Chapter 13
A la mañana siguiente el inspector Ondarreta se acercó, con el material copiado del ordenador en el USB y otros CD’S encontrados en la casa, al Departamento de Informática.
Allí le atendió Pedro Juan, un joven y alegre interino, un chico muy dispuesto a ayudar y con un nombre con sabor a culebrón latino.
—Hola, soy Angus, de Desaparecidos, quizá me recuerdas de alguna ocasión anterior. —le dijo a la vez que le estrechaba la mano con fuerza— Veras, te traigo unos CD’S, espero que no sea muy difícil y un pendrive con lo que tenía en el disco duro del ordenador.
—Si, me acuerdo, ese caso del anciano nos tuvo a todos de cabeza. ¿De qué va éste?
—Es una mujer desaparecida, la verdad es que nos tiene a todos despistados y necesitamos cuanta más información mejor.
Por lo visto es aficionada a escribir, y por lo que hemos leído en algunos folios imprimidos hemos encontrado algunas cosas en estilo autobiográfico.
Nos interesaría bastante hacernos con el resto del material, pero les ha puesto una contraseña a sus escritos en Word y no pude encontrar la clave, utilizando las más habituales.
Os he traído la agenda y los datos que he podido recopilar, por si os hiciera falta.
—Bah, eso no va a suponer ningún problema.
— despreció Pedro Juan, con un gesto de la mano el material que le tendía el inspector Ondarreta—.
Ni falta que nos hace rompernos el coco mirando y probando claves como locos en un caso.
El Word, antiguo o no, se puede mirar como tratamiento de textos con cualquier editor hexadecimal.
—¿Y eso qué es?
—Es un sencillo programa, con el que vamos a decodificar el texto.
Ya quisiéramos que todo lo que nos traen fuera así.
Hasta con uno básico, como el Directory Control, que funciona como el antiguo MS2, lo vemos en un instante.
Dame uno de los CD’S y lo comprobaremos.
—, y el joven cogió el disco que le ofreció Angus, lo metió en un ordenador, no dio más de tres o cuatro instrucciones cuando salió lo que buscaban.
—Veo texto, pero hay muchas cosas raras en pantalla, parecen jeroglíficos.
—Es que el editor hexadecimal nos muestra no sólo el texto sino todos los códigos. Pero no te preocupes, que trabajaré en ello y te daré una trascripción limpia de todo ello. Pero esto sí me llevará un buen rato, así es que pásate luego.
—Y luego ¿cuándo es?, esto nos corre mucha prisa —apremió Angus.
—Pues, a última hora. Tengo más asuntos, todos urgentes como el vuestro, y más deprisa no puedo ir. Si quieres, cuando lo tenga, os lo mando por correo electrónico.
—Vale, de acuerdo. Nos vemos —se despidió Angus con otro recio apretón de manos —. Lo estaré esperando.
La inspectora Esther Alonso trataba de ponerse en contacto con Aladino, el perseguidor leonés.
El jefe le había ordenado esa misma mañana que diera prioridad a este personaje en sus investigaciones.
Al parecer los escritos de la desaparecida le señalaban claramente como sospechoso.
Sólo esperaba poder resolver el tema por teléfono, encargando el interrogatorio, si hacía falta, a sus compañeros de León.
Pero las gestiones habían sido decepcionantes. Lo primero que hizo fue llamar a su casa temprano. Tras mucho insistir se puso una señora mayor. No andaba bien del oído y hubo que chillar mucho.
—¿Está Aladino?
—¿Qué dice...?
—¿Que si estáaa Aladinooo?
—Y ¿quién pregunta por él? —la señora parecía desconfiada. Se la imaginaba por el grueso tono de voz, muy fornida.
—Una amiga de Madrid —inventó sobre la marcha.
—Se fue a Cuba, la semana pasada, en avión —y pronunció esta última palabra como el colmo de lo moderno y peligroso—. Mi hijo, como representante que es del partido en León ha ido con más señorines a una reunión mundial muy importante.
—¿De qué partido?, —y en ese momento se dio cuenta de que había metido la pata, de cuál iba a ser si había ido a Cuba.
