Diario de una desaparición Chapter 15
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Chapter 15

En ese momento, sonó el teléfono. Daniel Hurtado, absorto en la lectura, dio un respingo, sobresaltado.

Sonrió. Hacía tiempo que no se divertía tanto.

Aunque varias de ellas tenían un trasfondo triste, normal en las relaciones entre hombres y mujeres, se preguntaba si alguna de esas historias, escritas en clave de humor, habían sido protagonizadas por la propia Rosa, si eran ficción o realmente contadas por sus amigas.

—Señor Hurtado, le llaman, ya sé que ha insistido usted en que no le molestemos, pero es su mujer — Al otro lado de la línea se oyó la animada voz del joven inspector Angustias Ondarreta, que era el encargado de filtrarle las llamadas al Inspector-Jefe de Homicidios.

Como no le suele telefonear casi nunca al despacho he creído que puede ser importante.

—Si, si, páseme la llamada, "Angus", gracias. Carmen, dime.

—Daniel, acabo de hablar con la vecina de mi madre —la suegra del Inspector vivía sola en Estepona, un pueblo costero de Málaga—.

Ayer por la noche se sintió indispuesta, creyó que algo le había sentado mal y se limitó a tomarse una infusión.

Pero esta mañana ha vomitado sangre y la vecina, asustada, ha avisado a una ambulancia.

Está ingresada en el Hospital de la Seguridad Social de Málaga, le han hecho unas transfusiones, piensan que es la úlcera, que se le ha agravado.

—Querrás salir inmediatamente.

—¿No podrías acompañarme?

—No, por ahora, tengo el asunto de la señora desaparecida y de momento no puedo moverme de aquí —y pensó, ¡gracias a Dios!

—Cogeré el primer autobús —le informó su esposa, que tenía miedo a volar en los aviones—. En cuanto a las comidas...

—Déjalo, mujer, ya me las apañaré.

—Tenía hecha la comida de hoy, te la calientas en el microondas.

—Aunque no te gusten los móviles, llévate el nuevo que te compré, mujer, y el cargador. Así estaremos en contacto y me puedes tener al tanto de las últimas novedades. Qué casualidad, a Rosa tampoco le gustaban los móviles.

Se despidió con un beso. Por un momento retuvo el auricular del teléfono.

No entendía su propio suspiro de alivio, cuando lo lógico hubiera sido sentirse preocupado por la salud de su suegra.

Pero se reconoció a sí mismo que había estado deseando, en su interior, quedarse sólo en la casa.

Solo con los escritos de Rosa. Solo con su preocupación por su paradero.

No tuvo más remedio que admitirlo, el caso se tornaba cada vez más personal.

Ella ya no era una completa desconocida.

Cada vez la sentía más real. Leer sus historias de amigas le había hecho disfrutar como no recordaba desde hacía tiempo.

Para él Rosa había cobrado vida, pero tres días eran muchos días sin absolutamente ninguna noticia a la que agarrarse.

Podría estar muerta, mientras que él la hacía revivir.

Otro timbrazo del teléfono le sobresaltó. Era Angus de nuevo, las noticias del consulado de Cuba confirmaban que el leonés llevaba allí desde dos días antes de la desaparición de la Sra. Laborda. El enemigo número uno dejaba de ser sospechoso, por lo menos directamente.

Nada más colgar el auricular volvió a sonar otro pitido.

La inspectora Esther Alonso tenía novedades sobre el coche Ibiza blanco de Rosa.

En una segunda búsqueda, más exhaustiva, había sido encontrado en las inmediaciones de la Plaza Castilla, en aparente buen estado.

Se lo había llevado a los talleres de la policía científica, en busca de pruebas.

Por fin algo concreto. Quizás del Ibiza sacaran algo en claro. El último lugar en el que se había visto a la desaparecida. La desaparecida.  Esa tenía que ser su actitud, más distante, con el caso que le ocupaba.

Sintió vergüenza de sus anteriores pensamientos. Quizá estaba necesitando unas vacaciones. Algo impensable en las actuales circunstancias. Aparte de su acuciante caso, estaba la enfermedad de la suegra.

En su paseíto hacia casa para comer agarró la carpeta de plástico que contenía el resto de la documentación sin leer.

Ni por un momento olvidó los papeles que tenía entre las manos.

Con su adiestrada disciplina se calentó en el microondas el potaje de verduras que le había dejado su mujer, cómo no, en el horno.

Resistió la tentación de leer mientras comía, costumbre que siempre le había parecido penosa en los demás, pero que ahora le apetecía practicar.

Con parsimonia se peló una naranja, alineando los gajos en perfecta formación mientras los iba despojando de cáscara con el cuchillo y el tenedor.

Se secó un hilillo de zumo de la comisura de los labios con la servilleta de tela de cuadros rojos y blancos.

Se acomodó en el sofá, en el que todas las tardes practicaba el deporte nacional español, la siesta, por un período calculado de veinte minutos. Suficiente, según había leído, para recuperar cualquier organismo del trajín del día, sin que se resintiera el necesario descanso nocturno.

