Diario de una desaparición Chapter 9
20%

Chapter 9

Con cuidado, y sonriendo aún por sus últimos pensamientos, desplegó las hojas. Otro relato, titulado "Paco, el Cascarrabias", se entremezclaba con más de una veintena de páginas numeradas, algunas de ellas escritas en primera persona, que ordenó fácilmente. Empezó a leer el cuento.

En invierno, al abuelo Paco García, "El Cascarrabias", lo sacaban al banco del jardín todos los días que calentaba el sol.

Eso no ocurría muy a menudo, y sobre todo los últimos años, que habían sido tan lluviosos.

Pero esa hora y media o dos en las que podía disfrutar de los sesgados rayos de enero se notaban mucho en el ánimo del anciano.

Después, en la cena o en la comida apenas refunfuñaba o en la salita de estar jugaba con mejor humor a las cartas con el resto de los residentes del asilo.

La privilegiada residencia, de las mal llamadas personas de la tercera edad, la constituía un coqueto chalet situado en plena sierra, rodeado de montañas de cumbres casi siempre nevadas y de bosques de altos pinos.

Una veintena de inquilinos vivían su presente junto a Paco, además de compartir sus desiguales, en fortuna, historias pasadas.

Le tenían asignada una pequeña habitación individual y con baño compartido.

Al poco de llegar, de eso hacía ya quince años, había transformado el limpio y aséptico espacio en un acogedor rincón lleno de recuerdos.

La cama, abrigada con un moderno edredón de flores granates sobre fondo verde, lucía un cabezal de barras de acero esmaltado.

Sobre ella, y presidiendo la habitación, colgaba una marioneta de cartón, sin pintar, con sólo las líneas azules de bolígrafo representando a un animado payaso y del que pendía un hilo para que en cualquier momento en que se quisiera tirar de él la figura pudiera encoger o estirar sus brazos y piernas.

Algunas fotos, pocas de menos de treinta años, pero representativas de lo importante de su existencia: sus padres, su hermano y él juntos en el día de la 1ª comunión, la imagen de su boda, sus dos nietos, y en la última sus tres hijos cuando eran pequeños.

Un libro de Delibes, "El camino" reposaba desde hacía meses en la mesilla.

Últimamente leer le producía dolor de cabeza; costaba mucho concentrarse y debía volver a pasar por las mismas líneas una y otra vez.

En el comodín no había sitio para más objetos, o trastos, como decía la señora de la limpieza.

Postales de viajes nunca olvidados, una campanita de Santiago de Compostela, un frasco de colonia, diversos ceniceros con la leyenda de "Recuerdo de ...

", una caja de música de Mallorca, pipas talladas artesanalmente con duras maderas, y otros pequeños cachivaches se apiñaban anacrónicamente junto a un gran radiocasete de doble pletina y compac disk.

En primera fila había colocado un dibujo infantil. La mano de un niño había esbozado dos figuras: la de un adulto, él mismo, Paco, con grandes gafas y cogido de su mano de tres dedos, muy pequeñito, un niño de cabello rizado, a juzgar por la maraña de bucles que coronaba su cabeza, y sonrisa curva.

Sentado en la única silla de la habitación, lo contempló, como cada día, el papel cuadriculado con los bordes haciendo flecos, por haber sido arrancado sin contemplaciones de un bloc escolar tamaño cuartilla.

Pensó que, por más que hiciera memoria, nunca podía recordar cuándo le había visto por primera vez.

Era el vecino de la última casa donde vivió antes de mudarse, voluntariamente, a la residencia.

El niño pasó inadvertido los primeros tres años de su existencia, oculto entre los seis o siete hermanos más que tenía y que cada año aumentaba en una unidad.

Lo que había padecido en esos primeros tiempos.

El joven matrimonio, vecinos suyos pared con pared, había ido procreando puntualmente cada año, peores que los conejos.

Así, de vivir más o menos tranquilo con su mujer y disfrutando esporádicamente de la visita de sus tres hijos ya casados, sin mucha transición, había pasado de unas ligeras molestias provocadas por un sólo bebé a tener un auténtico y vociferante rebaño de pequeños cachorros humanos.

