Chapter 7
Tomás, uno de los hermanos pequeños de Rosa, esperaba impacientemente en el portal la inminente llegada de la policía. Entre sus dos manos aprisionaba nerviosamente el llavero de la casa de su hermana, con un gran monstruo prehistórico colgando. Los vio venir, inconfundiblemente, pensó, eran ellos.
—¿Traen la orden judicial? —preguntó, como había visto hacer en todas las películas.
Lo malo es que él no se había topado nunca con una y bien podía ser cualquier papel que le presentaran.
Y no se atrevió a pedirles que le enseñaran sus placas, porque le pareció demasiado y además estaba en las mismas.
Antes sabría identificar una placa de policía americano que una del país.
El policía más joven le tendió un sobre alargado y sacó un papel firmado y sellado.
—Aquí tiene —Angus le dio el sobre e hizo ademán de subir rápidamente, mientras que su jefe se quedaba atrás.
— Yo esperaré en el bar, tomando algo —les advirtió el hermano—. Y tengan cuidado, no se les escape el gato.
Con esta última recomendación en la mente abrieron la puerta con cuidado.
Muy a tiempo, porque un gato muy elegante de grandes dimensiones, de brillante pelo negro, esperaba agazapado presto a escaparse.
Angus, que tenía más experiencia con los animales, le puso el pie en forma de barrera y consiguieron entrar.
El felino se erizó, haciéndoles retroceder.
Unas cuantas, y cariñosas palabras del inspector Ondarreta bastaron para apaciguar a la fiera, llamada Miki, que se contentó desde entonces con seguirles majestuosamente por todas las habitaciones.
Comenzó la metódica búsqueda. Rápida y eficazmente, el piso fue registrado. Mientras que su jefe empezaba por el salón, Angus se concentró en el cuarto de la desaparecida.
Se trataba del dormitorio más amplio de la casa.
Los muebles, de madera de pino color miel, eran robustos.
La cama, de matrimonio, exhibía una funda nórdica de flores azules, rosas y verdes, tras la que se adivinaba la textura de un edredón de plumas.
Las cortinas, cortas, encuadrando estrictamente la ventana de aluminio, eran azules cielo, con visillos de encaje blanco al fondo.
Un espejo con repisa, donde convivían diversas colonias no muy usadas, Danger, Mikita, Eau de Rochás, Eau de Cerruti, Eau de Loewe, con unas fotografías de los que suponía eran sus hijos y otros parientes.
El único teléfono de la casa, insólitamente, estaba encima de la cómoda del dormitorio, en vez de en el salón o en el recibidor.
Al lado de la ventana, destacaba un viejo ordenador, con un monitor de los antiguos ocupando la mayor parte de la mesa.
En ésta, varios folios doblados, imprimidos en la pequeña impresora, se confundían con otros papeles, CD'S, ficheros de plástico e incluso una caja de un puzle de 1000 piezas todavía precintada o un gorro de tela rojo y blanco de Papá Noel.
—Esto es interesante, señor Hurtado —se acercó al salón, donde su superior había sacado los cajones y se dedicaba a ver papel por papel, y le tendió el material encontrado—, parece que esta señora se dedica a escribir. Aquí tenemos algunas muestras.
—Seguro que habrá más, algunos folios están numerados y se ve claramente que faltan páginas, deben de estar en algún sitio. Mire en los archivos del ordenador y revise los CD’S, yo buscaré más hojas de éstas en el resto de la casa.
Mientras encendía el ordenador, Angus hojeó los escritos. El primero parecía una historia o cuento, y su autora lo había titulado "Los relojes de la vida".
"La Sra. Pilar, que era una mujer de mediana edad y físico inadvertido, se paró en el escaparate de la nueva tienda de cachivaches del barrio.
El sitio en cuestión parecía un cruce entre un "Todo a 100" y un "Bazar de regalos selectos", dada la variedad de productos que exhibía.
Le había llamado la atención un letrero estimulante, que resaltaba entre estatuas chinas de dudoso gusto, lámparas psicodélicas y tapetitos de imitación a ganchillo: "Relojes de la vida. Pruébelos sin compromiso".
Llevaba un poco de prisa, todavía tenía que hacer la comida y su marido llegaría en una hora, pero sin saber a ciencia cierta por qué, entró a preguntar.
Le atendió un joven moderno y desgreñado, que lucía diversos rotos en los vaqueros desteñidos y una camiseta blanca pintada a mano con una gran calavera en negro.
—Oiga, por favor, he leído el cartel en el que anuncia unos relojes y quería ...
