Chapter 14
Estas anécdotas, por decirlo frívolamente, les han ocurrido a mis amigas y conocidas. Las historias que voy a contar las protagonizan diferentes mujeres y hombres, pero yo, para simplificar, llamaré siempre María a la chica y Adán, al chico.
LAS SEPARADAS NO TENEMOS ANTENITAS
—¿Te he contado alguna vez, Rosa, cómo me di cuenta de que había entrado en un nuevo estatus social?
—Pero, María ¿De qué estatus me estás hablando?
—¡Cuál va a ser! El de las separadas!
—Ah, bueno, no creí que por separarse una se cambiara socialmente.
—Te cuento. Recién separada, haría tres o cuatro meses que me habían abandonado a mí y a mis hijos y por fin decidí salir.
Una amiga mía, Irene, que también estrenaba situación, decidió dar una fiesta en su casa.
Eso de montar fiestas es fácil, y a nada que comentas ante un grupito de gente que hay comida y bebida gratis juntas treinta personas sin esforzarte.
Adán era un amigo de una amiga del novio de no sé quién.
Irene y yo estábamos intentando poner música decente, cosa difícil porque nos encontrábamos absolutamente fuera de onda de lo que se llevaba.
Habíamos pasado muchos años en el limbo matrimonial.
En ese momento se nos acercó un joven treintañero (como nosotras), que cumplía con las tres aes: Alto, Agradable y Atractivo.
Enseguida establecimos una buena corriente de comunicación, mientras yo pensaba, ¡qué fácil es esto de ligar otra vez!
La conversación parecía llevarse de forma inteligente y amena.
Él era funcionario de Economía y Hacienda y parecía muy buen chico.
Sin competencias, las dos charlamos animadamente con Adán, aunque él llevaba la voz cantante. Las horas pasan que vuelan cuando una está a gusto y la fiesta llegaba a su fin. A todo esto, que, antes de despedirnos, nos apresuramos a hacer nuestras respectivas fichas censales.
—Yo estoy soltero, tengo treinta y cinco años y soy de Madrid —nos comunicó Adán y nos pareció un ser humano de lo más corriente.
—Pues nosotras, canté inocentemente, nos acabamos de separar. Irene tiene tres hijos y yo dos.
—¿Queeeé? ¿Qué estáis separadas? ¿Y que tenéis hijos, tú tres y tú dos? —Puso cara de pasmo, pero enseguida se recuperó. Diplomáticamente añadió—. Sois tan simpáticas y tan agradables, chicas que, de verdad, hablando con vosotras toda la noche, no me habéis parecido unas separadas.
Y esto último lo añadió a modo de piropo, mientras nosotras nos quedábamos heladas.
—Ya ves, no tenemos antenitas ni nada —Irene pudo responder irónicamente mientras las dos bajábamos la cabeza, por si encontraba algún apéndice del que nosotras no teníamos noticia.
Adán se marchó rápidamente, por supuesto sin intentar un intercambio de móviles ni de ninguna palabra más.
Ahí me di cuenta, Rosa, de que por lo visto ya no era la María de siempre, sino que por arte o infortunio de no tener ya marido, había inaugurado una categoría social diferente.
Habíamos pasado a ser del estatus de “los/las separados/das”.
Nos habían crecido antenas de un día para otro.
Con complejo de marcianas, terminamos la multitudinaria y fastuosa fiesta de entrada en el mundo de los corazones libres.
HAY POLVO DEBAJO DE LA ALFOMbrA
Oye, Rosa, cómo te va, que cómo son los tíos, no sabes la grosería que me acaba de decir uno, yo te lo cuento y a ver qué te parece, ¿vale? Fue el otro día, en mi casa, con el último chico con el que estoy saliendo, Adán, que se supone que me gustó por ser "todo sensibilidad".
Aprovechando que mis compañeras de piso se habían ido de fin de semana, le había invitado a cenar, es un decir, porque en realidad yo compré los ingredientes del gazpacho y como "a ti te sale tan bien pues me ayudas" y terminó preparándolo todo.
Después de la cena, le pedí que se quedara a dormir en casa, y me dijo que no, que en mi casa no dormía bien, que le molestaban los ruidos de los niños de mi vecina, mi estrecha cama, el ascensor cada vez que subía y bajaba en la noche y, por lo visto, yo también.
—Pero, María, si quieres, como no voy a quedarme a dormir —me dijo, en plan generoso y como quien hace un gran favor, a modo de consuelo—, te echo un polvo.
A mí se me descolgó la mandíbula hasta el suelo, del disgusto, y creo que en más de tres meses que llevamos juntos, es la primera vez que se me puso semejante cara, no de enfado, no creas, sino de inmensa tristeza.
— Mira, no sé tú, pero yo doy más importancia al aspecto afectivo que al sexo en una relación —intenté explicarle, mientras sentía una opresión justo en el pecho, de pura pena y creo que aquello fue el principio del fin.
No sé si entendería algo, pero al cabo del rato le dije que se le hacía tarde, que mañana madrugaba y que era mejor que se fuera antes de que le diera más pereza.
Y que, para polvos, que barriera debajo de la alfombra en su propia casa.
