Chapter 12 #2
Mi estado actual es de miedo a todo: a que le pase algo a mi madre, a mis hijos, a que no funcione mi relación con Desiderio.
Puedo decir que después de estar maravillosamente bien un fin de semana con los niños y con una buena perspectiva sentimental, pasé los dos días siguientes gimiendo por todos los rincones de la casa, con miedo, miedo de nuevo, miedo a que no sea verdad lo que me pasa, miedo a que no haya encontrado esa persona especial que me gustaría, a tener ilusiones que nuevamente me destrozarán.
Aladino ha destruido, igual que el coche, mi serenidad, mi confianza en la vida, mi felicidad de las pequeñas cosas diarias.
Cómo se puede vivir, ni, aunque sólo sea un poco, sin el corazón encogido, asustada de volver a querer, de volver a caer, de amar, de exponer el alma otra vez al martillo de otro hombre.
Cómo borrar la imagen de la desesperación del barranco, de las vidas de mis hijos en un coche lanzado al vacío de un bosque incontrolado.
Si se supone que soy una persona fuerte, ¿cómo es que en este momento lloro tanto?
¿Por qué consigo que me quieran las personas que he amado, o por lo menos que me han gustado, cuando ya es demasiado tarde?
Desiderio, llamando y viniendo, incluso estando en ella los niños y todo, a casa con cualquier motivo, y pretextando que es mi amigo, y que viene a apoyarme en mi bache sentimental provocado por Central Leonesa, invitándome a pasar un fin de semana juntos en una casa rural.
Desiderio Segundo, mi compañero de trabajo, que no para de decirme lo que le gusto, lo guapa que estoy.
El leonés, está en el lugar donde le quería hace sólo tres meses, suplicando y luchando por nuestra relación sin importarle ahora salir de León, cambiar de trabajo, que esté con alguien o no, en plan desesperado.
Si en realidad puede que me haya confundido conmigo misma, y sea otra persona distinta, no tan autosuficiente en su felicidad, la coraza de alegría con la que rodeo mis penas se está resquebrajando.
Madrid, otro día del mismo mes y año
Otras veces, quizás, he estado de peor ánimo, pasándolo generalmente mal por el fracaso, pero hacía mucho que no me sentía tan desprotegida, tan vulnerable, tan miedosa.
¿Será estar mal el ir en metro pegada a la pared por miedo a que alguien me tire por el andén?
Sentir escalofríos hasta de ti misma. Estoy donde no quería estar, en el borde de una depresión que me he estado negando.
Si en realidad puede que me haya confundido conmigo misma, y sea otra persona distinta, no tan autosuficiente en su felicidad, la coraza de alegría con la que rodeo mis penas se está resquebrajando.
Voy a revivir a la Carolina que se levanta cada vez que le dan un palo, a la que te tengo acostumbrado.
Lo que he de hacer, ¡qué caramba! es disfrutar de Alejandro y de Bárbara, ya que tengo la gran suerte de que estén sanos, de que sean más o menos felices, de que tengan casa y comida, y un padre que los quiera tanto como yo.
Eso es lo que más me importa en este mundo.
No debo perder de vista las prioridades de mi existencia, y en lo esencial, no pueden ir las cosas mejor.
Según Camino tengo mis razones para estar así.
La persecución del leonés pondría nerviosa a cualquiera.
Eso y el accidente del coche me han desequilibrado.
Le veo tan obsesionado... el viernes fue terrible, esas llamadas cada cuarto de hora exacto, yo angustiada sin coger el teléfono, porque sé que, ante el fin de semana, en el que puedo hacer algo más que trabajar y cuidar de mis hijos, se pone frenético, quizás de pensar que estoy con otro.
El sábado por la mañana continuaron las llamaditas, cada rato.
Pero no se puede vivir sin coger el teléfono, esperando que alguien deje un recado en el contestador y entonces abalanzarte para interrumpirles y decirles, no me daba tiempo, no lo oía, pero estoy aquí.
Así es que, con la esperanza de que esta vez no sería él, al llegar hoy del trabajo he descolgado el teléfono a la segunda llamada y era el leonés.
¡Qué angustia!, pero creo que, si estuviera loco de verdad, y considero esa posibilidad, no convendría tratarle en plan duro y mandarle directamente a hacer puñetas.
Así es que intento disimular, pero colándole, con toda amabilidad, que no tiene ya nada que hacer.
Pero ya me ha entrado el terror cuando ha dicho que el viernes trece iba a venir por Madrid y que, si podríamos quedar a comer, que sólo serían dos horas, que me invitaba, que no pasaba nada, sólo una comida de amigos.
Lo que me ha costado decirle que preferiría no quedar, que veía que estábamos todavía un poco crispados, que dentro de unos meses quizá, bufff...
madre mía, entonces ha empezado a invitarme a mí y a los niños a ir a León un par de días y yo le he pagado con su propia medicina, no porque es invierno, hace mal tiempo, las nieblas, cuando haga bueno...