—¿Cómo, no lo sabe? ¿Cuál iba a ser? Los comunistas han ido a un congreso con Raúl Castro. Y un congreso muy largo, mi hijo no vuelve en dos semanas más. Y ¿cómo ha dicho que se llamaba? ¿Es Rosa, su amiga de Madrid?
—No, no, bueno, ya llamaré cuando vuelva, gracias.
Después se puso en contacto con sus compañeros policías en Ponferrada, para que comprobaran la veracidad de la información facilitada por la madre y le pasaran los datos que pudieran sobre el tipo.
Como se comprobará que no estaba en España en la fecha de la desaparición de Rosa tendrían que tachar al primer, y en realidad único, sospechoso de la lista.
A última hora de la tarde, el inspector Ondarreta recibió el correo electrónico que estaba esperando. Con ilusión comprobó que contenía un centenar de hojas, y una nota de Pedro Juan: "Esto es todo, espero que os ayude". Se apresuró a imprimirlas.
De todas las hojas sacó las que ya habían leído, con lo cual se redujo el material. Le dieron tentaciones de leer los folios, pero se retuvo. El jefe deseaba que le pasaran los escritos cuanto antes, y había sido claro al respecto.
—Señor Hurtado, ha venido el correo de informática. He quitado el material que confiscamos de su casa y aquí tiene el resto. Es bastante.
—Déjelo ahí, Angus, gracias —y le despidió con un ademán distraído—. Cierre la puerta, por favor.
Cuando se vio solo, cogió las hojas. Esta vez, las dobló sobre sí mismas, dejando la letra impresa oculta, mientras sus nervudos dedos tamborileaban sobre el papel blanco.
Se sentía invadido por una inexplicable curiosidad, o morbo, como diría su personal más joven.
Y no deseaba ser presa de ese sentimiento, que consideraba indigno para el ejercicio honesto de su profesión.
En su trabajo no tenían más remedio que ver el interior de las personas, cubierto de fango la mayoría de las veces, y eso era lo normal.
Pero esto parecía distinto, iba más allá del simple espíritu investigador.
Había dormido extrañamente intranquilo. Su mujer se lo había comentado esta mañana, cuando le vio levantarse.
Y hasta que no hubo entrado Angus en su despacho con el paquete no había reconocido en sí mismo el anhelo con que lo esperaba.
Estaba deseando leer esos folios y, como un ejercicio de autocastigo muy propio de él, demoraba el momento. En un impulso, cogió el teléfono.
—Hola, sí, soy el inspector Hurtado, sólo llamaba para preguntar por su hijo, ¿cómo han ido las cosas por la Costa Brava? ¿Qué tal la vuelta a casa? Si, bueno, gracias, yo también me alegro, no ha tenido importancia señora, es nuestro deber, adiós.
Pensativo, depositó suavemente el auricular.
Pocas eran las novedades del día, y todas les conducían al mismo camino: se iban cerrando puertas y cada vez estaban más despistados sobre el paradero de Rosa.
Una investigación exhaustiva de la inspectora Esther Alonso sobre el último sitio en que fue vista, la plaza Castilla, no arrojó ninguna luz.
El informe mandado por los colegas leoneses sobre el supuesto sospechoso hablaba de un hombre normal, de cuarenta y siete años, trabajador, estimado en su ciudad, con antiguas veleidades revolucionarias a los 18 años, ahora encauzadas en un legalizado y aburguesado partido comunista, huérfano de padre a los 13 años, solterón sin vida sentimental conocida, viviendo con una madre mayor.
Se había comprobado que, efectivamente, había salido del aeropuerto de León directo con destino a Cuba, en un avión fletado especialmente para los compromisarios del norte de la península dos días antes de la desaparición de Rosa, y que Aladino había formado parte del pasaje.
Lo único que quedaba por confirmar era su llegada al país latino y su permanencia continuada en él.
Este tema requería abrir nuevos cauces de información y la inspectora Alonso ya se había puesto en contacto con la embajada cubana para averiguar los detalles de la estancia del leonés en Cuba.
Por otro lado, las investigaciones del inspector Ondarreta tampoco arrojaron resultados en el Ministerio donde trabajaba la funcionaria.
Las compañeras no sabían nada, según ellas no tenían ni idea de su paradero.