Era nuestra despedida de antes de las vacaciones a la sierra con mis padres y en ese momento pensé en dejar de salir con él, porque, qué caramba, a santo de qué tengo que aguantar esa falta de respeto, y que, ya que no le iba a ver en veinte días, haría fuerzas para, a la vuelta, terminar la especie de relación, o como le gusta llamarlo "amistad con derecho a roce".
Al día siguiente le medio perdoné porque me dejó un conciliador mensaje en el contestador, por cierto, el último antes de que el cacharro se estropeara y activara el de telefónica.
En él me invitaba a comer a su casa, antes de que yo partiera de viaje.
Le llamé para decirle que no podía, pero que nos veríamos a la vuelta.
SI QUIERES HABLAR, HABLO; SI QUIERES SEXO, TAMBIÉN
La buena de María suele ir a bailar con sus amigas a una discoteca de gente un poco mayorcita soltera o separada.
Más o menos la edad media oscila entre los cuarenta y cincuenta años.
Aquella noche lucía camisa azul y pantalón berenjena, con el que se sentía muy atractiva porque imaginaba que resaltaba su figura.
No andaba desencaminada. Al poco, un joven, Adán, de unos veintiocho años, cara redondita y tan guapo que casi parecía tener cara de niña, se sentó a su lado, con un vaso de güisqui en la mano.
—¡Qué cuerpecito! —exclamó silbando, a la par que la miraba con admiración, en un instantáneo chequeo—. ¿Qué tal?
—Yo muy bien, con la gente de mi quinta —le respondió María.
—¿Qué edad tienes? —preguntó Adán.
—A ti te la voy a decir, sólo te digo: ¿qué haces tú aquí? No pintas nada
—Mira, mona, si quieres hablar, puedo hablar como cualquiera. Estoy separado y con una hija de cuatro años. Y si quieres sexo, mejor que todos estos—. Se había enfadado y señalaba con un dedo a los cuarentones que le rodeaban.
LAGRIMITAS EN UN AUTOBÚS
María se fue a Guadalupe de excursión, con uno de los muchos grupos de senderismo de Madrid, éste con ánimo de lucro, es decir, de pago, y que capitaneaba su mozo, un tal Adán, que, según mi amiga, padecía de "infantilismo agudo".
Llegó tarde y se encontró con que el autocar estaba ya casi lleno pero que había sitio al lado de Adán, con el que estaba saliendo desde hacía casi medio año.
Raudamente, se sentó a su lado, cosa que a María le parecía muy normal y muy lógica pero que a él le molestaba.
Seis meses de relación con Adán y todavía era incapaz de darle la mano en presencia del resto del grupo de senderismo, del que era guía.
Estaba más que harta de esta secreta e infantil situación y aquel día se le iban los ojos a las manos que se daban parejas más recientes y expresiones de cariño en público que se dedicaban las más cercanas.
En un momento dado sintió la necesidad de apoyar su cabeza en el cercano hombro masculino, invadida por una inmensa tristeza.
—Pero ¿qué tonterías haces? —le reprochó, en mal tono, y separándose inmediatamente de ella, como si le hubieran quemado con un cigarrillo.
En ese momento María sintió que las lágrimas le acudían sin tino a los ojos, con el autocar lleno de personas a las que conocía de diversas marchas, y ella, a pesar de sus esfuerzos por contenerse, empezó a llorar silenciosamente, discreta y sin ruido, como cuando se muere un niño en una película, inevitables gotas saladas resbalaban por sus mejillas, y, según caían, iba intentado disimularlas restregándolas con el resto de la cara, lo que en vez de mejorar la situación la empeoraba.
—¡María!, no te pongas así, si no he dicho nada —Adán, incómodo más que afectado, le puso, por fin, y delante de cincuenta personas, una mano en el hombro. Durante unos segundos mantuvo esa postura y, después, despacito, replegó el brazo y lo volvió a posar sobre su propia pierna.
LAPSUS FREUDIANO SObrE MESAS Y CAMAS
Mi amiga María tenía un reservado admirador. Se trataba de Adán, un serio compañero de trabajo, situado en su despacho de la planta novena, mientras que ella lo tenía en la octava y que, en cinco o seis años, sólo delató sus sentimientos en un par de ocasiones.
Casualmente, se lo encontraba casi todos los días ante la maquinita de fichar, tanto a la salida, como a la entrada. Un día, próximas las navidades, se topó con él a pie de ascensor, cuando ella iba a subir a comer a la cafetería.
—Marietita, no te recomiendo que subas hoy a la cafetería —le aconsejó, solícito, llamándole por su acostumbrado nombre cariñoso.
—Y eso ¿por qué? —le preguntó María—.
—Pues porque están todas las camas llenas —le dijo, con semblante de informador enterado.
—¿Las camas llenas? ¿No querrás decir las mesas?, ¿Las mesas llenas?
—Si, si, es verdad, las mesas —se corrigió Adán, veloz.
—¡Ay, Adán, Adancito, en qué estarías pensando! — le dijo mi amiga, moviendo la cabeza de arriba a abajo, admonitoriamente. Has tenido un lapsus freudiano y has cambiado una palabra por otra palabra que tenías en la mente e, inconscientemente, se te ha escapado.
