Diario de una desaparición Chapter 8
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Chapter 8

— Angus, Angus, ¿me ha oído? —El Inspector-Jefe Daniel Hurtado se había asomado a la habitación y le había encontrado ensimismado leyendo el relato— ¿Ha podido leer los archivos? Yo, de momento, no he hallado nada más, buscaré en los cuartos de los niños.

— Aún no me he puesto a buscar en el ordenador, jefe, estaba leyendo un relato, aunque, la verdad, no creo que tenga nada que ver con el caso —y le tendió las primeras cuatro páginas al inspector, que se las llevó rápidamente y desapareció de la habitación.

El cuento no parecía tener relación con Rosa. Hablaba de una señora casada, sin hijos y para su gusto había querido ser fantástico, se había quedado en el intento y le había salido un poco peregrino. Continuó con las siguientes páginas.

Encontró el azul libro de familia en su lógico sitio de la mesilla, junto a otros documentos familiares. De al lado del teléfono cogió la agenda y se dirigió nuevamente al ordenador.

Intentó primero introducir el nombre de sus hijos y la fecha de nacimiento de éstos en diferentes combinaciones, sin resultado. Luego siguió con los nombres de sus hermanos, parientes y amigos e introdujo, sin mucha esperanza la fecha de la boda, pero todo fue en vano.

—No hay forma de leer los archivos, jefe.

—Cópielos en un pendrive y mañana se lo pasa a los chicos de informática.

—Lo haré en seguida. Tenemos más hojas, unas veinte o treinta —y le enseñó el montón de folios doblados de donde había extraído el cuento—. De todas formas, todavía no he terminado con su dormitorio, aún puede aparecer algo más.

—Me quedaré con esas hojas, las estudiaré yo mismo.

La búsqueda no les deparó más novedades. A la media hora bajaron al bar de enfrente y le devolvieron las llaves al hermano. Con los ojos chispeantes, debía estar en su tercera o cuarta caña, Tomás les dirigió una mirada interrogativa.

—En principio, no hemos encontrado nada que nos dé una pista directa sobre su paradero —afirmó seriamente el inspector, a la vez que le devolvía las llaves— pero nos llevamos diverso material que su hermana ha escrito en el ordenador, que además de ficción puede contener algo personal que nos pueda ayudar a encaminar nuestros pasos.

Por otra parte, seguiremos interrogando a la familia y amigos, por si nos pudieran facilitar algún otro dato relevante.

Aquel día Daniel Hurtado llegó tarde a casa.

La luz de la entrada iluminaba débilmente el fondo del salón.

Su esposa debía estar ya acostada, no se oía la radio en el dormitorio.

Sigiloso, se acercó a la cocina y abrió el horno.

Un plato hondo tapaba otro plato. Era su cena, ya fría, pese a la sencilla preocupación que había llevado a la mujer a intentar retener el calor del guiso de patatas y carne, ajena a las aventuras del microondas, que trataba de ignorar.

Pero el hombre, más práctico, cogió la comida y tecleó un minuto y medio en las teclas digitales de éste y su cena estuvo lista rápidamente.

Acelerado, dio cuenta del guiso y, pensativo, se sentó en su cómodo sillón azul del salón, iluminado por un foco halógeno graduable.

Mientras palpaba entre sus dedos los folios doblados hallados en la casa de la desaparecida, antes de abrirlos, recapacitó sobre el día.

Un asunto de un adolescente escapado de su casa, ya localizado en la Costa Brava trabajando de camarero, pero del que aún no se habían hecho cargo sus padres, le había retenido en la oficina.

El desenlace, provisionalmente feliz, trajo consigo muchos parabienes y felicitaciones de la familia, que había partido inmediatamente en su busca.

Para no aguarles la fiesta no les había comentado que creía que el chico en cuestión no iba a durar mucho en casa, antes de la próxima fuga.

En cuanto a la madre desaparecida no tuvo más remedio que confesar que se sentía inquieto.

Después de ahondar en el caso, ya no parecía el típico caso de "Señora Aburrida se Fuga con Amante Dejando Casa y Niños".

Según parecía, Rosa llevaba una vida bastante equilibrada y metódica.

Tenía sus aficiones y era una persona alegre, no amargada, y estaba en un momento positivo en su vida.

Hacía planes y tenía ilusiones, con lo cual se podía descartar el suicidio.

Según el informe de Esther Alonso, una de las mejores amigas afirmaba que no mantenía ninguna relación sentimental en estos momentos y los amigos y amigas parecían de lo más normal, aunque hubieran tenido sus más o sus menos; quizás el leonés ese mereciera una mayor atención y ya le había ordenado a la inspectora que investigara ese tema.

Lo de la amiga con la que había cortado meses atrás no había que olvidarlo, pero no le parecía una razón pasional lo suficientemente fuerte, considerando que la pelea había sucedido mucho tiempo antes.

Respecto a los dos amigos—pretendientes, había que tenerlos localizados, por si acaso, y hablar con ellos más adelante.

Todo eso sin mentar al ex—marido, tan preocupado, obsequioso y con ganas de ayudar, y si hubiera que considerar que los hechos ocurrían en la ficción de una novela de misterio que se preciara, sería el primer sospechoso, descontando, claro, al mayordomo, que no existía.