Y pensar que cuando quiso volver conmigo me dijo que se quería casar, que cuidaría de los hijos. Que juntos los cuatro íbamos a ser muy felices.
Una hora al teléfono y me temblaban las piernas, de miedo, de nervios.
He llamado a Camino y me ha dicho que he hecho bien, que no le corte de golpe, que está demasiado maniaco y que ¡qué barbaridad!
, está absolutamente fuera de sí. Y pensar que hay quien me ha dicho, Miri, por ejemplo, que debería sentirme halagada haber vuelto tan loco a un tío por mí, pues esto no se lo deseo a nadie, mi ego no disfruta de estos horrores y desde luego es de todo menos emocionante.
Quizás sea esto lo que me tenga desequilibrada, unido a la etapa de inseguridad en mí misma que atravieso.
Estoy segura de que en otra vida he sido malísima con los hombres, los he usado de “kleenex”, y por eso ahora lo pago y con creces en esta.
Madrid, otro día del mismo mes y año
Me siento mejor, como aliviada, y casi de repente se me han ido los miedos. El coche me preocupa menos y el leonés ya no me asusta. Pienso seguir yendo a la montaña, aunque sea duro.
Madrid, otro día del mismo mes y año
Voy a revivir a la Carolina que se levanta cada vez que le dan un palo, a la que te tengo acostumbrado, Emilio.
Un beso, Emilio, y no me dejes lamentarme tanto, que, tal como está el mundo, ya sé que me quejo de vicio.
Bueno, se acabó el estar triste, el diario y la biblia en verso. Esto de escribir lo que te pasa lo encuentro deprimente, y más supongo cuando estás tan triste. ¡Fuera este estado de ánimo penoso, viva la vida y adiós al horrible diario!, Emilio.
13. Siguen las intimidades
Aquí acababa esta parte del escrito. Por lo visto, la persecución del leonés era más seria para Rosa/Carolina de lo que daba a entender a sus amigas.
Al leer estas páginas, tan íntimas, el Señor Hurtado sintió a la vez un gran desasosiego por haber penetrado como un ladrón en el corazón de otra persona y un intenso deseo de seguir leyendo, de conocer más a Rosa, a la que querría haber hablado, compartir con ella sentimientos.
De repente, había deseado ser Daniel—Emilio, ponerse en su lugar.
Identificado él mismo como el personaje de Emilio, igual que él, una persona seria y reservada, con multitud de similitudes en su vida privada con la vida infantil de "Milito".
Y habría querido, a veces, salir de su rutina, y permitirse alguna fantasía, algo absolutamente impensable en él, ni a su mujer se le pasaría por la cabeza.
—¡Qué cosas más raras y desacostumbradas pasan por mi cabeza!
—reflexionó mientras se alisaba el pantalón y le quitaba una supuesta pelusa—.
Él era un buen policía, competente, y no debía dejarse llevar por este tipo de inmaduros pensamientos, había de centrarse en el caso y no despistarse con tanta palabrería.
Atenerse a los hechos, y sacar conclusiones; entre el polvo y la paja de la lectura, entresacaría, si las hubiera, las pistas suficientes para dar con su paradero.
Y si no, buscaría por otro lado, investigando los últimos movimientos de Rosa, hablando con los conocidos, averiguar si ha aparecido el coche en algún lado, en fin, seguir, el método habitual, que es con el que se conseguían resultados.
Se armó de un ánimo más analítico y profesional y prosiguió con el relato.
Aunque haya descartado lo del cursi diario, Emilio, mientras nos veamos en nuestra curvita te contaré lo que me ha pasado.
Creo que ayer hablé con el leonés por última vez, y si no fuera así, me tendría que preocupar como Michael Douglas en "Atracción Fatal", por mi Glenn Glose particular, ya sabes, Aladino.
Ya le he dicho de todas las maneras que ha perdido mi tren, que se lo ha ganado a pulso, por hacer el bobo durante un año, que me he enfriado, que sí, que le tengo cariño, pero nada más.
Y él estaba emperrado en que nos podíamos ver la semana que viene, en San Isidro, y que, si no quiero encontrarme con él que no viene, pero que tengo un día para pensármelo.
—Aladino, uuff, resoplaba yo, que no sabía ya cómo decírselo.
Vaya, vaya, me has llamado por mi nombre, y es que últimamente ni eso.
—Lo que pasa es que no quiero verte ni por San Isidro ni en otra ocasión —conseguí proseguir—, ni tomar una copa, ni salir a bailar, ni comer. ¡No te haces a la idea de que me has perdido! ¿No te das cuenta de que cada vez estás más obsesionado conmigo y eso no es bueno para ti tampoco?
—No me has querido nunca...
—Eso no es cierto. Me he entregado durante un año y si he dejado de quererte es por aburrimiento, por cansancio, K.O. por puntos, de tanto ser yo el motor. Y es que contra una pared de ladrillos que pones entre nosotros yo no he podido. Ahora mis sentimientos han cambiado.
—Tú ya sabes, Carolina, que yo te quiero.