—Bueno, bueno, espero que tengas sitio —se despidió el pobre hombre rápidamente, rojo de vergüenza, y en quince días no le volvió a ver frente al reloj del fichaje.
La segunda ocasión en la que Adán descubrió sus anhelos fue en la celebración de la jubilación de un compañero de la primera planta.
Ese día, en plena fiesta, se sirvió vino largamente y todos brindaban efusivamente por el éxito del retiro del apreciado trabajador.
Adán no debía de estar acostumbrado a beber en exceso porque cuando vio a María se mostró totalmente desinhibido.
—Marietita, Marietita, ¿sabes que al decir el diminutivo de tu nombre me excito?
y que cuando tú me llamas Adancito, ¡no sabes cómo me pones!
y ¡cada vez que te veo con algún conjunto de top-model, o con el vestidito ese largo con terciopelo negro!
—, y prosiguió sus confesiones, a la vez que le tiraba una copa de vino encima del elegante traje de chaqueta que llevaba María para la ocasión — y, ¿sabías que te deseo desde hace muchos años?
Después de este episodio tardó otros quince días en ser visto a la hora de fichar con la tarjeta. Y María no volvió a llamarle nunca más Adancito, por si acaso.
¡QUÉ HORROR, SI LLEVAMOS YA CUATRO MESES SALIENDO!
—María ¿tú me quieres un poquito? —me preguntó Adán en la cocina, mientras preparaba su rico, rico flan de huevo.
—Bueeno —hubiera dicho, María, sinceramente, que más que un poquito, pero no sabía qué responderle, pues la pregunta había sido lanzada al descuido, como sin importancia — claro, un poco, sí.
—María, ¿cuánto tiempo llevamos juntos? —me preguntó, luego, en la cama, después de una buena actuación juntos, con miraditas de enamoramiento incluidas. A Adán, que era un tío alto y flacucho, le encantaban las chicas gorditas y mis prietas carnes asomaban, desbordadas, de entre las sábanas.
— No sé, ...—puse cara de calcular, cuando al ser día 8 de julio sabía que eran tres meses y veinte días.
—Entre tres y cuatro meses ¿no?
—Por ahí —asentí con la cabeza, como quién no se fija en esos nimios detalles. Un mes más o menos...
—Huy, me parece que me estoy enganchando —dijo entre suspiros, horrorizado, porque desde que se separó de su compañera hace cinco años no le ha durado ninguna chica más allá de quince días o un mes. Y a partir de ahí hizo los méritos suficientes para acabar con la relación.
ROLLO CAMERO
La fiesta estaba más que animada. María, en su cumpleaños, había invitado a una veintena de amigos y para que se divirtieran no se le ocurrió mejor idea que invitar a Adán, un chico un poco pesado, pero que podía animar cualquier fiesta por medio de un sencillo procedimiento: aunque era un desapercibido funcionario del Estado, tenía unas ciertas dotes de videncia y echaba las cartas alegre y gratuitamente a quien se lo pidiera.
—Adán, llévate la baraja, que quiero que adivines el futuro con el tarot —le pidió María, y añadió en tono lastimero—, por favor.
—No sé bonita —se resistió él— Mis cartas se las he prestado a mi primo y no le voy a ver, porque está en Burgos.
—Pues cómprate unas nuevas.
—Ya veremos, ya veremos, no te prometo nada —a Adán le gustaba hacerse de rogar.
—Anda, procúralo, por favor —insistía María, que quería divertir a sus amigos.
En el día del cumpleaños, Adán apareció con un lustroso juego de naipes.
—Es nueva, no es la mía, esta es una baraja española y no un juego de tarot, que es a lo que estoy acostumbrado —la mejor defensa es un ataque—, no sé si podré, no estoy cómodo con ella, como con mis cartas.
La bulliciosa gente de la fiesta no entendió de matices y pidió, entre risas y temores, que le fuera echada la buenaventura. Empezó con Lola, la de Pepe, pero antes de que nadie se hubiera enterado de que salían juntos.
—¡Huy, bastos! —dijo—, y oros, y los dos reyes, vas a tener un rollo camero, sin importancia, por lo menos disfruta, chica, mientras puedas. Y veo dinerito...
—Y eso del rollo camero ¿qué es? —preguntó Lola, que dicho sea de paso se casó con Pepe y viven juntos tan felices.
—Pues eso, un rollete de cama, acostarse con alguien sin mayor trascendencia. Pero, por lo menos algo es algo, peor es que no salga, si no, ¡qué aburrimiento! ¿Alguien más?
—¡Yo, yo! —dijeron los diecinueve integrantes de la fiesta a los que todavía no les había adivinado el futuro.
Y, casualidades de la vida, me contó mi amiga María, la anfitriona, a todos, uno por uno, les fueron vaticinando sendos rollos cameros, con lo cual la alegría y diversión de la fiesta continuó hasta el fin.
Y desde entonces, en el grupo, a cualquiera que tuviera alguna relación sin importancia se le adjudicaba un "rollo camero", nueva y feliz expresión.