Diario de una desaparición Chapter 12 #3
31%

Chapter 12 #3

—Pues yo ya no, y el amor es cosa de dos.

Así son las cosas, primero soy yo la que pone toda la carne en el asador y tú a lo tuyo, en plan egoísta, a hacer siempre lo que tú querías, y ahora soy yo la que se ha hartado, sin traumas.

Ha pasado igual, salvando las distancias claro, que, con mi marido, ya sabes que le quería con locura, pues con tantos desprecios diarios consiguió machacar cualquier sentimiento.

Contigo me ha sucedido lo mismo, ha llegado un momento en que, sencillamente, ese amor ha desaparecido.

—No tiene sentido que nos volvamos a ver.

—No.

—Ni que te vuelva a llamar.

—Tampoco.

—Esta es la última vez que hablamos.

—No sé si creérmelo.

—Ya no te volveré a llamar y si quieres que vaya a verte a Madrid, mañana estaré en el partido, en Ponferrada. ¿Me das un beso?

—Bueno, de despedida y de amigo. Hasta luego.

Han pasado varias semanas y tengo que confesarte, Emilio, que, aunque nos hemos vuelto a ver todos los días al ir a nuestros respectivos trabajos, no te he contado que esta escena se ha repetido y se repetirá ¡Dios sabe cuántas veces más!

Y si te narro la persecución por Plaza de España vas a sonreír, es un decir, no sabría cuál sería el color de tu sonrisa a no ser que, como el hombre de poca fe, la viera con mis propios ojos.

¡Tú imagínate que yo estoy tan tranquila en mi trabajo!

, con lo a gusto que estoy pasando oficios insustanciales y construyendo tablitas en el ordenador, y a las once de la mañana suena el teléfono:

—Hola, soy yo —para más horror, era el querido leonés—, estoy aquí.

—¿Cómo que aquí, ¿dónde? pregunté, temiendo lo peor.

—Muy cerca, anda Carolina vamos a tomar un café, o...

—Que no, que no, que no quiero verte.

—¿Qué más te da? Nos vemos un ratito, comemos juntos en el VIPS, si quieres, como amigos, y ya está. Venga, anda, por favor, si no te cuesta nada.

—He dicho que no, Aladino, no insistas, te lo pido por favor, respeta mi decisión, y además no tenemos nada de qué hablar, ya está todo dicho, así es que adiós —dicho lo cual le colgué el teléfono, con cierta sensación de inquietud.

—Oye, Dulia, tú que sales a las dos y media, hazme un favor —le dije a mi compañera de despacho, que estaba al corriente de todo y era la que se había inventado el mote de "Central Leonesa" para el ahora acosador—, cuando cruces por Plaza España hacia el metro fíjate si está éste por ahí, no vaya a ser que esté abajo esperándome.

Risitas, supuesta consternación e incredulidad en el despacho. Carmen y Consuelo Yáñez, otras dos compañeras, no se lo pueden ni creer.

—¿De veras tienes ahí abajo un antiguo novio, que te persigue, que te llama y que no te deja en paz? —pregunta Consuelo, que es de lo mejorcito entre las funcionarias—. ¿Cómo has podido salir con una persona que está tan mal de la cabeza, con un pirado, ¿cómo no te has dado cuenta?

—Yo te digo que, aunque tenía sus cosas, como comprenderás —le aseguró Carolina—, cuando salíamos juntos no me venía con esas rarezas, o por lo menos yo no las veía, y es ahora cuando está desquiciado, la verdad es que a mí me da miedo.

—Bueno, yo ahora cruzo por la plaza, y como le conozco, si le veo te llamo desde el móvil y te aviso —se despidió Dulia, antes de ir a cumplir contenta con su misión de reconocimiento.

Como al cabo del rato no hubo llamadas avisadoras de que el enemigo estuviera fuera, me tranquilicé. No obstante, una hora después y cuando iba a salir, una vez que hube comido en la cafetería, para casa, tomé mis precauciones.

—Analabella, anda por favor, mira lo que me ha pasado —puse en antecedentes a mi amiga y además compañera de trabajo, que es de total confianza—, y nada más te quiero pedir un favor, y es que me acompañes a la parada del autobús, no vaya a ser que el leonés me esté esperando abajo.

No creo que me espere ahí desde las once de la mañana, pero no estoy tranquila.

Cuando las dos, después de los correspondientes clin clin del fichaje y con ojos vigilantes salimos a la calle no vimos a nadie.

—Uuff, menos mal, a ver si voy a tener ahora manía persecutoria y me voy a pasar la vida mirando por encima del hombro.

—¡Ay, Carolina, que le acabo de ver! —se sobresaltó Ana, con una risa tonta, cuando llegamos al semáforo—. Le he visto asomando la cabeza de detrás de un árbol, ¡Es él, va con un niqui a rayas como del Barcelona!

—¡Si, si, es él! —medio chillé cuando me volví disimuladamente, y le vi, inconfundible y acechante—. Mira tú, Ana, y dime qué está haciendo, mientras vamos a correr a ver si cojo el 44 antes de que venga.

—¡Está en la acera de enfrente, escondido detrás de los coches, a la altura de la plaza de los Cubos, siguiéndonos! —Ana me iba dando el parte, realmente sorprendida de que estas cosas de película nos pasaran a nosotras.