La palabra intimidad se borró de inmediato de su vocabulario.

Las quejas no le sirvieron de nada. Al padre de las criaturas no se le veía el pelo, sencillamente.

No era de extrañar, con lo que tenía en casa, a buen seguro estaba trabajando día y noche con la excusa de mantener a la creciente prole, y así el hombre descansaba de ese terrible hogar en sus horas laborales.

Y a la joven madre, no se explicaba cómo, pero atractiva y juvenil, sin deformársele el cuerpo pese a los partos anuales, no se le podía hablar, rodeada como estaba por sus churumbeles.

Si no lloraba uno, hablaba otro y las pocas palabras que lograba introducir como protesta por la algarabía montada, no sabía si llegaban a su destinataria, debido precisamente a tanto ruido, que, como un círculo vicioso, era lo que él aspiraba a corregir con su protesta.

Fue en una de esas ocasiones, cuando se acercó, con ánimo reprobatorio, a la familia.

Cómo no, los había oído, con bastante antelación, subir trotando las escaleras y les esperó en el rellano.

Uno de los pequeños, de unos tres años, destronado ya por un par de hermanos menores, apareció el primero, resoplando tras una acelerada carrera. Al verle, se paró en seco.

—¡Hola!, le Saludó con una amplia sonrisa el niño.

—¡Hola!, respondió, a su vez. No había tenido más remedio que saludarle, por no caer en la mala educación.

—¿Tú eres mi abuelo?, le preguntó, mientras mostraba los dientes naranjas, del mismo color que el chupachups que goteaba sobre su mano y que parecía querer pringar cualquier cosa o persona que lo rozara.

—Yo, no..., —se atrevió a negar, ante los grandes ojos expectantes.

—¡Tú eres mi abuelo!, esta vez era una afirmación, y se encontró con que no pudo responderle. En ese momento asomaba el resto de la tropa y no hubo ocasión de mayores palabras. Decidió que ya hablaría otro día con la madre y se metió en su casa.

A la semana siguiente perdió la paciencia y tuvo que tomar medidas más drásticas.

Ya de siempre le gustaba tomar el sol y estaba en el balcón leyendo tranquilamente el ABC cuando, del balcón contiguo, y por la pequeña verja de hierro que separaba ambas terrazas, le llegó volando hacia su calva cabeza, cuerpo y periódico, una andanada de piezas de construcción.

Los niños de al lado estaban peleándose y los proyectiles que se lanzaban fueron a parar a su cuerpo.

Jugaban siempre en la terraza, en donde la madre había instalado una alambrada hasta el techo para evitar un doble peligro, el de que los niños se tiraran desde el tercer piso y el de que arrojaran juguetes o cualesquiera otros objetos a la calle desde esa misma altura, más que nada por el riesgo que corrían los mismos transeúntes.

Esto ya era el colmo. Su paciencia se agotó en ese mismo instante.

Después de protestar e insultarles debidamente, cosa que no surtía ningún efecto, todo lo más se refugiaban dentro de la habitación para reírse, tomó una decisión.

Era un día festivo, la obra de abajo estaría desierta, así es que cogió el carrito de la compra y se acercó al solar en construcción situado al lado del portal.

Allí se aprovisionó de ladrillos, cemento y una espátula, y en tres viajes tuvo suficiente.

De inmediato, y poseído de una furia iluminada, levantó con habilidad y por primera vez en su vida, una pared de rojos ladrillos que taponaba, hasta arriba y tocando la carcelaria alambrada, la terraza de sus vecinos.

Cuando terminó se sintió satisfecho de su trabajo. Y que su mujer hablara lo que quisiera, a su vuelta de una visita, desde luego él tenía grandes ideas.

A la semana siguiente había cambiado de opinión.

El muro, como el de Berlín, pero a escala doméstica, había exacerbado los ánimos.

Y pasó de ser un inquilino al que no hacían ni caso a ser el enemigo número 1 al que derribar, pero no a su propia persona, sino a la vergonzosa pared de ladrillos que les había impuesto.

Ahora, diariamente, las criaturas de al lado se pasaban las tardes enteras haciendo boquetes en los ladrillos, bien con un berbiquí o con un clavo y un martillo, muy ruidosas ambas acciones, y, no es que fueran incansables, pero con semejante cuadrilla el relevo de las brigadas estaba garantizado.

