Chapter 12 #4
—¿Qué nuestro? Si no hay nada nuestro. ¿Sabes?, Ya te he dicho más de una vez que las amistades son cosa de dos y si una de las partes no quiere a la otra, la otra, por más que haga, no va a conseguir nada.
—No seas tan radical...
—Yo no te quiero y no hay nada que hablar. No me estás respetando, si te digo que no me llames, que no me persigas, porque, lo que estás haciendo es perseguirme, acosarme, estoy harta...
—¿Perseguirte? Si lo dices de cuando te vi bajando del coche, cuando estaba con los compañeros...
—No, lo digo por lo que tú ya sabes de Plaza de España, cuando te escondiste detrás de un árbol y asomaste la cabeza, recuerda que yo no estaba sola y por más que quieras no vas a hacerme pasar por loca.
—No era yo, ¿cómo puedes creer eso de mí?
, qué cosas dices. Otra vez me vienes con las mismas.
Aquel día, después de que intenté por todos los medios verte unas horas, te invité a comer al VIPS, pero no fue posible y después me fui a comer con unos compañeros de trabajo, que te lo podrían decir, es imposible que estuviera allí.
Además, dime ¿cómo vestía? ¿Dónde estaba exactamente?
—Sé perfectamente lo que vi y no quiero entrar a discutirlo otra vez, pero verte, así de mayor, y haciendo esas locuras, eso definitivamente significa que estás obsesionado, que no eres normal.
—No puedes condenarme por una cosa que no es cierta.
No te reconozco, Caroliña, creía conocerte y veo que eres una persona dura.
Antes no eras así, cómo te pones, ya veo que estaba equivocado respecto a ti, porque tal como te veo no me gusta como eres.
¡Qué pronto has dejado de quererme, qué pronto!
—¿Cómo que qué pronto? Un año entero de oportunidades que te he dado.
—Es que me exigías mucho, yo eso no podía dártelo.
—Sí, exigía mucho, es normal no verse en tres o cuatro meses, muy normal.
—No, pero...
—Y es mucho exigir que nos viéramos una vez cada tres semanas. Es mucho esfuerzo viajar una vez cada mes y medio. Te lo he puesto en bandeja, yo misma me ofrecí ir a Ponferrada. Si es que en un año te he dado todo tipo de facilidades, y ¿cuántas veces he ido en todo un año? Ninguna, ¿por qué?
—No sé, estaría ocupado, tenía mis cosas...
—Sí, el fútbol, como me dijiste una vez.
—No, mi trabajo, otras cosas, no podía ser, eran otras circunstancias.
—¿Qué circunstancias han cambiado?
—Ahora voy a estar libre del trabajo, en enero. Y, además, me he dado cuenta del cariño que te tengo después.
—¡Cuando ya es tarde!, mis sentimientos han cambiado.
—Nos podríamos casar.
—Ya me lo dijiste y no coló.
—Yo a tus niños los iba a tratar como si fueran míos.
—No les hace falta, tienen padre.
—Sabes, disfrutarían de un estudio precioso que tengo en Arnao, a poco más de doscientos cincuenta kilómetros de Ponferrada, en una playa majísima. Una bonita playa que hay entre las de Salinas y Santa María del Mar, en Asturias. Ideal para las criaturas y para las parejas que se quieren.
—No sabía nada de ese estudio, que nos hubiera venido bien en su día.
—Lo tenía alquilado, pero ahora ya no.
—Tú como siempre con tu secretismo sobre tus posesiones. Te lo habías callado por si yo hubiera ido detrás del dinerito del soltero más preciado de Ponferrada. Y además tú y yo no somos ninguna pareja ni nos queremos.
—Sigo diciendo que me has dejado de querer muy pronto, no esperaba eso.
—Tú creías que yo era la idiota que estaba a verlas venir, a cuando tú quisieras, ahora sí, ahora no, pues no.
Yo tomo decisiones y cuando las tomo voy hasta el final.
Te he pedido de todas las maneras que me dejes en paz, y ahora vuelves a la carga, porque sabes que estás solo en tu casa, que tu madre está en León, pues tengo otras cosas que hacer, por ejemplo, llamar a tu trabajo o al partido y decir allí que le digan a su compañero Aladino que me deje en paz...
—Estas exagerando Carol, no tienes por qué telefonear, yo sólo me he limitado a llamar por teléfono, nada más, a interesarme por ti.
