antes de que cundiera la alarma en la fábrica, se abalanzó sobre la palanca accionadora, y otra vez el ruido de la maquinaria se impuso sobre el asombrado silencio.

Al comenzar su funcionamiento de nuevo, los toneles e inyectores tomaron su posición original y los tranquilizantes siseos y ris y ras de siempre le hicieron respirar fuertemente, aliviado.

—Qué mal momento he pasado — Se dijo, resoplando, mientras su barriga subía y bajaba—, ¿en qué estaría pensando?

La hora de la salida se le hizo eterna. Aún persistía una ligera desazón, que en él se manifestaba como un estómago vacío que no se pudiera llenar con un buen guiso.

Al salir al exterior, junto con sus compañeros, sintió que el sol le agredía el ojo afectado.

En el chaquetón encontró unas anticuadas gafas de sol de espejo, y al ponérselas sintió un alivio inmediato.

En su hogar le esperaba su mujer, que tenía lista ya la comida.

Debían darse prisa, porque Rosa tenía turno de tarde en la fábrica y entraba en una hora.

Ya en el interior de su casa de una planta, se quitó las gafas de sol, se lavó las manos y se abalanzó sobre las lentejas con chorizo, comenzando a devorarlas antes de que su mujer se hubiera sentado a la mesa.

Ella, acostumbrada a tratar con el hambre canina de su marido, no le dio importancia.

Llevaba ya él medio plato cuando pudo venir ella de la cocina con sus lentejas.

—Acuérdate de preparar la merienda de las niñas para cuando vuelvan del autobús escolar—, le dijo cuando acabaron de comer.

Apenas le miró, como cualquier otro día. Cuando terminó de limpiar de migas el mantel de hule de cuadros rojos y blancos, se despidió con un amago de beso, que no llegó a la categoría de roce, y cerró la puerta con suavidad.

Estaba sólo. Pasaron unos minutos, en los que creyó que el tiempo se congelaba.

No oyó los cantos de los pájaros, ni la televisión de la vecina de al lado, ni el ruido del agua en las tuberías de la casa, ni el motor de la nevera o el tic—tac del reloj de la pared.

Su propio gesto de asombro en el rostro también se había detenido, con la boca semiabierta y los párpados inmóviles.

Sentía un deseo incontenible de mirarse en el espejo.

Rompió el hechizo de la quietud, se levantó de un salto y corrió al cuarto de baño.

Miró sus pupilas en el espejo flanqueado por dos focos.

Se quedó atónito, parpadeó y volvió a mirar.

Allí, al lado de su ojo izquierdo castaño de siempre, vio otro ojo, que también era suyo, porque era el derecho, pero éste tenía otro color, era de un azul intenso, como de mar teñido con un poquito de violeta.

Apretó fuertemente los párpados y se hizo la oscuridad.

Volvió a levantarlos y allí seguía: tenía un ojo marrón y otro azul.

Miles de sensaciones se agolparon en la mente de Néstor.

Se mezclaron escenas de gigantescos tractores, grúas altísimas y maquinaria agrícola de última generación.

Pero habían cambiado de color: ahora eran de azul con tonos de morado.

Imágenes de los grandes toneles de metal llenos de líquidos de colores de su fábrica teñían sus febriles ensoñaciones.

Notó un gran retortijón en las tripas, y mientras aliviaba sus necesidades, tuvo la feliz idea.

Como se complacía en contar después a quienes le quisieran escuchar, el váter fue vital para su inspiración.

Tras acudir al médico del pueblo, consiguió una rápida cita con el oftalmólogo. Éste le confirmó que su ojo padecía sólo una fotofobia pasajera, la luz del sol pronto dejaría de molestarle. Tampoco sufría ninguna secuela en la visión.

Aunque estaba muy nervioso, pudo recordar el proceso seguido por la gota picarona mezcla del “inyector de color 3” con el contenido del tonel número 5K.

Con la misma combinación de líquidos, ahora conseguida de forma premeditada, llenó una botellita de plástico.

Con la mano temblando, consiguió echarse a la pata brava otra gota en el ojo marrón.

Tras el intensísimo escozor, se volvió a mirar en el espejo, y ¡hala!

, el Néstor tenía los ojos azules, como su tío Panchiño.

Lo que siguió no fue nada más que una inusitada visión empresarial del cuarentón.

Con una facilidad de palabra recién nacida, fue a hablar con los dueños de la fábrica.

Éstos fueron convencidos de la veracidad del invento, no sólo por su propio trabajador, sino por los inocentes gatos que rondaban por los alrededores, que sirvieron de prueba fehaciente.

Los propietarios aportaron los tintes y la infraestructura para la fabricación del invento.

Se pusieron en contacto con una multinacional farmacéutica con ramificaciones en productos de belleza.

Formando sociedad con esta, tras meses de pruebas en toda clase de mamíferos, y luego en voluntarios humanos, pudieron sacar al mercado su producto estrella, el famoso tinte de ojos permanente marca “Néstor”.

Desde su inmenso tractor, Néstor contemplaba el inicio de una vida de éxitos y el cambio tan grande que como sabemos dio nuestra sociedad.