Diario de una desaparición Chapter 11
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Chapter 11

El inspector, nervioso, se levantó. Necesitaba beber algo, tenía la boca seca y deseaba terminarse los folios que le quedaban antes de acostarse. Se sirvió un vaso de leche, fría de la nevera, y se la tomó despacio y de pie, como de costumbre.

Una vez estiradas las piernas retomó la lectura.

Miraba pensativo el mar desde su habitación en Santa Pola.

Las tan deseadas vacaciones habían llegado y sin embargo no se sentía plenamente satisfecho.

Su único hijo, de cinco años, trasteaba a su lado con un pequeño camión de metal y su mujer se lavaba los dientes en el minúsculo cuarto de baño del apartamento de alquiler.

Hacía apenas dos días que habían llegado a la costa, con un mes íntegro de playa por delante.

Todo el año trabajando, descontando los días, destinados a este objetivo final en su rutinaria, apacible y matrimonial vida diaria.

—Huy, no tenía aún cuatro años —comentaba tan contenta su madre a la persona que se había atrevido a abrir la boca—, cuando nos volvía siempre peinadito del colegio.

Había que verle, su hermano Herminio y Milito salían de casa igualitos de arreglados, a mí siempre me ha gustado que fueran de lo mejor, aunque en casa no nos sobrara el dinero, con los mismos pantaloncitos cortos pero de los que les llegaban hasta debajo de la rodilla, tenían que valer por lo menos para tres años, la camisita bien planchada, el pelo con raya al lado, bien conseguida a base de colonia de litro Heno de Pravia, ...

por dónde iba, ah, sí, pues como digo, cuando volvían del colegio no parecían ni hermanos.

El desastre de Herminio, que ¡qué barbaridad de disgustos nos daba!

Todo hay que decirlo, nos venía con la camisa descolocada, churretones en la cara, las rodillas chamuscadas a base de levantar una y otra vez la misma herida, en fin, ya le conocéis, hasta para elegir mujer...

El caso es que Emilio no, ¡qué diferencia!

, me venía tal cual se había ido por la mañana, criatura, hasta conservaba la rayita en el pelo. No se olvidaba nunca de darme un beso.

El papel de hijo, padre o marido perfecto siempre le había parecido bien, no le pesaba estar atento a las expectativas que los demás tenían sobre él.

Más bien le parecía satisfactorio ver esa complacencia en que se sumergía su familia al hablar de él, ese orgullo con el que hablaban de su éxito en las oposiciones de Técnico Superior, que elevaba el status de tenderos de los padres, la mujer tan encantadora con la que se había casado o ese hijo tan precioso, "igualito que su padre hasta en el carácter y ¿a ver cuándo vais a por la niña? "

Y aquí, estoy yo —meditó Emilio, mientras veía como se iban aposentando los primeros bañistas, con sus sombrillas y toallas, en la mejor zona, al lado de la orilla—, que no me puedo quitar de la cabeza, cruel destello de una adormecida y creía que inexistente imaginación, una vida ajena metida en la cabeza, una charla al vacío de un camino.

El trayecto hacia el autobús poblado de conversaciones existentes sólo en su interior, sin poder evitar una sensación de solidez, de realidad, de traspasar la fachada de un cuerpo, una cara, unos ojos de mujer que le buscan para preguntarle, sin palabras, ¿qué está haciendo él de su vida?

, y que intentan, sin conseguirlo, que él se atreva a devolver esa mirada sonriente con otra igual, que se le achinen los ojos por una momentánea simpatía.

Y el caso es que no sabía exactamente cuándo fue el primer día que la vio, en su trayecto cotidiano hacia la parada del 132.

Al principio le molestaba profundamente, cuando constató que se la encontraba casi todos los días a la misma altura.

En el momento en el que el camino hace una curva de 180 grados.

Por lo matemático del encuentro, se parecía a Phileas Fogg, de la Vuelta al Mundo en 80 días, de Julio Verne.

Todos los personajes que se encontraban con el protagonista sabían, sólo con verle, la hora exacta que era, con lo que les evitaba tener que consultar su reloj, tan cuadriculadas y exactas eran sus costumbres.

