Diario de una desaparición Chapter 12
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Chapter 12

Por segunda vez, Daniel Hurtado se preguntó si Emilio era una persona de verdad. Desde luego, habría que averiguarlo, mañana encargaría a Angus o a Esther que indagaran sobre la veracidad del personaje.

La numeración de las páginas se interrumpía aquí y de la número once pasaba a la cuarenta. El cambio de tercio era evidente en las nuevas líneas escritas. Contuvo el aliento. Era, por fin, un diario, algo real.

—Menos mal que te tengo, Emilio, porque voy a escribir una especie de diario y, como supongo que será tan íntimo, te voy a dejarlo leer, y así compartimos mi alma, mi corazón y todas mis debilidades.

Sé que me vas a escuchar, que me vas a oír con la oreja especial del alma, que guardas para los mejores amigos, y que contigo mis secretos estarán a salvo.

Sí, sobre todo el secreto de que soy una persona con muchas más debilidades de lo que piensa la gente, con más tristezas, con más desencantos, con más luchas desarrollándose en muchos frentes.

Acababa de romper con Desiderio cuando conocí a Aladino, el leonés, en la fiesta del PCE, que se celebraba en el Recinto Ferial de la Casa de Campo de Madrid y que ahora está de capa caída.

Yo no había ido nunca a esa celebración y cuando quedé con unas amigas, Elvira y con Isabel, llevando yo el coche, no me advirtieron de que se vestía con uniforme: los vaqueros son por lo visto la vestimenta universal de las fiestas del PCE.

Me había puesto el pichi azul marino, que me está un pelín corto, una camiseta rosa a la que había echado el ojo mi amiga Matilde, la de Guadalajara, en las rebajas y como tiene talla cien de sujetador aquello era un escándalo y sin embargo a mí me estaba que ni pintada, una chaqueta y una cazadora.

El frío que pasé en las piernas fue terrible, pero bueno eso no hacía al caso.

Estábamos cenando unas migas en el pabellón de Castilla-La Mancha, después de habernos hecho una buena cola, sentadas en el bordillo, cuando le vi.

Me pareció tan guapo y simpático, que pensé, este no puede ser para mí.

Era más bien alto, uno ochenta, me dijo posteriormente, pelo casi blanco, ojos verdes, sonrisa atractiva.

Y como mi amiga Elvira enseguida se lo enrolló pues yo ni moví un dedo.

Aladino y dos amigos suyos muy jovencitos nos empezaron a invitar a sidra en el pabellón de Asturias, que estaba al lado.

Y como la sidra tirada desde arriba al vaso sabe mejor que si la echas al vaso directamente, como descubrí por primera vez en mi vida, pues probé unos cuantos "culines", cuatro o cinco.

No había peligro de emborracharse porque por lo visto la sidra, dijo Aladino, no tiene alcohol.

Eso sería para las personas que beben alguna vez, habitualmente o no, pero no contaba en mi caso, que no estaba acostumbrada.

La juerga siguió en el pabellón de Córdoba. Allí servían mojitos y como Isabel se los tomaba uno detrás de otro se lo dije:

No, Carolina, que esto es pura agua, si no tiene nada, —me convenció Isabel—, tómate uno, que esto casi no tiene alcohol.

—Bueno, pues trae, trae —dije mientras bebía—, ah, pues no está tan malo, y sí que está flojo.

Y de un trago, todo para el coleto. Total, que, con la sidra y el mojito, y tanto baile de salsa y merengue, estaba yo eufórica.

Isabel se había enrollado con uno de los jovencitos, muy guapo y se estaba besando con él mientras que yo, de repente, me vi bailando con, alternativamente claro, dos hermanos.

Uno de ellos había hecho promesa de no hablar en toda la noche y el hermano tenía que traducir lo que quería.

En ese momento vino el leonés a toda mecha, dejó a Elvira a pie de un árbol y me pidió que bailara con él.

De ahí a besarnos pasó poco tiempo. Yo, sin pensar, me dejaba llevar, pensando qué agradable, pero qué va a decir Elvira.

—¡Alto, para! ¿Qué haces? —exclamé yo de repente entre beso y abrazo—, que yo no te conozco de nada, no sé quién eres, y nunca he besado a un desconocido, así por las buenas.

—Bueeeno, qué quieres que te cuente —condescendió a contarme algo de su vida para poder seguir con el lote—, tengo cuarenta y cuatro años, estoy soltero, trabajo en una fábrica de coches, estoy en el Partido Comunista y vivo con mi madre en Ponferrada, que está muy cerca de Villafranca del Bierzo.