—Querría Ud. probar uno, ¿no? —el chico le sonrió con desgana, pero alargó la mano rápidamente a un cesto, donde reposaban una docena de pequeños relojes idénticos.
—Antes, podría decirme, si, bueno, si sirven para, no sé la manera de decírselo, como en el escaparate he visto eso de la vida, pues me preguntaba —la mujer estaba pasando un mal rato tratando de explicarse, pensando en ese momento que estaba haciendo el tonto, que lo que se le había ocurrido era pueril y desacostumbrado en una mujer práctica como ella.
—Puede preguntar lo que quiera —soltó un resoplido torciendo la boca de forma ruidosa—.
Es lo que hace todo el mundo. Lo único que le puedo decir es que yo soy un mandao, que lo poco que sé es lo que el dueño me ha dicho.
Que ponga el cartelito, confeccionado por él, y que me ha insistido mucho en que amablemente se lo enseñe a cualquiera que me lo pida y yo, ya ve, a obedecer.
—Qué cosa tan inusual —le daban ganas de marcharse, una cierta sensación de ridículo le bailaba al son de la respiración entrecortada de su pecho, que subía y bajaba con rapidez—. Y ¿cuánto pide por él?
—Eso es lo mejor del asunto, señora, de momento no tiene precio.
Sin embargo, se lo puede llevar, pongamos de prestado, y si le gusta, vuelve y ya hablará de dinero con el propietario.
No me diga nada, que ya le veo venir, supongo que este asunto forma parte de la promoción de este nuevo local.
—el joven se rio quedamente y remedó con guasa la típica frasecita que se cuelga en los bares—. "En esta casa sí se fía".
Le acababa de entregar un original reloj de pulsera. Lo cogió con temblorosas manos e intentó abrochárselo. Era liviano y, a pesar de su sencillez, tenía un inquietante atractivo en su esfera de acero pulido. Los números metalizados eran romanos y resaltaban sobre el fondo gris claro.
El misterioso vendedor le ayudó a ponérselo en su rechoncha muñeca. La pulsera metálica, imantada, pareció tener vida propia y le rodeó la piel. Extrañamente, no estaba fría. En unos segundos quedó ajustada a su carne con inusitada perfección.
—Me lo llevo, esto, eh, tendré que firmarle algún recibo —, las sensaciones de familiaridad, de "dejá vú", de que ella había vivido anteriormente ese momento fueron muy fuertes.
—No señora, se lo puede llevar sin más.
—¿Ni siquiera toma nota de mi nombre?, esto es increíble —abrió la puerta de cristal y se despidió—. Muchas gracias, hasta luego.
Al salir, el sol inundó agradablemente su rostro.
Aspiró aire y llenó hasta el fondo sus pulmones.
Con energía, se dirigió hacia su casa, que estaba a poco menos de un centenar de metros de allí.
En ésta encontró, por enésima vez, el ascensor averiado.
El manido cartel avisando de que se encontraba "Fuera de servicio" colgaba de la puerta.
Mas ahora, en vez de quejarse de los operarios de la compañía, comenzó a subir las escaleras hacia el cuarto piso con ganas.
En realidad, le apetecía ir saltando las escaleras de dos en dos, pero se retuvo, no fuera que sus varices se resintieran.
Su marido aún no había regresado del trabajo.
Tenía tiempo de prepararle algo sencillo de primero, una sopa de pollo con pasta, y de freírle un filete de ternera, pasadito y con patatas.
De repente, cuando estaba llenando una cazuela de porcelana de agua, sintió un punzante latido en la muñeca, justo debajo del nuevo reloj.
Se quedó parada y expectante y cerró el grifo.
Con los ojos muy abiertos aguzó el oído, dejó de respirar, y notó claramente el fuerte pulso, muy espaciados unos latidos de otros, como los pasos de los penitentes en la Semana Santa: pom, pom, pom.
A la vez, se dio cuenta claramente de otro hecho: su corazón, seguía otro ritmo, muy diferente. Corría desbocado, también con vigor, pero con la velocidad de los tiros saliendo de una metralleta.
"Párate un poco, Pili, no te asustes —se reconvino en silencio, usando su diminutivo, que era como se llamaba a sí misma en la intimidad, en las ocasiones en las que no podía recurrir a nadie, es decir cuando estaba con ella misma a solas—.
Este chisme debe tener un mecanismo que produce una especie de descargas en la parte en donde contacta con la piel.
No está mal. Es, incluso, estimulante. O, mejor dicho, genial".