Pero esta tarde se había traído el trabajo a casa, pensó. Nunca lo hacía. Cuando le sobrepasaba un caso, como mucho se quedaba en la oficina y desde allí seguía las operaciones.

Con un suspiro, a la vez que negaba con la cabeza, como compadeciéndose del pobre tipo en el que se estaba convirtiendo, retomó la lectura.

UN INVENTOR CASUAL. DE UN DESASTRE PUEDE SURGIR UN INSÓLITO INVENTO

Si consideramos que uno es un fracasado porque no consigue lo que se propone sino lo que el destino dispone, entonces nos encontramos con que a nuestro hombre se le podría llamar fracasado con todas las letras, pero si creemos que, aunque sin querer, ha alcanzado un logro insólito, original y con el que puede ganar mucho dinero en la actual sociedad en la que no prima más que la belleza exterior, podríamos considerar que ha alcanzado la cima del mundo.

Se llama Néstor, y pese a que su nombre tiene reminiscencias latino—americanas, es un gallego de pura cepa, nacido en el más profundo de los pueblos lucenses.

Es un cuarentón bajito, rechoncho y sanguíneo que consiguió, y su familia lo consideró un gran logro, colocarse en la fábrica de cerámicas y tintes que daba sustento a una veintena de concejos.

Su sueldo fijo le permitió casarse con su prima segunda, Rosiña, que trabajaba de limpiadora en la misma fábrica que él, y tener dos rechonchas y cariñosas hijas.

Su ilusión desde pequeño había sido conducir los más aparatosos tractores.

Se imaginaba encaramado a un inmenso tractor, con cabina acristalada y la radio a todo volumen, amarillo para más señas.

Arando campos, desbrozando parcelas, surcando desde lo alto de su trono de metal las oscuras tierras de sus padres y abuelos.

Pero poco a poco, casi sin darse cuenta, había ido olvidando esos deseos, para acomodarse en una apacible y rutinaria existencia.

De vez en cuando un destello de vida aderezaba esa rutina. Como cuando comía un guiso especialmente bueno, o tomaba unos vinitos con los amigos, acompañados de un buen trozo de empanada, o cuando daba un beso a sus hijas antes de dormir, y alguna de ellas le susurraba alguna palabra de cariño.

Su trabajo diario en la fábrica era muy sencillo: tenía que vigilar una máquina, que mezclaba todo tipo de líquidos y componentes químicos hasta conseguir el tono deseado, que podía llamarse Colorante 319A o colorante 245F.

Una vez conseguido el líquido, la máquina lo trasvasaba a diversos y enormes recipientes, pero esa otra parte del proceso formaba parte de la labor de otro vigilante, exactamente del chico de los Formoso, Toño, labor que a él no le incumbía y a la que no prestaba la más mínima atención.

Mientras que vigilaba que la máquina trabajase según lo ordenado por sus expertos programadores, se entretenía cumplimentando los diversos crucigramas del diario deportivo “Marca”, una vez leído de cabo a rabo el periódico.

Estaba informado de todos los acontecimientos futbolísticos y de otros deportes, por lo que se veía perfectamente capacitado para discutir a voces con sus compañeros la alineación de la próxima jornada de balompié.

La sabiduría con que escogerían los fichajes de los equipos bien la tendrían que pagar con oro los directivos de los grandes de la liga nacional.

También estaba hecho un experto en el arte de los sudokus, el nuevo pasatiempo que causaba furor en la fábrica.

En la cantina, a la hora del café y del bocadillo, se intercambiaban fotocopias de decenas de sudokus, un híbrido entre un crucigrama de números y el juego de las tres en raya, y estaba orgulloso de haber alcanzado el nivel máximo, llamado el diabólico.

Néstor tenía que cumplir su propia labor en la cadena, aunque sólo fuera de pasivo vigía.

Al hacerlo, año tras año, la pátina de lo cotidiano cubría un poco más al soñado y enorme tractor, empequeñeciéndolo cada vez más.

Hasta que llegó el momento en que fue relegado a lo más profundo del lugar que reserva la mente para enterrar las ilusiones, y que en apariencia sustituye por otras, pero que siguen ahí, como polvo debajo de una bonita alfombra.

Un día cualquiera, que es cuando suceden las cosas, porque los días cuando amanecen no se hacen notar cuando van a ser días especiales, sino que se disfrazan de días normales, Néstor fue a trabajar de la misma manera que las ocho mil quinientas jornadas anteriores.

Quizás lo que pasó fue que el tractor de sus sueños, abriéndose paso entre su encadenada vocación, saltó, libre, un instante, y eso fue suficiente para que se distrajera y apoyara el antebrazo en un aparato llamado “inyector de color 3” , que desvió su rumbo, y en vez de dirigir su chorrito burbujeante al tonel número 3C, lo hizo en el tonel número 5K, y no acabó ahí la hazaña del chorrito, si no que quiso el azar que una pequeña gota saliera a su vez disparada del tonel 5K y salpicara, con puntería de francotirador, al ojo derecho de Néstor.