Además, y no sabía a santo de qué, parecía como que deseaba encontrárselo de cerca, por lo que él, por llevar la contraria en el jueguecito, se iba cuanto más lejos de ella mejor.

Si cogía la curva desde la tierra, él se iba por la acera, y si no, pues, al contrario.

Hasta que un buen día decidió que por qué hacía tonterías, que no debía variar un ápice su ruta, se cruzara quien se cruzara por su camino, ni el mismo San Pedro, vamos.

Alguna vez, las menos, en la que ella iba pronto se la encontraba prácticamente en su portal, seguro que iba a coger el autobús en la parada de al lado de su casa, no sabía si el 44, que iba a Callao, o el 128, dirección Cuatro Caminos.

Y otras, también pocas, cuando ella llegaba tarde, se cruzaban ya en su parada.

Recordó que de tanto verse día a día se le hizo habitual su presencia, hasta que en una ocasión pensó, como una intuición, "esta chica se llama Rosa", y desde entonces tuvo un nombre, no sabía si real o no, pero si le dijeran ahora mismo que no, que no es Rosa, que se trata de Nuria o de Mónica, por poner un ejemplo, diría que es imposible.

Puesto el nombre a la persona objeto de su atención diaria, lo demás vino seguido.

Una mañana se sorprendió contándole en el silencio de su mente a Rosa que iban a ir a cenar sus suegros a casa y que vaya rollo.

Otro trayecto se quejó de que, al parecer, su opinión no contaba y que, todos menos, él planificaban su vida, desde el aperitivo de los domingos al mediodía, el paseo en tal parque a tal hora con el nene o la comida en casa de sus padres o hermanos.

Era una idea, quizás revolucionaria en su mente, que no se le había ocurrido hasta que vio venir a Rosa por la curva habitual.

Era extraño que tales pensamientos "rebeldes" le vinieran a la cabeza con su sola presencia.

¿Sería que esa mujer había actuado como medium entre él y su conciencia?

Como si le hubieran dado un cogotazo en medio de un apacible sueño y se despertara, casado, con un hijo, con un buen trabajo, pero con un vacío podría llamarlo "metafísico" si no fuera porque sonaba a snob o demasiado serio.

Después de conocer a la chica de la curva le han dado ganas de ponerse a subir montañas, a andar descalzo, a no tener la casa tan perfectamente limpia, a brincar, a conocer sitios nuevos, a hacer amigos.

Incluso ha pensado en compartir este nuevo estado con su mujer, Paloma, pero se siente ridículo sólo de pensar en planteárselo, ella parece tan feliz con su vida, satisfecha del lugar que ocupa en el orden de su universo particular.

—¡Emilio, qué haces ahí parado en la ventana, arréglate que nos vamos a la playa! —la llamada de su mujer le despertó del limbo en el que estaba sumergido—. Y pon a hacer pis al niño, que otra vez se está tocando y como está tan entretenido jugando se va a mojar otra vez.

—Paloma, se me está ocurriendo —se atrevió a decir mientras que acercaba al niño a la taza del water—, que hoy nos podríamos ir de excursión por los alrededores, o, quizás acercarnos a otra playa...

—Sí, sí, bien, otra playa —se apuntó Marianito, que se llamaba como su abuelo materno y que aprovechó un descuido de su padre para meter el camión en el water, antes de que éste tirara de la cadena—, bien, otra playa, otra playa para jugar. ¡Mamá quiero ir con papá a otra playa!

—Pero Emilio, no me soliviantes al niño, ¡ah! el camión, —con un grito, cayó en la cuenta de que el juguete estaba en el fondo de la taza, sumergido entre pises y agua—, mira que no tienes cuidado, pues ahora lo sacas tú, yo no pienso meter ahí la mano.

—Ya lo saco yo ¡Ya está! ¡Hala, rescatado el dichoso camioncito! —se ofreció Emilio, que era un poco tiquismiquis y que se apresuró a lavarse la mano y a regañar a su hijo—. Mariano, no metas los juguetes en el water, que es una guarrería. Y, Paloma, respecto a la excursión...

—Y lo dices ahora, justo cuando nos íbamos a ir, si quieres lo hablamos luego y nos vamos un día de estos, adonde tú quieras, cariño, ¿vale?