De forma mecánica, comenzó a hacer la comida. De pronto, como si fueran atletas que estuvieran agachados y les dieran un pistoletazo de salida en una carrera, sus pensamientos estallaron en múltiples fragmentos.
En ese instante, todo empezó. Se transportó.
Y voló en torno a ideas fantásticas que fluían como agua por un colador, tomando mil direcciones diferentes cada uno de ellos.
Aun así, podía seguir el hilo de todas esas divagaciones, omnipresente la conciencia por encima de las numerosas sendas a las que le conducía su mente.
Siempre había sentido ganas de viajar y lo estaba haciendo.
Visitó las tierras que nunca había podido conocer y que había anhelado pisar.
China, Japón, Rusia, Turquía, Grecia, la Patagonia argentina ...
, las cataratas del Igüazú, los países de sus sueños, y los aún no soñados, todos a la vez y viviendo experiencias impactantes en los lugares más bellos, en los sitios en los que el corazón más fuerte y vivo latía, conviviendo con extrañas gentes y pasando las aventuras más asombrosas que nadie se hubiera atrevido a pedir o a creer siquiera en su existencia, ni aún en el generoso mundo onírico.
Al mismo tiempo, y en diferentes lugares de la tierra, vivió con hombres maravillosos y maridos inenarrables, de fábula, hijos e hijas tiernos, tuvo padres, hermanos, abuelos y amigos cariñosos y fieles.
Paladeó los más ricos y originales manjares, aprendió a preparar platos exquisitos y probó muy gustosamente la tibia leche recién ordeñada por ella misma.
Habló con los animales, intimó con una ardilla, una foca le acercó su hocico a la nariz y un perrillo le confesó su amor.
Su cuerpo sintió la lluvia más fresca, los rayos de sol más placenteros y fue bañado por las estrellas más lejanas.
Su pecho se vio invadido por la más honda expresión de las cosas, paladeó los sentimientos más grandes y se hizo uno con el inabarcable mundo de lo nunca expresado.
Y por encima de ello, como si fuera el ojo triangular de Dios, estaba su propia sonrisa, abierta, ancha, casi tocando las orejas en sus extremos, presidiendo el torbellino de imágenes, haciéndose cargo de tantas y felices vivencias, reales como el olor de un beso.
El marido de la Sra. Pilar llegó a su domicilio a la misma hora de todos los días.
No le pilló de novedad la avería del ascensor y subió las escaleras distraído, pensando aún en los problemas de la oficina.
En el trayecto, con una mano se iba desabrochando la corbata y el botón superior de la camisa, a la par que con la otra sacaba las llaves del bolsillo.
Abrió la puerta de su casa, y sintió una breve punzada de hambre, un olorcillo de rica sopa de pollo le estimuló instantáneamente su apetito.
Al pasar por el recibidor, dejó su chaqueta en una silla y se dirigió sin más a la cocina.
Se paró en seco. Su mujer estaba tendida en el suelo, agarrada su mano de forma extraña a la muñeca de su brazo contrario.
—¡Pilar, Pilar!, ¿estás bien? —gritó consternado, a la vez que se agachaba junto a ella, le levantaba la cabeza y poniendo la palma de la mano en su pecho, comprobaba su respiración, que aún débil era rápida y entrecortada.
Muy despacio, su esposa, levantó los párpados.
Aturdida, subió el brazo. Él vio que había estado ocultando un reloj nuevo, de esos digitales de cuarzo con correa de plástico negra, grande y vulgar.
Por un instante se le ocurrió que quizás se lo habían regalado en alguna editorial por asistir a una pesada sesión de venta de enciclopedias.
—¡Vaya susto que me has dado! ¿Qué te ha pasado? ¿Te has tomado las pastillas que te mandó el ginecólogo? ¿Te has desmayado? ¿Has tropezado con la silla? —tras estas preguntas atropelladas se calló, al ver que ella movía la cabeza de un lado a otro, negando.
La expresión de la Sra. Pilar desdecía sus palabras.
Presentaba un aspecto singular. Por un lado, parecía haber envejecido años desde que esa mañana le pusiera el desayuno.
Su boca y ojos estaban rodeados de multitud de nuevas y finas arruguitas.
Pero sus pupilas, dilatadas y brillantes, le miraron con vigor y juventud.
Luego se posaron en el reloj. Una sonrisa, tan enigmática como la de la Giocconda, curvó sus labios y suspiró largamente.
—No es eso, cariño, yo, sólo ... he estado soñando, no, pensando, en … que vivía .