En la oficina, Rosa llevaba una vida discreta y no aireaba sus intimidades.
Y, aparte de saber si se le ponía un niño enfermo o no, o que le gustaba salir al campo los fines de semana, no parecían estar muy informadas.
Sin embargo, sí afirmaron conocer la existencia del acoso del leonés, porque Rosa les había aleccionado para que si llamaba no soltaran prenda de su paradero o de si estaba de baja, de vacaciones o en dónde fuera.
Debían de decir siempre que no estaba y no pasarle la llamada a ella.
Aun así, cuando la desaparecida cogía el teléfono directamente y era él, colgaba sin decir palabra.
También confirmaron lo ocurrido en la persecución de Plaza España, que ella misma había reflejado por escrito en las páginas halladas en su casa de la Dehesa de la Villa.
En último lugar el inspector Ondarreta había hablado con los vecinos de Rosa.
Ninguno sabía nada. Aparte de multitud de cotilleos que no iban al caso: que era una persona muy buena, en comparación con "La Bicho", vecina a la que la desaparecida había comprado su piso, y que cometió todo tipo de tropelías.
Desde echar aceite hirviendo directamente de la sartén a las sábanas tendidas de la del cuarto, tener un amante fijo guapo, o negarse a pagar la comunidad.
Las infamias de la anterior propietaria de la casa hacían que la nueva, en contraste, pareciera una santa, a pesar de que los dos hijos y sus amiguitos subieran y bajaran las escaleras del portal ruidosamente, y con frecuencia.
Sólo la vecina del primero derecha criticó dos graves pecados: estaba loca, porque hablaba sola en casa (¿cómo sabría que no tenía compañía en ese momento o simplemente charlaba por teléfono, escuchaba la radio o veía la televisión?) y porque tiraba huesos de pollo, bien peladitos, por el balcón (a esto último, la inspectora Alonso le echaba las culpas al gato).
En fin, que, aparte de las habladurías típicas del barrio, nadie sabía nada.
La vecina de enfrente, Julia, una señora de sesenta y tantos años, enfermera y peluquera jubilada, tenía una especial amistad con Rosa.
Aparte de no cesar de decir lo majos que eran los inquilinos del segundo derecha, lo mucho que apreciaba a su vecina, y lo bien que había congeniado con ella desde el primer día y lo buenos chicos que eran los niños, con las travesuras normales de la edad, claro, se quedó francamente preocupada por la noticia de su desaparición, pero no supo señalar ningún motivo.
Entraba todo tan en la normalidad, no aparecían los típicos trapos sucios que se ventilan en la intimidad de las familias y su entorno de amistades, que llegaba a ser decepcionante.
Quizás, pensó, en la lectura de los próximos folios se encuentre algo.
De todas formas, todavía quedaban pendientes algunas entrevistas, entre ellas a la amiga que más contacto habitual tenía con Rosa, la llamada Edelmira "Miri", y además tratar de ahondar más en el asunto de Irene, la de Valencia y averiguar el asunto de los Desiderios, nombre en clave que Rosa ponía a sus relaciones sentimentales.
También se podía tener una charla con los dos "luises", por no dejar ningún cabo suelto.
Hablar con los niños era más delicado, y prefería dejarlo para cuando terminara con estas amistades.
Ya había conversado, superficialmente, con ellos y con el resto de la familia, incluida la madre, que había regresado rápidamente del viaje al extranjero, y sacaron una única conclusión: la señora Laborda, con ellos, era reservada y no les tenía al corriente de sus interioridades.
En el ámbito familiar, su madre, Teresa Pardo, por su condición de hija separada, la tenía no muy discretamente vigilada, y respecto a sus numerosos hermanos, disfrutaba de unas relaciones cordiales, por un generalizado buen conformar.
Lo que no habían conseguido averiguar aún los inspectores es si Emilio, el vecino que veraneaba en Santa Pola, era un personaje o si existía realmente.
Resignado, Daniel Hurtado suspiró y abrió la carpeta azul que contenía los folios. Los había desdoblado y metido cuidadosamente en su expediente, para darse a sí mismo sensación de formalidad y distanciamiento. Comenzó a leer.
En la siguiente página resaltaba un título, "Historias de amigas", y retomó la lectura.