Chapter 12 #5
"No pasa nada, Carolina", me dije, con aquella costumbre que tenía de hablar conmigo misma cada vez que tenía problemas.
"Este tío no te va a hacer nada, estás con Desiderio, que, aunque no sea gran cosa algo hará, tú ya controlas la situación después de dos años y medio de persecuciones, así es que respira otra vez y sal, le saludas y vas a comer igual que siempre y punto. No pasa naaada. No pasa naaada".
—¡Qué casualidad! — exclamó el leonés al pasar de nuevo por su mesa —¿Quién lo iba a decir, encontrarnos aquí...?
—Si, es verdad, ¡vaya casualidad!
—No te creas que yo, bueno he venido aquí porque estaba cerca, por San Bernardo, luego he quedado con unos compañeros, después de comer...
—Si, si ya imagino.
— ... y como tú me lo habías enseñado, pues me he dicho, no creas que he pensado en ..., el caso es que me iré enseguida. Y tú, ¿cómo estás?
—Muy bien, muy bien, contenta, como siempre, ya sabes que suelo venir por aquí a comer. Me voy, me están poniendo ya la sopa. Hasta luego.
—Hasta luego, le despidió, sin borrar en ningún momento la pronunciada sonrisa.
Al sentarme junto a Desiderio de nuevo conseguí hablar con normalidad. Mi cuenco de barro con la sopa humeaba ya en el mantel blanco de papel y las copas estaban llenas de agua del grifo de la jarra transparente.
—Jo, Desi, si supieras quién está sentado al fondo, al lado de la puerta del baño.
No, ¿quién?
—El leonés, —anuncié con voz calma, adaptada ya a la sorpresa y para no dar una nota de histerismo—.
Esta vez el sorprendido fue él.
—¿Me estás diciendo que está ahí?
—Si, tan tranquilo y además me ha dicho ¡qué casualidad!
—¿Y no crees que pueda serlo, ¿verdad?
—Después de lo visto, es una casualidad muy casual. Con lo grande que es Madrid. Seguro que ha venido aquí primero tan pronto porque luego quería pasarse a dar un vistazo a la salida de mi trabajo, en Plaza España. Y darme otro susto, como la otra vez, cuando se escondió detrás de un árbol.
—Pues ahora me voy al baño yo.
Y dicho esto se levantó y se fue al servicio, para echar una ojeada.
—Tiene buena planta —opinó cuando regresó y hubo cotilleado la mesa del leonés—, aunque no llevo puestas las lentillas, eso es lo que me ha parecido.
—No, si bien está.
—Carolina, no es por asustarte, pero ese tío no me parece normal
Y es que, mi desconocido amigo de trayecto matutino, vaya cosas me pasan, son para escribir un libro
He vuelto de vacaciones y, como ahora me da por ir andando los cinco kilómetros que hay hasta el trabajo, hacía unos días que no nos veíamos.
Aun así, me he acordado de ti, Emilio, y me he preguntado si estarías de vacaciones en julio, como el año pasado, que las cogiste muy parecidas a las mías, o ya habrías regresado al curro.
En fin, ya estás aquí otra vez, mirándome con tus ojos serios en la curva, y te estarás preguntando qué tal me ha ido en la casa rural de Bervinzana, Navarra.
Me cuesta mucho hablarte del tema, porque como no lo conoces no puedes ni llegar a imaginar lo intensamente que he vivido estos días, y la energía que he acumulado para hacer frente, en Madrid y en la vida diaria, a lo que me pongan por delante.
Aunque hablo de energía, y la realidad es que las cosas cuestan y mucho.
Como ahora mismo, me siento harta de tener sentimientos, de que sufra por cada pequeño detalle que se salga del equilibrio de mi vida.
Para serenarme, voy a intentar recordar la placidez y la amistad de la vida en Bervinzana.
En una casa rural en medio de este pueblo llamada La Fresquera pasamos mi hijo Alejandro y yo, mientras Bárbara estaba en un campamento en León, unos días de vacaciones intensos, vividos, de naturaleza tanto humana como visual.
En verano sus habitantes, Chelo, Chucho y Alecs, tienen la deferencia de compartir con nosotros su vida, su casa y su amistad.
El ir en bicicleta a Miranda de Arga, por la mañanita temprano o quizás a las nueve de la noche, antes de cenar, mientras se siente el sol y el aire en la piel, las piernas pedaleando sin cesar, no muy deprisa, mientras los campos de girasoles pasan borrosos, estirando sus cuellos al sol, al unísono, y pletóricos de luz y belleza.
O montar en canoa, sintiendo que manejas con la sola ayuda del remo, tu pequeño destino en el río.
Y pararte a charlar con la nueva y buena amiga M.ª Ángeles, la de Albacete, sobre los hombres en general.
Sintiendo que no tienen importancia, que lo que verdaderamente interesa es estar allí mecida en el agua chocolateada por las lluvias, con el siseo de las ramas de los matorrales que invaden las dos orillas como fondo acompañante del siempre breve bienestar.
Y es en estas ocasiones cuando sientes que lo demás no importa, cuando minimizas los problemas que a la vuelta te parecerán otra vez importantes...
Y esto era todo. Aquí terminaban los folios escritos por Rosa, que habían encontrado impresos por el ordenador.
Lo último parecía una de esas experiencias mística—ecológicas que se dan en la gente moderna, pero no aportaba ninguna novedad a la investigación.
Pero lo anterior le indicaba que quizás esta señora no fuera tan equilibrada, que pasaba por fases un tanto depresivas, y quién sabe si actualmente, y sin comentárselo a nadie, había caído en un estado de ánimo semejante o peor.