— Ya, bueno, yo estoy separada y tengo dos hijos y —le seguí explicando—, mi marido se fue con otra, vivo en Madrid y soy funcionaria.

Después de las pertinentes explicaciones sobre nuestras fichas censales proseguimos enfrascados, en las gradas que hay detrás de los pabellones para ver los conciertos, en nuestra labor.

El tiempo corre que vuela cuando se está a gusto y cuando quisimos darnos cuenta, habíamos perdido a Elvira en el pabellón de Cataluña.

Apareció Isabel, que había hecho pis al lado de un árbol, en sus condiciones ya era lo menos, perdimos a Isabel también y hartos de esperar en el punto de encuentro número cuatro, nos fuimos.

Yo me tenía que ir, al día siguiente tenía que recoger a los niños, que estaban en la casa de la suegra, a las doce y ya eran las cinco de la mañana.

Me fui a casa sin las dos pasajeras, pero como había tal jaleo no hubo forma de encontrarlas.

De éstas estuvo Elvira enfadadísima conmigo y no exagero si digo que le pedí perdón más de veinte veces.

No hubiera pasado nada más con el leonés si no me hubiera llamado, ya desde Ponferrada, a los tres días. Y digo yo, podría haberse estado quietecito con el teléfono y haberme dejado en paz, pero no, yo le gustaba, él me quería.

—Eso se lo dirás a todas —le sonsacaba yo por teléfono—, porque a mí no me conoces casi.

—No, pero te he visto el pelaje, que ya sé yo con quien me ando, cuquina —me decía con acento leonés cerrado, que es muy agradable—, y además nos podemos ver mucho porque yo voy a Madrid una vez al mes, por aquello del Partido, que siempre hay reuniones y congresos.

Eso resultó ser una mentira, pero gorda, porque venía muy poco por Madrid, para mi gusto de entonces.

Al principio me llamaba un día sí y otro no, pero luego las llamadas fueron haciéndose más frecuentes. Pasé a necesitarlas, sólo escuchar su voz y me sudaban las manos, me ponía nerviosa, me saltaba el corazón.

Empecé a recuperarme de la pequeña depresión que me suele asolar todos los otoños, cuando veo que cambian la hora, que se acortan los días, que son oscuros, que viene el invierno y el frío, las rutinas del colegio de los niños, sus actividades escolares y extraescolares, las vacaciones y la playa muy lejos.

Y de ahí a engancharse a la llamada diaria, me llevó muy poco.

—Me parece que hoy llego tarde —se recriminaba Carolina, por levantarse con la hora tan pegada—, siempre que me toca lavarme el pelo pasa lo mismo.

No creo que hoy me encuentre a Milito. Vaya, si está ya ahí, al ladito justo de mi casa, en la parada, esperando su autobús.

Pues sí que tiene que ser tarde, ya veremos a la hora que ficho hoy.

En fin, ardo en deseos de contarte lo que me pasó el lunes de Pascua.

Tras el accidente

Madrid, a un buen día de un buen mes de este año

Cómo se puede tener tan encogido el corazón, que solo deseas llorar, que pasen las horas, que vengan ya los niños a casa, que parece que la tarde se hace eterna cuando se van con su padre.

Cómo se expresan los sentimientos que hacen daño.

Tengo razón o no en tener miedos, terrores auténticos.

Dónde quedó mi seguridad en la vida diaria, mi alegría por las mañanas cuando me levantaba con los cascos puestos e iba casi volando a la parada del autobús, sintiéndome privilegiada de mi vida llena de afectos, el de mis hijos, mi familia, mis amigas, y alguna vez, de algún hombre.

E ir tan contenta a natación o a mis tapices, y ver a mi gato y abrazarlo.

¿Por qué desde el accidente me he hundido tanto que sólo oigo los gritos de Bárbara ante el precipicio al que se escapaba el coche?

Sólo quiero encontrar a la Carolina segura de sí misma, la incombustible ante una y otra caída.

Es ya un paso confesarse a sí misma la debilidad de vivir aterrorizada por lo que les pueda pasar a los niños.

Cada vez que salen por la puerta les abrazo con fuerza, como si me fuera la vida en ello.

Cada vez que me voy al trabajo les beso con preocupación.

Cuando me voy a la cama les tengo que tocar y besar las caritas, comprobar que respiran y que están calientes.

Si me voy de puente, como el de noviembre, y aún con la tremenda ilusión de irme al albergue, cómo es que los dejo con su padre y me voy medio llorando, con el alma encogida.

Por qué me siento últimamente tan débil ante las desgracias que los hombres me deparan. ¿Existirá alguno que me haga feliz?