Chapter 10
Daniel Hurtado levantó la vista de las mecanografiadas letras.
En sus ratos libres y en vacaciones le gustaba leer sobre cualquier tipo de temas, pero no pasaba de las llamadas novelas de evasión.
No conseguía saber en qué consistía la calidad literaria de las obras maestras y se guiaba por el placer de pasar un buen momento de ocio, sencillamente, por el afán de entretenerse.
Por eso, no se atrevía a opinar sobre los escritos de la desaparecida.
Sin embargo, en ese momento, en el silencio de la noche, en la intimidad de su sillón verde, iluminada y caliente su poco protegida cabeza por una bombilla halógena, se sintió inusitadamente unido a la persona que buscaba.
Pocas veces implicaba directamente sus bien escudados sentimientos.
En su juventud más temprana, en la que vivía con ardor los casos más dramáticos, ofrecía su flanco más vulnerable.
Para sobrevivir en su trabajo aprendió, como todos sus colegas, a distanciarse del lado humano, y muchas veces trágico, de su profesión.
El relato le delataba la sensibilidad de la persona que lo había escrito.
Por lo que sabía, algunos elementos del cuento eran reales: Rosa provenía de una familia numerosa, de diez o doce hermanos.
Y era posible que la esencia de lo que trataba hubiera sucedido en la realidad, aderezado en el relato con diálogos y descripciones de su propia cosecha.
Todo ello muy entretenido, —pensó, mientras se disponía a leer el resto de los folios—, pero no me lleva a ninguna parte respecto al paradero de su autora. Veamos si esto nos arroja alguna luz.
El encuentro diario se va a producir de un momento a otro.
El chico con el que Carolina se cruza casi todos los días cuando va al trabajo ya viene doblando la curva.
Hoy piensa ella que es posible que su nombre sea Emilio, no sabe por qué le viene a la mente llamarle de esa manera.
El supuesto Emilio es un chico joven de mediana estatura, de pelo y ojos castaños, adusto, delgado y parece ser poco comunicativo.
Todo son conjeturas con él, porque si bien hace dos años que le ve en su trayecto diario, nunca ha hablado con él, no sabe quién es, si está casado, si tiene hijos, en donde trabaja, qué edad tiene realmente.
Al principio lo veía sin ver, pero luego se fijó en él porque parecía rehuir, sobre todo en la curva, un encuentro más cercano y cuando a Carolina le tocaba pasar por la acera él curvaba un poco antes, por el camino de tierra; y si ella iba por la parte sin asfaltar, él, invariablemente, se pasaba a la acera.
Y si, un poco más abajo, ella andaba por la acera, él se pasaba a la carretera, paralelo a los coches aparcados, y así evitaba el cruce entre ellos.
Era gracioso, pensaba Carolina, que él se dirigiera a tomar el autobús cerca de su casa y que ella cogiera el suyo al lado de la casa de él.
También servía de reloj. Porque si le veía cerca de su portal, en la parada, era que se había hecho tarde y, a veces, sin querer, al verlo giraba la muñeca para ver si iba a fichar decentemente en el trabajo.
Sin embargo, cuando se lo encontraba cerca del autobús que ella cogía, entonces, se decía, tranquilidad total, que voy bien de tiempo.
Pero ahora, sin saber exactamente desde qué día, ya no le huía en la curva, ni se iba andando entre los coches. Conservaba su semblante serio como un palo, pero algo había avanzado, si a eso se le podía llamar mejorar.
Una persona totalmente desconocida formaba parte de los ritos diarios de otra e incluso de sus fantasías.
Porque en este tiempo Carolina le contaba sus cuitas, le pedía consejo, le "hablaba" largamente en silencio, confiando en que en alguna ocasión se atrevería a decirle un "hola", a iniciar una conversación, para luego decirse que no, no podía ser, es muy antipático y aún ignora cómo es el color de su sonrisa.
Mientras todo esto pensaba se acercaba el momento decisivo de su trayecto al autobús.
Se iban a encontrar y hoy, como otras pocas veces, Carolina va a intentar lanzarle una miradita a los ojos, a ver si reacciona.
En vano, la estatua de piedra andante, que luce vaqueros, camisa azul y roja de cuadros y cazadora a juego de la camisa, pasa de largo como si tal cosa.
—Emilio, ¡adiós! grita la pobre, en su interior.
Te tengo que decir una cosa, hoy he vuelto a escribir, gracias a ti, ya sabes, porque te lo he dicho, que tengo garrapateados ya varios escritos, y si quieres te los voy contando, aunque caótica como soy a veces, tengo que esforzarme por decirte las cosas con un poco de lógica.
Me gustaría que fueras el protagonista de mi historia, el hilo conductor de las cosas dispersas que se me van ocurriendo.
Por cierto, que te voy a poner al día de quién es el leonés, porque mucho me temo que te daré la lata con ese tema por muchos, muchos días que nos encontremos en nuestra curvita.
Daniel Hurtado paró la lectura en este punto.
Rosa, con el seudónimo de Carolina, prometía contar algo más interesante para el caso que la vida de un abuelito gruñón o la fantasía del reloj viajero.
La última frase, sobre el perseguidor leonés, le había puesto en alerta y, si encontraban en el ordenador resto del material que fuera autobiográfico, quizás podrían sacar algo más en limpio.
Lo que no le quedaba nada claro era si el tal Emilio era un personaje real o se trataba de un interlocutor inventado en aras del mejor desarrollo de las confesiones de su autora.