Al llegar a la parada del autobús venía un 44 y lo cogí rápidamente, dejando a mi amiga en tierra.

El corazón me latía a velocidad, tenía pavor de que me siguiera, pero cruzar la calle Princesa, en pleno tráfico de Madrid, no es tarea fácil ni para los perseguidores más diligentes y no pudo alcanzarme.

Ana le vio coger el siguiente autobús 44, que iba pegadito al mío.

—Yo a mi casa no voy, sola —pensé en un momento—, así es que me bajaré en la casa de mi madre, que está unas paradas antes.

Y dicho y hecho, al llegar a San Francisco de Sales, salí del vehículo pegadita a un señor, para que no se me viera desde el autobús que nos pisaba los talones por detrás y me escondí en un portal hasta que pasaran los dos 44.

Le había dado el esquinazo, pero nunca me he visto en estas, Emilio, qué mal se pasa.

Como no estaban los niños, porque al ser verano habían ido unos días a Guadalajara con su padre, esa noche no dormí en casa y me tuve que ir a comprar unas bragas al economato, por no ir a mi propia casa.

Hasta el día siguiente, sábado, no volví.

Fui, con miedo y mirando por encima del hombro cualquier detalle sospechoso, a recoger la tienda de campaña y la bolsa con mis cosas porque nos íbamos de acampada los del grupo a Matallana, Guadalajara y no estuve más de una hora en mi casa en todo el fin de semana.

Una semana después me llamó por teléfono para decirme que me había visto subir a un coche el sábado con las cosas de la acampada.

Por fin salió el ogro, que según el curso de psicología Gestalt que hice afirmaba que todos llevamos dentro pero que a mí me cuesta sacar, para con voz agresiva echarme sobre él.

—Pero, bueno, ¿qué hacías vigilándome en Plaza España, todo un señor de cuarenta y tantos años?

Tú imagínate, intenta ver lo ridículo de tu situación, a los extremos a los que has llegado.

Venir un fin de semana a Madrid para perseguirme, agazapado entre los coches, detrás de un árbol —yo estaba realmente enfadada, chillándole como pocas veces he hecho con ningún ser humano en mi vida—.

¿Sabes qué te digo? No quiero que me vuelvas a llamar nunca más, ni como amigos ni nada, no quiero volver a saber nada de ti, ni oírte, ni verte, nada de nada.

—Carolina, Carolina, estás loca, no era yo, yo no he estado en plaza España, no estaba allí, qué cosas dices —el muy sinvergüenza lo negaba todo y me quería hacer ver que a quien se le había ido la olla era a mí.

Menos mal que Analabella también lo vio, si no me hubiera hecho dudar hasta de mi cordura— ¿Yo qué iba a hacer allí? , estaba con unos compañeros...

—Me da igual lo que digas, no voy a intentar rebatírtelo siquiera, no me merece la pena entrar en esas cuestiones.

Yo estoy segura de lo que vi y punto, y no voy a hablar más de este tema.

Sólo quiero que no se vuelva a repetir. No quiero volver a oír tu voz nunca, nunca más.

Y, además escúchame bien, —mi voz era, creo, dura y cortante—, porque te voy a amenazar.

—Amenazar, me haces gracia, con qué me puedes tú amenazar —se ponía chulito y todo, pero yo sabía que le estaba impresionando y que todo aquello no iba a caer en saco roto.

—Pues, sí, te amenazo con contárselo todo a tu madre —le grité, poniendo en práctica una idea de Irene la de Valencia y de Desiderio, que me habían dicho que tal como eran sus relaciones de hijo único enfermizo con su querida mamá eso tenía que surtir efecto—.

Así, la próxima vez que me vuelvas a molestar, a hacer el tonto detrás de los árboles, a llamarme por teléfono, a interrogar a mis hijos sobre mis vacaciones, a cualquier señal de vida que des, inmediatamente llamaré a tu madre y le contaré todo, todo.

—No sé qué opinión tendrás de mi respecto a mi madre, ni lo que tú consideras una amenaza, a mí me da igual lo que le cuentes —protestó airado—. Creo que tienes una idea muy equivocada sobre mí.

—Yo sólo digo lo que has oído, así que adiós, y colgué, agotada, el teléfono, temblando.

Suena el teléfono, ¿será Desiderio?, pensé, o más bien deseé, después de volver de la playa. Levanté el auricular y enseguida oí un clik de que me habían colgado. El leonés atacaba de nuevo. Lo confirmé al día siguiente al encontrarme con Consuelo Yáñez en el cuarto de baño de mi trabajo.

—Ayer te llamó Aladino, y preguntaba si estabas de vacaciones —me dijo con cara de complicidad—, pero no te preocupes, que le he dicho que no sabía nada porque me acababa de incorporar de las mías.

La noticia me amargó la mañana, y con razón, porque al llegar a casa sonó otra vez el teléfono y lo cogí otra vez con la ilusión de que fuera Desiderio.

—Hola, soy yo —cuando oí su voz se me cayó el alma a los pies, muy despacito porque este tío ha conseguido que hasta me canse de hartarme.

—¿Qué pasa?, ¿es que hablo ruso o qué?, dije con gélida voz.

—Tenemos que hablar seriamente.

—Ya está todo hablado.

— No por mi parte, Carol. Queda pendiente algo.

—¿El qué?

—Lo nuestro.