Diario de una desaparición Chapter 6
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Chapter 6

—¿Tiene más amigas con las que haya podido estar recientemente? preguntó la inspectora Esther Alonso

—Sí, sale con un grupo de amigas, que pueden saber algo más que yo de lo que ha hecho Rosa estos días pasados.

Elvira, que está casada pero el marido vive con su madre y, cuando no están peleados viven juntos los fines de semana.

Edelmira, a la que llaman Miri, una buena amiga de León, pero que vive en Madrid y desde luego si en los últimos días ha pasado algo, ha tenido que contárselo a ella, pues se ven muy a menudo.

Esta chica, que también está separada y tiene una hija adolescente que está con su padre, es casi vecina de ella, vive en la zona de Estrecho: en Madrid si una tiene su domicilio a veinte minutos andando de la casa de otra, se puede decir que son del mismo barrio.

A veces queda con Rosa y con algunas otras amigas para dar una vuelta por la Dehesa.

Ahora, le daré las señas y los teléfonos.

En el trabajo encontró una amiga especial, Analabella, una chica majísima, muy buena persona.

Y, bueno, tenía otra, pero, aunque no creo que vaya al caso, ya no se hablan.

—Nunca se sabe la importancia de las cosas, cuénteme lo que pasó.

—El caso es que Irene y Rosa han sido muy buenas amigas durante cinco años.

Ahora ella reside en Valencia, pero antes vivía en Madrid.

Se conocieron cuando las dos se acababan de separar e intimaron enseguida.

Cuando, a los dos años, Irene se trasladó a Valencia, siguieron en contacto y seguían viéndose, las más de las veces iba Rosa, con los niños, o sin ellos.

Esta chica tenía problemas y de año en año iba empeorando su carácter.

Le daba por tener todo super limpio, y cuando peor estaba, en más maniática de la limpieza se convertía, y más irascible y agresiva se volvía con su novio y sus propios hijos.

Me acuerdo de un año en que Rosa, aún con todo lo que la quería, vino despavorida tras pasar unos días en el bungalow que tenía Irene en la costa.

Se había asfixiado con tanta limpieza y se acordaba de la casa de veraneo que tiene con sus hermanas en San Vicente de la Barquera, en donde cada uno se hacía su cuarto, si les apetecía y tenían ganas, o en donde todo andaba más o menos manga por hombro, con la única consigna de trabajar lo menos posible en las vacaciones.

"Yo la conocí una vez, que vino a pasar el fin de semana en casa de Rosa y, como yo también dormía ese día en el piso, coincidimos. Me pareció una persona maja, nos caímos bien mutuamente, pero sólo fueron unas horas.

Hace tres o cuatro meses falleció el padre de Irene, tras dos meses de enfermedad muy dura para toda la familia.

Me acuerdo que Rosa se fue corriendo para Valencia y estuvo un par de días, en el funeral y en el crematorio.

Luego, en febrero, Irene se vino un fin de semana a Madrid y se alojó en la casa de Rosa.

Vino muy nerviosa. Su novio la había dejado por inaguantable, y también se peleó con Rosa.

Estaba desconocida, según Rosa y para su gran sorpresa y disgusto se fue muy enfadada con ella porque no se había sentido querida.

Le dijo que había pasado de ella, que no le había hecho ni caso, que no se lo iba a perdonar jamás, que no le habían tratado peor en toda su vida y otras cosas muy fuertes, relacionadas con que no le había comprado coca—cola o café o que había hablado con otra amiga y no con ella o no sé qué más tonterías.

El caso es que estaba muy alterada, histérica y llorando, y mi amiga, pensando en que había perdido al padre y al novio en muy poco tiempo, intentó aplacarla y le pidió perdón.

No sabía por qué razón, no creía haber hecho nada malo, pero por si acaso, que por ella no quedara.

Irene se mantuvo en sus trece y cuando una semana después Rosa le llamó por teléfono a Valencia, pensando que ya se le habría pasado, se encontró con que, aún después de los insultos a los que la había sometido y el comportamiento irracional, la ofendida era ella y con que repetía lo de no perdonarle nunca tamaña ofensa.

Y encima metió por medio al padre que había muerto y al novio con el que acaba de romper, como si mi amiga hubiera tenido algo que ver.

Desde entonces, no han vuelto a llamarse y se rompió el contacto.

Rosa lo pasó muy mal, luego empezó a desilusionarse, fue pensando poco a poco que no merecía la pena como persona, hasta que llegó a un punto en que me dijo que ya no era cuestión de perdones o de rencor, que ya no la apreciaba, que era una persona desequilibrada y egoísta, con la que, si no le dabas la razón en todo momento, era imposible mantener una amistad.

"Ni mis enemigos, si los tuviera, me han tratado así", me contó, sorprendida.

Y es que, pensaba, a todo el mundo se le muere alguien, o pierde un ser querido, y no le da por insultar a la gente o romper con todo el mundo.

—¿Tenía celos esa amiga de ella?