Observó los destrozos causados el último fin de semana. Gracias a los agujeros podía oírlos como si estuvieran pegaditos a su oreja y encima se habían atrevido a meter minúsculos trozos de juguetes y demás porquerías infantiles por los huecos más grandes.

—¡Abuelito!, ¿estás ahí?, oyó de repente la vocecita del crío del chupachups.

—No voy a estar, menudo destrozo me están haciendo tus hermanos en la "valla" —rezongó, con un tono más amable del que hubiera querido.

—¡Yo también he sido, yo también he ayudado, he machacado con el martillo! — presumió, con total inocencia.

—Pero, ¿por qué lo has hecho?, ¿no ves que está muy mal romper las propiedades de los demás?

—Porque quería ver otra vez a mi abuelo.

El señor Paco corrió a casa, sin apenas ser consciente de lo que hacía, abrió el cajón en el que guardaba todo tipo de caramelos para sus nietos, lleno por las pocas veces en que podía ofrecérselos, agarró un puñadito de las golosinas, y salió otra vez a la terraza.

—¡Nene! —le llamó apresuradamente.

—¡Estoy aquí! —le contestó, asomando un dedito por uno de los agujeros.

—¿Cómo te llamas?

—Alberto.

—Toma, Alberto, unos caramelos, pero no se lo digas a tus hermanos, ¿vale?

Desde entonces, a medida que le iban derribando la pared de ladrillos, Paco "El Cascarrabias" fue acercándose más al niño y, a través de él, al resto de la familia.

A los hermanos de Alberto no dejó de ponerles el gesto adusto, para que no se tomaran confianzas, con uno ya tenía bastante.

Incluso llegó la ocasión en que, debido a una intoxicación complicada con sucesivos catarros y otros males, que dejó al solitario matrimonio postrado en la cama, la mamá del regimiento les empezó a traer el pan todos días, tras dejar a los niños más mayores en el colegio.

Y era el propio Alberto el que pasaba a verlos, con la barra en las dos manos.

En esas visitas tomaron confianza el abuelo y su recién adquirido nieto y llegó el día en que se recuperaron de su enfermedad y no había más excusas para verse.

Esa mañana vino a verles la madre, que daba una mano a su hijo mientras en la otra sostenía la barra del pan.

—¿Qué tal Luisa, Paco, cómo estáis?, ya veo que esto va mejor. Si no os importa, me gustaría que Alberto pudiera seguir viniendo con el pan ...

—Muchas gracias, Josefina, no hace falta, no hace falta que te molestes —protestó la mujer de Paco.

—No, si yo lo digo como un favor mutuo. El niño tiene un cariño exagerado por Paco, le ha adoptado como abuelo, y la verdad es que, desgraciadamente, mis hijos no tienen ninguno de sus cuatro abuelos, quizás eso ha provocado que el pobre tenga esa necesidad.

—Es un niño muy cariñoso, ¿a que sí, Paco? —preguntó Luisa a su marido, que miraba a otro lado, como que esas cosas tan sentimentales no iban con él.

—Mal no nos va a hacer —gruñó, disimulando.

Tres años duró esa especial relación. El verano en que los vecinos se mudaron a otra casa más grande, después de tres nuevos nacimientos en la familia, fue una fecha de luto en la madura pareja.

Años más tarde murió la mujer y él decidió ingresar en la residencia.

Aún se preguntaba, cuando se levantaba cada mañana, si su nieto más querido, que ahora rondaría los treinta años, le habría dedicado algún pensamiento en todo este tiempo, o, por el contrario, su mente joven había sepultado entre un sinfín de recuerdos de su vida infantil a su abuelo, Paco, "El Cascarrabias".

Y pensó en la razón por la que todavía disfrutara del sol en invierno.

Y que despertara día a día, asomándose para alcanzar a ver, de refilón, las altas y escarpadas montañas, que se alzaban a espaldas del edificio.

Se trataba de un exiguo corazón, de contornos imperfectos y sin cerrar, que el pequeño Alberto había pintado entre ellos dos.