—¡A interrogar sobre mis vacaciones!
—No ha sido así, tu compañera me ha dicho que no sabía nada porque acababa de volver de vacaciones.
—¿Lo ves?, se lo has preguntado.
—¿Estas de vacaciones ahora? —el afán de saber cuándo son mis vacaciones me mosqueó totalmente. Mientras, al fondo, sonó un timbre tipo chicharra, lo que significaba que estaba en el partido— Oye, están picando a la puerta, hasta luego...
—No me vuelvas a llamar, no quiero saber nada de ti, así es que de hasta luego nada...
—Hasta luego.
—No, hasta nunca —y colgué, agotada por el enfrentamiento, y con ganas de llorar, de llamar a mi mamá y decirle, por favor mamá, líbrame de esto, que no lo soporto.
Y es que esto demuestra, creo yo, que, a los hombres, Emilio, os va la mala marcha. Porque la historia continúa.
No sé si te he contado que mi oficina, Emilio, es soleada y alegre.
Una docena de plantas disputan su cálido espacio al ordenador y a las carpetas de trabajo sobre las mesas.
Yo estoy trabajando sobre el teclado, mientras Dulia graba Convenios en la pantalla— terminal.
Suena el teléfono, colocado estratégicamente entre las dos compañeras, habitantes del peculiar invernadero laboral.
Como casi siempre, lo coge Dulia, deseosa de no perderse un detalle de las llamadas telefónicas de su separada compañera de trabajo.
—Es Desiderio —le tendió el auricular, conociéndole por la voz, como a todos los amigos de Carolina.
—Hola, si, muy bien, vale, nos vemos, adiós.
"Era curioso", pensó la intrigada Dulia, "con este no se enrolla nada, pero con las amigas bien que habla. Seguro que habrá quedado para comer. Me parece que va mucho con éste últimamente".
Así fue. Poco antes de las dos y media, y después de sacar adelante ocho o diez escritos de tres o cuatro jefes diferentes, me levanté, cogí el bolso y me puse el abrigo.
—Me voy a comer —anuncié como de pasada—, luego vengo, si hay algo que me lo dejen encima de mi mesa.
Desiderio me estaba esperando abajo, en la puerta del Ministerio.
Nos besamos en ambas mejillas y nos dirigimos a la carrera al restaurante.
No había ninguna prisa, pero al amigo Desi, que daba clases particulares de matemáticas y física y química, le gustaba andar a zancadas y para seguirle tenía que dar briosos saltitos a su lado.
A esas marchas cruzamos la Plaza de España y estuvimos en la Casa Regional en menos de dos minutos.
El local, que servía comidas caseras, era una amplia sala decorada con enormes cuadros de toreros, no por ser de gran tamaño buenos, brillantes por la pátina de grasa de la cocina que año tras año había ido a posarse en ellos.
Al fondo había un escenario, con la televisión en color en el centro, y en los dos extremos cortinas de terciopelo azul cielo anudadas con cordones dorados.
Los clientes eran variopintos, pasando de las personas solitarias que ocupaban una mesa de cuatro a los grupos de obreros con mono azul que se sentaban en varias mesas en el centro o los tres o cuatro hombres de negocios elegantes que comían juntos, con sus carteras negras posadas a sus pies.
Como casi siempre, elegimos una mesa de la izquierda, pegada a la pared, al principio de la sala y lejos del bullicio del telediario.
—Desiderio, me voy un momento al cuarto de baño —le dije—, mientras, pídeme la sopa de menudillos y la pescadilla con patatas fritas.
Al acercarme al servicio me paré en seco. Aladino, el leonés, estaba allí, sonriendo, sentado ante un café. Se veían migas y el resto del postre, peladuras de naranja en un plato, aún no había sido retirado.
— ¡Hola, Carol! — me saludó, enseñando los dientes de oreja a oreja, en plan normal. Como si no viviera a cuatrocientos cincuenta kilómetros de distancia y todos los días se encontrará a la hora de comer en el restaurante al que le había llevado cuando salía con él.
— ¡Ah, eres tú!, eeh, voy al baño, ahora vengo. Un momentito, ¿eh?
Y salí corriendo hacia los aseos. Abrí la puerta, eché el pestillo, inspiré profundamente e intenté tranquilizarme.