—Yo creo que sí. Por lo visto nada más llegar a la casa de Rosa vio cómo le llamaban mucho por teléfono, que quedaba con gente para un día u otro, y debió comparar esa situación con la suya.

Desde que se había ido a Valencia no salía con nadie más que con su novio o con su madre o hermanos, se había dedicado por entero a sus hijos y no se molestó en hacer amistades.

Al romper con su pareja se quedó sola y supongo que al llegar a Madrid y ver a su amiga tan relacionada sintió que la hacían de menos.

Desde luego, a mí me pareció que venía desde un principio a armar gresca, a aprovechar cualquier oportunidad que se le presentase para montar el numerito.

—Esa agresividad que ha mencionado, ¿se trata de una persona violenta físicamente?

—No creo, la verdad. Además, no pienso que tenga nada que ver con esto, aunque sea una persona rencorosa y descontrolada —suspiró mientras encendía su cuarto cigarrillo— ¿Qué le habrá podido pasar?, no me imagino de ninguna de las maneras que haya podido hacer esto voluntariamente...

—Espero que lo averigüemos pronto, ¿Qué sabría decirme de otros amigos?

—Tiene un par de amigos desde hace unos años y con los que se lleva muy bien, los dos luises, los llama ella.

Luis, el de los ojos azules y Luis, el de las cartas.

Se llevan estupendamente, y los dos, de una forma u otra han intentado tener algo más que una amistad con Rosa, pero ella lo tiene muy claro y no han pasado de ahí.

El primero, el de los ojos azules, es un chico sencillo, guapo pero soso, como de treinta y cinco años, inmaduro.

Tiene dos niños pequeños, de la edad de mis hijos y trabaja en una empresa de transportes.

Suelen quedar juntos entre semana. Cuando él no entra de servicio va a su trabajo y comen en la casa de comidas más cercana o alguna vez Rosa le llama para que vaya a bailar con ella y sus amigas o para ir al cine.

Nunca había intentado pasar de la estricta amistad, hasta que hace bien poco le dio por mirar a Rosa de forma diferente.

Después de muchas insinuaciones, más bien directas, le preguntó un día si iban a una discoteca de parejas.

Ella le dijo que, por supuesto, nada de eso, y, le preguntó que cuántas amigas tenía él en el mundo.

Luis respondió que una, ella, y Rosa le contestó entonces que la iba a seguir teniendo, siempre.

Que de otra forma ligaría, como tantas otras veces, y encima se iba a encontrar sin su única amiga.

Al otro Luis le llamamos todos "el de las cartas" porque, aunque es funcionario del Ministerio de Defensa, es un poco vidente, y le gusta echar las cartas, con la baraja española, para adivinar el destino de sus amigos.

Hay veces que intenta ligar con las chicas llevándose una baraja a las cafeterías o a las fiestas a las que acude, pero cuando hay tanta gente pierde la concentración y no da una.

Tiene bastante genio y le he visto sacar su carácter en la celebración del cumpleaños de Rosa, cuando Lola, la de Pepe, se atrevió a reírse mientras adivinaba muy concentrado el futuro de alguien.

Pero Rosa siempre le disculpa, diciendo que, si pasa una mala racha, que, si realmente él no es así, que tiene muy buen corazón, que ha demostrado muchas veces ser un amigo de verdad...

Se supone que están escribiendo un libro juntos, de las aventuras de unos europeos en la Ruta de la Seda, ambientado en el siglo XIX, pero de recolectar material aún no han pasado, y Rosa se había desilusionado un poco por el libro, al ver las preferencias de él en quedar a cenar más íntimamente en su casa que en verse en una cafetería a reunir material e ir intercambiando impresiones sobre el desarrollo del argumento.

En fin, me estoy alargando en estas explicaciones sobre los amigos de Rosa, y de pronto me siento culpable, como si traicionara su confianza, contándole todas estas cosas sobre su vida cotidiana...

no sé qué diría si de pronto apareciera y me viera explicándole...

, oh, bueno, ojalá pudiéramos reírnos las dos de todo esto, pronto.

—No se preocupe, sencillamente está ayudando en lo que puede a encontrar a su amiga.

A veces, y no lo digo por usted, es en los amigos, más que en la familia, en dónde se pueden encontrar las claves de lo que puede haber pasado con una persona que, sin previo aviso, desaparece.

— Esther se levantó del sillón y se dirigió hacia la puerta, seguida de cerca por el perro, que, moviendo alegremente la cola, parecía haber captado su simpatía.

Antes de irse, apuntó los nombres y teléfonos que pudo facilitarle Camino y, ya en el coche, a salvo de miradas indiscretas, tomó nota rápidamente de toda la conversación mantenida.

Había veces en las que su intuición le decía que no debía llevarse la grabadora o sacar el cuadernillo para apuntar las conversaciones porque si no el interlocutor no hablaría con la misma libertad.

Así, en este caso, en plan amigable, y de mujer a mujer, el resultado era que había sonsacado más información y escuchado más chismes, que si le hubiera dado el aspecto de ser un interrogatorio.